El último fotograma
Clara compró la cámara un domingo de lluvia en el mercadillo de la plaza. Era una Yashica de los años setenta, con el cuero desgastado y el objetivo empañado. El vendedor, un hombre con las manos manchadas de grasa, se la dio por veinte euros.
—Tiene un rollo dentro —le advirtió, sin mirarla a los ojos—. Por si te gusta la sorpresa.
A Clara le gustaban las sorpresas. Era restauradora de libros antiguos; vivía rodeada de historias ajenas y polvo de siglos. Llevó la cámara a casa, la limpió con un paño suave y la dejó sobre su mesa de trabajo, junto a un té de manzanilla.
Decidió revelar el rollo al día siguiente. Fue a una pequeña tienda de fotografía del centro, de esas que aún resisten a lo digital. Cuando le entregaron los sobres, el chico le miró con extrañeza.
—Las fotos están un poco raras —le dijo—. Como si les faltara luz, pero el enfoque es perfecto.
Esa noche, con la lluvia golpeando la ventana, Clara empezó a mirar las copias.
La primera foto era de una mujer mayor sentada en un banco, leyendo un periódico. La segunda, de un niño corriendo tras una cometa en un parque que Clara no reconocía. La tercera, de un hombre dormido en el vagón de un tren.
Eran personas anónimas. Retratos robados, íntimos, llenos de una melancolía extraña. Lo raro no era lo que fotografiaban, sino cómo miraban. Todos, absolutamente todos, miraban directamente al objetivo. A Clara. Como si supieran que ella los estaba mirando desde el futuro.
Pasó las fotos una a una. Un total de veinticuatro. Veinticuatro desconocidos con la misma expresión de espera.
Llegó a la última. La número veinticinco.
Clara se quedó helada. El té se le enfrió en la mano.
En la foto aparecía ella.
Estaba de pie, con su abrigo azul marino, el pelo revuelto por el viento. Detrás de ella no estaba su apartamento, ni la calle, ni la ciudad. Detrás de ella había un faro abandonado, de piedra gris, con la linterna rota, rodeado de un mar bravo y espumoso. El cielo era de un color plomizo, amenazante.
Clara nunca había estado en ese faro. Ni siquiera sabía dónde estaba. Pero se reconocía al instante. Se reconocía en la forma en que apretaba los puños, en la mirada perdida hacia el horizonte.
Le dio la vuelta a la foto. En el borde blanco, con una letra temblorosa que no era la suya, ponía una fecha.
Era la fecha de mañana.
Clara miró la cámara. El objetivo empañado parecía devolverle la mirada.
No sintió miedo. Sintió, por primera vez en años, una urgencia terrible.
Se levantó, guardó la foto en su cartera y empezó a hacer la maleta. No sabía cómo llegar a ese faro, pero sabía que tenía que ir. La cámara no había capturado el pasado. Le había entregado su propio destino.
escrito por Lola Valdivia
