Crepúsculo Sangriento
Desde tiempos inmemorables, la princesa Lyra era objeto de temor y respeto entre los habitantes del reino de Avenford. Su hermosura, dicen, era solamente comparable a las más grandes deidades, pero su condición la hacía tan temida como admirada. No era solamente la dulzura de su voz ni su gracia al caminar lo que tenía a todos cautivados, sino la certeza de que sus lágrimas gobernaban el cielo mismo.
Algunos sabios aseguraban que su vínculo con la tormenta había sido un designio divino, mientras otros hablaban de un castigo ancestral, una maldición. Pero todos, sin excepción, conocían la leyenda: cada lágrima suya era un augurio, un lamento celestial que convocaba la furia del firmamento, una fuerza indomable que ni siquiera el propio rey podía controlar.
Aquella tarde, en la que el cielo enrojeció sobre el reino, el pueblo entero se estremeció. Jamás se había observado un atardecer tan extraño, con nubes que brillaban con un intenso color carmesí, como heridas abiertas en la inmensa bóveda celeste. Las torres del castillo parecían teñidas de escarlata y las sombras de los estandartes creaban una escena lúgubre, presagiando un mal inminente. Desde los muros de la ciudad, los centinelas contemplaban extrañados aquel espectáculo increíble.
Los rumores se esparcieron como una plaga silenciosa entre las calles empedradas de Avenford. Algunos creían que la princesa había llorado, pero esta vez era diferente. Las mujeres rezaban en sus hogares, los sacerdotes entonaban plegarias en las capillas y los caballeros se preparaban para enfrentarse, quizás, al enemigo invisible. El miedo se sentía en cada susurro, en las miradas temerosas, en las respiraciones contenidas.
El rey, sin vacilar, convocó a su consejo en el gran salón del castillo. Los sabios y ancianos de barba blanca debatían entre sí, buscando en sus antiguos libros respuestas a la inquietante señal del cielo. Nadie se atrevía a creer en la posibilidad de algo peor, pero la cuestión se agitaba en el aire: si la princesa había llorado, ¿qué clase de tormenta les aguardaba esta vez?
La guardia real se desplegó por los pasillos, mientras el príncipe heredero se dirigía nervioso y apresurado a la recámara de su hermana. La encontró junto al ventanal, con la mirada perdida en el firmamento encarnado. Su aura virginal ahora era la de una diosa expulsada del paraíso, caída en desgracia.
—Lyra —murmuró el príncipe—. ¿Qué has hecho?
La princesa no apartó la vista de la ventana. Apretaba con fuerza sus manos temblorosas, como si pretendiera detener el ambiente denso e infernal que ella había engendrado.
—No lo sé… —susurró ella—. Solo… lloré.
En ese instante, un estruendo sacudió la tierra. La primera gota de lluvia golpeó el suelo con un sonido hueco y espeso. Luego otra. Y otra. La ciudad entera alzó el rostro hacia el cielo, esperando la tormenta… pero lo que descendía no era agua.
Gritos de horror empaparon el aire cuando comprendieron lo que sucedía. No era lluvia, sino sangre. Ríos escarlatas descendieron por las calles, tiñendo todo a su paso. La princesa, aterrorizada, retrocedió tambaleante, cayendo a la descarnada realidad, con los ojos empañados en lágrimas y el rostro tan pálido como su vestido, inmaculado solo un instante anterior.
— ¿Qué he hecho? —sollozó.
Los magos cayeron de rodillas, algunos llorando, otros rezando en susurros histéricos. El príncipe, con la mirada fija en el espectáculo macabro, supo que no había precedentes para semejante evento. Nunca antes la lluvia había traído más que agua. Nunca antes la tristeza de la princesa había manchado los cielos de rojo.
El rey, en la gran sala del trono, cerró los ojos con un pesar abrumador. Su pueblo gritaba en las calles, algunos huían, otros se arrodillaban en súplica. En la distancia, los relámpagos iluminaban el firmamento, revelando un paisaje que ya no era el de su reino, sino algo mucho peor. Algo profano, antinatural.
Porque si las lágrimas de Lyra habían llamado a la tormenta, esta vez no era solo el cielo quien respondía… era algo más. Algo antiguo, maligno, que había estado dormido bajo la tierra de Avenford y que ahora despertaba con la sangre que empapaba la tierra.
escrito por @manu__alvarezparma
El Cuarto Jugador
La pantalla se apagó justo cuando Julián Álvarez estaba a punto de marcar el quinto gol.
Los cuatro amigos se quedaron inmóviles en el sillón, con los controles aún en las manos, mientras la oscuridad absoluta los envolvía como una pesada manta.
—¡No puede ser! —protestó Valentino, dejando caer el control—. Estábamos ganando 4 a 2.
—Seguro que saltó la térmica —dijo Agustín, el dueño de casa, tratando de sonar tranquilo—. Mi papá siempre dice que cuando llueve así de fuerte pasa esto.
La leve llovizna que había comenzado hacía ya una hora se estaba convirtiendo rápidamente en una tormenta. Ahora, cada gota sonaba como un tambor de guerra, y el viento silbaba entre los árboles del jardín con un gemido prolongado que les erizó la piel.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Daniel, con voz ligeramente temblorosa.
—Tranquilos —respondió Agustín, sacando su celular para encender la linterna—. Voy al sótano a subir el disyuntor. Ahora vuelvo.
Los otros tres chicos lo siguieron con la mirada mientras se dirigía hacia la puerta que daba a un pasillo largo.
—¿Querés que vayamos con vos? —ofreció Noah, aunque su tono sugería que prefería quedarse en la seguridad del sillón.
—No hace falta. Es un segundo… Ahora vengo.
Los tres amigos que quedaron en la sala se miraron en la penumbra, apenas distinguiendo sus siluetas.
—Deberíamos haber ido con él —murmuró Daniel.
—Nada que ver —replicó Valentino, acercándose más a los otros dos—. Es su casa, sabe dónde está todo.
La incertidumbre se adueñó del ambiente. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Al final quince. Agustín no volvía…
—¿No está tardando demasiado? —Noah encendió la linterna de su celular.
—Tal vez no encuentra el disyuntor —sugirió Valentino—. O a lo mejor es más complicado de lo que pensaba.
—Voy a buscarlo —decidió Noah, poniéndose de pie.
—Yo voy con vos —dijo Daniel apresurado.
—Mejor vamos todos —suspiró Valentino, levantándose también.
Atravesaron el largo pasillo uno detrás del otro, agarrándose de los hombros, como cuando formaban fila y tomaban distancia en el colegio. Llegaron a la puerta que daba al sótano. Estaba entreabierta.
—¿Agustín? —llamó Noah con voz temblorosa.
Silencio. Salvo por el murmullo lejano de la lluvia y el viento.
—¡Agustín! —gritó más fuerte.
Nada. La puerta del sótano se balanceaba ligeramente, con un inquietante chirrido, como si alguien no acabara de decidirse si abrirla o cerrarla. El aire que subía desde la oscuridad olía a humedad, a herrumbre, y a algo podrido.
—Esto no me gusta nada —susurró Daniel.
—A mí tampoco —admitió Valentino—. Pero no podemos dejarlo ahí abajo.
Del fondo del sótano les llegó el leve sonido de unos pies arrastrándose. Los tres chicos se pegaron instintivamente uno al otro.
—¿Agustín? ¿Sos vos? —preguntó Noah con voz quebrada—. ¡No es gracioso eh!
El sonido se detuvo. La tormenta pareció amainar. Silencio total. Solo se oía la respiración agitada y el latido acelerado de sus corazones. Entonces escucharon una voz. Era la voz de Agustín, pero… diferente. Distorsionada, deformada, como si algo le apretara la garganta.
—Bajen a jugar…
Los tres chicos se quedaron paralizados al pie de la escalera que daba al sótano, con el frío recorriéndoles la espalda.
—¿Agustín? No es gracioso… ¿Dónde estás? —gritó Noah, dirigiendo la linterna hacia la oscuridad.
—Bajen a jugar… vengan…
La voz sonaba débil, como un eco que se desvanecía.
—No bajes —susurró Valentino a Noah—. Algo está mal. Esa no es la voz de Agustín.
—Pero…
—No es él —insistió Valentino—. Agustín no habla así. ¿No te das cuenta?
Desde detrás, como si les estuvieran hablando al oído, les llegó un susurro.
—¿Por qué no quieren jugar?
Los tres chicos, sobresaltados, se dieron vuelta de golpe. La luz de la linterna tembló en la mano de Noah, creando sombras extrañas en las paredes. Ahí no había nadie, aunque la voz había sonado tan cerca de ellos que casi los había tocado.
—¿Qué fue eso? —susurró Valentino— ¿Ustedes lo escucharon?
Daniel asintió con la cabeza.
—Vámonos ya —sentenció Noah— ¡Yaaa!
Se movieron a paso apresurado, tratado de escapar de… ¿De qué?… Detrás de ellos la voz se multiplicaba, un coro escalofriante que se repetía:
—No se vayan… bajen a jugar… no se vayan… bajen a jugar…
La puerta del sótano se cerró de un portazo.
Los tres amigos se quedaron petrificados en mitad del largo y oscuro pasillo. Noah empezó a levantar la linterna de su celular cuando Valentino lo detuvo.
—No alumbres para allá… por favor —suplicó Valentino—. No quiero ver.
Se quedaron abrazados, inmóviles, cerrando los ojos con fuerza para así evitar cualquier posible peligro. Después de varios minutos, Daniel dijo entre lágrimas:
—Tenemos que llamar a la policía.
—¿Y qué les vamos a decir? —replicó Valentino—. ¿Que Agustín desapareció y después oímos su voz? Pero que no era su voz…
—Entonces… ¿qué hacemos?
—Nos vamos. Ahora mismo. Y no volvemos hasta que lleguen los papás de Agustín —dijo Noah, con voz firme a pesar del terror.
Tomados de la mano y lentamente, atravesaron el pasillo de regreso al comedor.
Noah miró su celular, no tenía señal. Los otros dos teléfonos estaban igual de muertos.
—La tormenta debe haber afectado las antenas —dijo Noah, buscando un poco de racionalidad a toda esa locura, pero sabía que no era del todo cierto.
—Vámonos —susurró Daniel.
Se dirigieron a la puerta principal, pero la cerradura no cedía. La puerta parecía estar bloqueada de alguna forma.
—La puerta de atrás —propuso Valentino.
Corrieron hacia la cocina, pero tampoco pudieron salir. La puerta estaba cerrada con llave y las ventanas estaban cerradas… ¿Selladas? ¿Cómo era posible si se trataba de ventanas comunes y corrientes? Por un momento se plantearon romperlas cuando de repente escucharon unos pasos en el comedor.
—Chicos… ¿dónde están?… Seguimos jugando…
Era la voz de Agustín, cálida y familiar, como si nada hubiera pasado. ¿Su verdadera voz?
—¿Están en la cocina? Ya arreglé la luz. En unos segundos vuelve… ¿Volvemos a jugar al FIFA?
La voz se fue distorsionando hasta convertirse en un gruñido animal… Los tres amigos se abrazaron en el rincón más oscuro de la cocina y se dejaron caer en el frío piso de porcelanato, tratando de desaparecer.
A través de la puerta entreabierta, vieron una silueta con ojos brillantes que se acercaba lentamente, con una sonrisa demasiado amplia para ser humana.
—Ahí están —dijo ingresando a la cocina—. ¿Quieren venir a jugar al sótano?
Las luces se encendieron de golpe, cegándolos… Cuando la vista se les acostumbró, la figura había desaparecido. La casa estaba silenciosa. Incluso la tormenta había parado. El silencio era absoluto, y aterrador.
De repente, en el comedor, la tele y la PlayStation se encendieron por sí solas. El marcador mostraba «Atlético de Madrid 4 – Barcelona 2».
Un mensaje apareció en la pantalla:
JUGARDOR N°4 SE HA UNIDO AL JUEGO
Y aunque solo quedaban tres chicos, el cuarto jugador, según la consola, seguía jugando. Desde algún lugar frío y oscuro… seguía jugando.
escrito por @martin.devecchi
La puerta sin vidrio
Había viajado durante varios días por temas familiares. Trámites y asuntos lo suficientemente engorrosos como para mantenerme ocupado sin demasiados respiros. Por eso, al llegar, solo atiné a colgar las llaves y arrojar mi equipaje sobre el sofá para darme una ducha reparadora y descansar. Vera, mi señora, no tardaría en llegar de su trabajo; en el mejor de los casos, me daría tiempo para esperarla con un mate y contarle varias anécdotas del viaje.
El apartamento era de mis padres, quienes lo habían comprado gastando casi todos sus ahorros en la década de los 90, cuando mi hermano y yo estábamos por empezar la universidad. No era lujoso, pero tenía su encanto. Vera y yo lo veníamos arreglando, aunque aún le faltaban detalles. La puerta del baño, por ejemplo, seguía sin el vidrio con relieve y color que alguna vez tuvo en la parte superior. Se rompió cuando vivía con mi hermano, y nunca lo repusimos; en parte porque no sobraba el dinero, en parte porque dejaba pasar la luz y el vapor se escapaba mejor.
Por mi gusto de bañarme siempre con agua hirviendo, incluso en verano, me encontraba inmerso en esa bruma opaca mientras me secaba la cabeza. Fue en ese momento cuando, por el rabillo del ojo, vi que algo se asomaba por el hueco que les describí, en la parte superior de la puerta. Fue fugaz; mi visión periférica no me dio demasiados detalles. La duda me puso nervioso. Me quedé medio petrificado unos instantes, incapaz de reaccionar. ¿Qué había visto? ¿Realmente lo vi, o era producto del cansancio, el agua caliente y el vapor? Intenté reconstruir la frágil imagen que había quedado en mi retina: alguien con mechones rubios y rizados, cayendo en cascada por los costados de la cara, asomándose por la ventanilla con una sonrisa. Pero no estaba seguro.
Podría haber sido Vera, que es rubia, aunque su pelo es liso. Además, no la había escuchado entrar, y ella no es discreta al llegar, salvo que yo esté durmiendo. No le di más vueltas al asunto. Seguí pensando en eso un momento, pero terminé de vestirme, preparé el mate y esperé a Vera recostado en el sillón, con las manos entrelazadas sobre el estómago.
No tardó en llegar. Me dio un abrazo y, mientras preguntaba por mi viaje, repartía su abrigo, sus llaves y sus lentes por los lugares establecidos que tenía para sus cosas. Luego se sentó a mi lado y sonrió. No era nuestro mejor momento con Vera. Llevábamos un tiempo intentando traer un hijo al mundo sin éxito. Era un tobogán de emociones: empezábamos cada mes con la tibia esperanza de que esta vez sí se daría, para luego entrar en cuentas, revisar calendarios, y programar nuestro amor en los intentos, hasta que llegaba la caída y veíamos que, una vez más, el sueño se aplazaba. Pero nos amábamos, de eso no había dudas.
—¡Bueno, dale, contame del viaje! —dijo, mirando el mate como pidiéndome uno.
Le conté lo justo: las oficinas de catastro con su olor a papel viejo, los empleados perdidos entre folios y consultas telefónicas, repitiendo: “acá nunca hicimos ese trámite”. Luego, el asado con mis primos, el fogón en el medio del patio, todos hablando al mismo tiempo, incluso algunos parientes que ni siquiera sabía quiénes eran. La tía Irma, ya medio borracha, gritándoles a los perros…
Vera se rio, tapándose la frente como si no pudiera creerlo. Me habló de su día en la oficina, y por un momento olvidé lo del baño. Pero no pude guardármelo. Se lo conté, aunque sonaba estúpido.
—Vi algo… o a alguien, en la puerta del baño. Pelo rubio, rizado, como una cascada. Sonriendo. Pero no sé, debió ser el cansancio.
Vera puso su mano en mi muslo, con una media sonrisa.
—Seguro fue eso —dijo.
Pasaron unos días sin que volviera a acordarme de aquel evento confuso en la puerta del baño. En esos días fue el cumpleaños de Vera, y recibimos algunos invitados en casa. Nada hacía prever el desenlace que tendría esto.
Esa mañana había transcurrido con normalidad hasta que recibí la llamada de Vera. Era de preocuparse; no era su costumbre llamar de improviso, así que atendí. Del otro lado del auricular, su voz sonaba alterada, cercana al pánico.
—¿Qué fue lo que viste el día que volviste? —preguntó sin preámbulos.
Dudé, porque ya casi lo había olvidado.
—No sé, alguien con pelo rubio y rizado, asomándose por la puerta del baño. ¿Por qué?
Hizo una pausa, como si le costara hablar.
—Clara me preguntó hoy quién era el niño que vio en mi cumpleaños. Le dije que no había ningún niño, pero ella insistió. Dijo que lo vio en la cocina, solo, con rulos rubios cayéndole como un libro abierto con páginas amarillas. Pensó que era un hermano tuyo, que la miraba como si la conociera, pero después, con la música y la gente, no lo vio más.
El aire se me escapó del pecho. Intenté calmarla, pero mi mente daba vueltas. ¿Un niño? ¿Lo mismo que vi yo?
Esa noche, y las siguientes, acompañé a Vera al baño, especialmente cuando oscurecía. Su miedo era palpable, y el mío también, aunque no lo admitiera. Preguntamos a todos los invitados del cumpleaños, pero nadie más había visto al niño. Solo Clara y yo. Intentamos racionalizarlo, aunque no resultaba fácil.
Pasaron las semanas y, aunque no hablábamos de ello, la sombra de aquel niño parecía quedarse en los rincones del apartamento. Con el tiempo, el miedo se desvaneció. A las semanas, contábamos la historia como una anécdota extraña. Un año después, alquilamos el apartamento y nos mudamos a uno más grande, con espacio para tres.
escrito por @ramiro_alberro