Ciclo confesional
El lavarropas apareció un lunes. Nadie lo subió. Nadie lo instaló. Nadie supo cómo había llegado al lavadero comunal del edificio, entre paredes con hongos y cañerías herrumbradas. Solo estaba ahí, inmóvil, como una tumba recién pintada. Acorralado entre azulejos rotos y olor a humedad, como un perro abandonado que aprendió a esperar sin ladrar.
León planeaba irse sin pagar el alquiler. Huir como huyen los que ya se fueron hace rato y todavía se están yendo. La mochila lista, la billetera vacía y el estómago con esa ansiedad que tiene el hambre después del llanto.
Esa noche bajó porque no podía dormir. No lo decidió. Simplemente apareció en el ascensor con una remera sucia en la mano, como si alguien lo hubiera llamado desde abajo. No hablaba solo, pero pensaba en voz alta hacia adentro, como si masticara vidrio. Miró la remera. La olió. Y entendió que necesitaba limpiar algo. Aunque sea por fuera.
El lavadero siempre había sido el mismo rectángulo de cerámicas pegajosas y caños zumbadores. Lo conocía, sí, pero esa noche tenía otra geometría, otra vibración. No era el mismo lugar. El lavarropas estaba al fondo, contra la pared, empotrado como un tumor. No conectado a ningún caño. Simplemente ahí. Deteriorado, pero imponente. De metal abollado y pintura descascarada. No recordaba haberlo visto antes. Tampoco tenía sentido que estuviera ahí. Parecía puesto a propósito, como una trampa. O una aparición.
Se acercó. El tambor estaba entreabierto. Parecía una boca respirando. Adentro, no había ropa. Solo una cinta roja, mojada, como un símbolo, como una lengua cortada. Blanco, sin marca, sin programa eco, sin manija. Un solo botón. Al costado, un cartel pegado con cinta scotch:
“Acá no se lava la ropa, se enjuagan las culpas.”
Pensó que era un chiste. O una metáfora estúpida de algún vecino. No era un tipo curioso. En las reuniones se quedaba cerca de la salida, la espalda apoyada en la pared, hombros hacia adelante y la campera puesta, aunque hiciera calor. Nunca ocupaba el centro. Nunca preguntaba de más. Tenía el cuerpo entrenado para irse rápido y la mirada siempre buscando una excusa para desaparecer sin hacer ruido. Cuando algo no tenía explicación, León no buscaba respuestas…buscaba instrucciones. Y el miedo, cuando no encuentra ninguna, inventa una. Cuando no tiene a quién rezarle, el miedo obedece al impulso más urgente. Y León obedeció. Metió la remera. Apretó el botón. La pantalla titiló como un ojo antes del llanto y una voz metálica susurró:
“Confesá algo. Si mentís, se encoge. Si ocultás, se mancha. Si es verdad, lava.”
El tambor giró lento. Como una culpa vieja que vuelve. La remera salió limpia. Pero no igual. Ya no olía a ella. Olía a tela olvidada en un placard, a humedad que aprende el nombre de las cosas, a un cuarto donde nadie entra para no recordar.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente del siguiente. Bajaba con ropa usada y verdades sucias:
—Guardé el número de Paloma con otro nombre para poder mirar su foto sin culpa.
—Le dije “te amo” a Josefina, la que vino después, porque tenía miedo de decir “me estoy hundiendo”.
—Miento en terapia. Siempre.
La máquina giraba como si tejiera su propio evangelio. A veces, devolvía una prenda ajena: una media con sangre seca, un pañuelo que olía a pasillo de hospital, un body de bebé con una mancha de papilla.
León empezó a bajar sin ropa. Solo a hablar.
—A Paloma la extraño más cuando me convenzo de que ya no, desde que estoy con Josefina.
—Una vez deseé que le pasara algo, cualquier cosa, con tal de poder volver a cuidarla..
—A veces, sueño que me suicido y todos llegan tarde. Incluso yo.
Una noche bajó con una manta vieja. Era de su mamá. La había encontrado en una caja con olor a lavandina y plástico. La manta tenía manchas que el agua reconoce y esquiva. La había guardado durante años, como quien guarda un animal muerto por miedo a enterrarlo. La cargó. La metió. Y tocó el botón.
—A mi vieja la quise, pero mal. Me enseñó a cuidar para que no me dejen.
—A Paloma, la cuidé hasta que no supe cómo soltarla.
—El día del aborto, le dije que estaba todo bien. Después no volví a mirarla igual.
—No se rompió. No se fue. Yo me borré de a poco.
—Cuando me llamó por última vez, no atendí. Estaba con Josefina.
—Y después… ya no hubo más llamadas.
Silencio. Largo. Espeso. Como si el tiempo se hubiese atragantado. La máquina se quedó quieta. La tapa se abrió. Adentro no estaba la manta. Tampoco restos de jabón. Ni ropa. Adentro estaba él. Sentado. Desnudo. Empapado. Con la mirada vacía y el pecho abierto. Literalmente abierto. Como un lavarropas sin tapa. En lugar de corazón, giraban objetos. Una foto quemada de un cumpleaños donde Paloma salía con un gorrito de cartón, y él, en la esquina, mirando al piso. Una servilleta con un “no te mueras” escrito con labial, de cuando todavía pensaban que eso alcanzaba. El ticket roto de una ecografía que no llegó a tener nombre. Un papelito húmedo que decía: “me arrepiento”, con su letra.
León se acercó. Dudó. Siempre dudaba antes de quedarse. Tocó su propio cuerpo.
El cuerpo lo miró y le dijo, con su voz, pero todavía más rota:
—No la mataste vos. Pero te fuiste mientras se moría. Y eso también deja manchas.
Lo abrazó. La tapa se cerró sola. En la pantalla apareció:
“Última confesión recibida. Ciclo completo.”
escrito por @matolebrante
Los robos de la calle Warnes
La luz blanca de una bombilla intermitente me obligaba a fruncir el ceño. Entre la irritación y la fascinación, era incapaz de apartar la vista, como una polilla de noventa kilos atrapada en un sillón de oficina. Era un LED de los que ya no se fabrican: un vestigio de la iluminación de principios de siglo que me recordaba a la casa de mis abuelos. Antes de aquello hubo halógenas, fluorescentes y bombillas de filamento; todas ellas reinvenciones de la antorcha tribal. La tecnología de la luz dicta cómo percibimos los colores y, con ellos, las fotografías y los recuerdos.
Llamaron a la puerta mientras apostaba sobre cuándo la bombilla perdería la batalla contra la entropía. Era el cabo Ferreira.
—Adelante, pase —dije sin dejar de mirar el foquito.
—Licenciado Liguri ¿cómo está usted? Espero que haya arrancado el año como es debido. Le traigo un caso, que ojalá sea más interesante que esa bombilla.
—¿Otro suicida hallado tres meses después en su departamento? Dígame que no, que no quiero arrancar el 76 con el olor a cadaverina impregnado en los pelos de la nariz.
—Robo y asalto. El sexto en Warnes. Venegas pidió que se investigue. Cree que están relacionados.
—Mire si no estarán relacionados que han venido a caer todos a esta comisaría.
La lamparita se había apagado por cinco segundos y creí haber ganado la apuesta mental. Luego, volvió a prenderse. Moví el puño en el aire.
—Me refiero a los autores. Podrían ser los mismos.
—¿Está seguro de que usted no es un robot? Mire que ahora los hacen buenos.
Ferreira hizo una mueca que no llegaba a ser una sonrisa. No era antipático, pero encarnaba el estereotipo del uniformado; hacía lo que podía.
Me dejó una tarjeta cifrada. La coloqué sobre la terminal y presioné con la huella del pulgar. Aparecieron en la pantalla: copias de las denuncias, fotos y videos de las cámaras de seguridad, un mapa firmado por Venegas y la solicitud de investigación de la
fiscalía.
Desde la plaza del cementerio hasta el fin de la calle Warnes estaban marcados los cinco puntos con los seis robos —dos al mismo establecimiento—. Todos a locales de repuestos de autopartes, maquinaria y robótica. Me llamó la atención la mezcla de asaltos a mano armada e intrusiones durante la madrugada. Como en la medicina, la especialización es la norma en el mundo del hampa: los ladrones suelen perfeccionar una metodología y se aferran a ella. Sin embargo, no es imposible encontrar delincuentes generalistas, disponibles las veinticuatro horas
***
Al otro día visité el local de la esquina; una ferretería electrónica. El dueño era un viejo canoso, de bigote espeso y nariz de tucán. Me recibió en un despacho con paredes de aglomerado y un escritorio de chapa.
—Disculpe el desorden, oficial —dijo el tipo mientras apilaba unas carpetas y acercaba una silla.
—No hay problema. Necesito hacerle unas preguntas. Según el informe, este local sufrió dos incidentes similares: uno a principios de año y otro la semana pasada.
—Correcto.
—¿Llegó a reconocer si los ladrones eran los mismos?
—Sí, porque fue parecido. Entraron deprisa y nos encañonaron. Tengo rejas, ¿sabe?, pero si te apuntan…
—Además de la metodología, ¿hubo algo más que le sugiriera que trataba de los mismos? —le dije mientras dibujaba flechas en mi libreta.
—El que ordenó que nos quedáramos quietos sonaba igual. Voz gruesa, calmada.
Las dos veces me habló con firmeza. Fuerte pero sin propasarse. Hasta educado diría.
—¿Podría señalarlo en las fotos?
Sin dudarlo, marcó a uno en los vídeos del primer asalto y a otro en los del segundo. Noté que el primer hombre era alto y el otro, bajo, muy bajo: no llegaba al metro sesenta. Misma voz pero diferente estatura. O el testigo se equivocaba, o la coincidencia fónica era una variable a considerar.
—¿Era el líder?
—Al menos el que hablaba. No sé cuál era el líder. Parecía ensayado. Unos nos retuvieron y los otros se llevaron los productos.
Anoté: «coordinados; sin necesidad de instrucciones in situ».
—Y se llevaron… —leí la denuncia—: seis pares de piernas y ocho pares de brazos, cinco placas de motricidad, robopartes varias y efectivo.
—Poco efectivo. La mayoría de los pagos acá son digitales.
—Sabían lo que buscaban.
—Tenemos gran parte del stock listado; con un poco de malicia se puede saber qué hay. Fueron directo; no hicieron destrozos.
—Pero los maltrataron, ¿no? Eso dice la denuncia.
—La denuncia la redactó mi socio. A él lo sentaron porque se puso loco. No diría que nos agredieran. Lo que sí… la fuerza bárbara con que nos sujetaron. Eran delgados pero forzudos.
Saqué otra flecha en mi libreta, anoté: «fuerza, calma y precisión»
—¿Tomaron todo y se fueron?
—Vi que se subieron a una van azul. Por la velocidad con la que salieron arando, debieron haberla arrancado manualmente.
Tomé un café con el anciano. Me comentó, con la mirada perdida, que el seguro le había cubierto el primer robo, pero no el último —por ser el segundo en el año—.
Me repetía, agitando los brazos que se había comprado un arma y que si volvían, los iba a reventar.
Reservé el resto del día para visitar el otro establecimiento y pospuse el resto de las visitas para la jornada siguiente. Hice las mismas preguntas, hallé las mismas respuestas.
Tenía algunas pistas: las rejas retorcidas como alambres. Fuerza para agarrar a los empleados, fuerza para quebrar rejas. Por otro lado, una curiosidad: no había un solo ladrón pequeño, sino dos. Descarté que fueran menores; eran demasiado anchos. El resto eran de la misma altura y contextura delgada: una distribución bimodal de cuerpos. En la base de datos busqué criminales de menos de 1,60. Imprimí la ficha de
Esteban “Quito” Belmonte: casi enano, robusto, con antecedentes en talleres de la zona.
***
—Los crios comen cada día peor. ¿Se cree que soy el único tapón que ha salido a la calle? —me dijo Belmonte.
—Desde luego que no. Pero estoy obligado a hacerle una visita.
—No me ofende, Oficial. Pero la cosa es así, estoy retirado desde que salí de la cárcel; con la peluquería me va de maravillas. Un robot te corta en dos minutos, pero la gente prefiere charlar. Mire, el otro día vino a cortarse el pelo un tipo pelado.
—Alguna conversación con sus excompañeros debe mantener….
—Si la tuviese no se la diría, ¿no?, ¿o me ve cara de soplón? Los de mi época ya estamos en otra cosa. Uno es pastor evangélico; el otro hace música ghorp. Bueno siguen robando, pero de otra manera.
Me sumé a su risa para suavizar el interrogatorio, aunque no comprendí lo de la música ghorp.
—No sé quienes manejan el asunto ahora, pero curten otra. Son más listos. Menos improvisados. Por eso nadie los encuentra. Parecen un reloj. No boquean nada.
Saqué otra flecha en mi diagrama; dibujé un reloj y un hombre sin boca. Le dije que volvería para cortarme el pelo.
El muy imbécil no me inspiraba confianza pero, me pregunté si me estaba metiendo con el que escapó de la trituradora de carne para ganarse el pan sin joder a nadie. Preferí soportar los reclamos de Venegas, que esperaba que volviese a la oficina con Belmonte esposado.
Esperé a que cierre la peluquería y lo seguí. Se fue en monociclo por Warnes hasta el cementerio. Qué tipo más descarado. Mientras esperaba, vi los drones de seguridad sobrevolar la zona aunque, como una bandada, interrumpieron el patrullaje y marcharon todos juntos al norte.
Belmonte salió del edificio, saludó a una mujer y regresó a su casa por el mismo camino, escuchando en un parlante una melodía sin ritmo. Debía ser eso que llaman ghorp.
El tablero del auto marcaba las tres de la mañana y los párpados se me cerraban. Justo cuando asumía que había perdido la noche esperando a un tipo echarse uno, vi a la minivan azul estacionada frente a un local. Ni bien encendí la sirena, se dio a la fuga. A la manzana siguiente, un coche se me cruzó y la perdí de vista. Pedí asistencia a los drones. «Servicio no disponible».
Apagué la sirena, di luz a un cigarrillo y me recosté en el asiento recordando esa música arrítmica que escuchaba Belmonte. Busqué algo del siglo XX para limpiar los oídos. Mi abuelo pasaba esas canciones —que ya eran viejas para el momento— en esas tardes, cuando empezaba a oscurecer y entrábamos a tomar chocolatada a un living con bombillas LED envueltas en celofán. Esos días cuando el aire olía a lluvia, no como ahora, que todo es un hedor teñido por la nicotina y el café me lo prepara un robot. Una canción sonaba y yo me preguntaba lo mismo. ¿Debería importarme si el hombre de hierro está vivo o muerto?
***
Los vehículos usados en los crímenes habían sido captados por las cámaras de los locales, pero los drones de vigilancia no los habían seguido. En el primer robo identifiqué una Ford Niagara azul del 74, la misma que vi escapar. Los otros robos fueron con un Volkswagen blanco del 72 y una Visper gris modelo 68.
Le encomendé a Ferreira averiguar el origen de los vehículos. Yo me reservé el rastreo: un asalto a una ferretería en Munro, el secuestro de un camión, otro golpe en zona sur. Esto se extendía más allá de Warnes. Pedí las imágenes de los drones de vigilancia y no encontré nada.
El sistema de patrullaje por drones es autónomo: no hay operadores humanos. Las unidades recorren la ciudad y emplean modelos predictivos para evaluar la probabilidad de un ilícito. Si el sistema no detecta una violación a la ley —es decir, un falso positivo—, las unidades vuelven a su patrullaje convencional. Me pregunté qué ocurría para que no hubieran registrado los crímenes de Warnes.
Ferreira dejó su informe sobre mi escritorio: los robos de los autos tampoco habían sido registrados por los drones. Sonreí porque la ausencia de resultados me estaba acercando a desenredar el asunto.
Por las grabaciones de las cámaras de los edificios, determiné que la Visper había sido robada por un tipo alto encapuchado. La Ford azul por un petiso con un suéter a rayas. Coincidían hasta en vestimenta con los que había señalado el viejo nariz de tucán.
Al no haber persecuciones de drones, desconocía el recorrido de los vehículos. Busqué en las cámaras de las calles aledañas y sólo hallé autos parecidos pero con matrículas distintas. Estuve así varias horas hasta que vi que la Ford tenía marcas de granizo en el techo. Recorté las imágenes de los bollos en la chapa azul y encomendé el rastreo en las grabaciones de toda la ciudad. usto cuando los párpados se me cerraban, la encontré. No una, sino tres veces. Pero para hacerlo aún más confuso, las matrículas eran diferentes. Me encontraba no solo ante ladrones, sino ante falsificadores expertos.
El experimento que realicé no habría sido avalado por Venegas. Conduje hasta el depósito de vehículos secuestrados, un garaje gigantesco lleno de automóviles utilizados en diversos crímenes. Ninguno de ellos podría estar en la calle sin activar la alarma.
Saqué de la guantera una llave inglesa, me acerqué a dos coches y les quité las placas.
Una vez de regreso en la comisaría, las coloqué en mi coche y en el de Ferreira.
Concluida la preparación, abrí en un terminal el mapa en vivo de los drones. Comencé el experimento desde la comisaría, tomé la calle Warnes y, cuando llegué a las vías, crucé la barrera bajada; una infracción leve pero suficiente. Hice silencio y escuché el zumbido; vi un punto rojo sobre el fondo verde del terminal: me seguía uno. Llamé a
Ferreira.
—Vístase de civil. Tome su coche, el particular. Y su arma.
—¿Está siguiendo a los ladrones?
—Usted sólo maneje por Warnes. Va a hacer lo que le diga. No cuelgue.
Con el teléfono en una mano y el volante en la otra, aceleré mientras escuchaba las hélices más cerca. Salté todos los semáforos en rojo. Eso provocó que me sigan dos más.
—Ferreira, ¿está en su coche?
—Afirmativo.
—Busque el primer local de autopartes que vea. Estacione en la puerta.
—¿Belmonte está adentro?
—Baje con el arma en la mano, a la vista. Pero no entre al local. Mire para arriba.
Y dígame si ve a un drone.
—Negativo.
—Ya está. Regrese. No sé quién es el mago, pero he descubierto el truco.
Di un volantazo. En la pantalla, veía como diez puntos rojos me rodeaban; habían detectado mi matrícula ilegal. Me bajé del auto frente a la comisaría, y sostuve la placa con el brazo. Las luces azules y rojas me cegaban y el viento de las hélices me volaban las canas. Un drone se acercó y escaneó la placa. Silenciaron la sirena, ascendieron y se dispersaron.
Ferreira entró a la oficina y me miró con una ceja arqueada. Sin decirle nada, abrí la terminal y le señalé las líneas rojas con el recorrido de los patrulleros voladores.
—Primero respóndame: ¿a qué se parece un tipo armado que baja de un coche con matrícula con pedido de búsqueda?
—A un criminal.
—Exacto. Eso parecía usted.
—¿Eh?
—Intercambié la matrícula de su coche. No se preocupe, ya se la devuelvo. Acabamos de hacer un experimento y usted era el doble ciego. Un vehículo con matrícula inhabilitada del que baja un civil armado debería ser reportado por un drone. Pero si busco las imágenes de las cuatro de la tarde, cuando usted bajó con el arma desenfundada…
—No hay nada.
—¿Conclusión del experimento, joven?
—Que si yo hubiese sido un ladrón…
—Estaría ahora vendiendo una autoparte robada o comiendo un sándwich en la costanera, o cualquier cosa menos siendo detenido. Luego de hacer unos kilómetros con el botín, podría cambiar la patente por una falsificación sin pedido de captura y seguir su camino como un ciudadano ejemplar. Las matrículas falsificadas funcionan como la flauta del desconocido de Hamelin
—¿La qué?
—Ratas, Ferreira. Los drones son ratitas tontitas siguiendo la melodía de un posible delito, mientras otro, mucho más real, ocurre detrás. Ese es el modus operandi.
Nos distraen en un punto, alejan los drones y roban en una zona distinta.
—Entiendo. Y Belmonte tiene antecedentes de falsificador, ¿no?
***
De chico quería ser meteorólogo: predecir el movimiento de las nubes, la dirección de los vientos y otras fuerzas de la naturaleza contra las que nada se puede hacer. Los apuntes quedaron juntando polvo el día que sonó el teléfono con la noticia de mi viejo. El entonces subcomisario me incentivó a seguir la licenciatura en la Federal. Si no fuese por él, estaría levantando coimas en algún tugurio.
Lo cierto es que en la carrera aprendí algo de estadística. Con lo que llegaba a recordar de ella, construí un conjunto de datos con el historial de los drones y, atando alambres, programé un modelo predictivo. Su lógica era sencilla, si los drones se desplazaban hacia el norte, el robo ocurriría en dirección opuesta en un lapso de tiempo calculable. Mi cara se tiñó de verdes y rojos de un mapa de calor: las manchas rojas coincidían con la ubicación de los robos de la calle Warnes. Hice algunas pruebas más y confirmé que la bola de cristal algorítmica funcionaba bien.
Conecté el programa a los movimientos en vivo de los drones y esperé una alerta. Un pitido me despertó del sueño con la cabeza aplastada en el escritorio. Miré hacia la guardia: uno roncaba babeando sobre un crucigrama. Otro jugaba en el celular y me miraba de reojo con la boca entreabierta. Agarré las llaves del coche. Mejor solo.
Dejé el auto a la vuelta y me escabullí en una parada de colectivos. Pedí refuerzos, pero no me dieron tiempo a esperarlos: la Ford azul ya estaba frente al negocio. Vi a dos tipos altos y a dos petisos. Estos dos levantaron la reja con sus propias manos. Me acerqué pegado a la pared, pero el sonido de un tiro interrumpió mi sigilo. Con la calma de los monjes, los ladrones escaparon.
—¡Alto!
Disparé al suelo. No se inmutaron.
Entré al local. Me encontré al viejo nariz de tucán sosteniendo una escopeta con el humo arremolinándose en el cañón.
—¡Le pegué un tiro y no le hizo nada! Te juro que le hice un boquete —dijo, poniendo sus manos en L en el pecho—.
Fui a las cámaras y descargué la grabación. Pulsé el play. Vi el fogonazo, la figura del hombre bajo sacudirse hacia atrás. En una fracción de segundo, se había levantado y había huido. Retrocedí la imagen y la volví a pasar: impacto, recuperación, huida. No había ni una gota de sangre.
***
—No es quien buscamos.
—Ya estoy con usted licenciado.
Venegas miró a la fiscal con una risita, se levantó de la mesa y se acercó a la puerta mientras transformaba la sonrisa en una amenaza de expediente disciplinario.
—La fiscal también va a querer ver esto —le dije.
Tenía los ojos de mi jefe a tres centímetros, cuando mi respuesta lo hizo voltear. En su giro, reconstruyó la sonrisita falsa ante la fiscal. Los tres entramos a una sala con proyector. Primero pasé los videos de los drones y mi modelo predictivo. No dejé lugar a dudas que los robos de Warnes habían sido posibles por los señuelos de las matrículas.
Luego proyecté las fotos. Mostré que las alturas coincidían. Los ladrones enanos eran tan cortos como un Yamaha Auto3 —usados en construcción—; los altos medían como los Siemens GI —usados en depósitos—.
—No sé a qué apunta, pero tengo a Belmonte a punto de cantar todo, Liguri.
Le mostré el video de la cámara de seguridad. La fiscal me pidió repetirlo tres veces. Le dije:
—Si hay tutoriales para reprogramarlos como niñeros, cocineros y hasta esclavos sexuales ¿por qué no como ladrones?
***
Venegas ordenó usar mi modelo para emboscarlos. Los acorralamos con cinco patrulleros. Ferreira disparó a uno. El «tipo» se tambaleó, soltó la caja que llevaba y se quedó inmóvil. Lo tocamos y cayó como peso muerto. Le quitamos la media que tenía en la cabeza y descubrimos una piel sintética de calidad paupérrima.
No pudimos volver a encenderlo. Los peritos determinaron que el robot estaba programado para borrar su memoria ante una falla, dejando solo una carcasa de acero frita, sin origen ni propósito.
En el transcurso de las semanas, como haciendo pito catalán, se nos escaparon dos asaltos más. Todos los días, Ferreira caía con cara de mal dormido y Venegas se la pasaba moviendo la mandíbula como un metrónomo. Insistía en volver a esposar a Belmonte. Le contestaba que Belmonte, como programador de robots, era un gran peluquero.
El modelo volvió a predecir un asalto. Venegas ordenó otra emboscada. Si fuera por él, seguiríamos haciendo lo mismo todos los días. Convencí a los cabos de dejarme el asunto a mi a cambio de regalarles mi caja navideña.
Fui con mi coche particular, Ferreira con un patrullero, los dejamos escapar y los perseguimos en silencio. Manejaron rutas erráticas sin detenerse en ningún lugar. Nos pasearon por toda la ciudad. Harto y con poca batería, aproveché un descuido para acelerar hacia ellos. Hinqué la trompa de mi automóvil en la bendita Ford Azul.
Otra vez, los encontramos a todos formateados. Nos llevamos unos tremendos pisapapeles bípedos y ningún ser humano. Mi coche quedó ahí, macerando el olor a
aceite con el del cigarrillo y el café.
***
Tuve que recalibrar el modelo varias veces, porque a pesar de las emboscadas y las persecuciones, los robos volvían. Cambiaba la calle, los vehículos, los modelos de autómatas. Pero la esencia se conservaba. Era la mosca de la cocina entrando una y otra vez. Sólo había éxitos parciales en los que podíamos devolver lo robado. Esas veces nos hacían sentir los héroes de la jornada y los fracasados del año.
Me desplomé en el sillón. Me apreté las cuencas con los puños.
Como ya estaba entregado al insomnio, hice zapping y me detuve en uno de esos programas de persecuciones. Un automóvil era conducido hacia la frontera mexicana; detrás lo seguían decenas de patrulleros y un helicóptero. El helicóptero lanzaba un proyectil. Admití que detener a un prófugo con un lanzacohetes era demasiado, incluso para los estándares norteamericanos. Luego el conductor reveló que lo arrojado no era un explosivo. Apagué la tele y llamé a Venegas.
***
Los inhibidores sirvieron para detener a los autómatas sin que borraran su memoria. Así pudimos entregar sus discos a los peritos. Las instrucciones apuntaban a un depósito en el Bajo.
El allanamiento no disparó ninguna alarma; no hubo un sólo tiro. Encontramos robots en sincronía que no nos prestaron atención ni se detuvieron. Unos reparaban a otros, una decena recargaba baterías y un par revisaban motores de autos. Además de ellos, había impresoras de patentes y armas.
No apareció ningún humano. Revisé las estancias en busca de comida. El escáner no detectaba vello ni saliva. El baño estaba seco y cubierto de polvo. Ni siquiera encontré camas. La mente maestra tras el telón no estaba allí y, lamentablemente, no estaba en ninguna parte. Durante el año registramos cinco escondites de robots. En ninguno encontramos a una persona. Aun así, Venegas reportaba a la prensa y al ministro cada operativo como un golpe certero que nos acercaba a criminales de carne y hueso que controlaban las operaciones desde un escondite recóndito.
No quería contradecirlo porque sabía que era su trampolín a la política, pero Venegas lo sabía, el ministro lo sabía y el alcalde lo sabía: en todos los registros encontrábamos lo mismo. No hallábamos camas. No hallábamos neveras con comida. No hallábamos colillas de cigarrillos ni autómatas que preparasen café. Solo hombres de hierro con el único propósito de utilizar el crimen para su propia reproducción.
Hombres de hierro que roban automoviles y armas, hombres de hierro conductores, hombres de hierro que asaltan negocios y le pegan a viejos con nariz de tucán y hombres de hierro que se ensamblan y se reparan entre sí. Un ecosistema
sintético cuyo canal reproductivo es lo ilícito.
Todos los días soñaba con encontrar un servidor titilante que al reventarlo a tiros el ciclo se detenga. Otros días, con bajar a un sótano y encontrar a un hacker gordo con gafas de culo de botella. No lo encontraba porque no existía. Detrás de esto no había un alma humana. Seguro, hubo una al principio, pero el ciclo se había perpetuado como un pájaro que come una fruta y al cagar siembra las semillas. Asumí que seguiría jugando al gato y al ratón contra un programa que se reconstituía, se propagaba y se transformaba. Mientras existiera un robot con el malware, el ciclo reproductivo seguiría activo.
Tampoco creí que esto se tratase de un bucle fuera de control, de un accidente o de una mala programación. El crimen autosustentable siempre fue deseado. Quizás, como un contrapeso necesario a los drones que nos volvían obsoletos o cómo una forma de cuidarnos. Porque al fin y al cabo, los robos de la calle Warnes nos daban vida, un propósito. A Venegas le darían una carrera política; a Ferreira una justificación para su rigidez; a mí una razón más para no dormir.
No sé si la fiscal me entendió, pero le dije que el crimen, además de motivación, es economía. Las compañías de seguros facturan. Se venden alarmas, rejas, cámaras y hasta sesiones de terapia a dueños desquiciados. Nada novedoso; estaba parafraseando algo que había leído en un libro de mi abuelo: «El criminal produce con la misma
importancia que los filósofos, los poetas, los clérigos y los profesores».
La evolución del ser humano en el binomio con el hombre de hierro no cambia en sus comportamientos primitivos, como las bombillas y las antorchas: la tecnología se reinventa, la esencia se conserva. La bombilla de mi oficina, tras un último parpadeo, acaba de morir. Tendré que reemplazarla por una nueva, que empezará a fallar cuando lo novedoso se haga costumbre.
escrito por @pf_polci
Paraíso hipagógico
Miré la hora en mi reloj de pulsera. Eran casi las nueve. Si bien las funciones siempre se retrasaban alrededor de media hora, decidí salir para poder conseguir un buen lugar, cerca de la pantalla.
Los miércoles por la noche se habían convertido en mi momento favorito de la semana desde los últimos… ¿dos años? Sí, fue entonces cuando me mudé a mi departamento y descubrí “Paraíso hipnagógico”, un pequeño local situado a tres cuadras de mi edificio, el cual cumplía la función doble de local de ropa vintage de segunda mano durante el día, y sala de cine los miércoles a la noche.
Por fuera, no era muy llamativo. Estaba ubicado en una esquina y pintado completamente de negro, excepto por una pequeña vidriera y unas grandes letras blancas al frente con el nombre del lugar. Luego de una búsqueda rápida en internet, aprendí que “hipnagógico” se refiere a un estado semiconsciente que precede al sueño, durante el cual pueden ocurrir alucinaciones sin carácter patológico alguno. Es decir, todos podemos tenerlas en ese limbo entre la vigilia y el dormir, por más que no suframos de ningún trastorno psicótico… Después de todo, ¿qué son los sueños, más que meras alucinaciones en estado de inconsciencia?
Ahora bien, en Paraíso hipnagógico no se proyectan filmes cualquiera. Es una de esas pocas salas de cine que son especiales, en donde la gente no paga por ver películas, sino sueños. Cada miércoles se ofrecen uno o dos voluntarios, dependiendo de qué tan interesante resulte ser el contenido onírico lo cual, por supuesto, es imprevisible. La persona se recuesta en el asiento más cómodo de todos, un sillón de terciopelo bordó ubicado justo debajo de la enorme pantalla.
Luego se le alcanza un vaso de jugo de naranja en donde se encuentran disueltos 1.5 miligramos de Ensoraton, esa nueva droga de venta libre que logra que te quedes dormido exactamente veintidós segundos luego de su administración. Una vez que el voluntario está inconsciente, se realiza la conexión inalámbrica de la pantalla con el chip biográfico que está en su nuca. Ya hace noventa y cuatro años que a cada recién nacido se le inserta este dispositivo, destinado a almacenar todas las experiencias vitales que vayan surgiendo a lo largo de su existencia, incluyendo sus sueños.
Y es allí donde empieza la función. Durante los siguientes minutos, a veces horas, el público tiene el privilegio de sumergirse en lo más profundo del subconsciente de otro. A mis treinta años, he llegado a la conclusión de que nunca dejaré de ser un hombre reservado e introvertido, por lo cual me considero incapaz de participar como algo más que un espectador. Exponer de esa forma algo tan íntimo, tan privado y tan incontrolable como los sueños, frente a un auditorio de extraños… No, simplemente no podría.
Admiro a aquellos que sí se animan, que desvisten su alma sin vergüenza porque priorizan la belleza propia del arte… o del entretenimiento de calidad, que en este caso vendría a ser lo mismo. A lo largo de los últimos ciento cuatro miércoles, he presenciado episodios oníricos de lo más variados. Relataré a continuación algunos ejemplos.
Una estudiante se levantaba y salía a la calle sin zapatos y con el short con el que había dormido. A mitad de camino se daba cuenta y tenía que volver, lo cual resultaba en que cada vez se le hiciera más tarde para su examen de cálculo. Se trataba de uno de esos sueños de estrés, en donde a cada rato surgía un imprevisto distinto que le impedía llegar a la universidad de una vez. Cuando por fin lo lograba, las escaleras de caracol que conducían a su aula se hacían interminables; cada vez se sumaban más y más pisos, y sus pasos se volvían progresivamente más lentos.
Otro que recuerdo es el de un hombre de más de sesenta años, que en el sueño volvía a tener dieciséis, y se encontraba nadando en un vasto lago rodeado de montañas con picos nevados. Llegaba un punto en el que la corriente se cortaba abruptamente y terminaba en un precipicio tan alto que no se veía nada a los pies de la cascada: sólo un vacío de una negrura inquietante. Cuando el nadador alcanzaba el borde del acantilado, extendía sus brazos con una tranquilidad envidiable y, sin esfuerzo alguno, comenzaba a flotar por sobre las nubes, flanqueado por dos águilas de plumas color pardo.
Por supuesto, también he presenciado pesadillas. Una chica soñó que se encontraba en su casa por la noche, y le llegaba un mensaje de su amigo anunciando que estaba en la puerta. Cuando iba a abrir, se trataba de un hombre desconocido que tenía dos cuencas vacías en el lugar donde deberían estar sus ojos. Su piel era pálida, y su boca estaba cosida con hilos ensangrentados. El intruso se metía por la fuerza en su hogar y rasgaba su camisón, dejándola desnuda e indefensa. El hombre, que en este punto se había convertido en una criatura monstruosa, se arrastraba hacia ella desde los pies de su cama y… gracias a Dios, fue allí cuando despertó, muy agitada. La sala (en su mayoría) suspiró con alivio. A veces el horror es tan irrepresentable que el despertar es la única salida posible.
Como es de esperar, cada tanto aparecen sueños más explícitos, con contenido sexual. A veces el soñador aparece con su pareja, y otras con algún personaje famoso. Dudo que Angelina Jolie brindara su consentimiento para que mostraran una película porno creada y dirigida por la mente enferma de un cincuentón llamado Ernesto, pero la verdad es que se trata de un vacío legal. Después de todo, uno es incapaz de controlar lo que sueña.
Si bien siempre he sido una persona estructurada, debo admitir que disfruto la espontaneidad de estas funciones nocturnas. Cada miércoles es distinto: no existe cartelera alguna, y uno no sabe con qué se va a encontrar. Las últimas dos semanas fueron de mala racha, los sueños un tanto aburridos y confusos, pero eso es de esperar.
Hoy, cuando llegué, me tomé unos segundos para admirar las luces navideñas que decoraban la entrada. Siempre las colgaban los días de cine, sin importar la época del año. Al entrar, como de costumbre, estaban pasando música viejísima que no logré reconocer. Crucé el largo pasillo que separaba la tienda de ropa de la estrecha sala de cine. No había butacas, sino asientos de distintos tamaños y formas desparramados alrededor de mesas en donde se podía disfrutar de comida y bebidas ofrecidas por el local.
Me senté en mi lugar de siempre, un sillón a rayas en la primera fila, del lado izquierdo del auditorio. Esta noche, la voluntaria era Brisa, una de las jóvenes dueñas del lugar. Su cabello natural era color castaño, ondulado y corto, casi rozando sus hombros. Lo sé porque la he visto así una mañana de domingo, baldeando la vereda afuera del local.
Sin embargo, casi nunca lucía así en público. Alternaba entre pelucas diferentes todos los días, cada una de ellas de aspecto muy real. Parecía no importarle que la gente supiera que no se trataba de su cabello de verdad, lo cual era bastante obvio ya que prácticamente tenía un color distinto todos los días. Quizás le resultaba monótono verse siempre igual; nunca se lo he preguntado. Si bien asisto a las funciones casi religiosamente desde hace años, no hablo con nadie. La mayoría viene acompañado o en grupos de amigos, pero yo siempre he sido más bien solitario.
Hoy, Brisa tenía puesta una peluca rubia platino, larga hasta la mitad de su espalda, y acompañada de una boina color beige, inclinada levemente hacia un lado. Parecía tener gustos bastante extravagantes en cuanto a la moda. Usualmente se asemejaba a una muñeca de porcelana o a un personaje de anime. Supongo que hoy iba por este último estilo, con un vestido blanco hasta la rodilla; la tela lucía suave y limpia. También llevaba un par de medias bucaneras translúcidas y botas militares de charol negro. Es curioso. Con un estilo tan peculiar y excéntrico, de alguna forma inexplicable lograba que se viera natural.
Una vez recostada en el sillón de terciopelo, Brisa bebió su jugo de naranja y, en cuestión de segundos se quedó dormida, sus largas pestañas reposando sobre un par de ojeras que no le restaban ni un gramo de belleza.
Miré con atención la pantalla, en donde pronto empezaríamos a ver el mundo a través de sus ojos. Estaba en una librería. De pronto, un par de brazos rodearon su pequeña cintura, resultando en que se diera vuelta. El aire abandonó mis pulmones con tal brusquedad que se sintió como si me hubieran dado una patada en el estómago. La figura misteriosa a sus espaldas era yo, que me inclinaba hacia adelante para robarle un beso y estrecharla en un cálido abrazo.
Luego de esto, intercambiábamos unas frases acerca de un libro que ella había encontrado y que creía que me gustaría, pero yo ya no lograba escuchar nada. Sentía las miradas de todos sobre mí, mis mejillas ardiendo de tal forma que me sorprendía no tener quemaduras de tercer grado. Estaba a punto de tomar mi abrigo e irme, mi ansiedad social alcanzando niveles peligrosamente altos, cuando un grito ensordecedor proveniente de la pantalla captó mi atención.
La imagen mostraba el brazo de la soñadora atravesando mi pecho, su mano asomándose por el agujero ensangrentado de mi espalda. Estaba sosteniendo mi corazón, que latía débilmente, cada vez de forma más espaciada. Luego de quitar el brazo de mi torso de un tirón, tras lo cual mi cuerpo sin vida cayó al piso, dio un mordisco al órgano que escurría un espeso líquido carmesí entre sus dedos.
Fue allí cuando Brisa (la real, que estaba en el sofá), se despertó de repente y se incorporó de un salto. Encontró mi mirada entre el público casi al instante y, sin emitir palabra alguna, se abalanzó sobre mí. Sentí el filo de un cuchillo perforar la piel de mi estómago al tiempo que ese demonio se acomodaba sobre mi regazo.
Los primeros segundos luego de que abrí los ojos, no tenía idea de dónde me encontraba. Me costaba respirar, y la taquicardia era casi insoportable. Me incorporé en el sillón bordó y miré hacia abajo, aliviado al comprobar que mi remera no estaba manchada de sangre.
—¡Fascinante! Un sueño dentro de un sueño. Hacía mucho que no teníamos uno así. —Reconocí la voz del cocinero del lugar, que estaba sentado en una de las mesas del frente. Me levanté con cuidado, mis piernas temblando mientras me abría paso entre el público que aplaudía con entusiasmo. No me atreví a mirar a Brisa. Casi corriendo, crucé el pasillo y escapé hacia el aire fresco de la noche, que me devolvió de a poco el aliento.
Nunca más volví a poner un pie en Paraíso hipnagógico.
escrito por @aguspdiaz
