El eco bajo el agua

La noche se deslizaba sobre Epecuén como una manta pesada. No había estrellas, solo un cielo gris que parecía bajar hasta rozar las ruinas. Kuyen pedaleaba en silencio, el crujido de la cadena de su bicicleta era el único sonido vivo en un paisaje muerto.

Sabía que no debía estar allí. El pueblo hundido no era un lugar para andar sola de noche, pero algo la había empujado a volver. Quizás la necesidad de comprobar si los relatos eran ciertos: esas historias que hablaban de voces en la laguna, de sombras que no pertenecían a ningún ser vivo.

Dejó la bicicleta contra un muro resquebrajado, cubierto de salitre, y encendió la linterna. El haz de luz cortó la oscuridad, iluminando un cartel oxidado que aún se mantenía en pie: “Bienvenidos a Villa Epecuén”.

Avanzó entre restos de casas devoradas por el agua. Las paredes estaban corroídas, cubiertas por una costra blanca de sal que brillaba como huesos bajo la luz. El silencio era tan absoluto que podía escuchar sus propios latidos.

Entonces, lo oyó.
Un golpe seco, hueco, como si alguien aporreara desde dentro de un ataúd.

Kuyen se detuvo, conteniendo la respiración. El sonido se repitió, más intenso, y esta vez vino acompañado de un murmullo. No eran palabras claras, sino un eco ahogado, como si alguien hablara bajo el agua.

—Debe ser el viento —murmuró, aunque la noche estaba muerta, sin brisa.

El eco se alzó de nuevo. Ahora podía distinguir frases: “No debiste volver…”.

El corazón se le desbocó. Alumbró la orilla de la laguna y entonces la vio.

Una figura femenina emergía lentamente, arrastrando los cabellos mojados que se extendían como algas negras. Sus ojos, blancos y vacíos, parecían dos ventanas abiertas a la nada. Se deslizaba sin mover los pies, como flotando sobre la superficie.

Kuyen retrocedió, pero con cada paso sentía que la distancia se acortaba. El eco crecía dentro de su cabeza, rebotando en sus huesos.

—No debiste volver…

Recordó lo que sus ancestros le habían transmitido: “Las almas atrapadas en Epecuén llaman por las noches. Si escuchás su voz, ya no podés escapar”.

Giró para correr hacia la bicicleta. La linterna temblaba en su mano, proyectando sombras que parecían perseguirla. Cuando llegó, notó que la rueda estaba hundida en el barro, como si algo la retuviera. Se agachó para liberarla y entonces lo vio: unas manos pálidas, huesudas, emergían del agua. Se aferraban con fuerza a los rayos metálicos, hundiéndola más.

Kuyen gritó y tiró con todas sus fuerzas, pero era inútil. El eco volvió a sacudir el aire, esta vez como un coro de voces superpuestas. “Somos nosotros… vení con nosotros…”.

El suelo vibró bajo sus pies. Fisuras comenzaron a abrirse en el cemento, y de esas grietas brotaba agua oscura, espesa, que olía a podrido. Cada charco traía consigo un reflejo extraño: rostros, ojos, bocas abiertas en un grito eterno.

La mujer de ojos blancos se acercó hasta quedar frente a ella. El frío que emanaba era insoportable. Kuyen quiso retroceder, pero detrás ya no había salida: solo una marea de cuerpos semitransparentes, como figuras de sal que la rodeaban lentamente.

El eco final estalló en su cabeza:
—Ahora sos nuestra.

La linterna cayó al suelo y rodó hasta apagarse. La oscuridad lo cubrió todo.

Kuyen sintió que la tomaban de los tobillos, luego de las muñecas. El agua trepaba como una piel viva, sofocante. Luchó, arañó, pero cada movimiento la hundía más. El último aire que tomó tenía gusto a sal, como si bebiera la laguna entera.

Y en ese instante, comprendió que ya no estaba sola. Estaba en el otro lado del agua, donde las voces nunca callan.

El silencio volvió a apoderarse de las ruinas. La bicicleta quedó apoyada contra el muro, inmóvil, como si nada hubiera pasado. Solo la laguna, quieta, reflejaba la luna que al fin se asomaba entre las nubes.

Un murmullo leve se escapó de las aguas, como una respiración profunda que nunca terminaría. Y esa voz, apenas audible, repetía su nombre:

—Kuyen…


El ojo alado

Las inconveniencias de la semana lo habían hecho acumular tensiones. Y si bien estaba dispuesto al buen momento, no podía dejar de estar a la defensiva. Sabiendo de los reveses de la desdicha, que encuentra desgracia en la desgracia, y que hace de un infortunio una serie, se mantenía expectante. Para despejar los fantasmas de su cabeza, se dispuso a desayunar y a leer algunas páginas del libro que tenía delante y que había postergado por obligaciones laborales. Había agitado el mate y allí, en el huequito que dejaba siempre junto a la bombilla, vertió el agua caliente.
Soltó un suspiro largo.
Una mosca diminuta, de esas que se posan sobre las frutas, se asentó sobre uno de los bordes del mate de madera. La vio venir por el rabillo del ojo. La espantó un par de veces. La mosca agitaba sus alas, dibujaba elipsis espontáneas en el aire, que surcaban el vacío inmediato, justo frente suyo. Y en una de esas parábolas impredecibles, alteradas por los manotazos que el hombre daba para espantarla, la vio dar un rodeo nervioso y encajar en su ojo izquierdo. Sintió la presencia inexpugnable del bicho dentro de sí mismo, justo debajo de su órbita blanca. La sintió entre el párpado y el ojo aterido por el esfuerzo de querer expulsar lo que ya era parte suyo. Maldijo como un loco y en el ademán desesperado volcó el mate recién servido. El ardor era violento y en la locura que le produjo saberse invadido por otra fuerza, diminuta, pero fuerza al fin, fue al baño frotándose con ambas manos el ojo violado. “Mosca hija de puta” se dijo, mientras trataba de ver en el reflejo del botiquín, alguna señal que le permitiera saber qué debía hacer. “Qué desgracia, la puta madre” volvió a insultar. Con el pulgar y el índice de su mano derecha presionó sobre la base del pequeño furúnculo, que se había formado justo debajo del ojo, por la intromisión del bicho. El ardor se tornó insoportable. Con ansia creciente, presionó y llegó al límite del espanto cuando vio desprenderse de la cuenca vacía de su ojo, una esfera blanca y sanguinolenta. Era su ojo y sin embargo ya no era parte suyo. Lo vio saltar, impulsado no solo por la presión de sus dedos. Entendió que su ojo había cobrado impulso, en parte, por sí mismo y no solo por su acción desesperada. “Qué mierda” pensó en cuanto pudo incorporarse. Su ojo izquierdo no había caído al piso. Se mantenía estático en el aire. Dos alitas pequeñas habían encontrado en la sustancia acuosa del ojo, la materia perfecta para poder perforarlo. Las alitas lo mantenían estático a la altura de su cabeza. La sorpresa y el espanto cuajaban en una misma pose. El dolor, presente todo en él, había quedado en un segundo plano. El hombre no demoró en comprender. El mismo dolor y el mismo espanto habían aguzado sus sentidos. Estaba en él la posibilidad de ver no solo lo que su único ojo veía, sino también lo que el ojo alado era capaz de captar, ya lejos de su cuerpo. Sabía que las moscas estaban dotadas de centenares de ojos y ahora entendía que la visión superpuesta de aquel pequeño insecto, a través de su ojo alado, acrecentaba la percepción misma del bicho, en forma fragmentada. Su campo visual había crecido. Podía percibir, con igual intensidad, no solo los objetos centrales, sino toda la periferia. Se vio a sí mismo, con su mano derecha cubriendo la cuenca vacía, el labio inferior caído, descubriendo el espacio abierto que había dejado la extracción del premolar, la semana anterior. También estaba el ojo alado flotando en el aire. El todo formaba una paradoja visual, que lograba enfrentar en un mismo plano dos imágenes, percibidas desde él, pero no desde su cuerpo. Aún tenía percepción de su ojo alado. Ambas imágenes confluían en él, aunque ahora encontradas. La mosca se elevó por sobre su cabeza. No quería perderla de vista. Dejó de verse, vio la claraboya y una telaraña en un rincón del cielo raso. Se mareó, pero no se extrañó. Era, todo aquello, una experiencia capaz de enloquecer a cualquiera. Notó que el ojo, que se había desprendido de su cuerpo, volaba hacia una maraña algodonosa de telas brillantes. Lo vio con su cuerpo recostado sobre los azulejos del baño. El esfuerzo que hacía el bicho por mantenerse en el aire era enorme. El peso natural de su ojo dificultaba sus maniobras. El afán de mantenerse en alto, lo descalibraba y lo hacía ir donde no debía. Una de las alitas de la mosca quedó prisionera en la maraña de telas. Su ojo pendía ahora, sostenido por un ala traslúcida. El hombre se desesperó. Como pudo fue hasta la cocina. Quería hacerse de una silla para subirse y así liberar su ojo alado del colchón de telas en el que había caído. Vio el cuerpo de una araña parda, terrosa. Vio los tres pares de ojos acercarse a su ojo emancipado, sintió dentro de él, el aleteo desesperado del insecto. “No, no, no…” dijo el hombre. Tomó la silla por el respaldo y soportando el dolor y la tortura que la imagen le daba, vio el marco de la puerta del baño y las patas de la araña de rincón, dos de las ocho, posarse sobre la superficie fibrosa de su ojo prisionero. Sintió la pilosidad de las patas de la araña en la cuenca vacía y gritó. Asqueado y loco gritó, asentando la silla debajo del rincón. La araña con sus patas atrajo al ojo alado, más hacia su cueva. Dio media vuelta dejándolo a su merced. En el movimiento ocular que la araña provocó, la mosca pudo liberarse. Salió aturdida por uno de los orificios que ella misma había provocado para expandir su cuerpo dentro del ojo. En su desesperación, contrajo su cuerpo por instinto y con todas sus fuerzas, salió por el lado opuesto al de la araña, dando rodeos en el aire. El hombre la vio, en la paradoja visual que su mente le posibilitaba, escapar por una fisura de la claraboya plástica del techo. Asentó uno de sus pies en la base de la silla que había llevado. Su mano derecha se aferró al respaldo para tomar impulso. Y en el momento que su otro pie se elevaba para asentarse y erguido rescatarse de aquel infierno, sintió el pinchazo en la cuenca vacía, la secreción de líquidos entrar en su ojo. Vio la rotura de la imagen, una pantalla que se partía por la mitad, una señal que se perdía. Cayó muerto de dolor sobre los cerámicos del piso y mientras sus manos cubrían el espacio vacío que su ojo había dejado, observó con su único ojo abierto, a la araña cubrir con su tela pegajosa y brillante la curvatura de su ojo inerte.


La maldición de la sangre esmeralda

Desde niño cargué un secreto que me mordía como un perro rabioso; mi padre me lo contó en una de sus noches de borrachera: en nuestras venas corría sangre irlandesa. Lo sabía tan bien como sabía el peso de ese estigma en una sociedad estadounidense de principios del siglo XX en la que la discriminación era moneda corriente. Prefería morir antes que ser señalado, antes que ver el apellido de mi familia reducido a cenizas de tréboles en boca de los racistas que se creían custodios de la pureza anglosajona.
Pero los secretos, como toda herencia verde oscuro, no se entierran para siempre.
La primera vez que la oí fue en una madrugada en París, cuando dormía junto a Hadley, mi primera esposa. Entre el crujido de la casa vieja y el ruido de la lluvia, una voz de mujer, rota por el lamento, se abrió paso por las ventanas cerradas. Era un grito que no se parecía a nada humano, con el poder de desgarrar el aire.
Me levanté de un salto, pensando que era una pesadilla. Pero en el espejo del baño, empañado por el vapor, se dibujó su rostro: ojos huecos, cabellos alborotados, piel pálida como la de una muerta. No había duda: era una banshee.
Me susurró, con un acento que reconocí sin dificultad, el arrastre musical de la vieja Irlanda:
—Reniegas de tu sangre. Olvidas el llanto de tu pueblo. Incluso aprendes otras lenguas, mientras ignoras la nuestra. Si no nos honras, si no escribes para nosotros, si no nos asumes, pagarás con una vida.
Yo respondí, con miedo, pero con firmeza:
—Antes muerto que cargar con esa vergüenza.
La figura me contempló con compasión torcida.
—No siempre es la tuya la vida que se cobra, Ernest.
Y se desvaneció con un gemido que me heló la sangre.
Durante meses creí que se trató de un mal sueño, producto del alcohol o la fatiga. Pero el lamento volvió, siempre a medianoche, siempre cuando mi Hadley dormía profundamente. Cada vez más cerca, cada vez más insistente. La banshee me recordaba que el tiempo se agotaba, que mi silencio era un desafío, que el precio estaba fijado.
Yo me convencí de que mi destino por ocultar ese secreto era la muerte. Bien valía la pena. Mi soberbia juvenil me preparó para eso como quien afila un cuchillo. No temía a mi fin; lo había rozado en la guerra. Lo que no soportaba era la idea de ser reducido a una burla, de que se supiera que descendía de aquellos campesinos despreciados.
Una noche de invierno, la aparición fue distinta. El grito no vino desde la ventana, sino desde el corazón de la casa. La banshee se plantó frente a mi cama, transparente pero implacable. Sus labios no pronunciaron palabras esta vez, solo un último veredicto:
—Ha llegado la hora.
Yo me paré derecho, en mi pijama, listo para enfrentarla. Estaba seguro de que sería mi final; ya lo había aceptado. Cerré mis ojos y esperé ese grito capaz de romperme hasta los huesos. El alarido desgarró la habitación, pero el golpe nunca llegó, al menos, no a mi cuerpo.
En cambio, me sacudió otro grito, uno humano, desgarrador: el de mi Hadley.
Me lancé hacia ella y la encontré doblada, con las sábanas teñidas de rojo. El embarazo que habíamos recibido como una bendición se había convertido en un espasmo de dolor. Corrimos al hospital más cercano, tambaleándonos entre pasillos y luces frías en medio de la noche. Pero la sangre no se detuvo. El corazón diminuto, que nunca llegó a latir fuera del vientre, ya estaba condenado.
La banshee había cumplido su promesa.
La pérdida marcó un abismo entre nosotros. Yo me hundí en la culpa y la bebida, convencido de que mi silencio había sellado el destino de mi niño. Mi Hadley, destrozada, nunca volvió a ser la misma. Una grieta que nos separaba se hacía cada vez más profunda hasta que el divorcio fue inevitable. Yo seguí adelante: me casé, tuve otros hijos, escribí libros que me dieron gloria. Pero nada me devolvió el pedazo de mí mismo que quedó en aquella camilla manchada de sangre.
Un día, frente a una servilleta arrugada en un bar, escribí el cuento más corto del mundo: “Se venden zapatos de bebé, nunca usados”, que en esas pocas palabras condensaba todo mi dolor. No era ficción: era una confesión. Cada letra pesaba como una lápida. Cada palabra era el eco del grito de la banshee, aún anclado en mis oídos.
Viví décadas con esa sombra. Cada éxito era un disfraz, cada carcajada un escudo frágil. El alcohol me arrastraba, los fantasmas me acosaban. Y cuando finalmente, en 1961, apoyé la escopeta contra mi cabeza y apreté el gatillo, lo hice con la convicción de que así terminaría la maldición.
Lo que nadie supo, porque lo oculté cuidadosamente, fue el destino de mi herencia. Todo mi dinero, en una maniobra casi invisible, fue destinado a la sociedad cultural irlandesa, bajo una donación anónima. Era mi forma de comprar la paz para mis descendientes, de proteger a los que aún seguían vivos de aquella banshee que había reclamado ya una vida y que podía reclamar más.
Así, la maldición quedó suspendida, como un suspiro contenido en la garganta del tiempo.
Y en algún rincón de Irlanda, aún hay quien asegura escuchar el lamento de una mujer en las noches de viento, preguntando por el hijo que nunca nació, por los zapatos que jamás caminaron, por la sangre renegada que exigió su precio.


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