LA PLASTILINA
– No puede ser, no está – susurraba nerviosa.
En mi cabeza se repetían las palabras de la señorita María Jesús: “traed, sin falta, plastilina”. Palabras acompañadas por su dedo desafiante y su ceño fruncido por hileras de arrugas que no se permiten un minuto de descanso. La amargura parecía haberle calado hondo, arraigado en lo más profundo de su ser y sólo había encontrado consuelo en la burla y humillación del prójimo.
Los nervios me hacían remover compulsivamente en la cartera el escaso material escolar que requería una alumna de parvulario. El frío invadió todo mi cuerpo. Un sabor metálico borró los recuerdos del desayuno. Me
picaba la lengua. Notaba asomar las lágrimas y metí la cabeza en la cartera.
– No puede ser, ¿otra vez?, soy un desastre – me recriminaba.
Desde la oscuridad de mi cartera, podía ver nítidamente la plastilina sobre la mesa de la cocina de mi casa, de mi color favorito, como le encargué a mi padre.
– Me odio, me odio, ¿por qué tengo que ser tan despistada?- me regañaba.
La señorita María Jesús comenzó a andar, supe que se dirigía hacia mí, con ese taconeo eterno. Sólo ella sabía convertir un trecho de apenas dos metros en una agonía kilométrica. Sus pisadas resonaban en mi cabeza ‘hueca’, como ella la bautizó desde el primer día golpeándome con los nudillos: “ay, cabeza hueca, sólo la llevas para lucir sombrero”.
Posó sus manos huesudas en mis hombros. La suerte estaba echada, ya sabía lo que tocaba. Me enderecé, sequé mis lágrimas y me dirigí a la pizarra como una res camina hacia el matadero, resignada, iba a empezar el escarnio.
Desde el improvisado altar de los sacrificios, pude ver cómo rebosaban las lágrimas de los tristes ojos del resto del rebaño. Me aferré a ese atisbo de cariño en sus miradas, de compasión por saber que podían estar ellas y ellos allí en cualquier momento. Esta vez no me sentía sola. Mis amigos me abrazaban desde sus pupitres, mis amigas se sentían una conmigo desde sus asientos. Su calor me llegaba, tan intenso, que olvidé el frío, olvidé los temblores, se fue el tartamudeo, desapareció el miedo.
Ya podían caer sobre mí las diez plagas. Ya podía caer el diluvio universal. Estaba preparada para soportarlo.