El hombre del último dibujo

Camila, con solo tres años, tenía el don de dibujar cosas que después pasaban. O al menos, eso creían ella y sus padres. La única que pensaba que todo era una pavada era Sofía, su hermana de ocho años.

La primera vez que sus padres notaron esta habilidad fue cuando Camila encontró un dibujo del Patito Sirirí para colorear. Pero ella antes de mostrárselos a sus padres le agregó una caña de pescar sobre los hombros del patito y un pescado que colgaba enganchado en el anzuelo.

—Cami, el Patito Sirirí no es negro ni tiene una caña de pescar— le dijo el padre al ver el dibujo.

— Así es como yo lo veo — respondió Camila sin dar más explicaciones.

Pocos días después, sus padres vieron en las noticias locales que el emblemático Patito Sirirí del parque Urquiza sería restaurado y volvería a tener su caña y pescado original y se estaba analizando que pasaría con el color amarillo actual.

—Tal vez ella lo escuchó en alguna parte— dijo la madre a un comentario del padre sobre este hecho.

Otra vez, Camila dibujó a su papá llegando de pescar con un surubí enorme, y esa misma noche cenaron pescado a la parrilla. En otra oportunidad, hizo un dibujo de su mamá tocando la guitarra, y, como si fuera una señal, la mujer sacó el instrumento de un ropero viejo y se puso a tocar después de años.

—Esto va a pasar hoy —decía Camila, mostrando sus dibujos. Y siempre ocurría.

Pero las cosas se pusieron raras cuando un día dibujó un pez completamente negro, con una boca enorme llena de dientes filosos y un apéndice en la cabeza con una pequeña luz en su extremo. La mirada del bicho era aterradora.

Sus padres se preocuparon. Después, vieron en las noticias, que un pequeño pez de las profundidades había aparecido en la costa de Tenerife.

—A que no podés dibujar una ambulancia —la desafió Sofía a su hermana sin ocultar sus celos.

—Obvio que puedo —respondió Camila.

—Pero… ¿quién va a ir en la ambulancia? —preguntó Sofía, con una sonrisa burlona.

—¿Quién? —preguntó Camila, intrigada.

—Vos.

Sofía le acercó la caja de lápices de colores y, además, agregó una tijera y una trincheta bien filosa.

—¿Para qué es esto? —preguntó Camila, con su vocecita dulce, llena de curiosidad.

—Para que recortes el dibujo.

—Pero mamá no me deja cortar con esto —se quejó Camila, cruzándose de brazos.

—No importa, no le vamos a decir nada —dijo Sofía con una sonrisa cómplice.

Camila terminó el dibujo y, con mucho cuidado, agarró la trincheta. Apenas intentó usarla, la punta se le clavó en uno de sus dedos. Gritó fuerte, llamando a su mamá, que apareció corriendo y se desesperó al ver la sangre.

—¡Sofía! ¿Cómo le vas a dar eso? —la retó su madre, mientras revisaba la herida. Después de lavarle la mano con jabón, puso un poco de desinfectante en una taza y le pasó un algodón empapado por la piel. Cuando estuvo segura de que no era profundo, le vendó el dedo y volvió a sus cosas.

—Sofi, cuidala a tu hermana —ordenó antes de irse.

Sofía seguía fastidiada. Agarró la botella de lavandina y sirvió un poco en la taza donde estaba el desinfectante.

—Si tomás esto, te vas a curar más rápido —le dijo.

Camila miró la taza y después su mano. Dudó un poco, pero mirando de manera desafiante a Sofía, la agarró y empezó a tomarla. En ese momento, la madre apareció y, al ver la escena, corrió a sacársela de las manos.

—¡No! ¡No, Cami, escupílo!

Pero ya era tarde. Camila se quedó inmóvil y en silencio, con la vista fija en su hermana. La madre, desesperada, llamó a su marido para que pidiera una ambulancia. En pocos minutos, el sonido de la sirena se escuchó en la cuadra. Se la llevaron de urgencia al hospital de niños, donde la internaron para control.

Sofía dejó el dibujo de la ambulancia llevando una niña, al lado de la cama de su hermana.

Un tío del padre que iba regularmente a la casa se ofreció para cuidar a Sofía mientras la madre se ocupaba de Camila en el hospital y el padre no faltaba al trabajo.

Dos días después, cuando Camila empezó a sentirse mejor, hizo otro dibujo. En el papel se veía un hombre alto y delgado, con una postura encorvada, Su piel era de un tono gris oscuro, casi enfermizo, con sombras oscuras marcando los pómulos hundidos y los ojos enormes y vacíos, como dos agujeros negros.

Su boca era ancha y torcida, con una hilera de dientes desparejos que parecían no encajar del todo en su rostro. Llevaba un saco largo y gastado, de un color indefinido entre el marrón y el negro, y sus manos, de dedos largos, terminaban en uñas gruesas y sucias.

A su lado, en el dibujo, había una nena de unos ocho años. No tenía rostro todavía. Solo una silueta borrosa de cabello revuelto, como si llevara deambulando perdida varios días.

Cuando su mamá vio el dibujo, sintió un escalofrío.

—¿Quiénes son, Cami? —preguntó en apenas un hilo de voz.

Pero Camila solo la miró, con los ojos tristes

—Todavía falta terminar— respondió.

Nadie se animó a preguntar más.


«La escuela»

La escuela era un edificio antiguo, con pasillos que parecían no terminar nunca. De día, los ruidos de los alumnos disfrazaban su silencio opresivo, pero de noche, cuando las luces se apagaban, el aire se volvía más denso.

Martín, el nuevo encargado de limpieza, había aceptado el turno nocturno pese a las advertencias de los demás. “En esta escuela pasan cosas”, le habían dicho. Él sonrió incrédulo; no creía en fantasmas.

La tercera semana, mientras repasaba los pisos del aula 3B, escuchó un murmullo en el pasillo. Salió a mirar, pero no había nadie. Cuando volvió al pizarrón, encontró escrita una frase que antes no estaba: “No mires atrás.”

El corazón se le aceleró. Sintió la necesidad de girarse, y lo hizo: por el rabillo del ojo vio una silueta pequeña corriendo hacia la biblioteca. Un impulso lo llevó a seguirla.

La puerta estaba entreabierta. Dentro, la luz parpadeaba. En el centro de la sala había un cuaderno abierto sobre una mesa. Martín lo leyó:

“Estoy atrapada en la escuela. No me dejan salir. No entres solo de noche.”

Una voz detrás de él susurró:

—¿Me ayudas?

Al volverse, encontró a una niña con uniforme escolar. Su cabello estaba mojado y sus ojos, completamente negros. El aire se volvió helado. Martín retrocedió, pero la puerta se cerró de golpe.

La niña avanzó.

—Si te quedas… nunca estaré sola otra vez.

Martín corrió desesperado. Logró abrir la puerta a golpes y salió tambaleando por el pasillo. Juró no volver jamás.

Al día siguiente, en 3B, los profesores encontraron otra frase en el pizarrón: “Martín se queda conmigo.”

Nadie volvió a verlo.

Semanas después, la directora convocó a un nuevo encargado de limpieza: Martín. Un muchacho joven y nervioso entró por primera vez a la escuela.

—Bienvenido —dijo la directora—. Necesitamos a alguien que trabaje de noche. El último muchacho no… no cumplió.

Mientras le mostraba las instalaciones, pasaron frente al aula 3B. Martín se detuvo, confundido. Sobre el pizarrón, escrito con tiza blanca, leyó:

“Bienvenido, Martín.”

Sintió un escalofrío. Nadie le había contado que el anterior también se llamaba igual que él.

Cuando volvió a mirar el pizarrón, las letras cambiaron ante sus ojos:

“Ya eres parte de nosotros.”


En un pequeño pueblo rodeado de densos bosques, se alzaba una antigua mansión que había estado deshabitada durante décadas. Los aldeanos murmuraban historias sobre lo que había sucedido allí: gritos en la noche, sombras que se movían sin dueño y una familia que había desaparecido misteriosamente. Nadie se atrevía a acercarse, excepto un joven llamado Lucas, quien siempre había sentido una extraña atracción hacia la mansión.

Una noche, empujado por la curiosidad y el deseo de probar su valentía, Lucas decidió explorar la mansión. Con una linterna en mano, cruzó la puerta de madera carcomida, que chirrió ominosamente al abrirse. El aire estaba cargado de un olor a humedad y moho, y el silencio era tan profundo que podía oír el latido de su corazón.

Los pasillos estaban cubiertos de polvo y telarañas, y las paredes estaban adornadas con retratos de la familia que había vivido allí. Sus miradas parecían seguir a Lucas mientras avanzaba, como si quisieran advertirle de un peligro inminente. Sin embargo, él ignoró la inquietud que le producía y siguió explorando.

Al llegar a la biblioteca, se encontró con estanterías repletas de libros antiguos. Uno de ellos, un diario desgastado, llamó su atención. Lo abrió con cuidado y comenzó a leer. Las páginas estaban llenas de garabatos que hablaban de rituales oscuros y de la invocación de seres de otras dimensiones. A medida que leía, una sensación de frío recorrió su espalda; algo en el aire cambió, y la luz de su linterna comenzó a parpadear.

De repente, escuchó un susurro detrás de él. Se dio la vuelta, pero no había nadie. Su corazón latía desbocado, y una mezcla de miedo y adrenalina lo llevó a salir de la biblioteca. Sin embargo, al hacerlo, se dio cuenta de que las puertas de la mansión se habían cerrado de golpe. Estaba atrapado.

A medida que la oscuridad se hacía más densa, Lucas sintió que algo lo observaba. Comenzó a recorrer la casa en busca de una salida, pero cada habitación que entraba lo sumía más en la locura. Las sombras parecían moverse, y los susurros se convirtieron en gritos desgarradores. Recordó las historias de la familia que había desaparecido; ¿habría sido él el próximo?

Finalmente, llegó al sótano. La puerta estaba entreabierta, y un frío helado emanaba de su interior. Sin dudarlo, bajó las escaleras, sintiendo que era su única opción. Al llegar al fondo, se encontró con una habitación oscura, iluminada solo por una tenue luz que provenía de un altar en el centro. Sobre él, había una serie de objetos extraños: velas negras, un caldero y un libro abierto que parecía estar escrito en una lengua desconocida.

Al acercarse, sintió una fuerza invisible que lo empujaba hacia el altar. El miedo lo invadió, pero su curiosidad era más fuerte. Comenzó a leer las palabras del libro en voz alta, y en ese momento, la habitación tembló. Las velas se encendieron de repente, y una figura oscura apareció frente a él. Era un ser de pesadilla, con ojos que brillaban como brasas y una sonrisa que mostraba dientes afilados.

«Has invocado a los olvidados», dijo la criatura con una voz que resonaba como un eco lejano. «Ahora eres parte de este lugar, y tu alma será devorada por la eternidad».

Lucas intentó retroceder, pero sus pies estaban pegados al suelo. La figura se acercó, y en ese instante comprendió que no había forma de escapar. La mansión había sido un atrapante para almas curiosas como la suya, y ahora estaba condenada a ser una más de las historias que los aldeanos contarían en susurros, sobre el joven que se atrevió a entrar en la mansión maldita.

Así, la mansión permaneció en pie, esperando a su próxima víctima, mientras las sombras danzaban en sus pasillos y los ecos de los gritos se perdían en el viento. Nadie nunca volvería a ver a Lucas, pero su historia se sumaría a las leyendas que rodeaban aquel lugar, un recordatorio escalofriante de que algunas puertas es mejor no abrir.

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