Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

Las cenizas de lo que somos

Como siempre, yo fui el último en enterarme. Posiblemente me lo ocultaron porque no sabrían cómo reaccionaría… Ni siquiera yo estoy seguro de cómo me lo hubiera tomado si ese vigilante de seguridad me lo hubiera dicho directamente. Ya había pasado una semana. Las lágrimas se habían secado y mi cabeza empezaba a hacerse a la idea de que tenía que dejarlo estar. Estas cosas pasan, no es la primera vez que algo así sucede aquí, me decían los compañeros del trabajo. Qué fácil hubiera sido todo si ese vigilante nunca me hubiera llamado. Si ese día yo hubiera seguido con mi trabajo sin que nadie me molestara, sin tener que recorrer esos pasillos hasta esa puerta roja en la que ponía “No pasar”… ahora mis manos dejarían de temblar. Intenté resistirme, o por lo menos tener iniciativa y algo de carácter al preguntarle a ese guardia armado a dónde tenía que ir. No me lo quiso decir, pues se protegía alegando que no podía hacerlo. Nunca había estado en esa parte del complejo y nunca había visto o escuchado a nadie venir aquí. El silencio y la soledad eran tan asfixiantes que me empezaban a temblar las piernas. Tenía que entrar, abrir esa puerta roja y traspasarla. Lo que me esperaba al otro lado… era algo a lo que es imposible estar preparado. Ni la naturaleza ni la lógica son capaces de crear aquello que sacudió los cimientos de todo aquello en lo que creía.

Tendríamos que estar bastantes metros bajo tierra, pero dentro de esa sala se sentía un resplandor tan cálido que creí estar por un momento fuera. Se alegró mucho de verme de nuevo. Casi se levanta de la silla para darme un abrazo, pero la esposa que le ataba a la mesa se lo impedía. Seguía hablando y hablando sin parar como solía hacer, pero yo no era capaz de escucharle. Mis ojos, abiertos como platos, intentaban buscar algún error o fallo en la realidad que me asegurara que no estaba loco. No fue hasta que se calló y me pidió que me sentara, que empecé a calmarme. Todas mis señales de vida se habían detenido. ¿Gabriel? ¿De verdad era él?. Cuando me senté en la silla y paró de hablar, comprendió que volver a encontrarnos era lo último que yo esperaría. Sujetándome la cabeza con las dos manos, mientras miraba hacia el suelo con los codos apoyados en la mesa, me digné a mirarle detenidamente. Todo era exactamente igual. Su pelo, su cara, su ropa, su voz… Quería preguntarle cómo era posible. Abrí la boca decidido, pero las palabras no salían. Al ver que no podía articular palabras, con una sonrisa Gabi hizo un gesto para indicarme que no me preocupara. Él estaba tranquilo e incluso alegre de volver a verme. Me explicó todo lo que ya sabía. Todo lo que pasó como si él no tuviera nada que ver con el asunto. Me pidió perdón… Perdón por haberme hecho preocupar por él y estar triste. En ese momento ya no pude sostenerle la mirada más. Miré las esquinas de aquella pequeña habitación dándome cuenta de que nos estaban observando mediante una pequeña cámara. Al notarlo, la ansiedad me pudo y no aguanté más. Saqué el paquete de tabaco que llevaba conmigo y, antes de encender el cigarro, Gabi me dijo que podía coger el cenicero que estaba encima de los archivadores, pues él mismo lo había pedido. Como ya era costumbre, le ofrecí uno, pero me lo rechazó. Según él, había dejado de fumar… al igual que de beber, de salir, de comer e incluso de hacer el amor, aunque lo decía con su típica gracia de siempre.

No recuerdo un momento de nuestra vida que no compartimos juntos. En el instituto, en el barrio, cuando entramos a trabajar en esta empresa… incluso cuando murieron sus padres quise estar ahí para él. Era mi amigo, pero parecíamos más bien hermanos. Ahora, mi casi hermano, estaba otra vez delante de mí intentando tranquilizarme y explicarme algo que era imposible… si no lo estuviera viendo. No era un castigo o un deber estar ahí. Según él, simplemente había sido elegido y solo tenía que hablar con toda la normalidad que me fuera posible. Si solo tenía que hablar, entonces también podía hacer preguntas. Cómo, era lo que yo quería saber. Cómo era posible estar hablando cara a cara con el mismo hombre al que habían enterrado hace una semana… Me enfadé, o puede que me indigné. No entendía cómo él podía estar tan tranquilo, mirándome con pena como si fuera un niño enrabietado. Me dio a coger su mano. Estaba fría. La palpaba con mis dedos y solo notaba metal y cables por debajo de la goma. A simple vista parecía real, pero estaba frío, todo su cuerpo estaba frío. Aún así sonreía. Se reía muchísimo aún siendo, tal y como él que contó, un cerebro en una lata. Me lo enseñó todo. Su boca, su pecho, sus orejas… e incluso quiso enseñarme sus partes bajas asegurando que había salido ganando con el cambio. Me sentí mal después, pero en ese momento me divertí con mi amigo de la misma manera que solíamos hacerlo. Conforme se iba consumiendo el cigarro en el cenicero, más rápido se paraba el tiempo y más agusto estaba. Asimilando sus palabras conseguí omitir de mi memoria esa dura semana que pasé. Fue la empresa la que le dió ese cuerpo a Gabi. En verdad le había salvado la vida, si es que lo consideraba así. Él estaba seguro de que era el mismo y además no sentía ningún dolor. Cuando me lo decía, no podía evitar escuchar el ruido de las esposas. Aún le estaban haciendo pruebas, por lo que debía estar controlado para no causar ningún problema. Al entrar el vigilante supe que ya era la hora de irme, pero dentro de poco volvería… así me lo juró Gabi quedándose solo en esa fría habitación que parecía una celda.

No era normal, no podía ser normal, nada parecía ya ser normal. No tardé ni siquiera un día en hacerme a la idea de que Gabi volvía a estar entre nosotros. Al principio no quería creerlo, como si hubiera tenido un sueño demasiado irreal. Mi cabeza estaba en otra parte, buscando preguntas que todavía no me había hecho e intentando encajar las respuestas que aún estaban por encontrarse. La tecnología parece ser capaz de todo hoy en día, pero ese no creo que haya sido el único factor causante de esta locura. Aunque no compartíamos sangre, él y yo éramos hermanos, pero no siempre estábamos de acuerdo con todo. Su trabajo en este complejo era lo único que tenía además de a mí. Él pasó más horas entre estos muros que fuera, pues cuando trabajaba solo salía a fumar conmigo. Tras dar una sola calada, se le consumía en cigarro sin volver a tocar siquiera. Él solo se ponía a hablar de lo que estaba haciendo y de los avances que estaba consiguiendo la compañía. Le escuchaba siempre que podía, pero mis ojos se fijaban más en el rastro que dejaban sus cenizas en el suelo… Si le hubiera prestado más atención, si hubiera revisado su sector aunque solo fuera un poco…Intento complacerme haciendo ahora lo que debería haber hecho en su día, pero ya es tarde para él. Para mí aún no es tarde, pues ahora podía descubrir lo que no sabía si nos habían ocultado. Seguramente hubiera descubierto algo si uno de esos vigilantes que ahora campan a sus anchas por el complejo me hubiera dejado entrar al sector. Desde ese día, o incluso antes, sentía demasiados ojos encima de mí. No solo eran los vigilantes, me daba la impresión de que todos me rehuían. No le echo la culpa a nadie, pues me encontraba en un estado muy alterado que me llevaba a hacer y decir cosas que no parecían coherentes… una excusa que solía usar cuando alguien me veía donde no debía estar. Creo que fueron tres los días que pasaron hasta mi siguiente reunión con Gabi. Ya pensaba que nunca volvería a hablar con él, convirtiendo ese momento en un recuerdo que no podría diferenciar de una ilusión. Él seguía ahí sentado, como si no se hubiera movido ni un poco desde nuestro último encuentro. Me senté y la puerta tras de mí se cerró, dejándonos a los dos solos de nuevo. Digo que estábamos solos porque no había nadie más en esa fría habitación, pero los ojos tras las cámaras se clavaban en mi nuca. A Gabi no parecía importarle lo más mínimo. Le pregunté el por qué de todo esto. Tras haber superado la barrera de lo imposible, quería centrarme en lo que no nos querían enseñar. Él no quiso darle ninguna importancia. Simplemente respondió que nuestras reuniones no eran más que unas simples pruebas, aunque aseguraba estar contento de ello con una expresión de felicidad que no cambiaba lo más mínimo… cosa que me inquietaba. La llama de mi mechero se prendió en aquella habitación, pero la potente luz de los halógenos la opacaba. Quería saber qué era lo último que recordaba antes del accidente. No hubo ningún testigo y nada indicaba que algo así pudiera pasar en ese lugar. Haciéndole pensar, conseguí que quitara de su cara esa sonrisa tan forzada y extraña en él. Contó con detalle todo lo que ya sabíamos, usando también mucho los términos escritos en el acta del accidente. Él se encontraba en el almacén del complejo, un lugar en el que se guarda muchos productos químicos. Alguien a quien no era capaz de identificar le pidió que trajera un bote al laboratorio después de que terminara la hora de comer. Él no solía ir al almacén, pero era tan amable que le costaba decir no cuando le pedían algo. Me resultaba increíble la frialdad con la que relataba mi amigo su propia muerte. ¿Este es el Gabi con el que hablé hace tres días? La razón me decía que sí, pero en mi mente el humo del cigarrillo le evitaba, como si no quisiera adherirse a él. La cámara seguirá observando. No me sentía cómodo diciendo esto ante ella, pero si no lo hacía ahora seguramente no tendría otra oportunidad. Aunque estaba por la mitad, apagué el cigarro y acerqué mi torso todo lo que pude a él. Bajando la voz le confesé que había algo que olía mal en todo este asunto. El aumento de la seguridad poco antes del accidente, gente que no estaba en su puesto ese día, cosas que desaparecen y movimientos extraños que había podido corroborar con las pocas declaraciones de los que, como yo, intentamos entender. Necesitaba saber qué era exactamente lo último que recordaba antes de que se propagara el fuego. Gabi me miró con algo de seriedad, estaba preocupado intentando encontrar ese recuerdo en su mente manipulada. Tras unos segundos eternos recordando, dijo dudando que no era capaz de recordar nada extraño desde que entró al almacén hasta que empezó el incendio. Lo que suponía, pues creí con seguridad que él no fue el causante de esa desgracia. Se lo dejé lo más claro posible, quería que entendiera lo que le estaba insinuando sin tener que decirlo por miedo a las cámaras. Su rostro cambió en cuanto lo entendió. Primero se sintió abrumado, pues no entendía el por qué al igual que yo y todos, pero la ira inevitable cruzó sus ojos,. Esa era su cara. Así lucía cuando se enfadaba. Él era Gabi, mi amigo. Podría reconocerlo en cualquier parte, pero… ¿por qué sus manos y su cuerpo se quedaban quietos mientras me respondía? No me dio tiempo para preguntárselo, pues el vigilante me sacó de la habitación con bastante insistencia. Gabi se molestó por esto, pero no se levantó de la silla para impedirlo. Durante todo lo que quedaba de día, no paraba de pensar en lo que había visto y escuchado en esa sala. ¿Qué le estaban haciendo? ¿Cómo es posible que una persona pierda lo que le hace ser ella misma? Aunque no lo viera en ese preciso momento, el que era mi amigo se estaba convirtiendo día tras día en un desconocido. Estaba ardiendo por dentro y pronto acabaría consumiéndome… Que por lo menos mis cenizas sean la prueba de que lo intenté.

Hubo una mañana en la que me quedé un momento observando la cajetilla. Fumar mata, por supuesto que sí. Pero, aún siendo eso verdad, ¿por qué lo hacemos? Por qué nos aferramos a algo tan dañino? Puede que sea por eso mismo, porque es malo para nosotros. Yo empecé a fumar por culpa de Gabi, pero él no quería hacerme ningún mal. Él solo quería compartir conmigo algo que hacía y que, de alguna manera, le hacía feliz. Cuando ocurrió el accidente, pensé en dejarlo. No he vuelto a comprar ninguna cajetilla desde entonces, pues solo fumo cuando estoy con él… Seguí observando esa cajetilla en mi escritorio sin percatarme del paso del tiempo, por eso me sobresalté cuando me volvió a llamar el vigilante. Me temía lo peor. Solo habían pasado dos días desde la última vez que le vi, por eso pensé que me habían llamado por otra cosa, un corte que evitaría que me consumiera del todo por el propio beneficio de la compañía. Ya sabía perfectamente el camino de mi zona de trabajo hasta aquella celda donde guardaban a Gabi, o lo que quedaba de él. Mi acompañante abrió la puerta intentando ser cortés, pero mi mirada de asco clavada en su rostro le erradicó la poca condescendencia que quería transmitirme. Así lo noté cuando cerró con un portazo que casi me pilla la mano. No se habían movido ni un milímetro desde la última vez que lo vi. Me miraba casi con un niño, con la espalda recta y sonriendo esperando a que le dijera algo. Como no lo hacía yo, terminó él saludándome a mí. Ya no tenía esposas. Se alegraba mucho de verme y, aunque le apenaba, esa sería nuestra última reunión… Simplemente lo dijo. Me esperaba que esta fuera ya la última, pues al fin me había quitado la venda de los ojos. En este lugar se hacen cosas que no se deberían desde hace mucho tiempo, pero el mismo humo que yo echaba por mi boca no me dejaba ver. Ya era demasiado tarde. Ya habían conseguido lo que querían, tanto de mí, como de él y de todos nosotros. Saqué el paquete, solo me quedaban dos cigarros. Puse uno entre mi labios y, por costumbre, le ofrecí el otro a Gabi… Me lo volvió a rechazar. Junto cuando lo había encendido y estaba a punto de darle una calada, me hizo una pregunta inesperada. “¿Vas a seguir trabajando en el complejo?”… Pendía de un hilo. Esa pregunta cayó como un balde de agua fría que me hizo ver la cruda realidad. Miré a la cámara en silencio… Ellos me miraban a mi. Unas tijeras querían evitar que me consumiera por completo, por lo que solo podía callarme y dejar que pasara lo inevitable… o quemarme por completo. Ante la duda, decidí responder a Gabi con otra pregunta. Quería saber si se acordaba de Carla, pero ese nombre no le traía ningún recuerdo. Le escuchaba con frialdad mientras me preparaba para preguntarle si se acordaba del día que empezamos a trabajar aquí. Con esa sonrisa extraña me relató con exactitud cómo fue nuestro primer día, hace ya siete años. Tal y como lo hubiera hecho él, me explicó toda la ilusión y los nervios que le comían por dentro cuando supimos que nos habían aceptado para trabajar en esta compañía. Él me respondía de forma concisa y breve, además de muy exacta. Seguía insistiendo con la misma pregunta, pero yo la evadía con más preguntas personales. Por alguna razón ya no se acordaba de nada de lo que vivimos juntos. No se acordaba de aquella vez que nos peleamos de pequeños por una estúpida bicicleta, o del nombre de su perro… ni siquiera era capaz de acordarse de sus difuntos padres. Me mostraba frío mientras el fuego consumía el cigarrillo. Parecía que el único motivo por el que estaba ahí era para responder a esa pregunta, aunque yo ya sabía qué era lo que ellos querían de mí. Solo tenía una pregunta más que hacerle… Le pregunté por segunda vez qué fue lo que pasó en el almacén, esperando que me respondiera lo mismo que la otra vez. Sin dudar ni un poco, ni siquiera un segundo, confesó que había encendido un cigarrillo en el almacén… Intenté contenerme. Intenté que la ira no me hiciera perder el juicio, pero yo ya estaba ardiendo… Agarré el cenicero y lo lancé contra la cámara rompiéndolo en mil fragmentos. “¡Eso es mentira!” Eso le grité a Gabi porque sabía la verdad. Sabía que el incendio no lo provocó él como quisieron hacer creer. Yo estuve con él cinco minutos antes, fumando en el descanso como siempre. Él no tenía tabaco y se fumó conmigo el que yo le ofrecí. El proyecto en el que estamos trabajando, un cuerpo robótico capaz de devolverle la vida a una persona usando solo su cerebro. Parecía algo destinado a ayudar, a cambiar el futuro tal y como lo conocemos… pero han querido ir más allá, pues en ese cascarón ya da igual de quien sea el alma que hay dentro. Gabi era perfecto para probarlo. Sin hijos ni familiares cercanos, solo me tenía a mí… Le gritaba entre lágrimas intentando que reaccionara, que volviera a ser el Gabi que conocía aunque estuviera muerto, pero no se movía de la silla. Me miraba como si fuera un extraño, como se mira a un loco que delira. Fumar mata… que buena excusa. La puerta se abrió tras de mí. Tenía que irme, pues debía hablar con mis superiores en su despacho, tal y como me dijo el guardia. Este también avisó a Gabi, quien se levantó sin reparos pasando por mi lado  como si no fuera nadie… Ya lo comprendía. Ya era demasiado tarde como para intentar cambiar algo. De espaldas a la puerta, miraba esa pequeña sala y los cristales y cenizas que manchaban el suelo. Gabi ya no existe, otra vez. Mi amigo se había ido, pero ya no solo su cuerpo… también su alma. Lo que somos capaces de hacer los humanos es terrorífico, pero aún más miedo da lo que realmente somos. Cuando ya creí que estaba solo en la habitación, mientras el vigilante me esperaba fuera, alguien me tocó el hombro. Supuse que era este último, por lo que me giré preparado para marcharme de este horrible lugar para siempre. Desamparado, giré la cabeza y me sorprendí al notar que era Gabi. “No entiendo por qué, pero ¿me puedes dar ese cigarro?… Lo cogió de mi mano con tranquilidad y me dio las gracias marchándose de la sala… Ya había perdido la esperanza, pero sí entendía por qué… Al final, pase lo que pase, siempre perdurarán las cenizas de lo que una vez fuimos. Ahora, con una pequeña sonrisa en mi alma, podía estar tranquilo de que mi amigo nunca dejaría del todo este mundo. 

escrito por @ac_literatura


Un futuro ordenado

Hoy era el día, aquel que sería recordado en todos los libros de historia. Tecleó el comando correcto en la terminal. El código recorría el sistema que operaba todos los circuitos, válvulas y los cálculos matemáticos que llevarían a la máquina a su destino. Las ecuaciones de progresión espacial en la cuarta dimensión se marcaban en verde. Las variaciones de rescate en caso de incompatibilidad de terreno y alteración de niveles de oxígeno estaban actualizadas, se activarían si los sensores externos indicaran que fueran necesarios. Los detalles de la primera máquina capaz de viajar al futuro y, aún más importante, volver al pasado, eran revolucionarios. La máquina dejaría un hilo temporal que unía el destino, con un punto fijo en el tiempo y espacio donde la nave originalmente iniciaba su viaje. Un momento por el cual tendría que pasar antes de volver a saltar, un ancla ante la perdición del tiempo. Su obra maestra estaba terminada y al verla, no podía dejar de sonreír. Trabajó años en ella, si tenía que ser honesto, toda su vida. Empezó las ecuaciones en el jardín y por las mismas se encontró en la universidad antes de llegar a la pubertad. Instruyo a los docentes en sus teorías, un juego al principio, que se transformó en la búsqueda de alguien que le pudiera seguir el ritmo. Le decían el niño genio. Fascinados con las teorías y ecuaciones, muchos pretendían entenderlo. Pocos realmente lo podían seguir. Le dejaron hacer sus experimentos. Le decían “las cajas” a pesar de que fueran prismas hexagonales. Una aleación metálica que tuvo que pedir a laboratorios especializados, con chips de procesamiento soldados con sus manos llenas de cayos y quemaduras. Solo parecían oxidarse más rápido de lo común; los profesores se reían, pero él podía ver sus avances. No viajaban en el tiempo, lo aceleraban. Las cajas eran piloteadas por ratas, sus cuerpos chamuscados apestaban los laboratorios. El veía sus logros, pero los resultados no estaban a la altura de los teoremas que presentó. Veía las fallas en sus cálculos, las respuestas se escondían en la punta de su lengua. Solo, rodeado de una marea de estúpidos con poca imaginación. Odiaba admitirlo, necesitaba ayuda. Si no había nadie en el mundo que tuviera su misma capacidad cognitiva, tal vez, su primera misión era dejar los laboratorios controlados y encontrar a alguien que lo pudiera ayudar. 

“System Check: Green” repetía la pantalla un centenar de veces. Y en el reflejo del monitor se encontró con su cara, sonriente. Se pasó la mano por el cuero cabelludo, rapado en preparación para el viaje y llevó sus dedos al cuello de la remera y estiró hacia abajo, descubriendo el tatuaje en su trapecio que marcaba: “0/0”. 

El público general no lo sabía, pero la clonación era algo ya común entre las cupulas millonarias del mundo. No se necesitaba mucho para que una mente como la de él pudiera hacerse lo necesario para empezar la producción. El tiempo era el problema con el que todos los equipos de científicos luchaban y él estaba en proceso de ser el maestro del tiempo. Con las cápsulas podía acelerar su crecimiento. Ahora cilíndricas, rellenas de fluidos que simulaban el líquido amniótico que rodea al bebé dentro de la madre y con un aceleramiento temporal 5:1 en tres años, tuvo su primera copia adolescente, y la puso a trabajar apenas salió del sintético útero.

“System Check: yellow” apareció en uno de los monitores y el viejo loco identificó que el sistema de frío de los servidores estaba en corto. Sin embargo, su sonrisa no cambió, sino más bien con confianza vio a su mano derecha Cero/uno, resolver el problema y desde el otro lado de la habitación, le gritó “System Check: Green”. El orgullo por sus copias era trascendental. Cero/uno fue el primero y el que siempre estuvo a su lado. Juntos redujeron los cálculos de copia a seis meses. Fue él quien logró la fórmula exacta para una aceleración 10:1 en las cámaras de aceleración y el que desarrolló un aprendizaje virtual conectando el sistema nervioso a servidores con inteligencia artificial durante su crecimiento acelerado. Ambos descubrimientos cambiarán el mundo por sí solos. Pero todo servía para una sola causa.  Cada copia se especializaba en algo nuevo, que pudiera ayudar a realizar la máquina del tiempo. Cero/dos fue un especialista en cibernética aplicada al cuerpo humano.  Cero/tres se especializa en genética. Cero/seis en creatividad. Mientras Cero/Cero teorizaba y empezaba la lenta construcción de la máquina final, el equipo de copias crecía y aprendía a funcionar como una misma unidad. Hubo algunos, sin embargo, que no compartieron ese deseo. Cuando se implementó la especialización académica de antropología y filosofía, lamentablemente se tuvo que utilizar el incinerador que había en uno de los sótanos del edificio.

Cero/cero no necesitaba nada más que su sueño, su nombre era un recuerdo que empezaba a olvidar.

Fue la primera copia, la que dijo que un cuerpo humano no podría soportar el estrés del viaje cuántico. Un astronauta tenía que formarse por años para estar listo físicamente, un viajero del tiempo debería prepararse décadas, o tal vez generaciones, para estar listo. Cero/seis fue quien propuso la alternativa, una selección de características animales que formarían a una nueva copia lista para un viaje. Fue la primera vez que Cero/Cero pensó en mandar al incinerador a una copia funcional. Era él, el original, el único que viajaría. Era su máquina, su destino. Era el trabajo de ellos facilitarlo, era por eso que siquiera estaban vivos. Cero/uno tuvo que convencerlo de que generar una nueva copia especializada en creatividad llevaría demasiado tiempo y empujaría aun mas la fecha de viaje. Cero/tres creó un plan de modificación de ADN para que Cero/cero pudiera viajar. Rinocerontes. Colibríes. Pulpos. Tardígrados. Crustáceos del mar profundo. Material genético difícil de conseguir, pero una vez generadas copias especializadas en robo y crimen digital, fue cuestión de tiempo. Cero/uno llevaba un control milimétrico de la creación de las copias, solo le informaba al original de los resultados, nunca de los preparativos y especificaciones que él realizaba en la educación implantada. Cero/Cero no preguntaba, él hizo con sus manos aquella primera copia y entre los dos, llegarían al futuro. 

Los implantes genéticos que le permitirían viajar tornaron a Cero/cero en una bestia incontrolable. Se encerró bajo la supervisión de Cero/uno. Las mutaciones que tomaban el control de su cuerpo. La primera fue su piel, que se llenó de hematomas y callos, quemaba de adentro hacia afuera, Cero/uno lo llevo a bañeras de hielo, pero nada calmaba el dolor. Su piel se tornó gris, como una armadura y lo hizo impermeable a sentir mucho de lo que lo tocaba. Sus ojos tuvieron que aprender a volver a ver las diferentes gamas de colores, todos los espectros estaban a su disposición. Su cuerpo y su mente se fueron calmando y una vez pasadas las pruebas,  el comité de copias admitió, que ya estaba preparado para el viaje.

Los cables expuestos recorrían el edificio zumbaban y la máquina, ahora una esfera plateada que colgaba en el centro, vibraba en una frecuencia que solo el niño genio podía escuchar. Cero/Cero apenas se reconocía en el reflejo de los monitores, gracias a los clones, podía recordar su vieja cara. El edificio se preparaba, los servidores brillaban, los monitores cantaban en verde. Sintió el tirón en su piel, se acordó como se sentía sonreír, se acordó, quién era.  Finalmente era el día. 

Las copias armaron un pasillo entre Cero/Cero y su creación. Todos aplaudían en unísono,  todos sonreían sintiendo el peso de Cero/uno sobre ellos, controlando que ninguno saliera fuera de ritmo. Recibían al único tripulante de la máquina, al original. Cero/cero se encontró con la primera copia al final del pasillo, los clones, sin perder el pulso, dejaron de aplaudir.  Cero/cero llevo la palma de su mano a la cara de su primera copia, lo acaricio. Cero/uno, nunca dejó de sonreír, sus labios temblaban, sin saber cómo reaccionar. Las copias miraban el movimiento siguiendo el contacto piel a piel, como una maravilla. 

—Gracias —Dijo Cero/Cero.

Cero/uno no supo qué decir. En los años que trabajaron juntos, esas palabras no salieron nunca de su boca, ni sabía cómo decirlas. 

El original camino hacia la esfera, la secuencia de inicio sería llevada a cabo por el primero. Dio los primeros pasos dentro de la máquina y miró hacia atrás, saludando en despedida. Y fue un segundo que las miradas de Cero y Uno se encontraron, que la sonrisa del último desapareció y en sus ojos nació algo que Cero, nunca antes vio. La sonrisa seguía en su cara, pero ya no había felicidad, sino algo que el original no llegaba a comprender. Las copias ahora se miraban frente a frente y parecían acariciarse las mejillas. 

Las puertas de la máquina se cerraron, Cero/Cero escuchó el murmullo del motor de taquiones, su cuerpo vibraba con él. Aquellos que desde afuera le confirmaban que todo estaba preparado. Las mutaciones en su sangre finalmente estaban poniéndose a prueba, el viaje era lo único que restaba. Se sentó en la silla con diferentes cintos de seguridad y el panel de control se explayó delante de él. Veinte años al futuro, una fecha elegida por su próxima distancia, suficiente para asegurar el regreso y si todo salía correctamente, sus asistentes, no, su equipo, lo estaría esperando. La máquina sonaba como una orquesta, sus engranajes, válvulas de metales y vientos armonizados por un solo objetivo, una sinfonía compuesta por su tripulante. Al apretar un botón, el concierto llegó a su clímax. Silencio y en el monitor que mostraba la cámara externa, Cero/cero se despidió.

-Los veo en un momento. 

Las copias se acariciaban, cara a cara, sintiendo el calor de su piel. Cero/uno miraba a la cámara que sabía lo estaría filmado, Seguía sonriendo, pero algo, en lo profundo de sus entrañas se incendiaba. 

“SystemError: Red” alertó una voz. Cero/Cero estuvo por gritar, el viaje se abortaría inmediatamente, algo había fallado.  

“ByPassError:Go” Brillo en verde. 

No tuvo momento de gritar, de frenar, de presionar los botones correctos y a pesar del error en pantalla, la secuencia de despegue empezó. El motor empujo la esfera hacia adelante y para las copias, se desvaneció en el aire. Cero/cero, vio, momento antes,  una ruptura, una grieta en los cimientos de la realidad, su corazón palpito y se perdió entre el tejido cuántico que sostiene la estructura del tiempo.  El cuerpo del Viejo estaba preparado para el viaje, las fuerzas gravitacionales y algunas más allá de nuestra comprensión que podrían irrumpir en su cuerpo. Cero/Cero no gritó, su mente se quedó con la mirada de Uno tratando de reproducirla, buscando entender dentro suyo, qué era lo que sentía. Sintió el calor del oxígeno arder al llegar. El futuro estaba afuera de las puertas metálicas. Miro al monitor y tan solo podía ver oscuridad. La memoria de las caras parcas recorrió su espina dorsal. Recorrió los monitores:  el aire, más contaminado que lo que esperaba, pero respirable. Temperaturas bajas para la época en la que pretendía llegar, tal vez el cambio climático afectó más al planeta de lo que pensaba. Su equipo podría resolverlo, ahora tenían al tiempo de su lado. Las puertas se abrieron y sin esperar que sus ojos se acomodaran, pudo ver su laboratorio derrumbado, oxidado y obsoleto. Imaginó una fiesta, una recepción digna de su genio. El cielo raso roto dejaba entrar un frío extraño y ajeno. Sintió los temblores de un trueno a la distancia y la lluvia por venir. 

El Viejo caminó hacia la puerta tratando de recordar cuándo fue la última vez que salió del edificio, eran sus copias las que se aventuraban más allá de aquellas paredes. La calle tenía los pastizales crecidos, percibía un dejo extraño de sulfuro y agua estancada.La tormenta en el horizonte crecía, su cuerpo mutado no reaccionaba. El viejo solo podía pensar en la mirada de Cero/uno y los otros. Un choque metálico le llamó la atención dentro del galpón, antes de que pudiera asomarse, una sombra gigante se alzó al vuelo perdiéndose en las nubes y relámpagos, el Viejo lo siguió y la criatura encontró sus ojos en la oscuridad. Un trueno irrumpió en la ciudad vacía. Los edificios se unían en la oscuridad, una masa sin fin que se perdía en el horizonte. En el cielo, sentía ver la mirada fría que lo despidió. La tormenta gris se acercaba en olas y silencio. Una figura se alzó en uno de los techos cercanos. Cero/Cero recorrió su silueta y no pudo encontrar su mirada. Vio, sin embargo, su pecho inflarse y rugir hacia el cielo. Y después de unos momentos, desde la profunda oscuridad, la ciudad rugió en respuesta. La criatura saltó al medio de la calle golpeando el suelo con fuerza y delicadeza, respira con calma y con la luz de los relámpagos Cero/cero puede ver el esbozo de una sonrisa. Sus sentidos agudizados le permiten escuchar el retumbe que viene desde la oscuridad. Los va identificando uno a uno, lo abruman,  escucha los cascos de caballos,  pezuñas de toro. La figura inflaba su pecho, tensaba sus brazos de gorila, marcando territorio, caminando con sus ojos fijos en él.  Cero/Cero no lo aceptaba, no podía, le dio la espalda a la estampida que venía hacia él. Sus sonrisas, salvajes, humanas, su vieja cara. Sus cuerpos animales con facciones humanoides corrían y entre el retumbe de las pisadas, los escuchaba reír, como hienas, felices por la caza. Sus ojos punzantes, su boca, aunque se viera en el espejo ya no se vería reflejado, era un recuerdo de lo que fue, que ningún hilo temporal podría recuperar. El ancla humana ya se había levantado. El terror invadió su cuerpo y trastabillando los pies se dio media vuelta y corrió a la esfera, rogando y suplicando que fuera aquella su salvación. Apenas pudo cerrar la puerta cuando sintióla furia de las bestias tratando de derrumbarla, el vaivén oscilante hacia los costados hacía que golpeara la cabeza contra los equipos. Buscó en el teclado de comando y con miedo por lo que encontraría en el pasado golpeó el botón para tirar del ancla temporal. 

“SystemCheck:Red”                                        

Las bestias golpeaban con furia y la máquina del tiempo estaba muerta e inmóvil, lejos de ser un sueño, se transformaba en su tumba. Recorrió el código y encontró que parte de la ecuación fue borrada antes del viaje, el monitor mostraba a las copias golpeando, sonriendo y celebrando. Años atrás, los clones en silencio decidieron que el futuro sería de ellos.

escrito por @nerdelorto


Mi abuela Juanita

Respiré hondamente ante la puerta y abrí el picaporte fingiendo normalidad. La puerta daba directo al living y allí estaba ella, se había puesto de pie al escucharme y pegó un pequeño grito: 

—¡Carlitos!

Le di un abrazo que me hizo doler el corazón.

—No pensé que venías. Si me avisabas hacía algo.

—No hace falta Juanita, aparte estuve comiendo hasta recién y tengo la panza que me explota.

Me senté en una de las sillas, frente a la mesa donde estaba la pava, apoyada sobre una revista vieja junto al mate de madera que ella siempre usaba.

No se sentó a mi lado, sino que permaneció de pie, próxima al ventanal que traía luz a la casa y cubría su figura con un brillo áureo, que resaltaba su enorme vitalidad, pese a que en ese momento ella estaba llegando a los ochenta. Y un poquito más también.

—Le voy a cambiar la yerba —dijo y se aproximó al tacho de basura, pero en ese breve trayecto, abrió una de las alacenas, corrió unos paquetes, luego agarró una lata que reposaba sobre la mesada y se las ingenió para poder abrir su tapa a presión. No encontró lo que buscaba y volvió al mate. Lo llenó con yerba nueva, pero, antes de traerlo a la mesa, revisó nuevamente la alacena.

—No hay nada dulce —lamentó, asumiendo parte de la responsabilidad.

Cuantas veces había intentado convencerla que se quede quieta; que se siente y disfrute. Pero era imposible, ante cualquier visita se activaba su mecanismo de anfitriona, que la hacía servir con total generosidad y compartir lo poco que tenía.

Ese rasgo de ella no estaba entre mis principales recuerdos. Incluso, por algún motivo, eran otros aspectos de su personalidad que recordaba con mayor recurrencia. Pero al verla ir y venir por la casa, revisando lugares donde muy improbablemente hubiera algo para acompañar el mate, me hizo recordar cómo se sentía, exactamente, su presencia.

Quise contener mi llanto, pero no pude.

—¡Ay! ¿Qué te pasa?

—Nada abuelita —le dije y me sequé la cara con un papel del rollo de cocina.

—¡Pero mirá como estás llorando! Tiene que ser importante. 

—No es nada Juanita, no te preocupes, son boludeces nomás.

Me miró fijamente, buscó en mi rostro cualquier señal que le permitiera saber que había pasado. Siempre había sido medio bruja en eso, una bruja de buen corazón y poderes infinitos.

—¿Se murió alguien? —arriesgó finalmente y estudió mi reacción.

—Si, abuelita, se murió alguien… —respondí resignado a la peor confesión. —Vos te moriste. El otro día se cumplieron diecisiete años.

Le di repasada rápida a mi cara, con un nuevo pedazo de papel, y seguí:

—¿Te acordás que en tu época la gente iba a los cementerios a visitar la tumba de algún ser querido? Además de llevar flores, muchos hablaban y sentían que de alguna forma podían comunicarse. Desde que vos te fuiste, la tecnología avanzó mucho. Ahora existe una manera de volver a vivir algunos recuerdos, incluyendo aquellos de gente que ya no está y que uno extraña. Es medio como un sueño, pero sabiendo que estás ahí, ¿me entendés? Siempre tenés presente que en realidad estás acostado en una camilla, con una enfermera que te cuida, adentro de una clínica que te cobra su buena moneda por el servicio.

Se quedó en silencio, con la cara inexpresiva, en la mano seguía sosteniendo el mate, quizás como una manera de aferrarse a algo concreto. Pensé que su reacción podía lastimarla y me arrepentí de inmediato de haberme expuesto a tal situación. Pensé también, fugazmente, que quienes diseñaron esta realidad simulada, tuvieron que contemplar todos los escenarios y programar una salida en cada caso. Era imposible actuar de una forma no estipulada.

De todas las reacciones posibles, lo hizo de la forma que menos esperaba:

—¡Dejate de joder! —Hizo un ademán con la mano y se empezó a reír. Una risa fuerte, tal como la recordaba: natural, espontanea, verosímil. Sus ojos brillaron con la liviandad del humor, luciendo ese celeste inmaculado que siempre habían tenido y que los años no habían podido opacar, sin importar todas las tristezas de la que fueron testigos.

Hice lo que había que hacer: me reí yo también. Y acompañé la carcajada hasta que los motivos de la misma se gastaron. Después, cambié de tema. Comenté algunas cosas sobre mi vida: Trabajo, estudio, deudas, mundanas pretensiones de adquirir cosas que jamás me harían sentir lo que algunas personas sí. Algunos rasgos de senilidad, de sus últimos días, me ayudaron a que este giro argumental de la conversación, ridículo, resultase lógico en absoluto.

Sonó una alarma en mi reloj de pulsera, una musiquita pegadiza que señalaba que el momento de regresar al mundo real, allí donde habita lo irremediable y la aceptación parece posible pero nadie la alanza.

—¿Vas a volver dentro de poco?

—Obvio abuelita, siempre te voy a venir a visitar.

—Avisame, así preparo algo.

Me despedí con un beso y un abrazo. Crucé la puerta y me desvanecí después de cerrarla. Desperté en una camilla. Una enfermera me ayudó a componerme y a ponerme de pie. Tenía náuseas y me vestí lentamente. Los recuerdos recientes eran difíciles de incorporar. Quizás eso era lo que me hizo sentir mareado. Pensé que no era buena idea volver a hacer esto. Pero también pensé que iba a ser una decisión difícil de sostener.

escrito por @charli_b_good


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