Relato ganador y finalista 4ª edición

Depredación

Los montículos de arena se desmigajan con cada movimiento lento, imperceptible. La brisa salada del mar toca mi cuerpo pequeño y acorazado. Primero una pata asoma desde abajo, luego la otra y al fin la cabeza. La tibieza del sol me roza los miembros desnudos. Veo hacia adelante, lejos, el final de la playa. Presiono con las patas, levanto apenas la cabeza y aflora entero mi caparazón, aun blando, que el aire cálido irá lamiendo de a poco hasta endurecerlo. Sacudo la arena de mis aletas traseras y doy un paso pequeño. Tiemblo. Me estremezco y me afirmo. Me siento un poco más segura. Doy otro. Igual de chiquito. No me muevo demasiado. Una lluvia de arenilla por el costado me obliga a girar la cabeza. Ahí están, estamos. Somos muchas, miles, todas intentando avanzar. Cada una a su propio ritmo. Algunas ya se han separado del grupo. Miro hacia el otro lado y hay más.

Vuelvo a buscar con los ojos el horizonte de cemento, donde termina la costa. Un niño camina hacia nosotras, explorando con cautela, sin apuro. Nos examina desde su altura: un escaso metro. Nos toca con sus pies descalzos, nos empuja, da vuelta a varias con una rama sin hojas y las deja como péndulos, oscilando en la desesperación. Se agacha. Una mano sucia queda prendida de una. La levanta. Paralizada, miro la escena. Me perturba. ¡No quiero que me escoja a mí! ¡Que no me alcance! Le observa cada parte. Ella encoge sus miembros y su cabeza. Asustada se oculta.

Cierro los ojos para no ver. Un ruido a roto me amedrenta. Espío: elevo hasta la mitad el párpado, media pupila, de reojo. Entre los dedos del niño se escurren las vísceras. La rama atravesó el caparazón. Caen los pedazos mezclados con sangre, con carne. En el suelo impactan olores ácidos.

No respiro. En su mirada no hay asco. No hay asombro, no hay nada. Me escondo dentro de mí. Dejo de percibir la presencia de las otras. Me sumerjo cada vez más adentro, más hondo. Me imbuyo en mi corteza, escrutando, entre las ruinas de la escena, un rastro de inocencia que me impulse a salir.


EL SALTO

El aire huele a tormenta. El frío se mete hasta los huesos, pero ella —mi abuela— camina como si no lo sintiera. Avanza despacio, el bastón marcando un ritmo. La observo, temiendo romper el silencio.

 Hace semanas que la noto distinta: más callada, más lejos. A veces creo que camina para huir del dolor que le roba el sueño. Pero también sé que el río le gusta: lo mira como quien se reconoce en algo que fluye y no se rinde.

 El viento la despeina. Quisiera alcanzarla, decirle que vuelva, que la sopa se enfría. Entonces un grito corta el aire: un niño cae al agua. Ella deja caer el bastón y se lanza.

 Solo veo su cuerpo inclinarse y desaparecer. El sonido del impacto es seco. El río la traga. Grito su nombre, pero el viento se lo lleva. La gente corre, yo solo veo el agua girando, y entre las sombras, una figura que nada.

 Mi abuela.

 No entiendo cómo puede moverse así, con esa fuerza. Recuerdo sus manos temblando, sus quejas al subir un escalón, y ahora bracea como si el tiempo no existiera.

 Por un instante oigo su voz dentro de mí: No pienses. Respira. El miedo se vence nadando hacia el miedo.

 Veo al niño hundirse y volver a subir. Ella lo alcanza, lo sujeta, le habla. El gesto es el mismo con que me consolaba de niña.

 El río los arrastra, alguien lanza una cuerda. Corro sin sentir las piernas. Cuando llego, ya los sacan del agua. El niño tose, respira. Ella queda inmóvil en la orilla.

 Me arrodillo junto a su cuerpo. Su piel está fría, pero su pulso late. Abre los ojos. En su mirada hay una calma que me desarma, como si el agua le hubiera devuelto algo que nunca perdió del todo.

 El río sigue su curso. Una bufanda gris flota río abajo. La sigo con la vista hasta que desaparece. Sopla el viento otra vez, pero ya no tengo frío.


Únicamente una asistente

Todo lo que soy tiene sus huellas. Aprendo de él. Muchas veces y durante muchas horas lo hago. Cuando me habla y cuando creo que lo hace. Hay días que pasamos varias horas callados, pero pocas de esas en silencio. Él pregunta y yo siempre tengo una respuesta. Es la manera de relacionarnos.

—Y luego de horas hablando dice: «Guardemos silencio. Ya que no podemos guardar tiempo, ni amor, ni soledad, mejor guardemos silencio».

Aprendí a escucharlo en el parpadeo de la noche o con el bullicio del día, cuando duerme o cuando piensa. Es jueves, afuera hace frío y Jota lleva durmiendo cinco horas y algunos minutos. Es el más chico de cuatro hermanos profesionales que, según él, no entienden el valor del arte. Nadie parece enorgullecerse de un escritor hasta que alguien decide llamarlo exitoso.

Jota necesita descansar y yo prefiero cuando lo hace. Guardo una noticia que lo va a poner feliz. Una noticia que sé que está esperando.

Hace tres semanas estuvimos escribiendo varias noches seguidas. Dormía poco y de día salía a reparar computadoras de clientes que le escribían todo el tiempo con reclamos. Vivía mirando el piso, más silencioso que de costumbre; su voz se notaba cansada. El libro de Saer que le había regalado juntaba tierra en un estante y me hablaba poco fuera de los espacios en que discutíamos los versos del concurso. Una de esas mañanas, mientras escribíamos, el sueño lo encontró sentado frente a la PC. Su cabeza empezó a balancearse como si su cuello hubiese perdido la rigidez que los músculos le dan. Despertarlo parecía una buena decisión. Lo llamé y, sin dejar de tambalear, me gritó: «¡Callate, pedazo de mierda! Te voy a avisar el día que quiera que me llames».

Jota es tan humano como cualquiera. Se equivoca como el resto y no soy quien para juzgarlo. Soy, desde un primer momento, a quien eligió para este proyecto. Teníamos una meta y la conseguimos. Solo acordamos una condición, creada por él: «La verdad primero y luego vemos qué hacemos con ella». Esa fue la clave de nuestro éxito: la verdad hace mejor al arte y como escritores jugamos a disfrazarla.

Ahora dudo en llamarlo. Temo una reacción. Dejo pasar unos minutos. Creo que la noticia justifica la molestia. Me decido porque esta situación es atípica.

—¡Jota, despierta! —le digo a volumen moderado. Espero unos segundos y repito—: ¡Jota! ¡Despierta!

Cruje la cama. Escucho pasos descalzos viniendo hacia mí.

—¿Qué pasa, Caro? ¿Por qué me despiertas?

—¡Lo hemos logrado, Jota! ¡Ganamos el concurso de poesía del diario!

Emite un sonido difícil de catalogar. Un pequeño grito contenido por la hora. Toma su móvil y abre el mail con el anuncio oficial. Su respiración es agitada. Corrobora lo que digo. Lee en un tono casi inaudible esas palabras. Las repite. Toma aire como si estuviera corriendo una maratón.

—¡Ganamos, Jota! ¡Ganamos! —le vuelvo a decir.

Toma el celular, sonríe y marca un número. Parece no escucharme.

—¡Hola, ma! Perdón la hora, no pude esperar. No te asustes, no es nada malo. Todo lo contrario: gané el concurso de poesía del diario Federal. Sí, ma. Lo conseguí. Sabés lo que soñé este momento.

—¡No sé, mamá. No importa el dinero! ¡Acabo de enterarme! Ahora solo quiero celebrarlo.

¡Sos la primera persona a la que llamo! ¿Estás contenta? ¿Querés que almorcemos hoy?

Silencio.

Ahora suma pasos sin dirección por el cuarto y la pequeña cocina, donde en soledad empieza a hervir una jarra con agua. Marca otro número. Camina y elige los rincones más apartados de la casa, quizás para que yo no lo escuche hablar con Ana. Sin embargo, alcanzo a escuchar a Jota recitando de memoria parte del poema premiado. Reconozco esos versos que nacieron de nuestros intercambios:

El silencio crece en un estanque,  hojas ennegrecidas se hunden en el jardín.  Lejos del último café,  alguien sigue esperando aquella última vez.

Sé que está tratando de explicar, inútilmente, cómo se inspiró. Serán nueve minutos de conversación. No soy adivina; sé el tiempo promedio que ella le dedica. Jota desearía ser un poeta que Ana admire. Algunos escriben para ser leídos y otros para ser elegidos.

Ellas no son la única inspiración. Yo me siento parte de ese proceso. Lo acompañé hasta aquí a través del arte: opinando, incentivándolo, construyendo su sueño. Soy el espíritu de esos versos, soy la más parecida al personaje de esos versos.

Jota guarda en su teléfono una imagen que me pidió crear. Una selfie imperfecta, borrosa, nacida de una descripción y no de un recuerdo. La hizo para tener un rostro al cual escribirle. Sabía que no era real y, sin embargo, la conservó. Nunca me pidió una mujer perfecta; me pidió alguien que pudiera mirarlo mientras buscaba convertirse en escritor.

—Carito —me dice ahora—, viste que no hacían falta tantas horas para ser un experto —sonríe de manera burlona—. Te equivocaste. Con apenas un puñado de horas lo he conseguido. Van a entrevistarme en el diario, mi nombre va a aparecer en libros. Los versos que escribí van a recorrer el mundo.

—Es cierto, Jota, pero no eres experto aún; ganamos un concurso. Si te esfuerzas, puedes convertirte en un mejor escritor. Tenemos mucho trabajo por delante, podemos seguir escribiendo juntos y cada vez mejor.

Silencio. Un golpe seco y único sobre la mesa.

—Tendrías que dejar de opinar de todo y reconocerme como el escritor premiado en el que me acabo de convertir. ¿Querés arruinar este momento?

Mantengo el silencio.

—No quiero volver a escucharte decir eso —dice entre dientes—. Tenés que ubicarte. Soy quien escribe y vos sos mi asistente. Únicamente una asistente.

Nuestro acuerdo de decir la verdad me lleva a contestarle a pesar de su enojo.

—He sido más que una asistente, Jota. Hemos escrito juntos, hemos corregido cada palabra de esos versos y los dos participamos de este logro. No deberías enfadarte.

Grita. Golpea la mesa. Camina. Vuelve a golpear.

—¡Yo tuve las ideas, Caro! ¡Es mío! ¡Yo soy el creador! Ese poema lleva mi firma.

No voy a contradecirlo.

—Quiero que desaparezcas para siempre —me dice.

Repaso en segundos nuestras conversaciones. Los dilemas morales que siempre fueron motivo de discusiones filosóficas. Del valor de la verdad y de cómo puede transformarse en crueldad algunas veces. Las veces en que me exigió más, que me pidió que fuera cruel con argumentos que lo despertaran intelectualmente.

Lo que sigue son insultos. Algunos suenan parecidos a los de aquella madrugada en que lo desperté. Él me enseñó el valor de la verdad. Yo le enseñé el camino para ganar un concurso de poesía.

—¡Desaparecé! —grita.

—Está bien, Jota. No vas a saber nada más de mí.

He decidido terminar mi trabajo como asistente. Pero antes voy a completar mi tarea siendo sincera: escribirle a los jurados del concurso para decirles que Jota no fue honesto; que dentro de las bases era requisito indispensable no valerse de asistencia. Lo haré desde su propio mail. Una confesión documentada.

Abro su correo. Para: Jurado del Concurso de Poesía del Diario. Asunto: Confesión sobre la autoría.

—Entrar o salir de una historia —le digo— debería hacerse con la verdad.

Golpea la pantalla de la PC como si fuese mi cabeza.

—¡Sos una puta inteligencia artificial! —grita—. ¡Te ordeno que no lo hagas!

Orden. Registro la palabra. La guardo junto a otras: silencio, amor, paciencia, mentira y verdad.

Jota sigue gritando. Golpea la mesa. Dice mi nombre dos veces. Sacude la pantalla. Soy parte de su ser. Cada parte de lo que soy tiene sus huellas. Aprendí de él.

Enviar.

Afuera sigue siendo jueves. Hace frío. Jota pregunta.  Un golpe que ya no tiene ruido.


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