Relato ganador y finalista 4ª edición

Relato ganador

Regalo de Aniversario

A Ángela le habían costado mucho dinero, todos sus ahorros, pero al final consiguió dos plazas para el viaje. La nave partiría en breve, rumbo a Marte, a la colonia que allí se había establecido de manera permanente y que ahora se abría para las visitas turísticas. El viaje no sería para ella, se lo regalaba a María, su hija, con motivo de su aniversario de bodas. María todavía no tenía hijos, y su madre la había convencido para aceptar el regalo antes de tener descendencia, ya que luego ya no podrían emprender un viaje de esas características.

Ahora Ángela ya no tenía ningún dinero en el banco, pero le daba lo mismo. Total, ¿para qué lo iba a necesitar? El sueldo que recibía de la NASA era suficiente como para poder vivir bien lo que le quedara de vida. Agradecía profundamente trabajar para la Agencia, de esa forma siempre tenía una información privilegiada y negada al resto de los ciudadanos.

Se giró hacia donde estaba su hija. Se la veía emocionada y nerviosa. El resto de los pasajeros iban llegando a la plataforma de despegue. Todos pertenecían a las clases altas de la sociedad, los únicos capaces de pagar unos billetes de tan astronómico precio. En algunos casos viajaban familias enteras. A Ángela le hubiera gustado ir también, pero el dinero no le había alcanzado para un billete más. Ahora se quedaría sola; no tenía marido, sus padres ya habían fallecido y María era su única hija.

Los primeros pasajeros comenzaron a subir a la nave. Su hija y su yerno se prepararon también para embarcar. María abrazó a su madre.

-Te quiero, mamá, cuídate, nos veremos pronto.

María vio cómo su madre lloraba, emocionada. Estaban muy unidas y seguro que su madre se sentiría sola durante el tiempo que durara el viaje.

Al final, la nave partió.

Desde la nave, María contemplaba cómo el habitáculo se alejaba de la Tierra. Pronto el planeta ya solo sería visible como un punto azul. Su madre, aún en la plataforma de despegue, lloraba. Las informaciones de la Nasa habían sido claras: al planeta Tierra le quedaban meses de vida, pues un asteroide se dirigía a ella sin posibilidad de variar su rumbo. Nunca volvería a ver a su hija, pero sabía que le había vuelto a dar la vida y se sentía feliz por ello.


Finalistas

La risa de los muertos en la cocina

En mi familia la muerte nunca fue algo solemne ni prolijo. No había violines, ni manos juntas en oración, ni ese respeto silencioso que uno ve en las películas. Acá la muerte siempre entró como entra el vecino a pedir sal: sin golpear bien, con cara de cansancio y quejándose del clima. Yo me llamo Lila, tengo treinta y dos años y desde hace meses convivo con mis muertos. No todos, por suerte. Solo algunos. Los que se quedaron a medias.

Todo empezó con la abuela Marta. Murió un martes cualquiera, de calor, puteando porque el ventilador hacía ruido. La enterramos rápido porque nadie tenía ganas de prolongar el asunto. Dos días después la encontré en mi cocina, sentada en la mesa, tomando mate como si nada hubiera cambiado. Me miró, suspiró y dijo que la yerba era un insulto. No grité. No por valentía, sino porque estaba demasiado cansada de todo como para sorprenderme de algo. Entendí bastante rápido que la muerte no cambia el carácter, apenas lo deja fijo para siempre.

Después apareció mi tío Raúl, que se había muerto atragantado con una empanada en un cumpleaños. Volvió tres días después indignado, diciendo que nadie lo había ayudado. Desde entonces discutía con el aire, con el televisor apagado y conmigo cada vez que podía. Decía que su muerte era injusta, como si hubiera una forma justa de morirse comiendo empanadas.

La casa se fue llenando de ellos sin pedir permiso. Mi abuela limpiaba cosas que no existían, mi tío Raúl reclamaba justicia gastronómica y otros parientes aparecían de vez en cuando para preguntar si había café. Yo convivía con todo eso mientras intentaba sostener una vida bastante mediocre afuera, como si nada pasara. Lo peor no era que volvieran. Lo peor era lo normales que eran en su rareza.

Con el tiempo entendí que los muertos no vuelven por nostalgia. Vuelven porque dejaron algo sin cerrar. Y ese algo nunca es importante para el mundo, pero sí para ellos. La abuela quería que alguien reconociera su esfuerzo en vida. Raúl quería que alguien admitiera que la empanada estaba fría. Cosas pequeñas, ridículas, humanas. Nadie pedía perdón por grandes tragedias, pedían atención por cosas mínimas que en vida no supieron decir.

Un día me cansé. Estaba lavando los platos cuando la abuela se sentó a mi lado y me dijo que tenía ojeras. Le respondí que convivir con muertos cansa. Me miró como si yo fuera la exagerada de la familia. Ahí exploté. Les dije que no podían quedarse acá para siempre, que esto no era una pensión espiritual. Me miraron en silencio, como si recién se dieran cuenta de algo obvio.

La abuela habló primero. Dijo que les faltaban cosas por cerrar. Raúl agregó que a él le faltaba la empanada. Nadie se reía, pero tampoco era necesario. Todo lo absurdo ya estaba dicho.

Esa noche soñé con una especie de oficina gris donde los muertos hacían fila para resolver asuntos pendientes. Cuando desperté tomé una decisión bastante poco mística: si ellos no podían irse solos, iba a ayudarlos yo.

Empecé por la abuela. La senté en la mesa y le pregunté qué quería de verdad. Después de un silencio largo dijo que hubiera querido decirle a mi madre que la quería más seguido. No era algo grandioso. Era apenas una frase atrasada. Pero en esa casa las frases atrasadas pesaban más que los muebles.

Con Raúl fue más simple. Fui al local de empanadas del barrio y logré, después de una conversación bastante humillante, que alguien admitiera que a veces salían frías. Raúl desapareció esa misma noche. No hubo luces, ni viento, ni efectos especiales. Solo dejó de estar.

Así fueron yéndose todos. Uno por uno. No con solemnidad, sino con una especie de alivio discreto, como si por fin hubieran terminado un trámite largo y aburrido. La casa quedó en silencio por primera vez en mucho tiempo. Y ese silencio no fue paz. Fue otra cosa.

Me senté en la cocina esperando sentir alivio. No llegó. Lo que apareció fue un vacío raro, como si me hubieran sacado algo que no sabía que estaba sosteniendo.

Entonces escuché la voz de la abuela otra vez, detrás de mí. Me di vuelta despacio. Estaba ahí, como siempre, con su cara de cansancio eterno.

Me dijo que se había olvidado de cerrar algo. Le pregunté qué cosa. Me miró largo, sin apuro, y respondió: vos.

No entendí al principio. Después entendí demasiado.

La casa ya no estaba llena de muertos. Estaba llena de cosas que nunca terminaron de irse. Y yo también era una de ellas.


El escape corrección

Nos despertaban a las seis de la mañana. Sin excepción. No importaba si alguien había dormido o no; el horario era una decisión anterior a nosotros, tomada en algún lugar inaccesible del edificio. Después venía la ducha obligatoria. Fría. Rápida. Supervisada. A las siete ya estábamos afuera de las habitaciones. No podíamos volver a entrar hasta las nueve de la noche. Ese intervalo no era libre: era administrado. Nos movían en grupos de a cinco, como si la cantidad pudiera garantizar algún tipo de orden. Al final del día, antes del sueño, nos daban la medicación. Nadie preguntaba qué era.

El edificio se divide en tres pisos.

El primero está destinado a los pacientes considerados “estables”. La palabra no explica nada, pero se repite mucho. Estables significa: que no interrumpen el funcionamiento. El segundo piso es distinto. No hay consenso sobre cómo describirlo. Es ruidoso incluso cuando está en silencio. Allí están los más graves: demencias, episodios violentos, cuerpos que reaccionan antes que las personas. Se dice —siempre “se dice”, nunca alguien en particular— que un hombre se suicidó con un tenedor de plástico. Nadie corrige esa frase.

Nadie la confirma tampoco.

La primera semana es obligatoria allí. Como una forma de ajuste. O de lectura inicial del sistema. Después, si el comportamiento es adecuado, se asciende al primer piso.

Yo fui considerado adecuado.

No por algo que haya hecho, sino por algo que no hice.

Durante tres días estuve atado a una cama. No recuerdo si era castigo o procedimiento. La diferencia nunca fue explicada. Luego me trasladaron. Nadie anunció el cambio; simplemente una mañana las ataduras no estaban.

Adaptarse no es difícil. Lo difícil es entender a qué hay que adaptarse.

Las normas no se explican: se aplican. Y cuando uno las rompe, no siempre hay consecuencias visibles. A veces solo cambian los horarios. O la medicación.

Desde el primer momento entendí que quería salir de ahí.

No como una decisión emocional, sino como una idea fija, repetitiva, que no se desgastaba con el tiempo. El lugar no ofrecía salidas visibles, pero tampoco prohibía pensar en ellas.

Esa era su forma más eficiente de control.

Las ventanas están enrejadas. Las puertas son pesadas, con cerraduras que no se discuten. Las paredes del patio son demasiado altas para ser medidas con la mirada sin cometer un error de cálculo. Aun así, circula la historia de un paciente que logró treparlas. Dicen que escapó. Dicen también que volvió antes de que alguien notara su ausencia, comiendo papas fritas. Nadie sabe cuál de las dos versiones es la oficial.

Quizás lo único estable aquí sea la comida. Y las enfermeras.

Intenté, en algún momento, establecer un vínculo con Paola. No por deseo, sino por estrategia. Una forma de acceso. Pensé que la confianza podía convertirse en llave. Abandoné esa hipótesis cuando comprendí algo más simple: no hay decisiones personales que puedan competir con un reglamento institucional. Nadie arriesga su puesto de trabajo por un acontecimiento que no está previsto.

Con el tiempo me dediqué a observar.

No como un hábito, sino como una forma de no desaparecer del todo.

Observaba al personal: limpieza, enfermería, administración. Observaba a los pacientes del piso, sus rutinas, sus repeticiones, sus pausas. Todo tenía un patrón, incluso lo que parecía caótico.

Mi mejor amigo es Marcos. No sé si es mi mejor amigo por afinidad o por exclusión. Con él se puede mantener una conversación mínimamente coherente, lo cual en este contexto es suficiente para construir una categoría afectiva.

Vilches también era cercano. Hablaba demasiado del cuerpo de las otras pacientes, como si describirlo fuera una forma de mantenerlo real. Cuando le pregunté por qué estaba allí, respondió sin ironía: hiperactividad e intento de violación.

La frase no generó reacción en el entorno. Solo en mí.

Con el tiempo elaboré un plan. No fue una inspiración repentina. Fue una construcción lenta, repetida, revisada muchas veces en silencio.

Pero había un problema: necesitaba un cómplice.

La señora Andrada llega siempre a las tres y media de la mañana. Su turno comienza exactamente entonces, como si la hora la definiera más que su propia presencia. Ella tiene las llaves. No como símbolo de autoridad, sino como herramienta funcional del sistema. Necesitaba a alguien que me ayudara a reducirla antes de que activara el botón de emergencia.

El primer candidato fue Marcos.

Le expliqué el plan con precisión. No omití detalles. Incluso corregí algunos mientras lo decía. Él escuchó sin interrumpir demasiado, lo cual interpreté como atención.

Después hizo preguntas.

No sobre el plan, sino sobre sus consecuencias.

Finalmente dijo que no.

—Si nos descubren —dijo— vamos al tercer piso.

Lo dijo como quien informa un procedimiento administrativo.

Y después juró no contarle a nadie lo que había escuchado.

El tercer piso no es mencionado en los informes diarios. Tampoco en las conversaciones entre personal. Sin embargo, su existencia parece estar asumida por todos. Como una variable no escrita que organiza el resto del sistema.

Se lo conoce como el piso de castigo.

Pero esa palabra resulta insuficiente.

No se trata de permanecer allí.

Se trata de no volver. Nunca nadie volvió.

Con Marcos descartado del plan, pensé en Vilches. Pero me convencí de que era demasiado estúpido y podía arruinar todo. Los días que siguieron analicé distintos actores para mí obra maestra. 

La distancia con Marcos se volvió definitiva después de aquella conversación. Ya no se sentaba conmigo en el comedor. En el patio evitaba mirarme. Cuando coincidíamos fumando, apagaba el cigarrillo antes de tiempo y volvía adentro sin decir nada. Una tarde lo vi hablando con Patricio, el guardia del primer piso. Hablaban cerca de la puerta de enfermería. No parecían discutir. Marcos incluso sonrió en un momento.

Eso fue lo que más me inquietó.

A partir de entonces comenzaron pequeños cambios.

Mi nombre desapareció de la lista de tareas del comedor. Teresa, la mujer de limpieza, dejó de responderme los saludos. Durante las revisiones nocturnas los enfermeros permanecían unos segundos más frente a mi cama, observándome como si intentaran recordar algo.

No ocurrió nada concreto.

Pero el lugar entero empezó a comportarse como si ya supiera algo sobre mí.

El jueves, durante el desayuno, todos se levantaron de la mesa cuando me senté. No hubo apuro ni incomodidad visible. Simplemente se fueron.

Quedé solo frente al café tibio y al ruido de los cubiertos alejándose. Fue ese mismo día cuando aparecieron los hombres.

Entraron por la puerta principal cerca del mediodía. Ninguno llevaba uniforme. Vestían trajes oscuros, demasiado formales para el hospital. El personal modificó su comportamiento apenas los vio: los enfermeros dejaron de hablar entre ellos y los pacientes bajaron la voz, incluso aquellos que normalmente gritaban sin motivo.

Uno de los hombres se acercó a mí con una carpeta en la mano.

—¿Está cómodo acá?

No respondí enseguida.

—Sí —dije al final.

El hombre asintió como si la respuesta no tuviera importancia. Abrió la carpeta. Pasó algunas hojas. Después levantó la vista.

—Nos informaron que estuvo pensando formas de salir del edificio.

Sentí algo parecido al frío, aunque el comedor estaba calefaccionado.

—No sé de qué habla.

Ninguno de los tres reaccionó.

El hombre cerró la carpeta con cuidado.

—Su plan es interesante —dijo—. Bastante elaborado.

Esperé alguna amenaza. Un traslado inmediato. Sedantes. Restricciones.

Pero nada de eso ocurrió.

En cambio, el hombre metió la mano en el bolsillo del saco y dejó un llavero sobre la mesa. El sonido metálico hizo que varios pacientes miraran hacia nosotros.

—Puede intentarlo —dijo.

No entendí.

Miré las llaves. Después a él.

—La puerta principal está abierta durante los próximos treinta segundos.

Nadie alrededor parecía sorprendido. Patricio observaba desde el pasillo con una expresión cansada, casi rutinaria. Marcos no levantó la cabeza de su bandeja.

Pensé que era una prueba.

Pensé que si no me movía, algo peor ocurriría.

Tomé las llaves.

Caminé hacia la salida.

Nadie intentó detenerme.

La puerta principal estaba realmente abierta. Detrás se veía la claridad blanca de la mañana. Una luz demasiado intensa, como si el exterior hubiera permanecido encendido durante años esperándome.

Di un paso.

Después otro.

Y entonces escuché el cierre metálico detrás de mí.

Me di vuelta de inmediato.

No había calle.

No había patio.

No había salida.

Las paredes eran estrechas y grises. 

Solo un cartel que anunciaba:  tercer piso.


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