Último tren griego
El tren de las 11:27 a Tesalia llevaba cuarenta minutos de retraso. Aquiles apoyó la frente contra el cristal empañado del andén, observando cómo la lluvia dibujaba heridas en el vidrio. Llevaba años sin pisar un campo de batalla. Ahora, sus manos, aquellas que habían blandido la lanza más temida del Egeo, sostenían una bolsa de papel con un par de “Cuarto de Libra” para su hijo. El olor a carne grasienta, cebolla y cheddar, le recordó, sin querer, a las fogatas de Troya. Los cuerpos quemándose bajo los muros por el aceite hirviendo. El olor rancio de los muertos sin enterrar. Los gritos, las órdenes, los caballos agonizando, las flechas nublando el cielo con una tormenta de muerte. La débil línea entre estar vivo o muerto, seguir, luchar, vencer.
Neoptólemo, de nueve años, no entendía por qué su padre cojeaba al subir las escaleras del departamento, ni por qué guardaba un yelmo oxidado bajo la cama. «Es un recuerdo de cuando era soldado», le había dicho una vez, sin mencionar que aún soñaba cada noche los rostros de sus camaradas destrozados frente a aquellas murallas.
—¿Vendrás al partido del domingo?— le había preguntado esa mañana, mientras Aquiles anudaba los cordones de los botines nuevos (comprados en rebaja, con la suela ya gastada).
—Claro— mintió, sabiendo que el estadio le haría revolver el estómago. El eco de las gradas, la euforia, los lamentos y los golpes le sonaban a choques de escudos.
Un silbato agudo anunció la llegada del tren. Entre la multitud, Aquiles distinguió a un hombre alto con un abrigo negro que lo observaba desde el andén opuesto. No necesitaba ver el tatuaje de una serpiente en su muñeca para reconocerlo: Agamenón. Su excomandante, el mismo que había vendido por unas pocas monedas los derechos de su historia a una productora de Hollywood, ahora se dedicaba a ofrecer seguros de vida a veteranos.
—Te espero en el café— dijo Agamenón, señalando el local de la esquina —Tenemos que hablar de Patroclo—.
El nombre le atravesó el pecho. Patroclo, cuyo retrato seguía en la mesa de noche, sonriendo bajo el sol de Lesbos. Patroclo, que había muerto por error al llevar la armadura de Aquiles aquel verano sofocante en Troya. Su entrañable amigo desmembrado por una lluvia de lanzas que tenían grabadas el nombre de Aquiles en sus puntas asesinas.
El vagón estaba lleno de gente. Aquiles se dejó llevar por el empuje de los pasajeros, pero en lugar de subir, se detuvo junto a la puerta. A través del cristal sucio, vio a Agamenón sacar un sobre manila de su bolsillo. “Dinero”, supuso. Siempre era dinero. Compensación por su silencio, por su complicidad, por no denunciar los errores tácticos que habían costado tantas vidas.
La bolsa de papel goteó aceite caliente sobre sus dedos. El dolor era casi un alivio. ¡Tantos otros habían implorado una muerte rápida antes de seguir agonizando!.
—Próxima parada: Tesalia Norte— anunció el altavoz.
Aquiles miró su reloj. Neoptólemo saldría de la escuela en una hora. Podría llegar a tiempo si tomaba este tren, si ignoraba a Agamenón, si seguía adelante. Pero entonces recordó la última vez que había huido: en Troya, después de enterrar a Patroclo, cuando se juró que nunca más obedecería órdenes.
El tren arrancó con un gemido metálico. Aquiles lo dejó marchar.
escrito por @marclaureescritor
CATORCE AÑOS
Un matrimonio de ancianos está sentado en la mesa de un bar, con las tazas de café vacías.
—¿Qué? —pregunta él.
Ella, que está absorta, con la mirada fija en un punto, pestañea varias veces y le dedica una breve mirada.
—Nada —le responde, con su voz de pájaro.
—Ah, pensé que me habías…
La mujer no se gasta en responderle que no. Que se equivocó. Que no le había dicho nada, y vuelve a fijar la mirada en el vacío. Tiene un cigarrillo en la mano que arde despacio hasta volverse una larga ceniza curvada.
El marido la mira a los ojos, que son redondos y brillosos como dos canicas de vidrio, esperando el contacto visual para empezar una conversación, aunque, en realidad, no tiene nada para decirle. Ella sigue abstraída. Cada tanto mueve la mano de forma maquinal para depositar la ceniza en el cenicero, pero casi no fuma.
Pasa el mozo y el hombre le hace una seña con la mano, como si escribiera algo en el aire. El mozo no se percata de que le están pidiendo la cuenta y sigue su recorrido. El marido intenta otra vez captar su atención con otra seña que queda a mitad de camino. A esa hora hay mucho trabajo, reflexiona. A la tercera, el mozo, con la bandeja repleta de tazas sucias y vasos vacíos, lo ve y asiente con la cabeza.
El matrimonio sigue un rato más en silencio, en medio de un murmullo de palabras que los envuelven como un remolino. Él juguetea con la cucharilla del café y tararea bajito un tango, para matar el tiempo; espanta a una mosca que insiste en posarse encima de los restos de azúcar. Cuando el mozo trae la cuenta, el hombre se apresura a sacar la billetera.
—Dejá, dejá… Yo pago —dice, a pesar de que su esposa no ha mostrado intenciones de sacar dinero de su cartera.
Deja unas pocas monedas sobre la mesa y se pone de pie.
—Vamos, querida.
La mujer no se mueve de la silla, parece una escultura humeante.
—Beatriz, vamos.
Él espera unos segundos, y se empieza a sentir incómodo por estar parado al lado de la silla vacía, esperando a una mujer que no hace el menor intento de acompañarlo. Vuelve a sentarse y recoge las monedas de la propina. Se inclina hacia adelante con los codos apoyados sobre la mesa, y murmura.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Beatriz sigue en la misma postura: las piernas cruzadas, la mano izquierda bajo el codo derecho, la espalda ligeramente encorvada, los labios apretados. No le responde. Juan Carlos toca la mano de su esposa y ella la retira como un acto reflejo, como si la mano del hombre fuera hierro caliente.
Él carraspea y se acomoda en la silla. Mira de reojo hacia los lados; nadie parece darse cuenta del rechazo.
—¿Querés que pidamos otro café?
De nuevo, no hay respuesta. Beatriz saca otro cigarrillo y lo enciende con la colilla del que se está por apagar. Da una profunda calada. Juan Carlos reprime las ganas de decirle, una vez más, que fumar tanto le va a hacer mal. Se endereza en la silla para no inhalar la espesa humareda e intenta recordar algo malo que haya dicho o hecho, alguna actitud suya que, quizás, la hubiera hecho enojar. Pero no le viene nada a la memoria. Esa mañana se levantaron como cada día, y desayunaron juntos. Es cierto que Beatriz se mostraba algo distante, pero lo atribuyó a su habitual mal humor matutino. Como siempre, él dedicó la mañana a leer las noticias en el diario mientras ella hacía algo en la cocina, y a contarle en voz alta las más importantes. Ahora que lo piensa, no sabe qué es lo que hace su mujer en la cocina, incluso en la casa entera. La ve ir y venir todo el día, pero no sabe exactamente para qué.
Su mujer no le habla desde la mañana. No le ha respondido a ningún comentario sobre las noticias, ni siquiera una formalidad como: «Qué mal está el mundo».
«Será que tuvo una mala noche», piensa Juan Carlos.
Beatriz fuma con caladas cortas y sigue con la mirada perdida en algún punto del bar. Él la observa y piensa, en realidad, que ya desde la noche anterior su mujer está… rara. Miraron una película divertida y no se rió ni siquiera una vez. Cuando él bostezó y dijo «Buenas noches», ella se tapó con la colcha y se puso de lado, dándole la espalda.
—Beatriz, ¿hice algo que te haya molestado?
La mujer separa un poco los labios y parece a punto de hablar, pero no dice nada. Juan Carlos aprovecha que el mozo les pasa por al lado y ordena:
—Dos cafés, si es tan amable.
El mozo está atareado, a esa hora hay mucho trabajo, pero no puede ignorar el pedido. Lo memoriza y sigue su recorrido.
Vuelve la vista a su esposa, como si con solo mirarla pudiera descubrir el enigma de su silencio. Escudriña en sus ojos pero no ve nada, como si estuvieran vacíos; busca en su rostro y en su cuello huesudo algún indicio, en sus hombros angulosos y hasta se fija en la colilla del cigarrillo, que está apenas manchada con labial rojo. No hay nada.
Repasa el día anterior, e intenta recordar la última charla que tuvieron. Por increíble que parezca, no logra traer a la memoria ningún diálogo, nada que ella le haya dicho. En realidad, se recuerda a él mismo contándole algunas cosas sin importancia: nimiedades del trabajo, trivialidades de la televisión o alguna charla intrascendente que tuvo con el vecino.
Juan Carlos, de pronto, se siente confundido, ¿hace cuánto que su mujer no le habla?
—¿Hace cuánto que no me hablás, Beatriz?
La mujer separa los labios y, esta vez, expresa con voz aguda y nítida.
—Catorce años.
El mozo trae los cafés, y Juan Carlos lo mira desconcertado, como si el joven tuviera la capacidad de explicarle lo que acaba de escuchar. El mozo, incómodo por esa tensión invisible y eléctrica, deja las tazas llenas y retira las anteriores.
—¿Es una broma?
—No —responde ella.
A decir verdad, los últimos años no fueron los mejores. Si bien Beatriz nunca dejó de cocinarle y de compartir alguna que otra intimidad en la cama, él atribuía la «cara larga» de su esposa al cansancio, al aburrimiento o, incluso, a la buena vida. Porque uno puede sufrir por tener necesidades o carecer de algunas comodidades, piensa él, pero jamás entendió a las personas que se quejan cuando les va bien en la vida.
—¿Cómo que catorce años?
—…
—¡Beatriz! —dice casi en un grito.
La gente de las otras mesas lo mira con reprobación. Beatriz deja el cigarrillo en el cenicero y, sin decir nada, se levanta, se pasa la palma de la mano por el vestido para quitarle las arrugas, y se pierde hacia el interior del bar.
Juan Carlos ahoga un resoplido entre las manos, y huele su propio aliento a café. Mueve la pierna con ansiedad, que se sacude de arriba abajo como si pedaleara una máquina de coser. Intenta recordar algún comentario que su esposa le haya hecho, no ya de los últimos días, sino de los últimos años. Y no le aparece nada. Cómo no se dio cuenta… El que hablaba siempre era él. Beatriz, a lo sumo, respondía con un «Mmm» nasal, sin siquiera abrir la boca.
¿Catorce años?
Ya puestos, intenta recordar qué fue lo último que su esposa le dijo hace catorce años, pero no puede. Al parecer, ella lo recuerda bien: catorce años sin dirigirle la palabra, ni diez, ni quince, ni veinte. Se lamenta de no poder rememorar ese último comentario.
Bebe sin ganas el café tibio de un sorbo, que le resulta asqueroso. Beatriz no aparece. El cigarrillo manchado con labial rojo se consume con agonía en el cenicero repleto de colillas muertas.
Cuando el mozo pasa por su lado, le pide la cuenta de los dos cafés.
—Ya están pagos, señor.
—¿Cómo…?
—Los ha pagado la señora antes de irse.
—¿La señora se fue?
Los hombros del mozo se encogen indiferentes, y sigue con su trabajo.
Juan Carlos se pone de pie de un salto y sale a la puerta del bar. A unos cincuenta metros ve la espalda de Beatriz, alejándose un poco más a cada paso. Camina tan rápido como puede hacerlo una mujer de setenta años, moviendo de arriba abajo los rulos que le parecen un nido de golondrinas. Juan Carlos tiene el impulso de gritarle «Perdón» o algo similar, de correr tras ella para convencerla de que volviera. Pero se queda de pie en la puerta del bar, y la ve marchar. Beatriz detiene sus pasos por un momento, como si dudara. Sin voltearse, reanuda su marcha, lenta, hasta que gira en la esquina. Entonces, para Juan Carlos, ahora sí, el mundo se queda en silencio.
escrito por @miguelruperez.escritor
EL PREMIO
—Es un orgullo para mí recibir este premio… —dijo frente al público que sonreía y sostenía un aplauso prolongado—. Gracias, muchas gracias. Son muy amables. Este premio es de todos ustedes también, no solo mío. Lo único que hice fue escuchar lo que hace tiempo pedíamos, lo que necesitábamos como sociedad.
»Y no… —comprimió los labios y negó con la cabeza, con la mirada puesta en el recuerdo—, no fue fácil. Por supuesto que hubo gente que, al principio, no creyó en mis ideas. Y los entiendo; a mí mismo me costó creer en ellas. No siempre estamos abiertos a los grandes cambios, a la transición de un paradigma a otro, sobre todo cuando estos cambios vienen tan rápido. Pero la tecnología permitió esto. Han pasado ya veinte años de la creación del primer robot con forma humana, idéntico a nosotros, con consciencia programable según nuestras necesidades.
»Desde entonces se acabó la tristeza de aquellos padres que buscaban tener hijos y no lo conseguían. Nuestros robots nacen, crecen, se hacen adultos. Ya no más hombres y mujeres solos, que necesitan de un amigo que los escuche, o que buscan a su pareja ideal. Todo eso pertenece al pasado.
»Ya saben que a simple vista no hay forma de distinguirlos de un humano real. Parece —y solo parece— que piensan como nosotros, simulan sentir como nosotros sentimos, y, por sobre todas las cosas, se adaptan de forma personalizada a nuestros requerimientos.
Un aplauso espontáneo estalló dentro del auditorio, y tuvo que esperar un minuto a que volviera el silencio para poder continuar con el discurso.
—Estos robots ya nos ayudan con las tareas del hogar. Acompañan a nuestros abuelos cuando nosotros no podemos hacerlo; llevan a nuestros hijos a la escuela; hacen las compras en el mercado; trabajan por nosotros. Gracias a ellos, hace diez años que no tenemos pobreza en el mundo.
—¡Gracias a ti!
—Sí, bueno… —se sonrojó y sonrió con la mirada hacia abajo—, gracias al intelecto humano. Pero todos recordaremos que, tras la prosperidad económica mundial, aumentaron las agresiones entre las personas. Los asesinatos, las violaciones. Fue una época muy triste de nuestra historia. En las prisiones ya no cabían más personas.
»Entonces, construimos nuevas cárceles. Y también se llenaron. Ni la psicología ni las fuerzas armadas pudieron contener la avalancha de crímenes, que se expandía como un virus en la sociedad. Ni siquiera los propios robots pudieron ayudarnos, pues están programados para jamás dañar a la raza humana. Tuvimos que aceptar que, en el fondo, no somos más que animales, y que el aburrimiento puede estimular mejor que el hambre nuestros instintos más básicos.
»¿Que levante la mano quién nunca tuvo un mal pensamiento hacia el prójimo? ¿O ganas de insultar, de golpear a otra persona? Seamos sinceros… ¿quién no deseó que muriera un asesino?
En el auditorio nadie levantó la mano.
—Yo tampoco la levanto, señoras y señores —añadió, y durante un instante sostuvo la mano a medio camino, como si dudara de alzarla o no—. Mi pensamiento tampoco es puro. Soy igual que cada uno de ustedes.
Hizo un breve silencio, un segundo más largo de lo necesario.
—Este premio es el símbolo, el reconocimiento a lo que, con tanto esfuerzo, pudimos conseguir. Sí, digo pudimos, porque yo solo no hubiera podido lograrlo. Gracias a ustedes, hoy podemos afirmar que las cárceles están vacías.
El silencio cedió ante un nuevo aplauso que se extendió por todo el auditorio. La gente se miraba entre sí y asentía con la cabeza. Esta vez, tuvo que esperar dos minutos a que terminara la ovación. Notó que en una de las filas del fondo nadie aplaudía.
—Son muy amables —abrió una mano hacia el público—. Gracias. Mi padre, que en paz descanse, solía decir una frase que he repetido a lo largo de mi vida: «Si no puedes contra ellos, úneteles». Es imposible frenar el impulso humano y, a decir verdad, hemos de agradecerlo, pues ese impulso es el motor que nos ha hecho progresar. Pero cuando esa fuerza está mal encauzada, en muy pocos casos puede corregirse. Porque ya hemos comprobado que ni la psicología ni la tortura dan resultado. No podemos convencer a un alma torcida, y la agresión solo alimenta el resentimiento que impulsa nuevos ataques.
»La respuesta estaba ahí, delante de nuestras narices. ¿Qué quiere el violador? ¿Qué ansía el asesino? ¿Qué es… —eleva el tono de voz y se inclina hacia adelante—, qué es lo que más desea un pedófilo?
Sabía que esas preguntas solían levantar un murmullo entre el público; y era justo ese el efecto que buscaba.
—Satisfacer su deseo —dijo, con una obviedad casi insolente—. Pero, claro, el problema es más que evidente. Ejercer un mal sobre otra persona no es legal, ni moralmente correcto. ¿No es así?
Se alejó del atril y se acercó al público, como si quisiera que lo escucharan sin la barrera de las palabras ensayadas.
—Por eso creamos las intimerías. No pongan esas caras, señoras, que aquí más de una le habrá dado con el cinturón a su hijo… —Se oyeron algunas risas en el público—. Así como en cada pueblo hay peluquerías, ferreterías, confiterías, desde hace dos años existen las intimerías. Y es de público conocimiento que, desde su implementación, el delito se redujo en un noventa y nueve por ciento.
—¡Esto es una aberración! —gritó una voz desde el fondo—. ¡Están enfermos!
El grupo de la última fila se puso de pie y caminó hasta la salida. El orador carraspeó brevemente, y los miró con condescendencia, hasta que salieron del auditorio dando un portazo.
—Como les decía… —tardó unos segundos en ordenar las palabras—, para quienes no estén familiarizados con las intimerías, y sospecho que aquí deben ser muy pocos… —dijo, con una enorme sonrisa de dientes blancos—, son fábricas de robots con habitaciones privadas. Cada persona entra al local, solicita la creación de un robot humanoide y define a su gusto las características físicas y mentales. No tarda más que unos minutos en crearse. Y paga por adelantado, por supuesto, antes de llevar al robot a una de las habitaciones para ejecutar contra él todos los delitos que desee.
»Creo oportuno recordarles que, a pesar de lo que sostienen ciertos sectores, nada de lo que los robots expresan es real. Pueden gritar de dolor, pueden suplicar que uno se detenga, pueden incluso llorar, pero todo forma parte de su programación. No hay sufrimiento real —hizo una breve pausa—, y es importante que esto se entienda bien.
»Además, la fabricación de cada robot tiene un costo muy bajo y no contamina el medio ambiente, pues solemos reciclar y reutilizar las piezas de los robots que ya han recibido las descargas humanas. Ese es, señoras y señores, el verdadero avance tecnológico. La perpetración del delito sin víctimas.
»Creo que las palabras sobran cuando la evidencia está ante nuestros ojos. Hemos mejorado nuestra calidad de vida. Y es justo reconocer que este premio no es para mí. Es para usted, señor; para usted, señora. Por usar las intimerías. Por hacer del mundo un lugar menos cruel. Muchas gracias.
Por tercera vez, el público respondió con un aplauso incontenible, cargado de respeto, mientras el hombre bajaba las escaleras entre destellos de cámaras, con la estatuilla en alto apretada en un puño.
De la fila del fondo, una persona lo seguía mirando, sin aplaudir.
escrito por @miguelruperez.escritor
