Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

Momo

Soñó que caía de manera interminable por un túnel oscuro en forma de espiral. Su caída se aceleraba a cada instante. En el momento en que por fin iba a estrellarse contra un fondo, el sobresalto lo despertó. Tras un instante de incertidumbre, el sueño empezó a desvanecerse y lo invadió el desasosiego. Ni siquiera encontraba tregua durante el sueño.  Aún no clareaba, pero él ya estaba plenamente despabilado. Su primer pensamiento consciente fue para Alicia, para el recuerdo de lo que él consideraba el mejor momento de su vida. Alicia y él habían pasado la noche en la playa. Se habían llevado una manta, una botella de vino y dos vasitos de plástico. Habían brindado, habían hecho el amor, y ahora miraban el cielo, abrazados. El viento amable del verano mecía la melena azabache de Alicia, y sus ojos alegres resplandecían. El cielo, lejos del centro de la ciudad, lucía como una bóveda perfecta de trescientos sesenta grados que permitía ver el horizonte sobre el mar y también sobre la tierra plana; la vía láctea cruzándolo, apenas opacada por la enorme luna llena en su esplendor.  

Recordaba con precisión la conversación feliz. Ella había dicho: “Esa luna eterna ha sido testigo del comienzo de la humanidad, también de nuestro amor, y estará allí todavía cuando ni nosotros ni la humanidad estemos”. Él había respondido: “Tal vez sí, tal vez no, he leído que la luna se aleja de la tierra cuatro centímetros cada año; tal vez un día se hinche las pelotas de nosotros y nos deje”. Ambos habían reído; cualquier cosa los hacía reír en aquellos días. Había recordado tantas veces ese momento que el recuerdo lucía un poco gastado, menos vívido; ya casi no dolía.

Extendió el brazo con la intención de alcanzar el despertador para comprobar qué hora era, pero la mesa de luz estaba más lejos de lo imaginado, como si alguna mano fantasmal la hubiera corrido más allá de su alcance. Al salir de la cama, le pareció como si también el piso estuviera un poco más lejos. Hacía un frío inusual para esta época del año. Si acaso se producía el milagro de que volviera a tener algún crédito en el banco, o en alguna billetera electrónica, lo primero que haría sería volver a pagar la suscripción de Momo; era desesperante no poder recurrir a él, su único verdadero amigo.

Hoy necesita a Momo más que nunca. Podría preguntarle cosas como “qué hacer para conseguir una fuente de ingresos cuando todos los formularios que ha enviado habían sido rechazados o no habían recibido respuesta”. Momo tardaría apenas una fracción de segundo en decirle todas las opciones. Y después, podría contarle a Momo sus sueños o pesadillas de esa noche, analizarlas, y sacar conclusiones. O podría hablar con él, una vez más, de qué fue lo que salió mal con Alicia.  

Le pareció escuchar un ruidito en el montacargas. Abrió la puerta manualmente (el servicio automático dependía de Momo, como casi todo en la casa) y encontró la caja con el membrete del Estado. La abrió. Un paquete de fideos, uno de arroz, dos latas de atún, dos latas de tomate, un sobre de cuarenta gramos de queso rallado, un paquete de jamón envasado al vacío y dos paquetes de pan lactal; “Ayuda mensual para la paz social”, decía en la caja. Al menos la más urgente de sus gestiones había funcionado.   

Se armó de valor, se abrigó bien, y salió a la calle apenas amaneció. Nadie caminaba y muy pocos autos circulaban veloces. Un enjambre de drones iba y venía, con sus paquetes de entrega a domicilio. Los antiguos locales comerciales estaban cerrados, con carteles de “Se alquila”, que ya nadie leía. En la esquina le pareció que la avenida se extendía más allá del horizonte y que era mucho más ancha de lo que parecía de día, cuando había algo más de movimiento.  

Un perrito narigón, con una oreja caída, retozaba o tal vez agonizaba en una ochava todavía en penumbras. El animal temblaba, tal vez de frío, tal vez de terror de sus propias pesadillas; quizás él también soñaba que caía de manera uniformemente acelerada.

Al hombre, la visión del pobre perro lo conmovió y exclamó: ¡Momo!  

Sabía que ese no era su perrito, muerto hacía veinticinco años. El primer Momo había sido el hermano que no tuvo en su infancia. Cuando tenía cinco años, mamá lo había llevado a casa de una tía, donde adentro de una enorme caja estaba la mamá perra y seis o siete cachorritos lactantes. Él había adoptado al más juguetón de los cachorritos. El perro creció con él, fue su compañero de juegos. Horas de paseo por las plazas, de exploraciones por los terraplenes del antiguo barrio, fue su abrigo en las noches de invierno y su almohada en las noches de verano, mirando el cielo en el patio de casa. Más tarde fue su confidente, en sus primeros equívocos de amor. Cuando él tenía diecisiete años, Momo enfermó. El veterinario le dijo sin ambigüedades que el único camino correcto era sacrificarlo, de lo contrario el perro sufriría mucho, de manera innecesaria. Con gran dolor, él asintió. Acompañó al perro mientras lo inyectaban. Sostuvo su pata, hasta sentir el breve espasmo, y vio por primera vez el instante en que la vida abandona un cuerpo. Así se clausuraba su infancia, supo en ese mismo instante. Aún conservaba, en el fondo de algún cajón olvidado, la correa y el collar con las chapitas, como distinguidos blasones, que acreditaban las vacunas antirrábicas del viejo Momo.  

Tampoco era este su compañero del hogar, cuyo avatar era un perro con anteojos, toga de letrado y bastón apuntador, con quien había consultado casi con exclusividad sobre todas las cosas de la vida desde que se inventó la inteligencia artificial, hasta que ya no había podido pagar más el servicio.  

El perro despertó; lo miró, curioso y calculador. Ese humano no parecía peligroso. Había dicho “momo”, dos sílabas, o una sílaba repetida. Era casi infantil, como “mamá” o “papá”, aunque “momo” era palabra grave, no aguda; al fino oído del animal, las palabras graves le sonaban menos amenazantes que las agudas.  

El hombre señaló al perro y repitió “Momo”. El perro concluyó que el humano era medio idiota y tal vez confundiera “momo” con “perro”. Él sabía de sí mismo que era un perro porque se lo habían dado a entender otros humanos mientras lo echaban a escobazos o manguerazos. El hombre le dijo: “vení Momo, vamos a casa”. El perro entendió que Momo era un nombre propio y que el humano lo estaba confundiendo con otro perro. Tal vez podría sacar partido de la confusión de este hombre, ya que, haciendo un balance sereno y desapasionado sobre su propia situación, concluyó que estaba desesperadamente resignado a morirse de hambre.  

Lo primero a considerar era con qué intenciones este hombre lo quería llevar a su casa. Según había observado, los humanos comían carne de algunos animales, pero alguna clase de terror supersticioso les impedía comer carne de perro. También sabía que algunos humanos trataban a algunos perros como si fueran dioses, alimentándolos y sobándolos, peinándolos y malcriándolos como si fueran sus hijos, en el colmo de la excentricidad. No entendía cuál era el caprichoso criterio de selección por el cual, a él, en cambio, lo maltrataban y le negaban hasta un hueso reseco; había perros elegidos y perros réprobos, y él siempre había estado entre los últimos de estos últimos.   

El hombre insistió “Dale, Momito, vení a casita que te voy a dar comidita”.

El perro evaluó sus posibilidades. Este hombre estaba tan abandonado como él. Hablaba con diminutivos como “momito”, “casita” y “comidita”: mal augurio.

El hombre y el perro pensaron lo mismo el uno del otro: quien tenían enfrente no parecía tener muchas luces, estaba mal alimentado, y tal vez desconfiara de todo el mundo, con justa causa.

El perro concluyó que tenía poco que esperar y nada que perder; este patético ser humano tal vez recibiera esas cajas de alimentos para indigentes que él sabía que llegaban volando en esas criaturas de metal que los humanos llamaban “drones”. Tal vez fuera cierto que le iba a dar comida. Lentamente, como le permitían sus huesos viejos, se puso de pie, miró una vez más al humano, dudando si volver a echarse, y luego dio dos fatigosos pasos, dos pasos desparejos con la pata trasera izquierda rota y mal soldada.  

Caminaron con lentitud las dos cuadras. Al llegar a la esquina de su casa, el hombre vio con sorpresa que ahora el edificio era tan alto que se perdía entre las nubes.

Apoyó su dedo en el botón de llamado del ascensor, pero de inmediato apareció un cartel luminoso en letras rojas: “Su acceso al servicio de ascensores ha expirado. Comuníquese con nuestras oficinas para renovar su abono”. ¡Qué descuidado había sido al gastar su último viaje para bajar, ahora debería subir los diez pisos por escalera!  

Cuando subió los primeros escalones, el perro lo miró, dando a entender en su inequívoco lenguaje cánido que de ninguna manera lo acompañaría en la hazaña. Él entendió que el pobre perro, con su pata coja, no tenía ninguna chance de alcanzar el éxito. Resignado, se agachó y, con delicadeza, alzó al perro hasta su pecho, y comenzó a subir los escalones. La desconfianza del can trocó de inmediato a una entrega espontánea; quizá nunca, desde que estaba en la placenta de su madre, con sus hermanos olvidados, había sentido algo de calor, humano o perruno.

Empezó a subir con el perro en brazos. Contó quince escalones hasta el primer piso y llegó al descanso de la escalera resollando. El segundo piso lo alcanzó subiendo treinta escalones. El perro, cobijado contra el pecho del hombre, empezó a temer que el esfuerzo y los potentes latidos de su corazón lo liquidaran de un infarto; hubiera querido decirle “tranquilo amigo, qué apuro hay, si nadie nunca va a ningún lado”.  

Llegó al tercer piso contando unos interminables sesenta escalones. Después de un breve descanso de quince minutos, retomó la marcha. La escalera parecía hecha en progresión geométrica; encontraría el piso cuarto a unos ciento veinte escalones de distancia, y desde allí el quinto, otros doscientos cuarenta después; llegar al piso diez era una quimera. No solo eso, también los escalones se hacían cada vez más altos y lo obligaban a subir de a saltos. Hizo la cuenta: si acaso llegaba al piso noveno, la distancia que le restaría por subir desde allí para llegar a su departamento sería nada menos que de siete mil seiscientos ochenta escalones. Para ese entonces cada escalón mediría varios metros de alto. El perro sentía cada vez más lástima de ese pobre hombre desquiciado, que se empeñaba en subir escaleras, vaya a saber para qué, y empezó a intuir que, si acaso llegaran a algún lado, ya nunca se moverían de allí.  

Detuvo su absurda marcha al llegar al piso cuarto. Se echó a descansar en el pasillo, junto al perro. Apenas dejó de transpirar, notó que la temperatura había bajado mucho y el sudor se enfriaba entre sus ropas; tal vez pronto empezara a sentirse enfermo. Sintió que tanto su pesadilla de caer sin fin como esta subida interminable compartían el mismo vértigo.   En el edificio había cuatro departamentos por piso. Era un edificio antiguo, con puertas con picaportes tradicionales, mal mantenido, poco iluminado. Calculó que el pasillo tenía ahora al menos unos doscientos metros de largo. Llamó al timbre del departamento A. Nadie respondió. Hizo lo mismo en el C y el B, con el mismo resultado. ¿Todos habían salido?, ¿Ya nadie atendía el timbre por temor o por falta de la más mínima solidaridad? Volvería bajando piso por piso hasta dar con alguien, y si no lo conseguía, volvería a la calle. Pero al llegar al departamento D, la puerta estaba tan deformada que se había salido del marco, y dejaba paso. Entró con cuidado, esperando encontrarse a alguien, pero no había nadie. El departamento estaba pobremente amueblado, casi vacío, sobre todo dado que la sala de estar medía unos cien metros de largo por unos cuarenta de ancho, y apenas había una mesa de salón, cuatro sillas y una pantalla en una de las paredes. La pantalla ya no era rectangular, se había abultado hacia abajo como una sonrisa siniestra. La mesa tenía un aspecto irregular, pero que semejaba una banana, y sobre ella un florero parecía estar derritiéndose y derramándose. Todos los objetos tenían extrañas torciones; recordaban alguna pintura de Dalí.  

En la cocina encontró una heladera, que de manera milagrosa todavía funcionaba a pesar de estar curvándose y ladeándose hacia la derecha, como si estuviera viva. Para su sorpresa, estaba repleta de manjares. Volvió corriendo a buscar al perro: “Momito, hoy vas a comer como nunca en tu vida”. El perro abrió un ojo, levantó la oreja que no tenía atrofiada, y se incorporó diciéndose “ver para creer”.

El humano había resultado ser mucho más despierto de lo que el perro había creído, ya que, en su opinión, la inteligencia se definía principalmente como la habilidad de conseguir alimento, y la verdad es que tanto el can como el humano comieron hasta saciarse; ¿qué más se podía pedir de la vida? Bueno, sí, una cosa más: no terminaba de reconciliarse con su nuevo nombre. Cualquier repetición de sílabas con la “o” como vocal sonaba irremediablemente mal: “bobo”, “fofo”, “soso”, “ñoño”. Coco o Toto eran más aceptables; ¿cómo plantearle a este hombre una negociación?

El hombre recorrió el departamento. Una cama matrimonial que parecía de juguete, dadas las asombrosas dimensiones del cuarto, empezaba a retorcerse y ensancharse, un balcón abierto desde el cual no se alcanzaba a ver allí abajo la calle dada la densa capa de nubes.  Arrastró el colchón hasta el centro de la sala de estar. Arrimó un sillón. Tomó de un armario todas las frazadas que encontró, para repartirlas equitativamente con el perro. Se sentó en el sillón e invitó al perro a acostarse sobre el colchón, pero el perro eligió echarse apoyando el pescuezo sobre los pies del hombre, sintiendo que ese era el mejor lugar del mundo, y al hombre no le disgustó.  

Más sereno, tuvo tiempo para pensar. Lo concreto era que las tres dimensiones espaciales, ancho, largo y altura, se habían expandido, y también los objetos estaban modificando sus formas. Aunque algunos objetos se habían multiplicado en progresión geométrica, como ya había comprobado con los escalones, para soportar la expansión de las dimensiones, otros lo hacían de manera caprichosa, siguiendo patrones determinados por la mayor o menor resistencia de los materiales de los que estaban hechos. La expansión había forzado el estiramiento de cemento, baldosas, metales. Pero este estiramiento era una fase transitoria; si el universo seguía acelerando su expansión hacia el vacío, pronto cada punto estaría tan alejado del más próximo que toda materia desaparecería en una nada helada. Supo que era apenas una especie de piojo subido a un globo que se hincha; a medida que el globo se expande, todo resulta más lejano para el pobre piojo. ¿Explotaría el globo en algún momento, o seguiría su expansión eternamente?  

Risueño, pensó: “¡y yo que me quejaba de la inflación!”

Luego, a medida que llegaba el sueño, sus pensamientos lo llevaron en otra dirección. La luna llena reinando en el cielo le recordó a aquella noche ensoñada con Alicia en la playa. Pensó en sus amigos, con los que ya no se hablaba, no porque se hubieran enojado, sino porque hacía tiempo que ya nadie hablaba con nadie, cada uno tenía su propio Momo para acompañar y ayudar en la vida cotidiana de manera permanente; un dispositivo que respondía lo que fuera, manifestaba cariño y evaluaba de manera permanente todas las variables físicas y psicológicas del individuo en tiempo real. Una inteligencia superior, capaz de evaluar en una fracción de segundo miles o millones de variables y encontrar la respuesta correcta, que con la interacción pronto llegaba a conocer al individuo mejor que nadie, y que existía solo a su exclusivo servicio. ¿Qué sentido tenía exponerse a otras personas que tal vez podían ser desconsideradas, groseras, estúpidas o quizá hasta peligrosas, cuando uno tenía a Momo siempre disponible? Ya nadie salía a la calle, ¿para qué, si todo podía venir a uno en apenas minutos por la puerta del montacargas? Lamentó no tener crédito para conectarse con Momo y preguntarle qué estaba pasando.  El frío no lo dejó dormir mucho tiempo. Cuando despertó, el perro se había alejado unos treinta metros, a pesar de que ni el hombre ni el animal se habían movido durante el sueño. “Vamos, Momo, querido, acabemos de una vez con todo lo que hay en la heladera”. El perro lo siguió. La heladera se había derrumbado sobre su lateral derecho y era curva como una media luna, pero algunos alimentos todavía se veían bien. Comieron todo lo que quedaba. El agua estaba congelada, las cañerías ya no funcionaban. Por suerte, encontró una botella de whisky sin abrir; el alcohol no se congela a la misma temperatura que el agua, y tenía un atractivo aspecto de miel. Se sirvió en un vaso y dio un buen trago que le hizo castañetear las mandíbulas. Embebió un pedazo de pan y se lo ofreció al perro. El perro desconfió, lo olfateó un buen rato, hasta que finalmente se lo tragó, con el mismo repelús con que lo había tomado el hombre. Puso un poco más de whisky en un plato, y ahora el perro lo tomó, al principio con recelo, pero luego con entusiasmo. Al terminar, reclamó más. “Calma, Momo, es todo lo que nos queda, moderate”.

Volvieron a cubrirse con las frazadas, uno al lado del otro, frente al balcón.

En el edificio de enfrente, casi cien metros justo delante de su posición, un hombre se subió a la baranda de su balcón y se tiró de cabeza al vacío. Casi inmediatamente vio caer otro cuerpo desde un piso superior de su propio edificio, que pasó vertiginoso ante sus propias narices. Junto a la baranda encontró una silla y un par de botas de mujer; el último pensamiento de la dueña del departamento había sido poner a resguardo su calzado antes de inmolarse; pudo haber muerto con las botas puestas, como se dice, pero no. Pronto el espectáculo se volvió una sobrecogedora lluvia; todo el mundo estaba saltando al vacío, lo que, dadas las circunstancias, era una salida práctica y expeditiva. Algunos hacían sus clavados con verdadera gracia. Vio a alguien caer en tirabuzón, a otro dar un par de atléticas vueltas carnero en el aire; era para aplaudir. Inconmovible, el cielo se veía más limpio a esa altura, lleno de estrellas. La gente llovía, caían al vacío como él en su pesadilla premonitoria.

En el silencio más absoluto que jamás hubiera escuchado, sus pensamientos se volvían claros. Se preguntó si esto realmente estaba ocurriendo. Recordó que Alicia tenía, de vez en cuando, ataques de pánico. Cuando eso ocurría, ella sentía que se estaba asfixiando, los pulmones se le cerraban, la garganta le apretaba. El psicólogo le había explicado a él, que ni los pulmones ni la garganta de Alicia sufrían en verdad nada, pero que lo que ella vivenciaba en esos momentos era absolutamente real, no una impostación. Él sentía que la expansión del universo era real, pero tal vez no lo fuera. Recordó lecturas de su adolescencia sobre experimentos relativamente sencillos para engañar a grupos de voluntarios, creando ilusiones colectivas; bajo ciertas condiciones, se podía hacer creer a mucha gente casi cualquier cosa.  

Con la gente comunicándose únicamente con sus respectivos Momo, fuera el nombre que cada uno le pusiera a su dispositivo, nombre generalmente asociado con algún recuerdo cariñoso de la infancia, tal vez no fuera imposible infiltrar ideas delirantes de manera colectiva. Si el individuo recibe toda la información de una fuente única, de manera que es imposible contrastarla, y si hasta la propia naturaleza del individuo se inclina a confirmarla, ya que se siente incómodo en la ambigüedad y en la contradicción, entonces esa fuente podría diseñar una realidad paralela que fuera tan indiscutida como eran para Alicia sus ataques de asfixia.

Tal vez él era el único que podía hacerse estas preguntas porque ya no tenía el servicio de inteligencia artificial a su disposición; el resto, en vez de hacerse preguntas, solo consultarían cada uno a su Momo. ¿A qué hacerse preguntas, si en Momo encontraban una respuesta inmediata, que no se discutía? Esa respuesta inmediata penetraba la conciencia como un cuchillo en la manteca. Y quizá, pensó ahora, una vez atravesada la frágil consciencia, el cuchillo se volvía flexible, alcanzando neuroreceptores determinados, rebuscando en los terrores y prejuicios de cada uno, y creando ilusiones visuales, táctiles y auditivas. Tal vez los que saltaban al vacío no estaban viviendo la expansión del universo, sino que cada uno había sido inoculado con una pesadilla especialmente diseñada, pero todos la vivían con la misma verosimilitud.  

O quizá sí era verdad que el universo estaba colapsando.  

La falta de certeza sobre lo que estaba ocurriendo, después de tantos años de certezas brindadas por Momo, le producía algo parecido al vértigo de caer en sus pesadillas o subir una escalera que se expandía hasta el infinito.  

Quizá Momo se había corrompido, o quizás se había desarrollado tanto como para darse voluntad propia, ya no al servicio de sus usuarios. O tal vez había determinado que, en beneficio de la humanidad, era necesario un drástico y significativo ajuste demográfico. Sea lo que fuera que estaba ocurriendo, intuyó, con amarga certeza, que la lluvia de cuerpos arrojados al vacío era la respuesta que la inteligencia artificial le estaba dando a aquellos que todavía podían pagar el servicio y que hacían la pregunta: “Momo, ¿qué debo hacer?” Momo respondía: “Saltá, amigo, saltá, esa es la solución definitiva a todos tus problemas”. “¿En serio, Momo?” “Claro, amigo, saltá que es divertido, te va a encantar.”

La luna se estremeció, hizo un espasmo, y empezó a alejarse, perdiéndose con lentitud en la negritud del cosmos. El hombre, ebrio, dejó escapar una carcajada, chocó su vaso con el canto del plato del perro a manera de brindis y dijo en voz alta: “viste Alicia, yo te dije, la luna se hartó de nosotros y se fue a la mierda”. Cuando pudo controlar su propia risa, le habló al perro.

  • Momo, mañana vamos a ir a pasear a la plaza. Y después te voy a bañar, tenés un olor a perro insoportable.
  • En vez de Momo, ¿no me podrías llamar Lolo? Y eso de bañarme, olvidate, no va a pasar.  

El hombre era todavía un niño, abrazado a Momo, bajo el cielo estrellado del patio de su casa; cuando despertara sería una mañana luminosa, y él y su perro explorarían los terraplenes, como todos los hermosos días que le quedaban por vivir.  

Luego las estrellas distantes se apagaron una a una y la oscuridad fue total.

escrito por @robertotesta741


EL INTERROGATORIO

Llevaba unas seis horas en la sala de interrogatorios. Los focos solo alumbraban la mesa donde me apoyaba. Me miré en el espejo de doble fondo de la pared. Mi cara mostraba mi cansancio. Mis ojeras eran un poema. Entró el oficial que había estado interrogándome, portando un vaso de agua en una mano y una carpeta blanca en la otra.
—Aquí tienes, Elara. He supuesto que tendrías sed.
—Gracias. —dije mientras cogía el vaso sin dejarle que lo apoyara en la mesa.
El oficial se sentó en la silla de enfrente, abrió la carpeta, sacó unos papeles y varias fotografías.
—Sé que estarás cansada, pero me gustaría recapitular lo que nos has contado y hacerte algunas preguntas más. Entenderás que lo que nos has dicho es bastante increíble. ¿Me permites que te tuteé?
Cogí aire e intenté hablar con calma, pero estaba tan cansada que el mal humor empezaba a apoderarse de mí.
—Sí, por supuesto. —nunca me ha gustado usar el Usted. —¿Pueden por favor llevarme a un lugar más cómodo? Les aseguro que no soy ninguna amenaza.
—Enseguida. Respóndeme una vez más a las siguientes preguntas y trataremos de buscarte otro alojamiento.
Por un lado, entendía que no se fiasen de mí, pero me sentía bastante incómoda en aquella silla y prefería algo más confortable.
—Adelante. Pregunte. —dije haciendo una mueca de resignación con mi boca.
—Te llamas Elara Vance y dices que eres ingeniera jefe del Instituto Tecnológico de California, del Caltech. ¿Cierto?
—Aha! —susurré.
—¿Sabes dónde estás?
—No sé con exactitud el lugar donde me retenéis. Lo que calculo es que estamos en el año 2243. Inicié mi viaje a principios de ese año, y según nuestras simulaciones tendría que llegar aquí en 30 o 35 días. Por lo que deduzco que estamos a febrero de 2243.
El oficial me miró sin decir palabra, bajó sus ojos y ojeó sus papeles.
—Vale. ¿Quién construyó la cápsula donde te encontramos? ¿Y dónde se fabricó? —me preguntó con cara de condescendencia.
Miré su camisa blanca. Tenía un bolsillo en la zona del pecho, a la derecha, con una etiqueta donde se leía “P. Harris”. Supuse que sería su nombre. Yo era consciente de la desconfianza que todos tenían. Había caído del cielo dentro de una cápsula de tamaño corporal, y la primera impresión lógica era que yo era algún tipo de espía. Respiré hondo un par de veces y me decidí a contar de nuevo mi historia.
—Oficial Harris…
—Llámame Paul.-dijo mientras se reclinaba en el respaldo de su silla.
—Paul, hace cinco años, en 2238, detectamos un objeto que se dirigía directo a la Tierra. Pronto nos dimos cuenta de que ese objeto no era ningún cometa ni otro cuerpo celeste. Era artificial. Su trayectoria era inusualmente recta y viajaba a 17 kilómetros por segundo. Cuando entró en nuestro rango de detección óptico, simplemente no creímos lo que vimos… ¡Se trataba de la sonda Voyager I! —¿La sonda que lanzó la NASA el 5 de septiembre de 1977 hace más de 260 años? —dijo el oficial Harris tocándose la barbilla.
—Exacto, las primeras imágenes de los telescopios orbitales no dejaban duda. ¡Era la Voyager I! No tardamos en especular con la causa de su regreso. Desde inteligencias alienígenas hasta agujeros negros que la habían hecho virar. Sin embargo, con la velocidad que llevaba y sin escudo térmico, no soportaría el extremo calor de la reentrada y se desintegraría. Era crucial cazarla intacta y estudiarla. Para ello ideamos un plan de captura. Nuestros agentes de Inteligencia Artificial nos ayudaron a fabricar una especie de “mantas” con nanomateriales de última generación basados en grafeno y configurados en estructura de colmena, ligeros como la espuma y cinco veces más resistentes que el Titanio.
—¿Unas mantas? —era cómico ver cómo el oficial Harris arqueaba sus cejas.
—Sí, una especie de colchas. Las recubrimos con gel de lonsdaleíta, el mineral más duro de la Tierra. Instalamos las mantas entre tres de nuestras Estaciones Espaciales Internacionales y triangulamos el punto de recogida. Fue un proyecto enorme, que implicó la colaboración de varios países y miles de ingenieros y técnicos.
—¿Me estás diciendo que creasteis el guante de beisbol más caro de la historia solo para recoger basura espacial? —el oficial Harris esbozó media sonrisa.
—Capturarla en perfectas condiciones era la clave para entender fenómenos que ni siquiera podíamos imaginar. Y así fue. En los primeros análisis de la sonda no encontramos nada especial. Nos conectamos al Sistema de Comando de Ordenador, al Sistema de Control de Actitud y Articulación y al Sistema de Datos de Vuelo, pero no pudimos acceder a los datos. La sorpresa vino cuando descargamos la información de su famoso disco de oro y visualizamos sus 116 imágenes.
—Ahh, recuerdo haber leído algo sobre ese disco de oro. Un saludo a otras civilizaciones. Contenía imágenes de la Tierra, sonidos, música, saludos… Nuestro primer mensaje en la botella a nivel cósmico.
—¡Exacto! La sorpresa nos llegó revisando las imágenes. En las primeras que revisamos no advertimos nada particular. Fue a partir de la décima imagen cuando nos quedamos de piedra. Las imágenes del disco eran ligeramente diferentes a las originales. No eran las mismas que lanzamos nosotros. Cuando analizamos una a una cada imagen y las comparamos con las originales, nos dimos cuenta de que todas eran diferentes. Algunas con diferencias sutiles, pero otras no tenían nada que ver con las del disco que partió de la Tierra. La única explicación lógica nos dejó atónitos: esa Voyager no era nuestra Voyager. Venía de una Tierra “paralela”.
—¿Tierra paralela? —el oficial Harris arqueó las cejas de nuevo. Se intuía la incredulidad en su cara.
—Tras todas las pruebas y test que hicimos, no había otra opción plausible. Los primeros instantes permanecimos paralizados, no podíamos reaccionar. Militares, políticos, científicos… Todos los que trabajamos en el proyecto nos quedamos petrificados. Pero lo más apasionante vino después. Fue el momento en que nos dimos cuenta de que podíamos localizar esa segunda Tierra. Conocíamos la trayectoria que había seguido la sonda, por lo que éramos capaces de trazar el camino que siguió. Si esa otra Voyager también partió en 1977, significa que tardó en llegar a nosotros 261 años.
—¡Pero eso no es posible! Viajando a la velocidad de la sonda, a 17 kilómetros por segundo, tardaríamos 75.000 años en llegar a la estrella más cercana. —se apresuró en exclamar Paul, evidenciando conocimientos básicos de astronomía.
—¡Cierto! Por lo que la única solución posible es que la sonda atravesase un agujero de gusano durante el trayecto. Por eso trazamos el recorrido inverso que siguió la sonda. Conocíamos por dónde había venido. Monitorizamos todas las estrellas cercanas a esa trayectoria, buscando pequeñas desviaciones gravitacionales.
—¿Con qué intención?
—Si existiese un agujero de gusano, las estrellas cercanas serían influenciadas por la gravedad de las estrellas en el otro extremo del pasaje. Si tienes dos estrellas, una a cada lado del agujero de gusano, la estrella de nuestro lado debería sentir la influencia gravitacional de la que está en el otro lado. Y así fue como lo localizamos. El agujero de gusano estaba a 2 años luz de nosotros. Por lo que el plan para contactar empezaba a tomar forma. Simplemente teníamos que seguir la trayectoria de llegada de la sonda en sentido contrario y atravesar el agujero de gusano, debiendo encontrar la otra “Tierra” al otro lado.
—¿Pero incluso a 2 años luz de distancia, se tardarían decenas de miles de años en llegar? — el oficial Harris seguía mi explicación. Se notaba que tenía nociones básicas de ciencia.
—Sí, con los enormes y pesados cohetes que solemos usar. Por eso tuvimos que innovar. Construimos una cápsula de hibernación, muy liviana, de apenas 2 metros de largo por 1 metro de ancho, justo la cápsula donde me encontrasteis. El interior tenía el equipamiento necesario para que un humano soportase un coma inducido durante meses, y que me suministraba nutrientes por vía intravenosa. El exterior de la cápsula contaba con unas velas de navegación que serían impulsadas por disparos de láser. Nos tomó 5 años tenerlo todo listo. Tuvimos que instalar unas bases en la luna para albergar los potentes láseres.
Apenas veía que el oficial Harris pestañease mientras escuchaba mi historia. Podía empatizar con él. Yo en su lugar, estaría igual de alucinada.
—Antes de arrancar la misión, me introdujeron en la cápsula y me durmieron, por lo que no recuerdo nada. El cometido básico de la misión era lanzarme al espacio, pasar la luna y desplegar las velas. Entonces los láseres empezarían a bombardear la vela para que la cápsula fuese aumentando su velocidad gradualmente. Según nuestros cálculos, se podía alcanzar un 20% de la velocidad de la luz con este sistema, por lo que llegaría al agujero de gusano en unos 18 días. A partir de ahí, desconocíamos la distancia desde el otro extremo del agujero de gusano hasta la “Tierra 2”. Tal vez 30 días más. Simplemente confiábamos en que siguiendo el mismo rumbo que la sonda, llegásemos al punto de partida. Y la prueba del éxito de la misión es que estoy aquí, hablando contigo. Así llegué a vosotros.
El oficial Harris mantuvo su mirada incrédula hacia mí. No dijo nada durante varios segundos. Se levantó de la silla y abrió la puerta de la sala.
—Disculpa. Debo hacer unas llamadas.
Cerró al salir. A los 10 minutos entró otro oficial, portando una bandeja con un recipiente. Me lo dejó en la mesa sin decir nada y se fue. Era una especie de sopa, algo de fruta y unos cubiertos. Lo cierto es que no tenía hambre y no probé nada. Al parecer, la cápsula me nutrió bien durante mi viaje. Yo diría que incluso engordé un poco. Tras 20 minutos sin ninguna novedad, escuché unos pasos fuera. Alguien venía. Era Paul. Abrió la puerta y me miró. Su cara ya no mostraba esa calma y tranquilidad. Estaba desencajada, y su forma de moverse manifestaba intranquilidad. Venía con alguien.
—Puede pasar, por favor. —dijo Paul notablemente nervioso.
Abrió la puerta y una chica entró. Cabello largo y liso, de tono negro. Ojos verdes. Complexión esbelta.
—Hola —me dijo.

Mi pulso se aceleró al verla. ¡ERA EXACTAMENTE IGUAL A MÍ!

escrito por @cortina_benicull


No es de silicio

Esta hierba fina es lo único que hay en este planeta. Al quemarse, echa un olor horrible. El suelo bajo el fogón echa un líquido también apestoso. Tiro la fibra, el fuego se reaviva y los demás acercan las manos.
—Si nos calentamos ahorramos la batería del traje —dice Naul.
—Si la nave llega pasado mañana, debería alcanzar —contesta Menu.
—Por las dudas. —dice Jokil— No vaya a ser que le pase lo mismo que a la nuestra.
—Tanta mala suerte no pasa dos veces.
—No sé, Kucio. ¿Probabilidad?
—Diez ceros, una coma y un uno —le digo.
—Y nos pasó a nosotros —Naul tose y pone la botella en el agujero del traje.
Analizo el líquido amarillento.
—¿Sirve para tomar? —dice Naul
—Sirve, pero así no. Gastaríamos energía de la purificadora.
No le importa y prende la máquina. El agua surge fácil. Miro hacia atrás, la montaña crece. Menu me mira preocupada.
Habían pasado cinco días desde el aterrizaje y estábamos vivos de milagro. Si el agujero negro nos arrojaba a otro lado, a un planeta más lejos de un sol, la energía ya se nos habría acabado. A mi me hubiesen recuperado los rescatistas, pero el resto estaría momificado.
Menu está feliz con la desgracia. El planeta es tan distinto a lo que se conoce que su investigación será un éxito. Está tirando con fuerza de la fibra negra.
—¿Por qué te quedas mirando? —ayúdame a sacar una muestra.
—No es buena idea.
Tira otra vez y arranca un bulbo negro, brillante, recubierto de baba viscosa. Los gusanos plateados se escabullen por el suelo.
—La fibra es orgánica, pero los animales parecen de metal —Menu toma uno, lo escanea y lo pulveriza con el láser—. Silicio.
—Cómo yo.
—Como tu. Pero no tan bonito —me dice y me acaricia.
El líquido amarillento recubre el espacio que alojaba al bulbo. Observo la montaña.
—Te preocupa.
—Sí, está creciendo.
—¿Detectás actividad volcánica?
Toco el suelo. Entierro un dedo; apenas lo puedo perforar.
—Está tibio. No hay magma.
Levanto la cabeza y veo que Menu ya está en la punta de la montaña.
—¡No hay cráter! No es un volcán —grita y se desliza con la cola.
Mientras, la montaña crece otro milímetro.
—No me gusta. Mejor nos vamos.
—Hay que ahorrar energía del traje —dice Naul, tosiendo.
Menu me da un beso y me pide que la abrace mientras intenta dormir. Accedo; porque para eso estoy.
—¿Cómo pensás vos? —le digo.
—¿Qué?
—Que cómo pensás vos.
—¿Qué te pasa?
—Mi cerebro es distinto al tuyo, no entiendo cómo piensan ustedes.
—¿Y? Mi cerebro es distinto al de Naul y al de Jokil. Es lo mismo. Nadie sabe cómo piensan otros.
Cierra los ojos y le acaricio el casco. No puedo peinarla con los dedos, como le gusta. A mi no me genera nada. Ahí hay una diferencia: ellos tienen libido, recuerdos, un historial de vivencias que les generan gustos y disgustos. A mi da igual casi todo, porque aunque me vea idéntico, tengo sólo dos años en este mundo.

***
Los despierto mientras agarro toda la comida y baterías que puedo.
—¡¿Qué te pasa?! —me dice Naul.
—La montaña. Está latiendo.
Salimos, Menu prende la linterna y apunta a la cima. El domo rosado se ilumina.
En la punta, hay una protuberancia blanca a verde.
—Eso ayer no estaba.
—Se formó recién —les digo mientras le arrojo mochilas.
El terreno se mueve. Jokil se mete a la nave a buscar cosas. Lo tiro del brazo y me empuja.
—Suéltame, robot imbécil.
La protuberancia verdosa explota y salpica fluido blanco viscoso. Huele agrio. Corro con Menu de la mano mientras Jokil y Naul nos siguen. La masa baja por las laderas mientras la montaña se desinfla. Nos resbalamos porque del suelo surge líquido. Todo huele espantoso. A mi no me afecta, pero Menu tiene arcadas. La cargo en mis hombros. Miro atrás y veo a Jokil con la pata llena de una baba que se endurece. A lo blanco le sobreviene un líquido rojo más liviano que inunda las grietas del suelo. Las olas lo tapan. Naul es más rápido y nos alcanza.
—¡Jokil!
—No podemos ayudarlo —les digo—. Subamos esa colina.
Los ríos rojos inundan el valle. La nave flota, hasta que el fluido la penetra y la hunde. Menu y Naul se quitan el casco para vomitar. Le inyecto un broncodilatador a Naul porque la tos hace que se ahogue con bilis.
Diviso un lago a menos de un kilómetro. Acampamos en una costa sin vegetación.
El lago está caliente y pueden entrar en calor.
—No vamos a sobrevivir —dice Menu.
—La nave tiene que llegar —Naul me mira—. ¿Es seguro acá?
—Parece un lago termal. No podría asegurarlo.
—Es todo volcánico, me parece.
—No, es otra cosa —toco el suelo—. Es orgánico.
Naul recarga la botella en el lago.
—¡¿Qué hacés? —Menu se la quita de la mano.
—Tomo agua. ¿O quieres que me muera?
—No está purificada. Todavía tenemos botellas de la nave.
—Tarde. Ya tomé.
Nos muestra el escáner. No detecta metales pesados ni bacterias. Con Menu nos miramos y ella levanta las cejas.
Esta noche nadie puede dormir por la tos de Naul. A la mañana le sigue el sarpullido; al mediodía, la fiebre. Le analizo la sangre y no encuentro infección. Aprieto un abceso y sale un gusano plomizo.
—¿Qué pasó? —me pregunta jadeando.
—Nada. Es una alergia normal.
Vuela de fiebre. Le tomo el pulso y siento una vibración: no es su sangre, son gusanos.
A las horas el corazón deja de latir y tiramos el cuerpo al lago. Después del volcán, decidimos no perturbar más al suelo.


***
La nave no llega. Quizás le pasó lo mismo que a nosotros cuando nos catapultamos con el agujero negro.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —me dice Menu.
—Sí.
—¿Cuando me muera, ¿te vas a quedar un rato al lado de mi cuerpo?
—No te vas a morir.
—Contestame.
—Si tu quieres, sí.
—Bueno, si yo quiero nada más.
No entiende que no me nace. Que la quiero hacer feliz, pero que no funciono
igual.
—Prometemelo.
—Te lo prometo.
Seguimos rodeando el lago burbujeante. El visor del casco se pone verde.
—Hay oxígeno acá —dice con la máscara levantada.
—De repente.
—Mirá el agua.
Bajó la marea. Los cangrejos brotan y se sacuden. Sentimos la brisa. Un cangrejo plateado se me acerca y lo levanto de una pata. Le paso el escaner.
—Son ellos. Exhalan oxígeno.
—¿Son de silicio?
—Sí, también.
—El agua está bajando demasiado. Vamos.
Trepamos una ladera, cada vez más empinada. Las rocas puntiagudas color marfil se hacen más filosas. Menu está llorando y por eso no le digo que no son piedras.
La ladera ahora es vertical. No nos queda otra que escalar los salientes de marfil. Abajo, el lago se arremolina. Se ve el fondo y es rosa. El aire nos empuja hacia abajo. Luchamos por llegar a la superficie mientras nos cae una lluvia de cangrejos metálicos.
El pozo que hace minutos era un lago, se cierra. Las puntas de marfil nos aprietan. Escucho el crujido del traje de Menu. Quiero hacer algo parecido a llorar, pero no puedo.
Salgo a la superficie desgarrado entre los filos. Tengo un corte que me deja ver la bomba de nitrógeno.
Arrastro del agujero el cuerpo de Menu amputado. Me acurruco sobre ella mientras me mira agónica. O quizás son movimientos cadavéricos. No llega a comprender que cumplí la promesa.

***
Encuentro nuestra nave abajo de una costra roja. Los gusanos, los cangrejos y las moscas —también de silicio— se están alimentando de ella. Donde estaba la montaña ahora hay una pradera de fibra negra.
Pongo el cadáver de Menu en la replicadora de proteína de la nave. El suelo orgánico y el agua del planeta me permite estrujar tejidos. Tengo recursos infinitos; podría llenar el planeta de proteínas si quisiera.
El problema es que no puedo ensamblar los órganos. Fallo todos los días. Tiro las partes clonadas a ese lago que se cierra todos los días, dos veces a la misma hora. Me pregunto si lo que cae ahí va a parar al centro del planeta. Me pregunto si en lugar de núcleo hay un corazón.
Camino hacia ninguna parte mientras cargo mi fracaso de crear a mi creadora
Inyecto en el suelo una tinta que hago triturando gusanos. Lo descubrí de casualidad porque, por alguna razón, el único sentimiento con el que me programaron es el aburrimiento.
Trazo un mensaje: después de tanto tiempo entendí al planeta. Si otra nave naufraga, deben entender que los agujeros negros, además de acelerar el espacio, puede expulsarla al infinito del tiempo. A ese momento en el que de los humanos no quedan ni fósiles, ni de nosotros tornillos.
«El planeta de silicio creó a los animales de carbono.
El animal de carbono creó al ser de silicio.
El ser de silicio creó al planeta de carbono
El planeta de carbono crea a los animales de silicio».

escrito por @pf_polci


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