Hacía apenas dos semanas que había llegado al pueblo de San Orión del Monte, buscando reposo tras los infortunios de mi vida en la ciudad. Era un villorrio apacible, de casas bajas y calles empedradas, rodeado de montañas que parecían custodiarlo del mundo entero.

Desde el primer día me sorprendió la acogida de sus gentes: todos me saludaban con inusual calidez, me ofrecían pan, vino, hasta pequeños obsequios. Más de una vez pensé que aquella cordialidad lindaba con lo excesivo, como si anhelaran, con ansia secreta, que yo permaneciera entre ellos.

Las jornadas transcurrían tranquilas, hasta que escuché por casualidad, en la taberna, mencionar el Monasterio del Silencio, ruina erguida en lo alto de la montaña. Cada vez que inquiría sobre aquel lugar, las sonrisas se enturbiaban, y pronto cambiaban de tema.

Fue el alcalde, hombre enjuto de rostro cetrino, quien una tarde se me acercó en la plaza. Con un tono casi afectuoso, me confió que se acercaba una fecha de honda tradición: la “Noche del Recuerdo”. Según él, los aldeanos tenían por costumbre enviar a alguien al monasterio para depositar un cirio en memoria de los frailes que allí murieron. “Un gesto simbólico —me dijo—, que honra a nuestros antepasados. Y como recién llegado, sería hermoso que fueras tú quien llevase la ofrenda. Así todos te verán como uno de los nuestros.”

El pedido, acompañado de tantas sonrisas y parabienes, me pareció sencillo. Acepté sin vacilar, halagado por aquel signo de confianza.

La noche señalada subí la montaña con un cirio encendido en la mano. El viento ululaba, y las ruinas del monasterio se alzaban como un espectro ennegrecido contra el cielo tormentoso. Crucé el portón carcomido y avancé entre muros húmedos, guiado por el resplandor tembloroso de la vela.

Entonces lo escuché: un roce sordo, como telas rozando la piedra. Y de pronto, surgieron del claustro… decenas de figuras encapuchadas, frailes espectrales, cada uno con un cirio en las manos. Caminaban en solemne procesión, mudos, inexorables, y el resplandor revelaba lo imposible: no tenían rostro alguno. Allí donde debía haber ojos, boca, nariz, solo había piel tersa, lisa, monstruosamente vacía.

Me paralicé de horror. Recordé las palabras del alcalde: “Así todos te verán como uno de los nuestros.” Una punzada de sospecha atravesó mi pecho. No era una invitación… era una condena.

Los frailes avanzaban en círculo, rodeándome. Uno de ellos alargó su vela hacia mí. Comprendí, con súbita claridad, el destino que me aguardaba: cada año, un forastero debía entregar su rostro a la procesión, para que el pueblo continuase indemne.

Me arrojé hacia la salida, pero el corredor se cerraba siempre ante mí con nuevas figuras. Corrí por pasajes interminables, cada vez más estrechos, hasta caer de rodillas en la capilla mayor. Allí, sobre el altar ruinoso, distinguí una inscripción antigua, cubierta de líquenes, apenas legible bajo la luz temblorosa:

“Un rostro cada año, para que el silencio no muera.”

Un frío gélido descendió sobre mi cabeza: la mano de uno de ellos. El cirio ardió cerca de mis ojos, y el resplandor me devolvió, en un vidrio roto del altar, mi propia cara por última vez.

El fuego se apagó. Sentí cómo mi piel se entumecía, cómo mi semblante desaparecía, borrado por manos invisibles. Quise gritar, pero la boca ya no estaba. Quise llorar, pero tampoco quedaban ojos.
Desde entonces camino con ellos, con un hábito oscuro y un cirio en la mano. Y sé —¡ay, con un espanto sin tregua!— que en el pueblo aguardan al próximo ingenuo, al próximo huésped que, como yo, confíe en su hospitalidad.


El Retorno

Sonidos fuertes de ramas y hojas moviéndose al son del viento acompañaban mí retorno al hogar. Las cañas que crecían cerca de los bañados, se mecían a los lados del camino y parecían estar a punto de quebrar y caer. Esta era, sin duda, una noche oscura.
Con las manos en los bolsillos iba a un costado de la calle de tierra, asegurándome de no estorbar si alguien más transitaba a un lado, aunque fuera poco probable siendo ya las 1 am de un miércoles, o quizá ya eran las 1:30 am, pensé viendo las estrellas que decoraban el oscuro firmamento. No había luz que me guiara en mi camino. No había tenido la precaución de traer una linterna o la vieja lampara de casa para que me acompañara en mi travesía. Solo debía asegurarme de llegar a casa antes de las 2 am como me había ordenado papá.

Pero ¡cielos!, el camino era tenebroso. Cada paso, acompañado de ruidosas ramas y ulular de aves a la distancia, me generaban pensamientos sombríos sobre espíritus de los montes. Esos espíritus que, por castigo o capricho, gustaban de secuestrar y desaparecer personas. Seguí el trayecto, cantando para mí, tratando de despejar mi mente de los absurdos cuentos oscuros e historias de fantasmas que, horas atrás, acompañaban mi velada junto a mis amigos frente al fuego en la pesca nocturna.

En mi tarareo sentí una respuesta. Me congele, no había nadie a mi alrededor según creía. Estas no eran horas en las que algún colono saliera a su campo o a trabajar. Seguramente era el silbar del viento entre los árboles, me dije. Esta era época de tormentas y los vientos eran fuertes y violentos. Además, los arboles altos y viejos siempre hacían ruidos extraños, y, acompañados del agua de los bañados, podían ser muy terroríficos. ¡Si! Seguro era el viento, que por obra del destino, tocó la misma melodía que yo entoné para tranquilizarme. Envalentonado por esta idea, retome mi camino, tarareando otra canción. Una que, aunque me avergüence, era religiosa. Un cantito que había aprendido en mi infancia cuando mi madre y mi abuela me obligaban a despertar temprano los domingos e ir a pata a la iglesia del pueblo.

– Dios está aquí…- mi susurro retumbo en mis oídos.

– Dios… está…- una voz ronca y seca, que parecía no haber sido usada en mucho tiempo, sonó a mi espalda.

Congelándome, mi respiración se volvió superficial. Esto no podía ser. Volví a repetir el verso, esperanzado, en mi miedo, que hubiera sido un truco de mi mente fantasiosa. Pero, lo repitió, esa voz repitió mi canto. Esto era demasiado, acobardado no mire a mi espalda y emprendí una huida desesperada. No pensé en nada más que en alejarme de esa tétrica y oscura voz que había hecho que mis huesos sintieran un frío que ni en los inviernos más crudos había experimentado. Ni loco iba a ver que era, no pensaba arriesgarme a descubrirlo.

Y mi huida, fue acompañada del canto de aves, ramas movidas por el viento y el sonido del suave paso del agua de un río cercano. Corrí, corrí sin parar hasta que sentí que los pulmones se iban a salir del pecho, mi garganta ardiendo como si hubiera tragado acido y mi pecho acelerado con mi corazón aterrorizado retumbando en mis oídos. Cuando levanté la vista hacia el frente vi la casa de mis padres, tan cercana. El alivio me inundo hasta que casi tropecé. Hallando el equilibrio seguí, apurado pero más calmado. Hasta que lo escuche, a mi lado.

– Dios…esta…- esa voz, más ronca y raspada, como un demonio que parecía jugar conmigo.

Un sudor frío recorrió mi espalda, paralizándome. La casa a metros de mí, era una vil burla, tan cerca pero tan lejos. Lento di un paso al frente, y escuché un paso a mi lado. Cerré los ojos aterrado, para mis adentro pensando y consolándome con la tonta idea de que si no lo veía, no me haría daño. La misma idea tonta que, de pequeño, me arrullaba al creer estar a salvo bajo mi colcha. Con desesperación y terror di otro paso, acompañado de un pesado eco.

– Solo sigue caminando, no lo mires, solo está en tu mente, no lo mires – repetía internamente con cada paso tambaleante que daba, con la vista en el suelo y las piernas temblorosas asustado de alzar la mirada y encontrarme con mi torturador.

Un paso a la vez, seguido del paso de mi perseguidor. Lento y constante, hasta que sentí algo frío y húmedo tocarme. Me estremecí cuando esa cosa acaricio el dorso de mi mano, bajando hasta llegar a la punta de mis dedos. ¡Era asqueroso! Con lágrimas en mis ojos, mordí mi lengua para no emitir sonido alguno. Cada paso que daba esa cosa se acercaba más, hasta que empezó a pegarse. Primero subió por mi brazo, hasta mis hombros, luego lo sentí bajar por mi espalda hasta mis piernas. Cada paso parecía hacer que esa cosa se adhiriera a mi cuerpo, a mi piel.

Otro paso más. Los árboles moviéndose y las sombras, como seres enloquecidos que bailan al son del viento, danzaban con la luz en la entrada. Otro más y llegaría, me decía. Ya estaba en la puerta, pero eso ya estaba en mi abdomen, subiendo a mí pecho. Acerque mi mano a la perilla. Solo un paso más. Y con la rapidez que tenía en mis años infantiles, abrí la puerta para entrar e inmediatamente cerrarla. El corazón acelerado mientras mis ojos desbordados del terror veían dentro de mi hogar, que permanecía igual que siempre. Los escalofríos y temblores no dejaban mi cuerpo, y rápido cerré con llave la puerta. Caí de rodillas al suelo, con eso ya en mi cuello. Grite, llamando a mis padres. Grite con todas mis fuerzas, grite con lágrimas. Los oí venir, correr a la sala. Y lo último que vi antes de que esa cosa cubriera mis ojos, fue el terror en los ojos de mis padres.


El Tirantes

Otra vez tuvo que pasar la noche en ese cuartucho de azotea. Había venido desde su pueblo lleno de ilusiones a la Ciudad de México, soñando con pertenecer al mito de la lucha libre. Desde niño deseaba pisar el cuadrilátero, aunque no como luchador, sino como réferi. Gracias a su terquedad, le dieron una oportunidad: arenas olvidadas, canchas polvorientas y bodegas que olían a moho. Dormía en hoteles de paso o en cuartos como aquel, húmedos, donde las paredes parecían escuchar.
Esa noche, el viento azotaba la ventana con furia. Cruz intentaba dormir porque al día siguiente tenía función en la Arena México. Cerró los ojos y lo sintió: una presencia espesa, sofocante, que lo envolvió. Entre los silbidos del viento apareció bajo un rayo de luna sucia: un ser encapuchado de negro, con piel podrida, gusanos colgando de sus grietas y un hedor a tumba abierta. Los ojos eran huecos, pero lo miraban con hambre.
—Sé lo que deseas —susurró la figura, su voz como eco de cementerio—. Fama, dinero, reconocimiento. Yo puedo darte todo. Solo acepta mi tarea: seré tu sombra y tú decidirás quién vive y quién muere. Solo recuerda que siempre tienes que intervenir en el resultado de la lucha. Si rompes el pacto vendré por ti.
Cruz tembló.
—¿Por qué yo?
—Porque conoces las reglas… y sabes romperlas. La lucha libre es ritual, teatro y sacrificio. Cada derrota será una sentencia. Yo vendré por ellos en setenta y dos horas. Tú decides el perdedor; yo cobro la deuda.
El trato quedó sellado.
Desde entonces, Cruz se convirtió en algo más que un árbitro. Bajo la camisa a rayas y el silbato, era un verdugo. Su mano marcaba destinos. El público lo insultaba, los luchadores lo odiaban, pero su sonrisa nunca desaparecía: sabía que su poder era mayor que el de cualquier campeón.
La leyenda creció. Rumores corrían entre pasillos húmedos y graderías: quien caía bajo la cuenta de tres de El Tirantes, pronto moriría. Y así ocurrió. Los diarios hablaban de accidentes y enfermedades; la afición murmuraba la verdad. Un olor metálico, como sangre seca, acompañaba cada función.
Con el tiempo, Cruz se habituó a la presencia invisible que lo acechaba en cada esquina de la arena. El olor a muerte se colaba entre la cerveza y las palomitas. En los camerinos vacíos sentía un aliento frío detrás de él. A veces, al mirar entre el público, distinguía un rostro cadavérico que desaparecía en la multitud.
Una noche todo cambió. La función estelar era por la máscara de Konan El Bárbaro. Cruz dudó. Siempre le había parecido un rudo honorable. Por primera vez desde el pacto, no intervino. El Perro Aguayo se llevó la victoria y la máscara cayó. En ese momento supo que había marcado su destino. El silencio sepulcral de la arena caló hondo: miles de personas guardaron silencio al mismo tiempo, como si la muerte misma hubiera entrado. Cruz sintió que el aire se espesaba, que el tiempo se detenía.
Entonces ocurrió. De entre la penumbra apareció un nuevo luchador: La Parka. Su calaverita sonriente brillaba bajo las luces. El público rugió:
—¡La Parka! ¡La Parka!
Pero Cruz supo de inmediato que no era un luchador más. Aquella presencia era la misma que lo visitó aquella noche en el cuartucho, la que lo había marcado desde el inicio. La muerte se había convertido en ídolo popular para reclamar lo suyo.
La Parka subió al ring. Cada paso suyo helaba la sangre. El olor a cadáver inundó la arena, sofocante, pestilente. Miles de gargantas quedaron enmudecidas, incapaces de gritar. El bullicio habitual se apagó: solo se escuchaban los pasos sobre la lona, secos, inevitables.
—Te reto, Tirantes —dijo con voz de ultratumba—. Has dictado demasiados destinos. Ahora es el tuyo el que está en juego.
Cruz sintió que las piernas le flaqueaban. En el aire, flotaba una certeza: la arena entera era un panteón y él, el difunto anunciado. La sombra que lo había acompañado tantos años ahora lo reclamaba.
La Parka se acercó, inclinándose apenas para susurrar:
—No debiste romper el pacto. Tienes setenta y dos horas.
El público permanecía en silencio absoluto. Solo el olor a muerte lo envolvía todo. El Tirantes compartiría el mismo destino que aquellos luchadores a quiénes hizo perder.


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