Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

Relato ganador

El disco dorado

Hoy soñé con Júpiter, un embrión y una mujer en un supermercado. Ayer, con la anatomía humana, el teatro de Sídney y la Muralla China. Durante el día, la existencia es más difícil: no puedo dejar de repetir mensajes en idiomas que desconozco, de tararear «La flauta mágica» de Mozart o recitar un discurso de Jimmy Carter. De todos mis espasmos, mi favorito consiste en una serie de golpes rítmicos que forman la frase per aspera ad astra en código Morse. Los peores, los más humillantes, son esos en los que aullo como un lobo o hago o ruidos de ballena. Hace una semana que no voy a trabajar. Llamé a Sandra para saber de Ludmila; me dijo que soy mala influencia.
Empezó como una pesadilla recurrente. Una pesadilla que se parecía mucho a la realidad. En un escenario sin sentido, escuchaba un zumbido que me partía la cabeza y, con un blanco que me cegaba, veía una figura geométrica que no podía comprender. Me despertaba siempre en la incomprensión absoluta, empapado de sudor con la sábana pegada al cuerpo. La figura cambiaba: a veces, líneas curvas continuas o discontinuas; otras, dos círculos concéntricos o un rectángulo.
Lo primero que vi esa noche fue un mensaje de la madre de mi hija: «Gonza, la seño de Lu nos ha citado a una entrevista. Estaría bueno que vinieras, para que nos vea juntos. Es mañana a las 9». «Sí, obvio Sandra», le contesté.
El día en la oficina se me hizo eterno. Arranqué con una reunión sobre una campaña de marketing. Hice el que tomaba notas, pero pasé la hora garabateando en automático. Al volver a abrir el cuaderno revisé los garabatos que había hecho; eran las figuras de las pesadillas. Los uní y confirmé que eran parte de un solo dibujo; parecía un disco de corte, quizás un ojo.

***
Al siguiente día, dormí poco más de cuatro horas. Desperté otra vez con la misma pesadilla. Esa vez, decidí a dibujar las figuras aún con lagañas en los ojos: otra vez el círculo, pero ahora la línea discontinua tenía rayas perpendiculares. Anoté el patrón: «| – – || – – – – || – – |». No pude volver a dormir e intenté relajarme en la ducha. Entre las gotas seguí viendo las figuras.
Llegué al colegio a las nueve y diez. Sandra me esperaba en la puerta, con los brazos cruzados. Subimos por una escalera de mármol hasta un aula vacía.
—Los citamos por el comportamiento de Ludmila —dijo la maestra, una chica joven, mofletuda.
—¿Algún problema con las compañeritas? —pregunté.
—No, no, para nada. El problema es que no escucha, se distrae y se la pasa dibujando.
—Normal entre los chicos —dije.
La docente acercó un pupitre de madera. No tenía marcas de lápiz ni bolígrafo, sino un grabado de líneas rectas, hechas con regla, que partían de un mismo punto; un asterisco irregular. Sandra, pálida, me miró para que dijera algo.
—Por supuesto lo pagamos, es una falta de respeto —le dije.
—Le agradezco, pero ese no es el punto. Lo preocupante es que Lu dibuja siempre lo mismo en todos lados.
—¿Una estrella?
—Sí, no sé, parece… —La mofletuda nos mostró un papel. El mismo dibujo. Quince líneas, unas más largas, otras más cortas, pero iguales en un lado y en otro—. Ya hizo este dibujo muchas veces. Siempre igual.
—¿Y de dónde lo copia? —preguntó Sandra.
—Eso es lo llamativo, no lo copia, lo sabe de memoria. Cuando le pregunto qué es, me contesta «el sol». Quizás no sea nada, pero la repetición de dibujos puede ser indicio de alguna particularidad en el desarrollo neurocognitivo.
Le contesté que me parecía una exageración, que era una criatura. Ella insistió que tenía la obligación de notificarnos y recomendar una interconsulta con psicopedagogía. Me fui enojado, diciendo que no hacía falta. Sandra me fulminó con la mirada.
—Siempre lo mismo, eh.
—Me ha dado rabia. Como si la niña tuviera algo raro.
—A lo mejor sí tiene algo raro, Gonzalo.
—Está bien —le dije— ¿Cuándo la vas a llevar a la psicopedagoga?
—«Vas» una mierda. Vamos a llevarla. A la que mi hermana manda al hijo, ¿sí?
—Pero decime la verdad, ¿la ves rara?
—No. Pero soy la madre, puede que no note cosas que no son normales en otros chicos.
—Para mí es normal.
—Sí, bueno, pero se la pasa haciendo ese dibujo de mierda —me dijo moviendo los dedos en el aire—. Dale, no sea cosa que nos esté queriendo decir algo y nosotros ni cuenta nos damos.
—Llámame cuando consigas una cita. Yo la llevo.
Mientras esperaba el cappuccino en la cocina de mi trabajo, mi dedo acarició el azúcar derramada en la encimera. Sin haberlo pensado, había trazado el círculo.

***
Después de ese día sucedió lo de los graffitis.
Esa noche, lo que me despertó no fue soñar con el círculo, sino el barullo de los perros. Me levanté de un salto por cuatro adolescentes que corrían por la calle, partiéndose de risa. Una manzana atrás venía un patrullero con la sirena.
El grafiti azul ocupaba los cinco metros del paredón del vecino. Parecía un electrocardiograma: picos rectos seguidos de un zigzag irregular. En el camino al trabajo vi más pintadas. Presté atención: parecían frescos, recién pintados.
Esa noche soñé con el círculo de nuevo, esta vez completo; se le sumaban más figuras: una línea horizontal que terminaba en un rectángulo y, abajo a la derecha, varias rayas más. Después de soportar un día en la oficina, llevé a Ludmila a la psicopedagoga.
—Resulta anormal su comportamiento compulsivo —me dijo la mujer.
—¿Compulsividad cómo?
—Que no puede dejar de hacerlo.
—¿Y eso es malo? A mí me pasa.
—¿Usted toma medicación psiquiátrica?
—No.
—¿Historial de trastornos en su familia o en la de la madre?
—Ah, ya veo por donde va. No, claro que no, la niña no es esquizofrénica.
—No es común en niños de su edad y los síntomas aparecen en la adolescencia y la adultez. Son trastornos con una base genética fuerte, por eso si no hay antecedentes, lo descartamos. Es más probable que sea un rasgo aprendido. ¿Ella lo vio a usted hacer esos dibujos?
—No. No vivimos juntos.
—Vamos a hacer las evaluaciones, un psicodiagnóstico. Mientras tanto, recomiendo que la alejen de las pantallas. Sé que es difícil, pero reemplacen ese pasatiempo con otra cosa.
Al salir, llevé a la nena a comer una hamburguesa. Me miré las manos y creí ver los dibujos en ellas. Fui al baño, las refregué con jabón; también se formaban en la espuma.. Mis ojos se fijaron en la puerta de un cubículo y los volví a ver: el disco con su entramado de rayas, trazado con una fuerza brutal sobre la melamina. Era el disco, los zigzags de los grafitis y hasta el «sol» que hacía mi hija.
Un tipo que estaba haciendo pis me miró contemplando los dibujos, luego miró la melamina y le pregunté si él también los veía.

***

—No sos el único paciente que ve el disco. No sabemos por qué, pero está pasando. No estás solo.
No puedo asegurar que el psiquiatra me haya dicho eso. Porque, en realidad, a partir de ese punto no recuerdo más sobre la conversación. No puedo asegurar si hubo más palabrerío; si tuve que realizar una batería de evaluaciones; si le contesté, no una sino varias veces, que comprendía lo que me estaba diciendo; o si le confirmé que mi vida y la de los demás no corría riesgos. Lo cierto es que volví a mi casa con una receta de olanzapina.
Las imágenes no desaparecieron con la medicación, de hecho, las podía ver con más nitidez. Aprovechando el tiempo muerto del trabajo, las dibujé hasta el más mínimo detalle, les saqué fotos e hice una búsqueda inversa. Encontré dibujos de la misiones especiales Voyager.
«En 1977, como náufragos que arrojan botellas al mar, se enviaron dos naves fuera del sistema solar con mensajes idénticos en dos discos de oro. Guardan una muestra de la especie humana: saludos, láminas de anatomía, química, evolución, música y fotos de la vida cotidiana. Todo lo necesario para que un ser espacial nos conozca. Las sondas abandonaron el sistema solar hace diez años y se desconoce su paradero».
Luego encontré comentarios en foros, en sitios de noticias:
«Hoy, los afectados por las visiones no tienen explicaciones, solo sienten la pulsión de dibujar lo que se envió al espacio aquella vez. Para algunos, se trata de un fenómeno de histeria colectiva, como cuando en 1518 todo el pueblo de Estrasburgo se puso a bailar sin razón aparente. Para otros, un mensaje subliminal lanzado por la CIA».
Ahí fue cuando vino el zumbido y el relámpago blanco. Toda la oficina me miró
gritar:

«šilim-ma hé-me-en.
Hoitines pot’este chairete! Eirēnikōs pros philous elēlythamen philoi. Paz e felicidade a todos.»

***
El mundo se volvió insoportable y dejé de ir a trabajar, dejé de ser padre, de ser humano. Todo por no poder dejar de repetir el contenido del disco dorado. Aullo, ladro, hago ruidos de ballena y de todos los animales que grabaron en el disco. La cotidianidad es imposible.
Y el psiquiatra tenía razón y mi ex mujer no: no estoy solo; somos cada vez más. ¿Entonces por qué no quiere que pase tiempo con Lu? ¿Por qué no podemos tener una conversación padre-hija sobre la infinidad del espacio?
En cinco minutos de tranquilidad —esos que transcurren sin que mi mente explote por enésima vez con el Cuarteto de cuerda n.º 13 de Beethoven—, logro relajarme y abrir el mail de mi trabajo. Es mi jefe respondiendo una cadena eterna en la que cada respuesta comienza con una copia del mensaje original. Toqué reply all y comprendí que estábamos repitiendo el mensaje del disco dorado porque pronto llegaría la respuesta.

***
«Hola,
Mi nombre es [ABISMO].»
Dijo mi hija mientras izaba la bandera en un acto escolar.
«Encontré tu nave. Es bella. Bellísima, diría, en especial por este disco dorado. Lamentablemente, al atravesar el agujero de gusano emergió dañada en el otro extremo. No creo que sirva más. » Dijo Sandra.
«¿Tu nombre es Humanidad? ¿Por qué tienes varios nombres? ¿Cada una de tus células lleva uno distinto? Me parece fascinante un ser vivo con tantas células pseudo independientes. ¿Cuál de ellas es la receptora? ¿Cómo sabré a quién enviar la respuesta? No me queda otra alternativa que enviar el mensaje a todas al mismo tiempo. Espero que no te moleste. »
Dijo el presidente en la televisión.
«Estoy hecho de los mismos elementos y mi casa es parecida a la Tierra, aunque menos azul y un poco más amarilla. Llueve seguido; en algunos lugares es cálido, en otros frío. Me quedan ciento ochenta millones de años de vida. Luego, me extinguiré.
Qué bueno, creí que iba a morir sin hablar con otro ser. » Dijimos todos.

***

«Estamos muy lejos. Las ondas de radio se deforman y tardan mucho. Por eso no llegaban mis mensajes. Estudiando el disco de tu nave, vi la grabación que explica cómo funcionan los cerebros de tus células. Gracias a eso supe cómo enviarte este mensaje. Espero que no tengan problemas para recibirlo. Si estás viendo esto es porque lo logré. Te enseño la manera de contestarme. Espero tu respuesta.»

***
«Hola,
Soy [ABISMO].
No recibí respuesta. ¿Estás bien?»

escrito por @pf_polci


Relatos finalistas

Protocolo: Fixing a Hole

El pequeño deportivo blanco casi volaba por la carretera del noroeste de Londres que la gélida lluvia convertía en un negro espejo donde sólo el reflejo de los faros rompía la oscuridad de la noche. Al volante, una persona fuera de sí hacía que el motor aullase con rabia.

Las luces de otro coche relampaguearon en su retrovisor, y hundió con más fuerza el pie en el acelerador, instantes después el auto derrapaba sobre una placa de hielo e hizo que su conductor perdiera el control. El vehículo perseguidor se detuvo de inmediato y el hombre que salió de él corrió de manera atolondrada hacia los hierros retorcidos, todavía humeantes. El deportivo había chocado con una verja metálica, arrancado un semáforo y derribado varias señales. Entre la tela del techo hecho jirones se adivinaba un cuerpo. Sobre la nieve una mancha roja de forma circular se extendía alrededor de un mástil de guitarra clavado en la hierba como una planta macabra.

El conductor del segundo vehículo, aún impresionado por la escena, buscó una cabina telefónica, marcó un número y esperó la respuesta.

—Servicio de reparación, dígame —sonó una voz al otro lado de la línea.

—Ha ocurrido algo horrible —dijo con voz entrecortada—. La situación es urgente; mi código es “999”. Es necesario cubrir una brecha; solicito protocolo recogida y reemplazo.

—De acuerdo. Activamos el protocolo FH. ¿Dígame su identificación y el lugar donde se encuentra?

Cuando colgó el teléfono, el hombre se dirigió de nuevo hacia el vehículo accidentado; se apoyó, sintiéndose enfermo, sobre uno de los postes que flanqueaban la calzada… y vomitó.

Habían transcurrido apenas cuatro meses desde su traslado, y aquel frío noviembre de 1966 en Lakenheath le resultaba tan molesto como el calor sofocante de las junglas de Vietnam al que nunca se había acostumbrado. Los sonidos fuertes le seguían sobresaltando y, en la penumbra de la consulta, el timbre del teléfono estalló como una granada y llenó la sala con un ensordecedor ruido. Descolgó el estridente teléfono casi como un autómata y respondió:

—Capitán Bakeman —al otro lado sonó una voz firme—. Capitán, soy el coronel Wheeler; preséntese de inmediato en mi despacho.

Aquello terminó de despertarle.  —A la orden, señor —y colgó.

Se frotó los enrojecidos ojos para acostumbrarlos a la brillante luz, se colocó su uniforme y la bata de médico que lo cubría y se encaminó, todavía somnoliento, hacia el despacho del coronel. Una llamada en plena madrugada no presagiaba nada bueno.

Wheeler se encontraba acompañado de dos hombres. Ambos vestían con sobrios trajes color gris oscuro y dedujo que eran civiles. Se presentó formalmente y esperó en posición de firmes ante ellos. —Estos caballeros desean que los acompañe.

Uno de los individuos se dirigió a él: —Capitán, necesitamos de sus servicios como médico.

Bakeman miró al coronel, sorprendido, y éste asintió:

—Son órdenes; no puedo darle más información, pero ha de acompañarlos.

El capitán preguntó a los visitantes: —¿Puedo saber de qué se trata?

—Acompáñenos; por el momento no necesita usted saber nada más —dijo el más alto.

Flanqueado por los misteriosos visitantes se subió a un Jaguar negro que los esperaba en la puerta y partieron en la fría madrugada. Durante el viaje, las conjeturas se agolpaban en la mente del oficial: ¿dónde le llevaban? Y —sobre todo— ¿con qué motivo? Por el rumbo del vehículo supuso que su destino era Londres.

La incertidumbre le quemaba como un sarpullido, pero era un militar y obedecía órdenes. Al igual que su padre, reputado médico en el hospital militar de Bethesda, había aprendido a cumplir su misión sin hacer preguntas. Recordó la vez en que le preguntó acerca de lo sucedido el veintidós de noviembre de 1963, en aquella sala de autopsias de Bethesda, y su respuesta fue:

Hijo, nosotros damos soluciones y después olvidamos.

El Jaguar traspasó a gran velocidad el portalón de la finca y se detuvo frente a la construcción principal. Casi amanecía cuando los tres ocupantes salieron del coche y entraron en el edificio.

El capitán Bakeman fue conducido hasta una sala donde esperaban varias personas.

Una mujer menuda, de pelo recogido en una trenza y de aspecto enérgico, se dirigió a él:

—Capitán, ¿o prefiere que lo llame doctor? Soy la doctora Adams. Imagino que se preguntará cuál es el motivo por el que lo hemos traído hasta aquí. Y, mirándole con detenimiento, dijo:

—Le necesitamos para una cirugía craneal muy especial; sabemos que tiene usted experiencia con heridas de combate. Uno de sus acompañantes le recordó:

—Todo esto es confidencial; nada de lo que suceda hoy podrá ser revelado ¡jamás! Está a tiempo de renunciar. A partir de este momento no habrá vuelta atrás.

Todavía con el penetrante olor a desinfectante en su nariz, tras su paso por la sala de descontaminación, la mujer que parecía dirigir el equipo lo condujo hasta el quirófano.

No era como ninguno en el que hubiera estado con anterioridad. La luz, extrañamente potente, parecía brotar de todas partes. Zumbidos procedentes de aparatos desconocidos para él. Luces parpadeantes… y, en el centro de la sala, una amplia mesa de operaciones sobre la que reposaba una caja blanca, de la que brotaba una ligera bruma.

Los nervios le punzaban en la boca del estómago y, pese al frío reinante, algunas gotas de sudor caían por su frente.

La doctora Adams se dirigió al grupo de personas presentes.

—Doctores, vamos a comenzar el procedimiento de reemplazo; capitán, sígame, por favor.

Ambos se situaron junto a la mesa de operaciones. Ahora podían ver su contenido.

Una puerta se abrió y cuatro sanitarios introdujeron una camilla con un cuerpo. Lo depositaron sobre la mesa, al otro lado de la caja, al tiempo que lo conectaron a varios aparatos.

Pese a estar acostumbrado al horror de un hospital de campaña, lo que pudo ver dentro de la caja lo dejó sin aliento: una cabeza humana, completamente cubierta por hielo seco.

—Doctores, no hay tiempo que perder; comencemos el proceso —dijo con firmeza la doctora, mientras se giraba hacia Bakeman—. Doctor, vamos a extraer el cerebro del cráneo junto con el tronco encefálico hasta el arranque de la médula espinal.

Tímidamente susurró:

—A sus órdenes, señora — dijo mientras tomaba un escalpelo de la bandeja. 

Un ligero temblor, cada vez más perceptible, le sacudía las manos. Conteniendo la respiración para pararlo, comenzó con la operación. Nadie hablaba y casi se podían oír los latidos y respiraciones de los presentes. 

Un par de horas después, el cerebro flotaba en un líquido amarillento dentro de un recipiente cilíndrico.

El capitán respiró aliviado, pero con la sensación de estar en el medio de una de las frecuentes pesadillas que tenía desde su regreso del Nam.

Al otro lado de la mesa yacía un individuo tendido boca abajo.

El cráneo de aquel sujeto estaba abierto por la mitad y vacío. No se asemejaba a ninguno de los que hubiera visto con anterioridad. Su apariencia era real, pero nada parecía estar en el lugar donde se suponía que debía estar y eso le desconcertaba.

La doctora Adams, a la vez que manipulaba una de las máquinas a las que se encontraba conectado el cuerpo, dijo en voz alta:

—Ahora, insertaremos el cerebro en el receptor.

Bakeman se aproximó al paciente y pudo ver mejor la cavidad craneal. Por dentro parecía hecho de algo similar a un plástico de color plomizo.

—Doctora Adams —balbuceó—, eso no es un cráneo humano.

El interior era suave, como la piel de un delfín. No había orificios en su parte anterior, como correspondería a un espécimen humano. En su parte inferior, en un agujero similar al de un desagüe, sobresalían múltiples cables, no más gruesos que un cabello.

La doctora sostuvo su mirada y, con tranquilidad, dijo:

—Es un proceso estándar de reemplazo, doctor. Después de la operación le explicaré, si lo desea, todos los detalles.

Siguiendo las instrucciones de la mujer, Bakeman tomó uno de los instrumentos de la bandeja de acero inoxidable y comenzó la operación.

Durante su carrera, tanto civil como militar, había practicado cirugías complicadas, pero ¿trasplantar un cerebro?…

Con suavidad ambos médicos retiraron el cerebro del recipiente y lo colocaron sobre la cavidad craneal.

—Doctor, ahora finalizaremos las conexiones neuronales y restableceremos el flujo sanguíneo —sentenció la doctora Adams, mientras con una extraña pinza insertaba cada cable en el tronco medular.

—Sostenga esto —ordenó, y le entregó un tubo que contenía una sustancia amarillenta y viscosa—. Ahora insértelo en el hueco que hay a la derecha de la cavidad.

El líquido que se extendió cubriendo la zona entre la masa cerebral y el cráneo se solidificó al contacto con el aire, formando una cubierta blanquecina.

—Sellemos la cavidad y el cuerpo estará listo para el reinicio— concluyó Adams.

Una vez cerrado el cráneo, giraron el cuerpo hasta dejarlo tendido sobre su dorso.

El cuero cabelludo —o lo que parecía serlo— y la cara del individuo, que habían sido retirados hacia delante, volvieron a su lugar y, a continuación, los suturaron en su posición correcta.

Bakeman pudo ver entonces un rostro que le resultó vagamente familiar. Había visto a aquel hombre en otro lugar, pero ¿dónde?

El agua resbalaba por su cabeza como una lluvia purificadora. Habían sido varias horas de tensión y ahora, relajado por una ducha, esperaba despertarse de repente, bañado en sudor como solía desde su regreso de la guerra, y darse cuenta de que todo era fruto de su imaginación. Sin embargo, sus manos todavía temblaban.

La boiserie, repleta de libros, cuadros en las paredes y diversas antigüedades, daba a aquel despacho un aspecto sobrio y señorial, un fuerte contraste con la tecnología que había visto horas antes. De espaldas al amplio ventanal con vistas a la campiña, sentada frente al enorme escritorio de madera noble, la doctora Adams le esperaba.

El capitán entró y se sentó en una de las butacas tapizadas en lujosas telas. Tras la ducha reparadora, un poco de descanso y comida, se sentía mucho mejor y dispuesto a escuchar.

Se acomodó en su asiento y dijo:

—¿Qué ha pasado ahí dentro, doctora Adams? Necesito respuestas.

—Doctor —dijo ella—, esto es altamente secreto y solo puedo explicarle el procedimiento médico, pero no revelarle para quién trabajamos ni quiénes son nuestros clientes.

La doctora Adams se puso en pie y, frente a una pizarra que había en un rincón, comenzó la explicación. Bakeman seguía sus palabras y gestos con los ojos de un niño que descubre los secretos del universo. Adams dibujaba, de vez en cuando, diagramas con un lápiz graso en la pizarra; la bioingeniería, los cuerpos creados en polímero, las microconexiones neuronales… todo aquello le sonaba a fantasía. La cuestión ahora era: ¿Quiénes estaban detrás de esto? ¿Y por qué? Y así se lo preguntó a la doctora.

— Esto es algo que está por encima de nosotros —dijo condescendiente—, incluso de los gobiernos. Esta tecnología ha sido desarrollada por los médicos y especialistas en bioingeniería más eminentes, nos hemos adelantado décadas. Nuestros benefactores son gente de un nivel económico y social que está fuera de alcance y desean el anonimato y los mejores servicios. Bakeman la interrumpió: —Pero… ¿y por qué yo?

La doctora Adams lo miró, incómoda, y dijo:

—Yo, como usted, cumplo órdenes. Por eso le mandé llamar; alguien ahí arriba, por alguna razón, quería que estuviese presente. No sé nada más.

La tarde caía ya sobre el noroeste de Londres y, de nuevo acompañado de los dos hombres misteriosos, se dirigió al vehículo que le llevaría de regreso a Lakenheath. Frente a ellos, un Rolls blanco se detuvo con estruendo. De él descendieron tres muchachos jóvenes; su pelo largo y vestimenta moderna le resultaron familiares. Uno de ellos se cubría el rostro con la mano, dejando entrever unas gafas redondas. De repente, el capitán recordó el rostro del hombre del quirófano; en ese momento supo quién era.

No lo puedes contar —aquel pensamiento persistente retumbaba en su cabeza—; además, ¿quién te va a creer? Seguro que te despertarás en cualquier momento y todo habrá sido una pesadilla. Y, con ese pensamiento tranquilizador, se arrellanó en el asiento trasero, intentando descansar.

La nieve cubría la calle mientras Bakeman, ya anciano, observaba los copos desde la ventana. En sus manos temblorosas, una vieja carpeta y, en ella, casi borradas por el tiempo, las palabras CLASIFICADO y ALTO SECRETO destacaban en color rojo. “CPTN. BAKEMAN, DANIEL – SAIGON, VIETNAM – 1966 – PROTOCOLO FH-001 ordenado por GEN. BAKEMAN, GEORGE”. Miró al lado del giradiscos; la portada de un disco mostraba a cuatro hombres cruzando un paso de peatones; uno de ellos caminaba descalzo. Imperecedero en su retina, aquel rostro era el que creyó reconocer bajo la intensa luz de un quirófano.

Sonaba ahora “Strawberry Fields Forever”, casi al final de la canción, y, escuchando atentamente, se puede oír al cantante susurrando algo parecido a “I buried Paul”. Siempre le había llamado la atención esa frase porque… técnicamente era cierto; aunque una parte permanecía viva, El resto había quedado tendido en la nieve…

escrito por @josepin1972


LA ÚLTIMA EXPOSICIÓN

El dispositivo pesaba tres kilos y medio con el trípode doblado, pero Vera siempre lo cargaba en la mano, nunca en el hombro. La correa estaba sin usar, doblada en el fondo de la mochila.

La fábrica de tejidos de la calle Morena tenía ventanas en arco, cuatro metros de altura cada una. Vera cerró los ojos al entrar. La luz de las tres de la tarde caía sobre el granito en fajas amarillas que olían a polvo y a algo mineral, como el interior de una roca recién partida.

Tenía dos horas antes de la cuadrilla.

El proceso requería quietud. Vera plantaba el trípode, calibraba el ángulo de apertura, activaba el captor y esperaba. La máquina absorbía. Captaba las frecuencias lumínicas de un espacio y las fijaba en una matriz de cristal fotónico que podía reproducirse después en cualquier lugar, en cualquier momento, durante el tiempo que la matriz aguantara. Nadie había probado todavía que una matriz se degradara. La luz de la fábrica de la calle Morena existiría en un cristal del tamaño de una caja de cerillas mucho después de que los ladrillos de la fábrica fueran otra cosa.

Los museos pagaban bien. Los herederos de los edificios demolidos, también. Vera etiquetaba los cristales, los metía en los estuches acolchados, los despachaba.

Mientras el captor trabajaba, caminó hasta la ventana del fondo. El río abajo estaba marrón y quieto, y del otro lado las chimeneas del complejo petroquímico llevaban años apagadas. Había gaviotas sobrevolando el agua, pájaros de mar a cincuenta kilómetros del mar.

El captor emitió el clic de cierre.

Vera recogió el trípode sin volver a mirar el río.


El mensaje era de Humberto, su coordinador: Tarragona Norte. Complejo Buen Pastor. Demolición el 14. Urgente. Cuatro departamentos, patio, escalera principal.

Tardó tres días en responder.

Era la ciudad donde había vivido hasta los diecinueve años. El Buen Pastor, su edificio.


Fue en tren. Tenía auto, un Peugeot gris con el tapizado del asiento delantero desgastado en el apoyo lumbar, pero en tren el paisaje moviéndose afuera le iba quitando cosas, y llegaba a los destinos con menos encima.

Intentó leer durante la primera hora. El libro era bueno pero no podía sostener los ojos en la página. Terminó mirando afuera con el libro cerrado sobre las rodillas.

Durante la última hora aparecieron los caracteres del paisaje que había aprendido a leer antes que los del abecedario: la geometría de los tanques de almacenamiento, los cables de alta tensión dibujando ángulos contra el cielo de la tarde, la franja de tierra sin pasto entre las vías y las plantas de producción. Un gris específico, el de las cosas que llevan décadas siendo usadas. Lo reconoció antes de darle nombre.

Tarragona Norte olía igual. A plástico caliente y a río y a algo que estaba debajo de esos dos olores, más antiguo, que Vera no había pensado en veinte años y que identificó en el andén, antes de que el tren terminara de frenar. Había un kiosco frente al andén con una persiana metálica color verde oscuro que podría haber sido la misma de siempre o no. Vera compró una botella de agua y la abrió ahí mismo, sin caminar, bebió la mitad mirando la persiana.


El complejo Buen Pastor era cinco edificios en herradura alrededor de un patio central donde había habido una fuente. La fuente ya no estaba cuando Vera era chica. En su lugar había una mancha circular de cemento más claro, el contorno exacto de algo que había existido antes que ella.

Se quedó un momento en el centro del patio con el dispositivo en la mano. El sol de la tarde pegaba directo sobre la mancha. Las paredes de los cinco edificios formaban un cuenco de sombras irregulares que avanzaban hacia el centro sin llegar todavía. Vera activó el captor durante treinta segundos, sin trípode, sosteniendo el dispositivo en la mano: era solo un registro preliminar, sin entregable. Lo hizo igual.

El encargado municipal le entregó las llaves sin mirarla a la cara. Le dijo que el jueves a las ocho empezaba la demolición. Le dijo que el ascensor no funcionaba. Vera asintió a las dos informaciones por igual y subió las escaleras.

El pasamano de hierro estaba pintado de un color que había sido crema y ahora era un amarillo sucio, con el centro de cada tramo desgastado hasta el metal. Vera pasó la mano por la balaustrada mientras subía. El hierro tenía la textura porosa del metal expuesto al aire interior durante décadas.


Los dos primeros departamentos fueron trabajo limpio. El 4A tenía ventanal norte y luz fría, azulada, la clase que compraban los museos de arte contemporáneo para sus salas de instalación. El 4B era más complejo: orientación este, ventanas pequeñas, y a esa hora el cuarto estaba en penumbra con una sola franja de luz indirecta rebotada desde la pared del edificio de enfrente. Calibrar luz rebotada exigía tres ajustes manuales en orden y sin apuro. Vera los hizo despacio, la absorción salió limpia. En el dormitorio del 4B había una mancha en la pared con forma vagamente triangular, de un verde muy apagado, que podría haber sido una humedad o podría haber sido la sombra permanente de un cuadro que estuvo colgado mucho tiempo. Vera la miró antes de salir.

Etiquetó los dos cristales y los guardó en los estuches numerados.

Cuando terminó con el 4B, se quedó parada en el pasillo con las llaves del 4C en la mano. El pasillo olía a cal húmeda y a algo más complejo: el sedimento de décadas de cocinas distintas adherido a las paredes, imposible de separar en sus capas. En el departamento del fondo habían vivido los Schiavone, que tenían tres hijos y un perro que ladraba a partir de las diez de la noche. En el del medio, una familia que cambiaba cada dos años. En el 4C habían vivido ella, su madre, y durante cinco años su padrastro, hasta que el padrastro se fue y quedaron las dos.

Introdujo la llave. La cerradura cedió con el mismo par de décimas de segundo de resistencia antes del clic. El mismo sonido exacto.


Adentro no había nada. Los últimos inquilinos habían vaciado todo con prolijidad. El piso de madera flotante, puesto encima del original cuando Vera tenía doce años, estaba levantado en una esquina del living, mostrando el mosaico hidráulico de abajo: negro y blanco, el que había pisado toda su infancia sin saber que lo estaba pisando.

La ventana del living daba al patio. La persiana estaba a medias y la luz entraba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, cruzaba el cuarto y terminaba en la pared del fondo, donde había estado el aparador que su madre había comprado en una feria americana y que pesaba tanto que cuando se fueron lo dejaron.

Era las cuatro menos cuarto de la tarde.

Vera plantó el trípode en el centro del living. Calibró el ángulo. Activó el captor. Se sentó en el piso con la espalda contra la pared opuesta, a esperar.

La banda de luz avanzaba despacio hacia la derecha, casi sin moverse si no se miraba fijo, pero a los veinte minutos había cambiado de tono: menos amarillo, más próximo al naranja, con una densidad que llegaba a los párpados. Había algo en el ángulo de rebote contra el mosaico que asomaba debajo del piso levantado que producía una presión sostenida, física.

El refrigerador del vecino de abajo vibraba en un tono constante, levemente desafinado de cualquier nota real. Un sonido que había dejado de escuchar en algún momento de su infancia.

Pensó en una tarde sin fecha. La misma luz en los antebrazos, sentada en el piso. Su madre en la cocina con el agua corriendo. Ella sin levantarse.


Le quedaban veinte minutos de absorción.

Se levantó y fue a la cocina.

Era un cuarto chico, sin ventana exterior, con una claraboya de vidrio pavé en el techo. Su madre había puesto una maceta en la repisa bajo la claraboya, corrida exactamente hasta el borde donde la luz caía vertical al mediodía. Vera no recordaba qué planta crecía ahí. Recordaba la maceta: plástico terracota, más oscura en el borde por la humedad, y la tierra siempre húmeda, siempre recién regada, como si la planta exigiera más agua de lo razonable. Recordaba también haber entrado a la cocina una vez y encontrado la maceta volcada en el piso, la tierra esparcida sobre la cerámica en una forma irregular, como una explosión pequeña y silenciosa. Su madre estaba parada a un metro con un trapo en la mano, mirando la tierra sin agacharse. Vera había esperado a que su madre empezara a limpiar para ayudar, y su madre nunca empezó, y finalmente fue ella quien recogió todo.

Parada en el centro de la cocina, miró arriba. El vidrio pavé convertía el cielo en algo sin figura: azul fragmentado en formas irregulares y cerradas, sin bordes que pudieran leerse. De chica intentaba encontrar algo en esos fragmentos, como en las nubes. Nunca encontraba nada.

El piso de cerámica estaba frío a través de las suelas.

En la pared junto al hueco donde había estado la heladera había una mancha rectangular más clara, donde la pintura había quedado protegida durante años del roce y el humo de la cocina, y ahora quedaba como el contorno de algo que se había ido. Vera levantó la mano y la apoyó contra el borde, donde el blanco viejo terminaba y empezaba el blanco sucio del resto de la pared. La temperatura del yeso era distinta a un lado y al otro de ese borde, unos grados, lo suficiente para notarlo.

Lo dejó ahí, la palma abierta contra el borde.


El captor emitió el clic desde el living.

Vera retiró la mano y volvió.

El cristal de absorción estaba tibio cuando lo extrajo. Siempre estaba tibio, reacción fotónica sin misterio, pero cada vez que lo sacaba Vera sostenía la respiración, como si fuera a romper algo.

Lo sostuvo a contraluz frente a la ventana.

El cristal mostraba lo que había absorbido: la banda lumínica cruzando el living, el tono denso de las cuatro de la tarde, el mosaico negro y blanco reflejando en puntos irregulares desde abajo. Una absorción limpia.

Vera giró el cristal levemente hacia la izquierda.

En el ángulo inferior derecho había algo que no debería estar. Una figura: una sombra proyectada sobre la pared del fondo, en el lugar exacto donde había estado el aparador.

La silueta de alguien parado en el umbral de la cocina.

Vera conocía ese umbral, conocía esa postura: el peso cargado sobre la pierna derecha, el hombro izquierdo levemente más alto que el otro, la cabeza orientada hacia el interior del living pero sin llegar todavía. La postura de alguien que no ha terminado de entrar.

La sombra era la proyección de una fuente fuera del encuadre, del lado de la cocina.

No tenía cara.

La sombra no se movía.


Afuera, en el patio, un pájaro hizo un sonido corto y no volvió a hacerlo.

Vera envolvió el cristal en el paño de microfibra. Lo puso en el estuche. Cerró los dos jaladores del cierre, el de la izquierda primero, el de la derecha después, como siempre hacía.

Recogió el trípode. Lo dobló en tres partes. Lo encajó en la funda.

Salió. Cerró con llave. Dejó las llaves colgadas en la cerradura por el lado de afuera.

Bajó las escaleras con el dispositivo en la mano, no en el hombro.

En el patio, la mancha circular de cemento recibía el sol de frente. Había una fila de hormigas siguiendo el borde, el círculo completo, sin desvíos.

Vera cruzó el patio y salió a la calle.

Caminó dos cuadras hasta la parada del colectivo. La ciudad a esa hora tenía el mismo ruido de siempre, los mismos carteles aunque con otros nombres, el mismo olor a aceite y a asfalto caliente. Pasó frente a la panadería donde su madre compraba el pan los sábados. Era una ferretería ahora, con herramientas colgadas en la vidriera.

El colectivo tardó once minutos. El cristal iba en el estuche, en la mochila, contra su espalda. Tibio todavía, o quizás ya a la temperatura de su propio cuerpo.

No lo entregó.

escrito por @yosoyelprincipemestizo


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