RELATO GANADOR
CONSCIENCIA
Recobré la consciencia tendida sobre el frío suelo del edificio, incapaz de recordar cuándo, cómo, ni por qué había accedido a su interior. La oscuridad que convertía la estancia en un pozo insondable me impedía advertir a través de sus sombras apariencia alguna, pero las gélidas corrientes de aire y el aroma húmedo y mohoso que se deslizaba en ellas me revelaron que el lugar, posiblemente, se encontraba abandonado.
Alcé mi cuerpo sin advertir su peso y me dispuse a buscar la salida. ¿Cuánto tiempo llevaría allí, tendida en aquellas circunstancias?; me pregunté, incapaz de hallar respuesta.
Identifiqué los escalones tras tropezar con el primer peldaño. Apoyando ambas manos sobre las paredes desconchadas que circulaban la estrecha escalera, comencé a ascender a través de ella. El leve crujido de la madera revelaba mi posición a cada paso.
Algo en el piso de arriba pareció moverse. Me detuve en seco.
Una vez el silencio se hubo instalado de nuevo, continué mi avance. En esta ocasión, asegurándome de no emitir sonido alguno que evidenciara mis pasos ante aquel coro de voces que tomaba forma en el piso superior. Allí, a través del brillo de luna filtrado tras las resquebrajadas cristaleras abiertas en uno de sus laterales, accedí al interminable pasillo que se mostraba ante mí. Recto y largo, como el recorrido de una bala.
La suave brisa nocturna mecía las escasas cortinas deshilachadas que aún resistían colgadas de algunos de aquellos ventanales, ocultándome en ocasiones con su velo grisáceo la luz proveniente de la última de las múltiples estancias abiertas como boca de lobo frente a las ventanas.
Un resplandor de velas rezumaba sobre la oquedad de aquella última puerta, deslizando hacia el pasillo los destellos anaranjados que me atraían con su candor.
Imprimí entonces mayor velocidad a mis pasos, sin preocuparme ya del ruido que los cristales quebrados sobre el suelo emitían bajo mis pies, y asomé mi rostro al interior de la estancia. Fue entonces cuando advertí su presencia. Cinco personas de rostro de rostro pálido me observaban mientras una de ellas instaba al resto a no retirar sus manos del vaso que, sobre la madera de aquel extraño tablero, recorría las letras que conformaban mi nombre. Una y otra vez. Sin descanso.
Entre sollozos, aquellas extraños suplicaban sin apartar de mí su vista.
Giré el rostro, buscando el motivo de su tormento. A mi espalda, el único espejo de la sala, quebrado irregularmente hacia su mitad, devolvía tan sólo su reflejo aterrado. Pero no el mío.
Extrañada, alcé las manos hacia mis ojos y al fin lo comprendí. Mi piel nívea y casi translúcida revelaba que era yo el fantasma al que ellos habían invocado.
escrito por @serna_somoza
RELATOS FINALISTAS
La caja de matar
Aquel martes, Pablo llegó a la oficina con una caja de madera bajo el brazo. No era una caja cualquiera. Era un objeto torpemente construido: las tablas apenas encajaban entre sí, sujetas con clavos mal golpeados y cinta gris en las esquinas. Algunas partes de la madera estaban astilladas o hinchadas por la humedad. Sobre la tapa, a mano alzada y con lo que parecía ser una lapicera a punto de secarse, alguien había escrito tres reglas con una caligrafía temblorosa, como de chico o de alguien que no sabía escribir bien:
«-BAJAR LA PALANCA = 1 PERSONA MUERTA.
-NO MÁS DE UNA VEZ POR DÍA.
-NO MENOS DE UNA VEZ POR DÍA.»
De uno de los laterales sobresalía una palanquita metálica, suelta, oxidada, instalada de manera tan burda que parecía a punto de caerse. Cada vez que se la bajaba, emitía un clic seco, áspero, seguido de una vibración breve, apenas perceptible, como si dentro de la caja algo intentara despertar.
Era tan ridícula y tan casera que nadie se la tomó en serio.
Sus compañeros al primer descuido le quitaron la caja entre risas y burlas. Dijeron cosas como «che, ¿quién se murió ahora?» o «uno por día es muy poco. Adelantemos trabajo». Uno hasta filmó un reel. La palanca fue bajada doce veces ese día.
Pablo no se rió. Miraba la caja en silencio. De hecho, no dijo mucho durante toda la jornada. Apenas murmuró algo como “no era para usarla…” mientras la dejaba sobre el escritorio de la cocina, junto a las galletas de arroz.
Al día siguiente, la empresa amaneció con doce vacantes.
Doce empleados muertos, de formas distintas, en lugares distintos, sin conexión aparente. Un infarto en el colectivo. Una caída desde un balcón. Un ataque de asma. Un auto que se subió a la vereda. Una intoxicación. Una descarga eléctrica. Una embolia. Una caída en la ducha. Una combustión espontánea, según un bombero que no quiso declarar. La lista sigue.
Cuando Pablo leyó el correo de Recursos Humanos, casi se desmaya.
Tal vez debería haberles contado a sus compañeros que la caja no la hizo él. Ni siquiera sabía bien qué era. Se la había dado un viejo en un callejón, la noche anterior. Un anciano alto, encorvado, de rostro blanco como una hoja quemada y ojos lechosos que no parpadeaban.
Esa misma noche Pablo se deshizo de la caja arrojándola a un contenedor de basura. Se buscó uno que quedara bien lejos de su casa. No quería tener nada que ver con todo aquello.
Al día siguiente, Verónica colocó sobre su escritorio la caja que un viejo extraño le había dado.
Leyó las instrucciones con curiosidad y, sin pensarlo demasiado, bajó la palanca.
Afuera, en la salita del jardín, los niños reían. Todavía.
escrito por @c.barrangou
Toque timbre
«Hasta tocar un timbre trae sus consecuencias».
El edificio de la calle Gascón 762, de fachada sucia, ventanas tapiadas y un único timbre junto a la puerta, tenía un pequeño cartel oxidado que lo acompañaba y decía: ‘TOQUE TIMBRE’.
Nadie sabía si alguien vivía allí. Pero todos los días llegaban pedidos. Muchos. Comida, repuestos, artículos de limpieza. Llegaban a todas horas.
Los repartidores llegaban, dudaban un instante, y tocaban el timbre. Una, dos, tres veces. Nadie contestaba. Se quedaban unos minutos mirando la fachada, sacaban una foto como prueba y se marchaban. El ciclo se repetía. Día tras día. Semana tras semana.
A veces, algún vecino murmuraba algo. Que de adentro se escuchaban ruidos. Que una vez alguien vio luces encenderse. Que por las noches, algo se movía detrás de las persianas rotas. Pero nunca con certeza. Nadie entraba. Nadie salía.
Y cada vez que el timbre sonaba, en el subsuelo, la víctima de turno atada a una camilla recibía una brutal descarga eléctrica que la hacía orinarse encima y la dejaba temblando y babeando. Cuando llegaba el momento y la víctima moría, era retirada y reemplazada por otra.
Todo volvía a empezar. Tomaban el teléfono. Hacían un pedido. Y esperaban. Siempre había alguien dispuesto a tocar el timbre.
escrito por @c.barrangou