El callejón
El gato pardo acorrala al ratón en un callejón con forma de semicírculo. Hay una sola salida y el gato pardo la obstruye. No hay lugar por donde inmiscuirse.
El ratón intenta eludir al gato con varias maniobras, pero todas fracasan. El gato pardo no le quita los ojos de encima a cada movimiento que hace.
Estando a una buena distancia, el gato pardo da un brinco y lo aprisiona con sus patas delanteras. Siente la palpitación agitada, la respiración nerviosa del pequeño animal. Se lo come.
Sin ceremonia.
Sin mayor ritual.
Casi sin masticar, de lo pequeño que es.
Aún siente las palpitaciones pasando por su laringe, mientras desciende lentamente hacia el estómago.
El gato pardo se lame una de sus patas. No hace falta entretenerse tanto. Hay que buscar otra presa, y la noche será larga.
Pero en cuanto se voltea, para salir de allí, nota que el callejón, ahora, es un círculo completo. Cerrado.
¿El hambre le ha jugado una mala pasada? ¿Cómo ha entrado allí?
Da una vuelta sobre sí mismo y no ve ninguna salida.
Confundido, da un paso hacia la pared más cercana. Se ve distinta a como se veía antes: pequeñas gotas de humedad brotan de los ladrillos.
Y, sin embargo, no alcanza a distinguir ningún cambio perceptible en el ambiente. El lugar sigue igual de fresco.
Un olor intenso le invade las fosas nasales. Su pelaje se eriza. Se pone en alerta.
Allí cerca, por una pequeñísima grieta entre dos ladrillos, se escurre un líquido extraño.
Un líquido espeso y de un color verdoso, como savia de un árbol.
Su olfato le guía hacia él. Al olerlo más de cerca, el hedor le marea ligeramente. Con una de sus patas delanteras, amaga con tocarlo varias veces.
¿Esto podrá comerse?
¿Mitigará el hambre o será peligroso?
La curiosidad puede más.
Apenas la toca, la savia se adhiere a su pata. El gato pardo intenta despegarla, de forma instintiva, pero no puede.
Cuanto más lo intenta, la savia gana más consistencia y mayor fuerza, hasta convertirse en una especie de lengua viscosa.
La lengua lo retiene y lo acerca hacia la pared. Más y más.
El gato pardo lucha, se resiste, carraspea, maúlla; siente las palpitaciones de su propio corazón retumbándole por dentro del cráneo.
La lengua lo atrae hacia la grieta en la pared, indetenible. Y, conforme lo va empujando, la grieta se va haciendo más grande, como una serpiente agrandando la boca antes de engullir a su presa.
Su pata entra primero, seguida de su hombro, su cabeza, la otra pata y el resto hasta su cola.
Toda su animalidad es tragada, sus maullidos sofocados, ahogados dentro de la pared.
La grieta se achica, pero no se cierra del todo.
Pasan unos minutos.
La savia, de repente, adquiere una nueva consistencia: más liviana, más líquida, más con el aspecto de la miel. Y de la miel va emergiendo una cabeza pequeña, unas patas delgadas, un torso completo y una cola larga y fina.
Un ratón cae sobre el callejón, semidormido. Respira de manera pausada y lenta, y su cuerpo está cubierto de esa miel que lo ha arrastrado afuera. Como si acabara de salir de una laguna empantanada. Como si acabara de nacer.
escrito por @santiagobenitez915
La casa de la colina
La tormenta había comenzado justo cuando Sofía tomó el camino equivocado. Iba de regreso a la ciudad tras visitar a su abuela en el campo, pero la lluvia intensa, el viento que sacudía los árboles y la neblina espesa hicieron que se desviara sin darse cuenta. Su GPS dejó de funcionar y, al mirar el celular, descubrió que no tenía señal.
El camino la llevó a un sendero de tierra, lleno de charcos y ramas caídas. Con cada metro, la oscuridad se hacía más profunda. Cuando el coche finalmente se detuvo, ahogado por el barro, Sofía supo que tendría que buscar ayuda. Fue entonces cuando vio, al fondo de la colina, una luz amarillenta que titilaba. Una casa.
Era antigua, de madera desgastada y ventanas altas. Se alzaba en medio de un terreno descuidado, con un jardín muerto y una verja oxidada. Parecía abandonada, pero aquella luz en la ventana superior la convenció de subir los escalones crujientes del porche.
Golpeó la puerta. Una, dos, tres veces. Nadie respondió, pero el pestillo cedió con facilidad. El olor a humedad y a polvo le llenó la nariz. “Solo pediré un teléfono”, se dijo para darse valor.
Dentro, la casa estaba sorprendentemente amueblada. Había cuadros en las paredes —retratos de gente de ojos muy oscuros, tan realistas que parecían seguirla— y una alfombra roja que amortiguaba sus pasos. El silencio era espeso, roto solo por el crujido del piso de madera.
—¿Hola? —llamó Sofía, su voz rebotando en las paredes.
Una ráfaga de viento cerró la puerta tras ella con un golpe seco. Dio un respingo y giró para abrirla de nuevo, pero el picaporte no cedió. Como si la cerradura hubiera cambiado.
Tragó saliva y avanzó hacia el interior. El aire era más frío allí, casi helado. El pasillo conducía a un salón amplio, con una chimenea apagada. En el centro, un sillón de terciopelo verde parecía esperarla. A un lado, una mesa sostenía un candelabro con velas encendidas, aunque ninguna gota de cera parecía haber caído.
“Alguien debe estar aquí”, pensó, tratando de convencerse.
Entonces escuchó un susurro. Apenas un murmullo, proveniente de las escaleras. Levantó la vista: en el descansillo del segundo piso, una figura la observaba. Era una mujer de cabello negro, largo y desordenado. Su piel era tan pálida que casi brillaba.
—Perdón por entrar —dijo Sofía con la voz quebrada—. Mi coche se averió… ¿podría usar su teléfono?
La mujer no respondió. Solo la miró unos segundos más y luego dio media vuelta, desapareciendo por el pasillo superior.
Sofía, dudando entre seguirla o huir, optó por subir las escaleras. Cada peldaño crujía como si gritara bajo su peso. Cuando llegó arriba, encontró varias puertas cerradas. La luz de la bombilla parpadeaba, lanzando destellos intermitentes.
La puerta del fondo estaba entreabierta. Al empujarla, descubrió un dormitorio antiguo: cama con dosel, cortinas raídas y un armario enorme. Sobre la mesa de noche, un espejo ovalado reflejaba la habitación, pero no a Sofía.
El corazón se le detuvo. Se miró directamente al espejo: su reflejo no estaba.
Retrocedió, golpeando el armario. Este se abrió con un chirrido, y del interior cayeron al suelo varias muñecas de porcelana, todas con los ojos arrancados.
El susurro volvió, más claro esta vez:
—Quédate…
Sofía corrió hacia el pasillo, pero todas las puertas estaban cerradas ahora. Al bajar las escaleras descubrió que la entrada había desaparecido: en su lugar había una pared cubierta de retratos. Cada pintura mostraba a personas diferentes, pero todos tenían algo en común: sus rostros reflejaban miedo.
Avanzó temblando hacia el salón. El candelabro seguía encendido, y en el sillón verde alguien la esperaba: la misma mujer de cabello negro. Esta vez podía ver mejor sus facciones. Sus labios estaban cosidos con hilo negro.
Sofía retrocedió, chocando contra la mesa. El candelabro se movió, y las llamas se apagaron de golpe. La oscuridad fue total.
El susurro resonó por toda la casa, pero ya no provenía de una sola voz. Eran decenas, cientos:
—Quédate… quédate…
Unas manos heladas sujetaron sus brazos. Otras se enredaron en su cabello, tirando hacia atrás. Luchó, pataleó, gritó, pero no había nadie visible. Sentía dedos gélidos recorriendo su piel, uñas rasgándole los hombros.
De pronto, la chimenea se encendió sola, iluminando la sala. Y en las paredes, donde antes había retratos, ahora estaban las mismas personas, pero ya no pintadas. Eran cuerpos atrapados tras un vidrio invisible, golpeando desesperados, como si pidieran ayuda. Sus ojos oscuros la miraban fijamente.
Entre ellos, Sofía reconoció su propio rostro, reflejado en una pintura reciente. Estaba pálida, con la boca abierta en un grito congelado.
Un dolor intenso le recorrió el pecho, como si algo invisible le arrancara el aire. Intentó moverse, pero sus brazos quedaron rígidos. Su piel se volvió fría, sus párpados pesados. Sintió cómo se deslizaba hacia la superficie del retrato, atrapada.
Antes de perder la conciencia, escuchó un último susurro, más cercano que nunca:
—Ahora eres parte de la casa.
—
La tormenta cesó al amanecer. El sol iluminó el camino embarrado y la colina desierta. El coche de Sofía ya no estaba atascado: había desaparecido.
Horas más tarde, una pareja de excursionistas pasó por allí. Al ver la antigua casa, comentaron que parecía abandonada desde hacía décadas. Pero al acercarse al ventanal, notaron algo extraño: los retratos del interior.
—Mira —dijo uno de ellos—, ¿no es raro? Parece que alguien pintó a una chica moderna… con el pelo recogido y una campera roja.
El otro asintió, incómodo.
—Y parece que está gritando.
Se alejaron rápido, sin notar que, tras el vidrio, los ojos de Sofía seguían suplicando, aunque nadie ya pudiera escucharla.
escrito por @michu_n.m
Turquesa
A veces me pregunto si el color turquesa puede tener temperatura.
Porque los tuyos… los tuyos ardían.
Eran dos brasas brillantes. Dos gemas congeladas flotando en esa máscara de piel tan prolija que te daba el título de “eminencia”.
Cuando te conocí, no hablaste. Solo me miraste. Y eso fue suficiente.
Me enamoré de tus ojos, Mauro. No de vos. De tus ojos.
Lo demás fue una cáscara.
Vacía. Cruel.
Un monstruo con título de médico.
Después de la boda, todo cambió. No de golpe. Como una infección.
Primero el frío en la voz. Después los portazos. Más tarde, las palabras que cortaban más que bisturíes.
«Bruta», «inútil», «parásito emocional», «lastre».
Me prohibiste salir. Dijiste que el mundo afuera era peligroso, que no entendía las reglas.
Y yo, imbécil y enamorada, lo creí.
Hasta que entendí que lo peligroso no era el mundo.
Eras vos.
Tu estudio fue mi celda.
Ese cuarto lleno de libros, con olor a cuero viejo, desinfectante y soledad.
La cerradura siempre echada. Las ventanas clausuradas.
A veces me dejabas sin comer, solo para probar mi “resistencia”.
O me hablabas en voz baja durante horas mientras dormía, susurrándome cosas como:
«Nadie te va a creer»,
«Vos me necesitás más de lo que yo te necesito a vos»,
«Mirá cómo terminás sin mí».
Y si te enojabas, me arrastrabas de los pelos hasta el espejo y me obligabas a mirarme.
«¿La ves? Esa sos vos. Una nada. Una cosa.»
Me hacías quedarme ahí, en cuclillas, desnuda, temblando, mientras vos comías o te duchabas con la seguridad de un dios menor.
Una noche me dejaste ahí toda la madrugada, frente a ese reflejo muerto. Me sangraron las rodillas.
Y vos, Mauro, dormías como un rey satisfecho, mientras yo me partía en pedazos frente a un vidrio que ya no me devolvía nada.
Pero algo cambió.
Te volviste descuidado.
Dejaste de mirar.
Y yo empecé a mirar por vos.
Los libros. Las láminas. Las notas garabateadas en tu letra nerviosa.
No sé cuándo fue que empecé a entender. Pero ocurrió.
Nombres. Técnicas. Estructuras. Procedimientos.
Pasaron los años.
Mi cuerpo se volvió más débil, pero mi mente más precisa.
Tenía todo el tiempo del mundo.
Y vos… vos me habías dado la biblioteca.
Una noche, cuando abriste la puerta para dejarme una bandeja con arroz frío, te vi bostezar. Te vi distraído.
Y me moví como un bisturí entre costillas.
Te despertaste atado. No podías gritar. Me aseguré de eso.
Llorabas, Mauro. Pero no por miedo.
Por saber que ya no era tuya.
Por saber que tus ojos, esos ojos por los que alguna vez sentí amor, estaban a punto de dejarte.
Lo hice con una precisión que te hubiera enorgullecido.
Sin temblores. Sin dudas.
Anestesia local. Separación cuidadosa. Conservación en solución salina.
Tus ojos ahora me pertenecen.
Están guardados en un frasco de cristal.
Y se mueven. Sí, Mauro, todavía se mueven. Como si buscaran algo. Como si aún quisieran verme.
En este momento, los estoy mirando bailar al compás del pequeño elefante de vidrio que cuelga del espejo retrovisor.
Van de un lado al otro, como dos peces turquesa atrapados en una pecera de formol.
Mientras el auto avanza.
Mientras me alejo del infierno que me habías construido con tus manos suaves y tu voz de autoridad.
No sé a dónde voy.
Pero sí sé de dónde vengo.
Y eso basta.
escrito por @c.barrangou