RELATOS CORTOS
MALDITA ADOLESCENCIA
Desde la penumbra de mi dormitorio oigo el reloj del campanario de la iglesia. Son las dos. En breve, mi madre irrumpirá en mi guarida como una misionera borracha de fe que intenta rescatar mi alma perdida. No falla, en domingo, iglesia y ramo de flores.
Como resultado, una madre empeñada en que puede sacarme de este hondo agujero en el que me hallo. Sus herramientas son flores, luz del sol y palabras huecas del párroco que utiliza la voz de su fiel como catapulta.
Me lanza incansable consignas superficiales de amor con su voz. Su voz. Llamarla voz es menospreciar la joya que alberga en sus cuerdas vocales. Es un sonido que, primeramente, lo acoges en tus oídos como grato, gracioso y pizpireto; recuerda al tintineo de campanillas, pero en poco tiempo, se torna peligroso. Se convierte en un chirrío estridente que se extiende invadiendo tu cerebro borrando en él toda capacidad de pensamiento y actuación.
Sin duda, su grito se alzaría como ganador en un duelo de rotura de copas frente a la mismísima Ainhoa Arteta.
No sé cómo el ejército aún no ha contactado con mi madre para incluirla en su arsenal secreto de armas de destrucción masiva. Con un simple chillido puede acabar con los cristales de todo un campamento militar. Pero, quizá, sería más valiosa para los militares la utilización de su goteo, el chorreo que te cae en forma de frases de auto ayuda usado a modo de tortura.
En ocasiones me imagino que familias de lindos gorriones han anidado en mis orejas y los polluelos no cesan su piar agónico exigiendo alimento. No entiendo lo que dicen, tampoco entiendo a mi madre. Hablamos en idiomas diferentes o, tal vez, hablamos en frecuencias diferentes.
Siguiendo a rajatabla un orden del día estricto e inmutable, entra en la habitación con su cantinela sobre los beneficios del madrugar y todo lo que ha aprovechado el día mientras yo, solo, dormía.
– Vuelves de tu rutina de domingo y parece que hayas estado con el mismísimo dalai lama – acierto a contestarle bajo las sábanas.
– Hay personas que vuelven de Varsovia y no cuentan nada – contesta mi madre enfadada.
La noto dolida desde que se me ocurrió ir a visitar a mi padre a Polonia para solucionar problemas en mi cabeza. Fui en busca de respuestas, pero el viaje me contestó como lo haría mi madre, con un “ves, te lo dije” que sonó como un bofetón de realidad a mano abierta.
¿Cómo decirle que mi padre apenas se ocupó de mí?
¿Cómo confesarle que la eché de menos?
Incluso, en ocasiones, añoré su voz.