LA FÁBULA DE LA FAMILIA CONEJO. “EL ARTE”
El Olentzero ya pasó por la casa del señor y la señora conejo y cinco regalos para sus cinco crías dejó:
Un violín para el mayor.
-¡Oh, es precioso!, no lo quiero desafinar. Estudiaré día y noche antes de tocar una sola nota en él.
Un lienzo, pinturas y pinceles para la más callada.
-¡Guau, cuántos colores!, este lienzo se merece una obra maestra. Estudiaré día y noche antes de dar un solo trazo con el pincel.
Un cuaderno y una pluma para el más blanquito.
-¡Es justo lo que quería!, es perfecto y, como tal, se merece una novela de Premio Novel. Estudiaré día y noche antes de escribir una sola palabra con negra tinta sobre mi cuaderno impoluto.
Una cámara fotográfica para la más inquieta.
-¡Madre mía, es estupenda! Estudiaré día y noche antes de hacer la primera fotografía para sacar el mayor partido a esta maravilla de máquina.
Un montón de arcilla y un torno para la más pequeña.
-¡Es genial!
Y en un periquete se puso manos a la obra. Empezó reproduciendo a su familia en pequeñas figuras, más tarde se atrevió con platos, ceniceros y jarrones, para acabar con el busto del abuelo conejo presidiendo el recibidor. En pocos días la arcilla se agotó, pero no sus ideas ni sus ganas de crear. Así que utilizó cualquier material que caía en sus patitas, incluso talló madera y piedra. Nada se le resistía, hasta se atrevió con el imponente mármol para fabricar, nada más y nada menos, que una lápida.
En mitad del jardín amontonó los regalos de sus hermanos: violín, cuaderno y pluma. También los de sus hermanas: cámara fotográfica, pincel, pinturas y lienzo.
Junto al montón colocó su lápida en la que podía leerse:
“Aquí yacen las artes de mi familia.
Por no atreverse a experimentar,
estudiaron hasta convertir lo grandioso
en un auténtico aburrimiento”.