Lo que acecha en la oscuridad
Axel siempre había tenido miedo a la oscuridad. No era un miedo nuevo ni producto de alguna película que se le hubiera colado por accidente; era algo más profundo, más antiguo, como si lo llevara en la sangre.
Al principio, bastaba con una pequeña lámpara de noche con forma de estrella. Su tenue luz naranja le bastaba para conciliar el sueño. Pero con el tiempo, esa estrella perdió su poder reconfortante. Pedía dormir con la luz del pasillo encendida y la puerta entreabierta. Luego, insistió en dejar la lámpara de techo de su recámara prendida toda la noche.
—Axel, mi amor, no puedes dormir así siempre —le decía su madre acariciándole el cabello—. Ya tienes ocho años. No hay nada en la oscuridad que no esté también en la luz.
Axel no respondía. ¿Cómo explicarle que sí había algo? Que cada vez que cerraba los ojos, incluso con la luz encendida, los sentía… los escuchaba. Como uñas largas, lentas, rascando las paredes. Como respiraciones contenidas al otro lado del muro.
—Sólo son ruidos de la casa —decía su papá—, las casas viejas hacen eso. El viento, la madera, las tuberías…
Pero Axel sabía que no era así. Él los sentía moverse cuando nadie más lo hacía. Había noches en que el zumbido de la lámpara parecía ahuyentarlos. Otras, en cambio, tenía que arrinconarse contra la esquina más iluminada de la cama y rezar a algo que ni siquiera sabía si existía.
Una noche, sus padres decidieron poner un alto. Pensaban que su miedo estaba saliéndose de control, alimentado por su imaginación. Que si seguían cediendo, jamás aprendería a enfrentarlo. Así que apagaron la luz de su cuarto cuando creyeron que ya dormía. También su hermana mayor, cansada de las quejas, decidió cerrar la puerta y apagar su propia lámpara.
Axel despertó a las 2:13 de la madrugada. Sabía la hora porque siempre miraba el reloj cuando despertaba con miedo. Esa noche, lo primero que sintió fue el aire pesado. Denso. Luego, el silencio. Un silencio que no era tranquilo, sino contenido, como si el mundo mismo estuviera aguantando la respiración.
Y entonces comenzaron. Las uñas. Rascando.
Primero, una pared. Luego otra. Luego el techo. Luego, el piso, como si vinieran de debajo de su cama, de dentro de los muros, de todas partes a la vez. No era un ruido constante, sino intermitente, como si algo —o alguien— tanteara el mundo buscando una rendija para colarse.
Axel quiso gritar, pero no pudo. Su voz estaba atrapada en algún rincón de su garganta, congelada por un terror puro y seco. Trató de correr hacia la puerta, pero no llegó. El rasguño se detuvo. Por un segundo todo quedó en silencio otra vez. Pero esa vez, el silencio no era una pausa. Era una decisión.
Entonces la ventana se abrió de golpe y la luz de la luna inundó la habitación. Y ahí estaban.
Criaturas deforme, de cuerpos encorvados y piel translúcida, con ojos como pozos vacíos y bocas llenas de dientes afilados. Se movían torpes pero veloces, saliendo de los rincones oscuros como si siempre hubieran estado ahí.
Los gritos de Axel despertaron a su familia. Su padre corrió a encender la lámpara. La luz amarillenta no las disipó: las reveló con mayor crudeza. La madre, la hermana y el padre quedaron petrificados, incapaces de moverse, con el horror clavado en los ojos. Aquellos seres no eran sombras: eran reales, infrahumanos, dispuestos a desgarrarlos.
De entre todas, varias se abalanzaron sobre Axel. Lo tomaron de brazos y piernas con garras que parecían quemar al contacto. La pared de su cuarto se abrió como una herida, mostrando un portal negro, tan profundo que la mirada no podía hallar fondo. No era un simple hueco: era la mayor negrura jamás vista, un vacío que tragaba la luz.
Los padres quisieron avanzar, pero sus cuerpos no respondieron. El miedo los había encadenado al suelo. Sólo pudieron mirar, horrorizados, mientras Axel era arrastrado hacia el abismo. Su grito final se perdió en el eco del portal, antes de que este se cerrara de golpe, borrando toda huella de su existencia.
La familia quedó inmóvil, los ojos abiertos, la respiración suspendida, como estatuas de terror puro. Así los encontraron a la mañana siguiente: tres cuerpos inertes en sus camas, congelados en la última visión de lo imposible.
Axel no estaba. No había señales de pelea, ni de huida. Sólo una última pista: una marca en la pared junto a su cama, trazada con precisión infantil, como si la hubiera hecho él mismo con su dedo.
Una estrella.
Y debajo, rasguños. Docenas. Centenares.
Como si algo hubiera querido entrar.
O salir.
escrito por @adrianadejesuscasas
No es Annabelle
Aún recuerdo la primera vez que la vi: “Karina, mi nombre es Mónica y estarás asistiendo conmigo para ayudarte a controlar esa necesidad continua de movimiento, y mi asistente es Lucy, nos acompañará en algunas sesiones” dijo señalando a la enorme muñeca desgarbada. Trataba de evadir la mirada de la psicóloga que me explicaba que me ayudaría con la hiperreactividad por mi TDAH.
No entendí bien lo que decía, miraba como hipnotizada a esa muñeca de trapo, casi del tamaño de mi hermana menor, era tejida a crochet color beige claro, con un vestido morado, y un largo cabello rojo, la mitad formaba una trenza y el resto le cubría desordenadamente la cara. Esa cara, tenía una expresión que no entendía, entre sonrisa y mueca, sus ojos color negros parecían querer decirme algo.
“Me da un poco de miedo su muñeca, se parece a Annabelle”, le dije tímidamente a la psicóloga. “No te preocupes, es solo una muñeca y no es Annabelle…se llama Lucy. Ella nos va a ayudar en tu terapia, vas a ver como con su ayuda y la mía, poco a poco, vas a dejar de tener problemas en la escuela por estar siempre de un lado a otro, sin poner atención a las clases. Y vas a ver como tus papás y maestros pronto ni te van a reconocer.”
“Puedes llamarme por mi nombre, aquí estás segura y puedes contarme todo lo que quieras. Vamos a hacer ejercicios de atención, de respiración y de imaginación guiada, estos últimos te van a gustar y Lucy estará presente para que sientas más confianza y veas que son como un juego.”
Cada viernes a las 7 pm tenía cita con Mónica y con Lucy… aún no entendía por qué, pero me sentía mal cuando ella estaba, y casi siempre lo estaba. “Lucy nos va a ayudar para hacer ejercicios de respiración, acuéstate en el sillón, ponla en tu estómago y mira como sube y baja con cada respiración…Lucy nos va a acompañar en el recorrido de imaginación, piensa que eres un árbol y con tus ramas fuertes la tomas de las manos…Lucy…Lucy.” Empecé a sentirme cansada cada vez que salía de una sesión con Lucy de asistente, y el cansancio me duraba toda la semana. Los pies me pesaban a la hora del recreo, ya ni siquiera en ese momento podía jugar, como antes con mis amigas.
Las semanas iban pasando, mi ánimo y energía cada vez eran peor. Pensé que mis papás iban a darse cuenta de que algo malo estaba pasando conmigo. Pero no fue así, al contrario. Mis papás y mi maestra estaban más que contentos, parecía que por fin la terapia y la medicación estaban dando el resultado requerido. Así que, si a cambio yo me sentía cansada era algo sin importancia.
Mi mamá pidió hablar con Mónica para contarle de mis avances escolares, mis calificaciones habían mejorado mucho. Antes de entrar a esa sesión hablé con ella, le conté que esa muñeca me hacía sentir mal, y que ya no quería seguir yendo a terapia, que estaba muy cansada y ya no me sentía como yo misma. Obviamente me ignoró, pero igual adentro del consultorio le pidió a la psicóloga que como no me sentía cómoda con la muñeca ahí, hiciera lo posible por realizar las intervenciones sin ella. En ese momento sentí la mirada penetrante de esos ojos negros de plástico, supe que había hecho mal en delatarla.
La sesión inició como todas: “Hola, Karina, toma asiento… ¿Cómo te fue en la semana? Tu mamá me contó que obtuviste excelentes calificaciones y que todos están muy contentos con eso. Bueno, todos excepto tú. Como también me dijo que te sientes incómoda con Lucy aquí, el día de hoy será su despedida.”
“Hay algo que no te conté de ella, se alimenta de la energía de los niños que vienen a consulta. Me especializo en niños con hiperactividad, pero al inicio mi terapia con ellos no funcionaba, aunque realizaba todo lo indicado y no sabía qué hacer. Un día sin saber cómo, apareció ella, tal vez la dejó la psicóloga con quien compartía consultorio. De repente empecé a ver avances en la conducta de mis pacientes, permanecían sentados en sus clases, atentos al maestro, y en casa no andaban corriendo de un lado a otro. Entendí que no se debía a mis intervenciones, que eran las mismas, si no a mi nueva asistente, ese día le agradecí y le prometí que estaríagh presente en todas las sesiones.”
“Acuéstate, toma aire por la nariz exhala por la boca, otra vez inhala y exhala, ve sintiendo tus piernas como se sienten cada vez más livianas, tu estómago siente como se infla y desinfla, tus brazos son como de trapo, toda tú eres como de trapo. Imagina que te empiezas a convertir en una muñeca de trapo y eres feliz y relajada, lo único que tienes que hacer es dejar que jueguen contigo. Ahora vas a tomar a Lucy y se van a fundir en un abrazo tan profundo que se van a intercambiar sus almas y poco a poco cuando abras tus ojos, tú serás mi nueva muñeca.”
“Fue un gusto trabajar con ustedes, sobre todo contigo Karina, eres unos de mis mejores casos con excelentes resultados. La doy de alta y quedo a sus órdenes para cualquier situación que requiera intervención psicológica o si desea saludar, Karina es una niña muy dulce.”
Cuando pude abrir mis ojos, que aún se sentían pesados, no pude mover mi cuerpo, volteé a verme y grité lo más fuerte que pude sin emitir un solo sonido. Estaba convertida en esa muñeca de trapo. Apenas intentaba pensar en como podría salir de esto, cuando escucho personas que se dirigen al consultorio y a Mónica abriéndoles. Era la mamá de una nueva paciente con TDAH, después de una entrevista interminable con ella, me quedo con la niña y con quien me había convertido en esto…intento de nuevo gritar…moverme…nada. Mientras escucho a la niña decir “Me da un poco de miedo su muñeca, se parece a Annabelle”, la psicóloga respondió: “No te preocupes, es solo una muñeca y no es Annabelle…se llama Karina”.
escrito por @adrianadejesuscasas
GALERNA
Aquella noche de difuntos, el Cantábrico parecía un adolescente rebelde e insolente reclamando la atención de una luna de sangre bajo cuyo reflejo sacudía sus aguas. Las olas, embrutecidas, embestían sin piedad contra los acantilados como si ansiaran derribarlos, mientras transportaban a través de la costa su ronco lamento de espuma y roca.
Sentado a una distancia prudencial de la orilla, Manuel asistía al salvaje espectáculo que ofrecía la naturaleza. Hoy la tierra parece un caldero incapaz de contener el agua que la habita; pensó, a la vez que se guarecía bajo la chaqueta de la brisa húmeda y salitrosa que lo envolvía. A continuación, se llevó a los labios el botellín que sostenía entre las manos y dejó que el amargor de la cerveza inundara su paladar, saboreando cada trago.
Siempre había creído que el otoño era la mejor estación para disfrutar de la tierra que le vio nacer, lejos de la época estival y de los turistas que la invadían en cuyo recuerdo no quedaba más que un puñado de casas deshabitadas y el eco silencioso de los establecimientos hosteleros agonizando tras las persianas que los clausuraban. Sólo entonces tenía la indecible sensación de que el mar le pertenecía únicamente a él y a sus paisanos, personas forjadas en tempestades, capaces de resistir la crudeza del invierno en las diseminadas poblaciones horadadas en faldas de agrestes montañas a cuyos pies, inabarcable, se extendía el Cantábrico.
Ni una sola luz quebraba la negrura de un horizonte carente de marineros, cuyos barcos pesqueros resistían amarrados a puerto las inclemencias del temporal que los azotaba. Aquella noche, el mar era únicamente de los seres que lo habitaban.
Enredado en sus pensamientos, lanzando contra las olas que rompían en la costa los guijarros encontrados a su alrededor, Manuel se vio de pronto sorprendido por algo que parecía sobresalir del agua. A escasos metros de la orilla, una forma semicircular comenzaba a emerger ante él.
Consciente de la ausencia de formaciones rocosas en aquel punto, fijó la mirada a fin de identificar un objeto apenas visible entre la oscuridad. Probablemente se trate de boya arrancada por el oleaje y arrastrada hasta la playa, quiso tranquilizarse. Fue entonces cuando advirtió varias burbujas de aire alrededor de lo que identificó como la parte superior de un cráneo humano. Emergía de las frías aguas con el rostro oculto tras la melena que lo cegaba, mientras los círculos concéntricos formados a su alrededor, sobre la superficie del agua, desaparecían en las profundidades de un océano que parecía escupir lo que no le pertenecía.
La piel de aquellos hombros, poblada de incrustaciones marinas similares a las del casco de un viejo galeón hundido, comenzaba a ser visible sobre el furioso oleaje que, por otra parte, parecía incapaz de derribarlo. Aquello, sabe Dios lo que fuera, avanzaba erguido hacia la costa, caminando desde las profundidades a través del lecho marino, en su dirección.
Desconcertado, Manuel se levantó de golpe. El botellín de cerveza cobijado en su regazo se estrelló contra la arena emitiendo un sonido seco y ahuecado, al igual que las palabras atascadas en la garganta del joven. A continuación, avanzó un par de pasos hacia la orilla, dispuesto a socorrer a aquella figura que, incomprensiblemente, no podía ser más que la de un náufrago vencido por el mar en una noche de galerna. Pero cerca del límite de la arena, se detuvo de golpe.
Alrededor de la orilla, varias figuras idénticas a aquella emergían de entre las olas. Hombres, mujeres y niños de cuerpos famélicos y maltratados por el agua que contra toda lógica resistían la marejada avanzaban como autómatas con el único objetivo de alcanzar la orilla.
Asustado, Manuel retrocedió varios pasos sin volver la espalda a aquella siniestra comitiva, cayendo contra la arena en repetidas ocasiones. Hasta que finalmente logró abandonar a la carrera la playa, ya ocupaba por el avance de aquellos que emergían de un mar cada vez más agitado.
Corrió como alma que lleva el diablo a través de las calles laberínticas y desérticas que conformaban el pueblo cuyas casas, a su paso, atrancaban puertas y extinguían la luz hasta entonces visible en sus ventanas.
Agradeció encontrar a su padre aún despierto frente al fuego. El pelo canoso del anciano ofrecía tras el sillón orejero que le cobijaba el aspecto de las cenizas consumidas en la chimenea.
—Pa… Padre… No… No va a creer lo que he visto —acertó a vocalizar Manuel tras interrumpir abruptamente en el salón.
El hombre permaneció impasible, mecido por el crepitar de los troncos consumidos bajo las llamas. Tras unos segundos de silencio, el susurro de su voz enronquecida tomó el salón.
—Retornados, hijo. Regresan a cobrar sus deudas. —El hombre se reclinó para alimentar con un nuevo tronco el fuego—. Nada que temer si sus muertes no tuvieron relación alguna contigo —concluyó, persignándose y con la vista fijada en la chimenea que lo calentaba.
Manuel tragó la escasa saliva acumulada en su garganta. Dedicó de refilón una mirada al retrato de su madre que desde su fallecimiento un año atrás presidía la estancia, y con voz trémula se dirigió de nuevo al anciano.
—De… Debo irme. Ahora, papá…
—Si te buscan, da igual dónde te escondas —se limitó a responder su progenitor, sin tan siquiera dedicarle una última mirada.
La puerta de entrada al domicilio chirrió al girar sobre sus goznes.
—¿Manuel? — La siniestra musicalidad de una voz dulce y femenina, reclamando al joven con cadencia, invadió la estancia. El silencio instalado a continuación sólo era quebrado por el sonido de los pasos, lentos y acuosos, que avanzaban a través del pasillo—. Soy mamá, cariño…
Esta vez, la voz grave y ronca restalló en el interior de la casa con la fuerza de una tormenta.
escrito por @serna_somoza