Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

AFECTIVA

El sensor de Nora Vidal marcaba 0,4 unidades por encima del rango aceptable desde hacía dieciséis semanas. Lucía revisó el historial antes de entrar al aula de corrección: cuatro sesiones con la correctora anterior, dos con la coordinadora de zona, un intento fallido de reclasificación como Sensibilidad Aumentada Transitoria, que el sistema había rechazado automáticamente porque la anomalía no remitía dentro del plazo de ocho semanas que establecía el protocolo para esa categoría.

La niña estaba sentada en la silla de la izquierda cuando Lucía entró. Ocho años, pelo castaño recogido en una trenza que alguien había hecho con cuidado, uniforme completo, los pies sin llegar al suelo. Tenía las manos sobre las rodillas y miraba el sensor de pared, que era un panel blanco de treinta por treinta centímetros con un indicador luminoso en el margen inferior: verde para rango aceptable, amarillo para desvío leve, naranja para desvío moderado, rojo para desvío severo.

El indicador estaba naranja.

—Hola, Nora —dijo Lucía. Puso la tablet sobre la mesa, se sentó frente a la niña. —Soy Lucía. Voy a trabajar contigo unas semanas.

Nora la miró. Tenía los ojos de un marrón muy oscuro que en ese cuarto de luz fría parecían casi negros.

—¿Cuántas semanas? —preguntó.

—Depende —dijo Lucía.

Nora asintió como si eso fuera una respuesta satisfactoria y volvió a mirar el sensor.


El protocolo de primera sesión tenía seis pasos. Presentación, evaluación de línea base, estímulo neutro, estímulo afectivo calibrado, registro de respuesta, cierre. Lucía los siguió en orden. En el paso tres proyectó en la pantalla lateral una imagen de una ciudad durante la lluvia, que era el estímulo neutro estándar para el grupo etario seis a diez: activaba respuesta afectiva baja, medible, catalogable como Melancolía Funcional, que era la categoría más común y la más fácil de trabajar.

El sensor subió a 0,8.

Lucía anotó el número. Era alto para un estímulo neutro. Miró a Nora: la niña estaba mirando la imagen de la ciudad con la misma expresión que había tenido durante toda la sesión, los labios juntos, las manos quietas, sin ninguna señal visible de que algo estuviera ocurriendo en su interior que el sensor pudiera justificar.

Pasó al paso cuatro. Estímulo afectivo calibrado: imagen de un perro herido. Era el estímulo afectivo estándar para el grupo, diseñado para producir una respuesta en el rango 1,2 a 1,8 que el sistema catalogaba como Compasión Proporcional. La imagen apareció en la pantalla.

Nora la miró tres segundos.

El sensor bajó a 0,3.

Lucía escribió el número y abrió el campo de observaciones: Respuesta inversa al estímulo afectivo calibrado. Sin correlato conductual visible. Requiere análisis.

El sistema generó una alerta automática en el margen de la pantalla: Patrón no catalogado. Derivar a Revisión de Protocolo.

Lucía cerró la alerta. Le dijo a Nora que podía volver a su aula. Nora bajó de la silla con cuidado, como si el suelo pudiera estar a una altura diferente a la esperada, recogió su mochila del piso, y al llegar a la puerta se detuvo.

—El perro del dibujo —dijo sin darse vuelta— ¿era el mismo siempre o lo cambiaban?

—El mismo —dijo Lucía.

Nora asintió, aunque Lucía no podía verle la cara.

—¿Por qué? —preguntó Lucía.

—Porque siempre estaba igual de lastimado —dijo Nora—. Si fuera el mismo perro, ya debería estar mejor o peor.

Salió sin esperar respuesta. Lucía se quedó mirando la puerta cerrada. En la pantalla lateral, la imagen del perro herido seguía activa. Tenía razón: la pata vendada estaba igual de vendada que siempre. El perro miraba hacia adelante con una expresión que el departamento de estímulos había calibrado para producir Compasión Proporcional en el noventa y tres por ciento de los sujetos del grupo etario.


En la segunda sesión, Lucía cambió el estímulo neutro. Usó una imagen de un campo con luz de tarde, que era el estímulo alternativo del protocolo para casos de respuesta atípica al estímulo de ciudad. El sensor subió a 1,1.

Cambió el estímulo afectivo. En lugar del perro herido usó la imagen estándar de reencuentro familiar: dos personas adultas abrazadas en un aeropuerto, luz cálida, fondo desenfocado. El sensor bajó a 0,2.

Nora miraba las imágenes con la misma atención que había puesto en las de la primera sesión: quieta, los ojos en la pantalla, sin fruncir el ceño ni abrir la boca. No lloraba. No se movía. El sensor hacía lo que hacía y ella no parecía saberlo o no parecía importarle.

Lucía abrió el campo de intervención verbal y dijo:

—¿Qué ves cuando mirás esa imagen?

—Dos personas —dijo Nora.

—¿Qué más?

—Una mochila azul. El suelo tiene un brillo raro, como si estuviera mojado pero no está mojado. La mujer tiene un botón del saco que no es del mismo color que los otros.

Lucía miró la imagen en su tablet. El suelo tenía un brillo. El botón era levemente distinto.

Escribió en observaciones: Atención focalizada en detalles periféricos. Respuesta verbal descriptiva, no afectiva. Sistema no cataloga.

El sensor durante esa respuesta verbal había estado en 0,9.


El archivo de Nora Vidal tenía treinta y dos páginas. Lucía lo leyó esa noche en la tablet, en la cocina de su departamento, con una taza de té que se fue enfriando sobre la mesa. La primera corrección había sido a los cinco años, por llanto persistente sin detonante identificable. La segunda a los seis, por la misma causa. A los siete, la correctora anterior había intentado el protocolo de Anclaje Afectivo, que consistía en asociar los episodios de llanto con estímulos físicos específicos para que el sistema pudiera catalogarlos. Nora había completado las doce sesiones del protocolo. Al finalizar, el sensor marcaba igual.

Lucía buscó en el archivo las notas de las sesiones de Anclaje. Eran escuetas: fecha, número de sesión, valor del sensor al inicio y al cierre. Sin campo de observaciones completado en ninguna de las doce. La correctora anterior había dejado el puesto antes de terminar el ciclo. El archivo no decía por qué.

Había también, intercalada entre los informes, una hoja de autorización firmada por los padres de Nora para el inicio de cada protocolo. En la última, la del Anclaje, alguien había escrito a mano en el margen inferior, con letra apretada: ¿Cuánto tiempo más? Sin firma. Sin respuesta del sistema, porque el sistema no leía márgenes.

Al final del archivo había una nota de la coordinadora de zona, fechada tres meses atrás: Caso de alta complejidad. Se sugiere considerar derivación a Unidad de Evaluación Especializada si la corrección estándar no muestra progreso en el próximo ciclo.

La Unidad de Evaluación Especializada era el paso antes de la reclasificación permanente. Los niños que llegaban ahí salían con un código en el expediente que los acompañaba durante toda la escolaridad y después.

Lucía cerró el archivo. La taza de té estaba fría. La dejó en el fregadero sin lavarla y se fue a dormir.


En la tercera sesión no usó imágenes. Era una variante del protocolo para casos de respuesta atípica reiterada: conversación libre con registro continuo del sensor, sin estímulos dirigidos. El objetivo era encontrar el detonante natural del desvío para luego trabajar sobre él.

Habló con Nora durante cuarenta minutos. Le preguntó por el colegio, por su casa, por lo que le gustaba hacer. Nora respondía con precisión y sin entusiasmo visible, aunque el sensor fluctuaba durante toda la conversación en un rango entre 0,5 y 0,9, que era más actividad de la que producían los estímulos calibrados.

Cuando faltaban cinco minutos para terminar la sesión, Nora preguntó:

—¿Usted sabe por qué me traen acá?

—Para trabajar con tus respuestas afectivas —dijo Lucía.

—¿Qué tienen?

—Están por fuera del rango.

Nora miró el sensor de pared. El indicador seguía naranja.

—¿Y si el rango está mal? —dijo.

Lucía escribió en el campo de observaciones: Cuestionamiento del protocolo. Requiere derivación verbal al marco normativo.

El marco normativo era una respuesta estandarizada que Lucía había dado cientos de veces: los rangos los establece el Comité Técnico en base a estudios de bienestar colectivo, el objetivo de la corrección es que la alumna pueda funcionar en los entornos sociales sin fricción afectiva, etcétera. Lo había dicho tantas veces que podía decirlo mientras pensaba en otra cosa.

Esta vez lo empezó a decir y se detuvo en la tercera oración.

Nora la estaba mirando. No con desafío, no con angustia. Con la misma atención con que había mirado el botón desparejado del saco de la imagen del aeropuerto.

Lucía terminó el marco normativo. Nora asintió como si hubiera confirmado algo que ya sabía. El sensor durante ese intercambio había subido a 1,3, que era el número más alto que Lucía le había registrado, y que correspondía exactamente al rango de Compasión Proporcional que el sistema esperaba ante el perro herido.

El sistema no generó ninguna alerta. No tenía categoría para lo que acababa de medir.


La cuarta sesión fue un miércoles a las diez de la mañana. Nora entró al aula de corrección, dejó la mochila en el piso, se subió a la silla. Lucía estaba terminando de cargar el protocolo en la tablet cuando Nora dijo:

—Hoy voy a llorar.

Lucía levantó la vista.

—¿Sabes por qué? —dijo.

—A veces sé y a veces no —dijo Nora—. Hoy sé.

—¿Qué pasó?

Nora tardó un momento.

—El maestro de música se va. Le dieron un traslado. Nos avisó esta mañana.

Lucía miró la tablet. Abrió el campo de registro y escribió: Detonante identificado: pérdida vincular. Era la primera vez en treinta y dos páginas de archivo que el detonante quedaba identificado.

—Eso es una pérdida —dijo Lucía—. Es normal sentir…

—Sé que es normal —dijo Nora.

El sensor estaba en 0,4, el mismo nivel de base con que siempre empezaban las sesiones.

Nora no lloraba.

Lucía esperó. Revisó unos campos en la tablet para tener algo donde poner los ojos. Afuera, en el pasillo, alguien pasó corriendo y otro alguien lo mandó a caminar.

Cuando volvió a mirar a Nora, la niña tenía los ojos llenos.

El llanto que vino no era el que Lucía conocía de los niños en corrección: ese llanto corto y confuso de quien no entiende qué está sintiendo ni por qué lo están sentando frente a un sensor. Las lágrimas caían despacio, sin que Nora hiciera ningún gesto para contenerlas ni para limpiarlas, sin que su cara se deformara en el esfuerzo de llorar. Lloraba como si estuviera haciendo algo completamente interior que el llanto acompañaba sin interrumpirlo, la misma cara quieta de siempre, solo los ojos distintos.

El sensor subió a 1,9. Luego a 2,3. El indicador pasó de naranja a rojo.

El sistema generó una alerta: Desvío severo. Protocolo de contención requerido.

Una segunda llegó de inmediato: Código Blanco. Respuesta no catalogada. Derivar a supervisión inmediata.

Lucía cerró las dos alertas.

El sensor marcaba 2,7 y seguía subiendo. Nora lloraba en silencio mirando un punto en la pared, debajo del sensor, donde el revoque tenía una mancha pequeña de humedad con forma que podría haber sido cualquier cosa.

Lucía no activó el protocolo de contención.

Estuvo sentada frente a Nora hasta que el llanto terminó solo, once minutos después. El sensor bajó gradualmente hasta 0,6 y se estabilizó. Nora se pasó el dorso de la mano por los ojos. Respiró una vez, larga.

—¿Puedo ir al baño? —preguntó.

—Sí —dijo Lucía.


El informe de la sesión cuatro tardó en escribirse. El campo de descripción tenía un límite de quinientas palabras y Lucía lo llenó con los datos técnicos: hora de inicio, detonante, valores del sensor, duración del episodio, valores de cierre. En el campo de intervención escribió: Protocolo de contención no activado. Fundamento: el episodio mostró curva de resolución autónoma. Se evaluó que la intervención podría interrumpir el proceso.

En el campo de recomendación, donde las opciones eran Continuar corrección estándar, Derivar a protocolo intensivo, o Derivar a Unidad de Evaluación Especializada, Lucía seleccionó Continuar corrección estándar.

Abrió el campo de observaciones. Lo dejó en blanco un momento. Escribió: La alumna identificó el detonante de forma voluntaria y anticipada. Eso no tiene precedente en el historial. Borró eso. Escribió: Durante el episodio, la alumna mantuvo coherencia conductual completa a pesar del desvío severo del sensor. Esto sugiere — borró la última frase. Dejó: Durante el episodio, la alumna mantuvo coherencia conductual completa a pesar del desvío severo del sensor.

Guardó el informe. El sistema confirmó recepción: Próxima sesión: lunes.


El lunes, cuando Lucía llegó al colegio, Nora ya estaba en el aula de corrección. Había llegado antes del horario, lo que no había pasado ninguna vez en las semanas anteriores. Tenía la mochila en el piso y estaba mirando el sensor de pared, que marcaba naranja como siempre.

Lucía entró, dejó la tablet sobre la mesa, se sentó.

Nora no la miró. Siguió mirando el sensor.

Lucía abrió el protocolo de la sesión en la tablet. El cursor parpadeaba en el campo de estímulo. Las opciones del menú desplegable estaban ahí: ciudad, campo, aeropuerto, perro herido, reencuentro familiar, veintidós más.

El sensor marcaba 0,4.

Lucía cerró el menú. Puso la tablet boca abajo sobre la mesa.

Nora giró la cabeza y la miró.

Afuera, en el patio, alguien gritó algo y otro respondió y hubo una carcajada, y después el sonido de alguien corriendo sobre baldosas, y después silencio.

El sensor seguía en 0,4.

Lucía levantó la vista del sensor. Los ojos de Nora estaban en ella.

Puso las manos sobre la mesa, palmas hacia arriba, y las dejó ahí.

escrito por @yosoyelprincipemestizo


La Trampa

Carlos Waldemar Gomez, conocido por todos como Charly, es un viejo. En su vida activa había estado por todas partes. Había sido oficial de la Federación del Sistema Solar, piloto, embajador en exoplanetas, jefe de varias tripulaciones de reconocimiento, y ahora retirado, vive en el Hogar de Veteranos. Como tiene mucho tiempo libre cuenta historias al que se le acerca. Historias creíbles e increíbles. Los oyentes, si tienen algo de sentido común, sabrán discernir cuales son de un tipo o del otro.
Su rostro es tan anguloso como si lo hubieran cortado con serrucho y, cuando vaporea, observa hacia dónde se dirige el humo, sigue con la mirada las volutas hasta que se disuelven, y en algunas ocasiones, se pierde en lo que iba contando. Las historias son siempre sobre sus aventuras en el espacio o en algún planeta. Habla muy poco de su vida privada. No es difícil imaginarlo desplazándose sobre las montañas de nuestra luna, o de las lunas de Júpiter, o a través de las llanuras rojas y pedregosas de Marte.
Estábamos sentados en el salón del Hogar, debía haber unas diez personas entre residentes y familiares, algunos hablaban entre sí, otros jugaban a las cartas. Charly y yo, en un costado de la sala, apartados, no hacíamos nada en especial, simplemente hablábamos dejando pasar el rato. Yo voy seguido a visitar a mi padre, pero mi padre no habla, ni mira a los ojos, ni mueve las manos. Quiero decir, se comporta como un vegetal. Esto fue causado por un aneurisma unos meses atrás, y sin esperanzas de que se recupere, espero la orden del juez para terminar con su vida, que no es vida. Mientras tanto, voy de visita y me quedo un rato en su habitación. Hay algo que me impide verlo así por mucho tiempo. Entonces, hasta esperar el parte médico de las seis, me voy al salón principal donde seguro lo encontraré a Charly. Él había sido compañero de mi padre en una misión a Júpiter, en la época del furor de las explotaciones mineras. Luego por años habían dejado de verse, pero ahora se habían reencontrado, y hasta el evento del aneurisma, pasaban tiempo juntos, jugando a las cartas y conversando.
Con Charly no veníamos hablando de nada concreto cuando la conversación giró hacia el lado oscuro de una de las lunas de Júpiter: Calisto.
—Sabes cómo es el asunto en el lado oscuro. Todo es distinto, la atmósfera es distinta, la percepción de la luz es distinta. Las estrellas al brillar dejan una estela que se prolonga como si tuvieras la pupila dilatada. Los cráteres son enormes y si no prestas atención en esquivarlos terminas dentro de uno. Pero superado el sector de cráteres, lo único que puedes ver en pantalla es un círculo de un resplandor intenso en medio de una desolación tan sombría como las estepas siberianas. En este sector baja la concentración de dióxido de azufre y sube el contenido de dióxido de carbono, mucho menos agresivo, por supuesto, y entonces mejora la vista y la percepción.
Al llegar a ese sector no sabés que carajo hacer, ni siquiera se te ocurre volver a la nave. Hay algo que te impide pensar correctamente. No sabés a ciencia cierta si estás dentro de un sueño o lo que está pasando ocurre en realidad. Pero si tenés dos cojones, y vos sabés que yo los tengo, te olvidás completamente de la nave y te enfrentás a la desolación.
—¿Y eso es lo que hiciste?, —le dije.
—¡Por supuesto! Así que me fui deambulando para ver qué podía encontrar.
—¿Te fuiste deambulando dónde?—, le dije algo distraído.
Se movió en el sillón acomodándose un poco molesto.
—Te voy a pedir que prestés atención—, continuó Charly. —Porque lo que vas a escuchar no lo escuchaste en tu puta vida. Estaba en Calisto, la tercera luna de Júpiter, y si bien salí despreocupado, me aseguré de que mi casco estuviera perfectamente ajustado y me alejé del auto jet a grandes zancadas. Parecía un gorila borracho.
Charly en algo tenía razón, yo estaba distraído. Por momentos seguía con la mirada a Cindy, una de las enfermeras que trabajaba en el hogar. Cindy era rubia, simpática, muy bonita, y sobre todo, joven. Por otro lado las preocupaciones por el asunto de mi padre, la demora del juez para aprobar la eutanasia, el deterioro de su cuerpo y un cierto malestar que me hacía suponer que él estaba sufriendo, a pesar que los médicos lo desmentían. Charly continuaba hablando sin parar:
—Si has estado en el lado oscuro, sabés que hay una sensación de amargura en todo momento, incluso cuando estás bien protegido por un buen traje y, además, con el cuerpo en movimiento, y el aire interno del traje con la temperatura al máximo. Entonces, empiezas a arrepentirte de haber bajado de la nave. Caminaste sin pensar, algo boleado, y cuando levantás la vista para ver las estrellas, te das cuenta que estás en el fondo de un valle oscuro. La pendiente fue tan infinitesimalmente mínima que no te diste cuenta. Te sientas en una piedra y te pones a reflexionar que nunca más saldrás de este pozo inmenso.
—Pero calculo que saliste. Sino no estarías aquí —dije, mientras con la mirada seguía a Cindy que pasaba con una bandeja.
Charly se volvió a acomodar en el sillón, cruzó las piernas largas y huesudas, y dio una profunda calada a su vaporizador.
—Grité, recuerdo. Grité para escucharme. Cómo no había nadie, a nadie le importaría. Puedes hablar contigo mismo de esa manera. El valle era enorme y casi plano, con alguna que otra piedra grande esparcida por ahí, había bajado sin darme cuenta.
—Como bajar por una rampa,— dije.
Charly asintió.
—Casi me quito el casco para poder tocarme la cara. El oxígeno está mezclado con poco nitrógeno y bastante dióxido, pero un rato se puede respirar. Hay como una sensación de mareo continuo y de destellos en la vista que es muy molesto. Miré el display del brazo y mientras regulaba el nivel de oxígeno me di cuenta de algo insólito. —Hizo una pausa y se rió. —Había una línea recta de huellas que seguían hasta el centro del valle. Esas huellas no podría haberlas hecho yo en absoluto, sin embargo eran iguales al tamaño de mis pies y al dibujo de la suela de mis botas. Lo más extraño de ese rastro de huellas era el hecho de que comenzaba justo donde yo estaba sentado.
—¿Pero supongo que eso era mentira? —Interrumpí. A veces le decía que lo que contaba era falso para hacerlo enojar, una pequeña maldad que me generaba el aburrimiento.
—¡Qué me caiga muerto aquí y ahora! Esas huellas estaban ahí. En ése sector de Calisto no hay un alma. Tu padre trabajó allí en la mina de diamantes, seguramente lo recuerdas.
—Por supuesto—asentí. —Lástima que papá no pueda participar de esta historia, le hubiera gustado—. Charly movió la cabeza y siguió con la narración.
—Estaba conmocionado, te lo aseguro. Tenía que seguir esas huellas. Escaneé con el sensor del traje la superficie. El valle tenía unos diez kilómetros de diámetro, y a un kilómetro de distancia, aparecía en pantalla una protuberancia importante que sobresalía del suelo. Como era en la dirección que venía caminando, fuí despacio a encontrarme con eso.
A esta altura del relato no sabía que quería contarme Charly. Lo interrumpí un momento para ir a servirme café. Para el parte médico faltaba más de una hora. Le dije que continuara con su relato.
—La protuberancia en el display era un gran tótem rocoso. En todo momento fui siguiendo las huellas idénticas a las de mis botas. Eso hizo que llegara a la base misma de la formación rocosa. Porque era éso, una formación geológica natural que por acción de la erosión había tomado ésa extraña forma.
—¿Según pude entender, las huellas llegaban hasta la base de la roca con forma de tótem y ahí se detenían? —Pregunté.
—Así es. La roca, al verla de cerca, tenía un aspecto agrietado, las paredes estaban llenas de pequeños agujeros, como si hubiera pasado un pájaro carpintero. Y dandol a vuelta, había una entrada a un túnel.
—Podría haber sido el túnel de una vieja mina —agregué. —Mi padre no me contó si había minas del lado oscuro. Tal vez no lo sabía.
Charly me escuchó con atención y tenía un pequeño brillo en los ojos.
—Otro hombre podría haber pensado cien excusas para no meterse a través de ese túnel. El lugar era incómodo. Viéndolo desde un punto de vista práctico y racional no tenía ningún sentido entrar en un túnel oscuro y pequeño, al cual para ingresar, había que hacerlo agachado. Pero soy curioso. Soy un tipo especial de curioso: el curioso idiota. —Se rió. Y luego prosiguió:
—Una vez dentro pude dimensionar de qué se trataba. El túnel tenía unos cincuenta metros de longitud. Avancé siempre agachado, arrastrándome. Tenía la luz del traje, con lo cual iba viendo los pocos pasos que daba dentro de la oscuridad. Cuando la sensación sofocante que se siente en los túneles empezó a disiparse, alcé la vista y vi que el techo ya era más alto, entonces pude levantarme. Caminé unos pasos más, levanté la vista, y pude divisar que el túnel se había convertido en una inmensa bóveda de techo ovalado.
Majestuosa y terrorífica a la vez. Similar a aquellas bóvedas de las viejas iglesias terrestres. Las paredes se arqueaban en sombras y eran ligeramente luminosas. Apagué la linterna, y de a poco las pupilas se fueron acostumbrando a la penumbra. He pasado tantas horas bajo tierra como hay semillas en una sandía, así que puedo manejarme. Miré alrededor, la bóveda parecía todavía más alta. Había algo ahí que me hacía ruido. Vista desde afuera la roca, no podía tener una bóveda interna tán amplia. Me detuve a mirar las salientes de las paredes y las sombras que proyectaban. Noté que en la pared de atrás mío algo brillaba, no podía verlo con claridad. Me acerqué y era alguien que llevaba un traje espacial exactamente como el mío, pero estaba encogido sobre su pequeño cuerpo. No podía ver bien su rostro a través del visor. Entonces me acerqué más, y con algo de miedo, encendí la luz de mi traje y la enfoqué hacia su cabeza. ¿Sabés cómo se ve un niño de ocho o diez años cuando se pone un traje de hombre? Estaba asustado el pobre. Temblaba. Cuando me vio, sus ojos se volvieron aún más brillantes y comenzó a levantarse. Tuve que ayudarlo a incorporarse de tanto que temblaba. Lo sostuve con un brazo y le quité el casco con mi mano libre. Como sabes, en la luna puedes estar fuera de un traje sin que te congeles por unos pocos minutos. Cuando lo vi bien no pude reaccionar, no pude decir palabra de la impresión. Volví a mirarlo para estar seguro. Si te vieras a ti mismo como un niño de diez años, ¿te reconocerías? Tal vez sí. Si te miraste mucho en un espejo cuando estabas creciendo, o guardaste imágenes y las conservaste. Pero tuve problemas. El niño se parecía suficientemente a mí ¿Pero realmente era yo?
>>Luego el niño habló. “Yo pensé que eras Papá. ¡Pero él es mayor! ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?”
>>La voz me impactó. Tenés la oportunidad de escucharte muchas veces. Me golpeó ver a ese niño, todavía lo recuerdo y no me recupero.
>>Estaba viéndome a mí mismo, y ni siquiera verte muerto saliendo de un ataúd podría ser tan estremecedor.
>>Ni siquiera era un pobre niñito, era un farsante. Éso es lo primero que pensé. Un fantasma que viene del pasado para joderme la vida. Aunque en el fondo no soy un hombre cruel, y ese pensamiento dejó paso rápido a otro. Era un pobrecito, desamparado, frágil, que fuera yo mismo en ese momento era secundario. Era mi deber, como militar que soy, protegerlo y cuidarlo. Incluso olvidé lo insano de toda la situación. Estaba jadeando por la falta de aire, así que le puse nuevamente el casco y le di un doble giro al tubo de oxígeno para reanimarlo. Pero un instante antes de que el casco descendiera sobre su boca logró tartamudear: “Estaba en el ático jugando…”
>>Pasé los años más felices de mi infancia en el ático, fingiendo que era el Capitán
Kidd, o trepando desde la claraboya al árbol que se curvaba sobre nuestra casa. Jugaba a ser un vigía en la cofa del mástil de un velero que navegaba por el ártico. Por eso, que éste infeliz dijera algo relacionado al ático me descolocó.
>>Mientras me veía allí junto a mí mismo, mi mente siguió caminos intrincados de locura y desvarío. El pasado me volvía en forma descarnada y ridícula dentro de una bóveda en una luna de Júpiter. Todo el tiempo, la parte lógica de mi mente, buscaba una explicación racional. No es demasiado difícil creer que ciertas cosas puedan ocurrirle al Tiempo en el lado equivocado de ayer o de mañana. El Tiempo es un vector de un único sentido. Si el Tiempo se disuelve en una dimensión de atrás-de-ayer, ¿qué impide que la vida de un hombre se disuelva con él y corra en un fino reguero hacia sus ayeres? Tú fuiste un niño una vez y podrías serlo de nuevo, sin dejar de ser un hombre. En el lado oscuro de Calisto había un valle desolado. Un gran idiota entró tambaleándose en él y cayó en una trampa del tiempo. Antes de que pudiera darse cuenta, una parte de sí mismo se disolvió en algún inimaginable flujo de tiempo hacia atrás y volvió a ser un niño. Su yo niño se separó de él y se alejó tambaleándose por la llanura en un traje cinco tallas más grande. No es tan imposible como suena. El niño que fuiste todavía existe en el Tiempo y podría surgir del pasado para estar a tu lado en un torbellino temporal disolvente. ¿Había algo en el valle que pudiera cambiar el flujo del tiempo, revertirlo y retorcerlo como en una batidora? ¿Sería ese viento helado que sentí después de bajar del jet que me llevó a este cruce de dimensiones temporales? La respuesta estaba allí mismo en la cueva. Pero no podía sentarme a analizar la situación. En ése momento, otra figura con traje espacial igual al mío estaba ingresando a la cueva. Había entrado casi agachado, y se acercaba. Pero no fue hasta que se detuvo justo frente a mí, y se quitó el casco, que supe quien era. El hombre era viejo. Muy viejo. Su rostro seguía siendo mi rostro, pero si alguna vez había sido joven y apuesto ya no lo era más. Era un viejo arrugado que no podía con su alma.
>>“¡Es una monstruosidad!” gritó. “¡Puede disolver el Tiempo y darle cien formas distintas, todas horribles!”
>>Torció la cabeza hacia mí. “Tú sabes más que ese muchacho, pero yo sé más que tú, ¡porque he vivido este momento antes! Hace mucho tiempo estuve en esta cueva y te advertí. Pero no me escuchaste. ¡Estás en una encrucijada ahora! Si tomas el camino correcto, llegarás a ser yo. Pero si tomas el camino equivocado…”
>>Se enderezó y señaló hacia las sombras detrás mío. “Está ahí, a tus espaldas. Al querer salir no vas a poder. Hay una fuerza que te retiene dentro de esta cueva. El tiempo no pasa, se disuelve, y cuando te querés acordar no tenés voluntad ni para mover los pies.
—Calculo que si estás aquí frente a mí es porque saliste . —Charly no me escuchó, siguió hablando. Decía que todo era una trampa, repetía que todo era una trampa.
—Todavía seguía pensando en lo que el viejo yo me había dicho, cuando me interrumpió un tercer hombre. Era una persona de mediana edad. Al principio no lo había reconocido, pero cuando se sacó el casco era yo mismo unos años más joven. “Si, ya sé, lo que estás pensando”, me dijo. “Después que murió Susan entré en un infierno, no tengo que decírtelo ¡Lo sabés perfectamente!
—¿Quién es Susan? —pregunté.
—Ése fue un golpe bajo. Volver con el recuerdo de Susan era una forma de resucitar un recuerdo doloroso. Yo engañé a Susan, —Charly hizo una pausa y miró hacia abajo. Cuando volvió a hablar lo hizo pausadamente, como si pensara cada palabra. —Me arrepentí. Pero ya era tarde. Ella me dejó. Dolida, deprimida, y creo que no llegó a comprender por qué la engañé. Murió al poco tiempo. Siempre pensé que su enfermedad en parte había sido culpa mía.
Se hizo un silencio. Ese silencio lo aproveché para pensar que en algo nos parecíamos. Y si bien el engaño no se aplicaba a mi matrimonio, la muerte prematura de mi mujer se aparecía como un recuerdo doloroso.
—Su voz sonó como advertencia. “Cuando se disuelve el tiempo, cuando el tiempo y la distancia dejan de ser vectores en una dirección somos lo mismo, y entonces hay cientos de miles de nosotros”. Me miró. Su mirada llevaba una intensidad desgarradora. En sus ojos había rabia y súplica al mismo tiempo.
—Pero seguramente no hiciste nada.
—El viejo en una especie de suspiro, dijo algo que al día de hoy recuerdo: “Intentará atraparte en una inmovilidad progresiva, mantenerte en completa indefensión hasta que te conviertas en miles de hombres-imagen. Serás un bebé, un niño de cinco años, un joven de veinte y un hombre más viejo que yo, detrás muchos, cientos, miles. Pero cada vez que te dividas perderás parte de tu consistencia. Dejarás de ser un hombre. Te convertirás en una cáscara, no más sustancial que yo, y yo soy poco más que nada. Te agotarás y desaparecerás como una bocanada de humo. Esa es la trampa, las imágenes tuyas interactúan entre sí, se preguntan, se cuestionan, dialogan, se pelean. Finalmente triunfa la inmovilidad”. Entonces miré al yo niño. Lo solté y cayó inmediatamente. Quedó de costado, y tuve que acercarme para ver bien su rostro. Lloraba silenciosamente. Era un quejido en realidad. Cuando me acerqué me miró y entendí que quería volver a su casa. El viejo se movió hacia el muchacho y puso una mano sobre su hombro. Luego, lentamente, ambos se volvieron para enfrentarme, y pude ver sus ojos dentro de sus cascos, fijos en mí, en un desesperado ruego. El chico puede haber estado simplemente aterrorizado y confundido.
No podría haber estado más asustado que yo. Sabía que tendría que enfrentar la situación. Instintivamente miré a mi yo adulto joven. No me dejaba tranquilo tenerlo a mis espaldas. Puedes morir por la espalda sin importar quien te mate. El pánico me golpeó mientras me aferraba al arma. Pero todo lo que pude ver en ese instante fue un tenue resplandor en movimiento que se mezclaba con las sombras. A lo mejor no fue real, pero me imaginé miles de mí acercándose para retenerme en esa cueva de mierda. Al principio sentí una sensación de opresión. Un dolor en el pecho que se hacía insoportable. Luego, algo en el resplandor pareció extenderse hacia mí y no hubo sonido en la cueva. Sentía solamente el latido de mi corazón. No podía apartar mis ojos del resplandor y cuanto más tiempo miraba, más me debilitaba.
—¿Pero seguramente pasó algo? —le dije ya algo nervioso. Levanté la vista y por el pasillo la vi a Cindy. Charly contestó molesto:
—Claro que pasó algo. Algo grave. Tomé la decisión más importante que recuerdo.
La luz parecía estar llena de un propósito malvado. La luz me llevó a tomar la decisión. Lo maté al viejo, le disparé en el pecho y le hice un agujero que casi lo traspasa. Luego, empecé a recuperar energía.
—¿Y esa sensación era verdad?
—En lo profundo, sí. Me saqué al viejo que voy a ser algún día. La decisión difícil es matar al niño. Para eso me incorporé. El niño dejó de llorar, y eso me ayudó. Por un instante pensé que estaba mirando una imagen lejana. Una figura vestida con un traje espacial pesado, un enemigo, un desconocido, alguien que en lo militar me habían dado orden de matar. Dicho de otra forma, que eso que iba a hacer no tenía nada que ver conmigo.
—Como la abstracción de la muerte en una guerra.
—Exacto, —consintió Charly. —Se movió abruptamente mientras me miraba fijo, y ese gesto me ayudó a tomar la decisión. Le volé la cabeza completa.
—¡Pudiste haber desaparecido Charly! Digo, matar a tu yo niño podría negar tu existencia.
—Eso nunca lo voy a saber.
—¿Supongo que acto seguido mataste al tercer Charly?
—Cuando me di vuelta no estaba.
—¿Y entonces?
Tengo que decir que la historia me intrigaba.
—Por un instante pude ver el contorno de un astronauta cerca de la salida. Dejé los cuerpos de mis otros yo, y seguí las huellas. Creo que estoy hablando contigo gracias a esa decisión. Sólo vi una sombra detrás de la roca. Volvió a aparecer abruptamente, vi su espalda entre penumbras. Revisé el casco, lo ajusté bien y salí. No habré hecho más que veinte metros. Giré, y había desaparecido envuelta en una especie de polvareda. Enseguida arreció el viento. Caminé lo más rápido que pude alejándome del lugar. Estaba solo nuevamente.
>>¡Sabía que el Tiempo había colapsado! Porque no soy tonto. Hace mucho tiempo que vengo pensando que esa cueva es una trampa. Alguien la creó para desestabilizar al que cruza la entrada. Enfrentarlo a sus peores fantasmas, a sus momentos más oscuros y olvidados. Recordarle a uno lo mierda que es. ¿Quién no tiene una vileza de qué arrepentirse? Sí. Una trampa bien pensada.
—Me voy Charly, tengo que retirar el parte —dije. Era cierto, pero no del todo.
—Quien sabe. Con el tiempo, en una de esas, te podrás encontrar con mejores versiones tuyas. O peores. Es mejor saberlo de antemano.
—No tengo pensado ir a Calisto.
—¿Quién dijo acaso que esa trampa solo está en Calisto? Podría estar en cualquier lado. Acá mismo. Demasiada tecnología como para dejarla solo en una oscura cueva del lado oculto de una luna de Júpiter.
Me despedí desde lejos levantando la mano. Él me vio e hizo un ademán con la cabeza.
Retiré el parte y fui al estacionamiento. Por un momento me sobrevino un mareo en donde la luz del parking desapareció. A lo lejos un destello parecía acercarse, pero en realidad era yo que caminaba en su dirección. No sentía las piernas. Era extraño salir del hogar de ancianos a la nada, y cada vez más lejano de ese recuerdo, como un sueño en el que un amigo de mi padre me hablaba sin parar. Si bien el aire a través del traje era respirable, el mareo mezclado con un leve vértigo me impedía levantar la cabeza. Me tiré en el piso de piedra, después levanté la cabeza y vi la bóveda de la cueva. Recordé que la entrada parecía un tótem, también recordé el improbable viaje a Calisto, la tumba de mi padre en el camposanto del campamento.
Una figura menuda, sin casco, yacía tirada varios metros adelante. Movía los brazos y bajaba la cabeza como queriendo incorporarse. Tenía el aspecto de ser un joven con el traje varios números más grandes. Por el otro lado, a una cierta distancia, un viejo acercándose lentamente hacia donde yo estaba. Di vuelta la cabeza y otro hombre adulto miraba la escena sentado. Era igual a mí, sonreía, y parecía disfrutar la situación.
A medida que el viejo se acercaba era como si me fuera quedando sin fuerzas. Venía caminando despacio, como si le costara levantar los pies. Empuñé la blaster lo mejor que pude esperando la distancia óptima de disparo, el ángulo del cuerpo inclinado levemente hacía arriba. El codo derecho apoyado en la tierra y el arma sujeta con las dos manos para lograr mayor precisión.

escrito por @danielchirich


BITÁCORA DE UN ASTRONAUTA

 …”Trigésimo cuarto día del décimo año solar, contado desde el punto cero, en la estación espacial Alpha 1: Sin novedad.”

 El hombre apagó la pantalla y se reclinó en la mullida butaca. Cerró los ojos. Entonces volvieron los recuerdos: viejas y dolorosas vivencias que hacía ya mucho tiempo habían retornado a su mente. Al principio aparecieron como una danza de imágenes y sonidos inconexos y luego, poco a poco, se fueron uniendo hasta permitirle recuperar la memoria perdida y reconstruir la noción de su verdadero yo…  Robert Austin, de profesión astronauta. Bob, para los amigos, esposo de Julie y padre de cuatro hijos. Amante de la música, la vida al aire libre y los deportes. Pasiones que fueron sacrificadas, junto con su vida familiar, por una vocación más fuerte: la astronáutica. Luego de diez años de riguroso entrenamiento había sido seleccionado entre miles de postulantes para integrar la primera tripulación estable de la estación orbital Alpha I. La misión fue solemnemente anunciada al mundo como un paso trascendental de la humanidad hacia la conquista del espacio. Los titulares de los periódicos se encargaron, día a día, de mantener vivo el entusiasmo de los millones de lectores que seguían la operación paso a paso. 

Nunca se conocieron los verdaderos motivos…

Alpha 1 representaba la estación modelo de toda la carrera espacial. Había sido construida con los más recientes aportes de la tecnología y minuciosamente equipada con todo lo necesario para asegurar la supervivencia de la vida en el espacio por tiempo indefinido. Tenía un laboratorio de investigación para realizar una amplia gama de experimentos y estudios que intentaban contribuir a la salud, seguridad y calidad de vida para la gente por todo el mundo. El laboratorio de la estación ofrecía a los investigadores una oportunidad sin par de probar procesos físicos en ausencia de gravedad. El objetivo de los experimentos de este laboratorio era permitir que los científicos entiendan mejor la Tierra y preparar misiones futuras a la Luna y a Marte. Un transbordador acopló mediante su brazo este laboratorio espacial estadounidense a la estación el 8 de febrero de 2001. Se tuvieron que realizar tres paseos espaciales para activarlo. El laboratorio fue diseñado para sostener sistemas de estantes modulares que podrían ser agregados, quitando o sustituyendo cuanto sea necesario. Podía contener empalmes fluidos y eléctricos, equipo de video, sensores, reguladores y humidificadores del movimiento para apoyar cualquier experimento que se contuviere en ellos. Cuando llegó a la estación, el laboratorio contenía todos los sistemas de soporte de vida. Estaba totalmente equipado para realizar experimentos científicos sobre la vida humana, investigación de nuevos materiales, observaciones de la Tierra y usos comerciales. También transportaba registros holográficos de todas las obras del genio humano, en todos los campos del conocimiento científico y artístico. En un compartimento especialmente acondicionado, se guardaron ejemplares de semillas de todas las especies vegetales y también gametos fecundados de las principales especies animales. Parecía un Arca de Noé del siglo XXI. 

Lo que nunca se divulgó al público fue el contenido de un cargamento secreto que viajaría en un recinto de máxima seguridad. Sólo el Comandante Robert Austin y algunos hombres del Alto Mando de la misión lo conocían: doscientos recipientes conteniendo embriones humanos obtenidos por clonación, siguiendo una rigurosa selección genética. Lo mejor de la raza humana había sido incluido en el ADN de esos embriones. Las mejores características en cuanto a inteligencia, resistencia física, sensibilidad artística y emocional. Ellos eran la única esperanza de la continuidad de la especie.

 Los recipientes habían sido instalados dentro de una sofisticada máquina a la que se le dio el nombre de Madre, especialmente diseñada para alojarlos en estado de latencia el tiempo necesario. Madre debía completar el desarrollo de los embriones humanos en cuanto fuese activada por una orden específica de Bob.

El objetivo secreto de esta misión espacial era preservar a la especie humana de la inminente destrucción del planeta. Unos pocos miembros de la comunidad científica y algunos encumbrados jefes militares y eclesiásticos lo sabían. Pero nadie más; ni siquiera el comandante Austin. Simplemente aceptó la idea de que era un experimento igual a muchos que ya se habían realizado y se limitó a cumplir las órdenes recibidas. Su mente, atada a la implacable rutina del entrenamiento, no le permitió detenerse a pensar en la posibilidad de una destrucción masiva en el planeta. Sólo sabía que su deber era cuidar personalmente la valiosa carga hasta que se hallase un medio apto para su desarrollo. Por eso viajaba aislado del resto de la tripulación, encerrado en el mismo compartimento que los embriones, sellado y acondicionado especialmente para protegerlos de todo tipo de agresión externa.

Bob se sentía a gusto con la vida que llevaba en su habitáculo espacial; tanto, que llegó a llamarlo “mi pequeño paraíso”. Hasta que se convirtió en un infierno…

Todavía recordaba con espantosa nitidez el momento en que se produjo el desastre en el planeta Tierra. Desde la pantalla de su compartimento pudo ver y escuchar lo que sucedió, antes de que se cortaran todas las comunicaciones con la Tierra. Fue el recuerdo más terrible que debió soportar un ser humano. Contempló con impotencia y desesperación el instante en que una espesa nube oscura comenzó a envolver a la pequeña esfera azul, su amado planeta, al mismo tiempo en que todos los volcanes empezaron a vomitar fuego de sus entrañas y las hirvientes aguas de los océanos invadieron las tierras indefensas. Su último pensamiento fue para sus hijos y Julie, irremediablemente atrapados en ese infierno dantesco. 

Luego sintió un impacto en la nave, como si la hubiese pateado un pie gigantesco, producto de la ola expansiva y también la sensación de que se desplazaba a una velocidad increíble, totalmente fuera de control. Después… la nada.  Silencio, oscuridad y quietud absolutas.

El tiempo que transcurrió desde el día de la destrucción de la Tierra —al que Bob llamó “punto cero”— hasta que Bob recobró la conciencia, fue calculado gracias a la data de una computadora que inexplicablemente siguió funcionando un tiempo más, hasta que también se detuvo. Así pudo él saber que estuvo sin consciencia durante casi seis días. Cuando reaccionó, estuvo mucho tiempo sumido en una terrible confusión, tratando desesperadamente de recordar quién era y qué misión tenía. Lo ayudó en tal circunstancia la lectura de un sobre con instrucciones de carácter reservado. A partir de ese momento, su mente comenzó a recordar. Dedujo que el resto de la tripulación había muerto pues no obtuvo respuesta alguna a sus intentos de comunicarse. No podía salir del compartimento para comprobar el estado de sus compañeros ni del resto de la nave, pues se había activado la defensa automática que actuaba en caso de emergencia y su habitáculo había quedado herméticamente sellado. El silencio era total, con excepción de un sordo rumor que latía acompasado, como un corazón. Bob se percató de lo extraño de la situación: Si todos los aparatos dejaron de funcionar… ¿Cómo era posible que Madre siguiese activa? Decidió no preocuparse demasiado. Gracias a ella, él también seguía con vida. Mientras Madre funcionase, tendría el aire y el alimento que necesitaba. La luz verde de un pequeño led emitía una tenue iluminación que le evitó sumergirse en la oscuridad absoluta. 

Al principio, Bob trató de concentrarse en su misión y continuar con las rutinas normales, como si nada hubiese sucedido. Controlaba los niveles de fluidos, la presión y redactaba mentalmente un reporte diario. Lo hacía como una estrategia de protección, para no enloquecer. Hubo momentos en que deseó morir, pero su instinto de supervivencia lo había rescatado de tal pensamiento. Pronto se adaptó a las nuevas condiciones de vida. Hasta se las ingenió para conectar una pequeña Palm a los contactos de Madre. Así pudo comenzar a escribir lo que él llamó su «Bitácora de Viaje», a la manera de los antiguos navegantes. Siempre comenzaba de la misma forma y, luego de anotar invariablemente “sin novedad”, se dedicaba a volcar en palabras los trozos de memoria que iba recuperando lentamente. Así escribió la historia de la misión con lujo de detalles. Las imágenes acudían en tropel a su mente y lloró intensamente cuando tuvo que describir el espantoso episodio en que el planeta fue destruido. A partir de allí, los relatos ya no narraban sus recuerdos, sino sus vivencias presentes. Así pasaron más de diez años…

”Trigésimo quinto día del décimo año solar, contado desde el punto cero, en la estación espacial Alpha 1: Sin novedad.”

He descubierto algo inexplicable: mi cuerpo parece no envejecer. Madre sigue funcionando como el primer día y no comprendo cuál es su fuente de energía. La hipótesis que pienso es casi imposible de concebir dentro de las bases científicas conocidas, pero es la única que explicaría estos hechos. Creo que estoy en un plano de existencia inexistente, ajeno a las coordenadas de espacio–tiempo conocidas en la Tierra. Es como estar viviendo en un no-tiempo… detenido en una especie de presente continuo. La realidad que conocí ya no existe. Todo es tan diferente…yo soy diferente. Mi mente percibe formas extrañas, como diseños de geometría pura, repletos de información codificada. Es difícil de explicar. Siento que mi conciencia se expande más allá de los límites físicos. Puedo abarcar conocimientos que nacen en alguna parte de mi ser… ¿Quién soy yo? ¿En qué me he transformado? Hubiese deseado mil veces morir junto a mi familia antes que estar condenado a esta eternidad obligada,, convertido en una especie de dios al cuidado de unas criaturas que aún no existen…condenadas también a este letargo indefinido… ¿No es esto peor que la muerte?… 

Bob apagó la Palm y cerró los ojos. Por costumbre nada más, porque hacía tiempo ya que no dormía. Sólo lograba alcanzar una especie de ensueño donde las imágenes de su vida se instalaban en su mente de un modo tan real que por momentos creía estar de nuevo allí, como inserto en un juego de realidad virtual en que los personajes respondían a su voluntad. A veces jugaba a imaginar a sus hijos ya crecidos, o se fundía en un fuerte abrazo con Julie y llorando le pedía perdón… otras veces imaginaba estar hablando con sus superiores, intentando en vano convencerlos de desistir de la misión, explicándoles el espantoso final que le aguardaba a la humanidad… Y en esas oportunidades pudo percibir que ellos ya lo sabían desde el mismo momento en que encargaron la construcción de Alpha. Entonces surgían preguntas llenas de indignación e impotencia ¿Por qué? ¿Por qué no hicieron nada si lo sabían? ¿Quién les dio derecho a convertirse en amos y jueces de toda la humanidad? 

Tanto tiempo estaba el hombre en sus ensueños, que pronto se convirtieron en una forma de vida alternativa, cada vez más real.

” Trigésimo sexto día del décimo año solar, contado desde el punto cero, en la estación espacial Alpha 1: Sin novedad.”

He descubierto que en mis sueños puedo comunicarme con las personas, aún con las que nunca conocí… Ya no son sólo recuerdos sino experiencias nuevas… todo parece tan real… Quizás, si yo puedo soñar con ellos ¡alguien esté soñando conmigo! Quizás exista la posibilidad de un punto de encuentro. Si tan sólo pudiese advertirle a alguien lo que sucedió…”

Bob pasaba mucho tiempo practicando en sus ensueños. Trataba de idear la manera más eficaz de comunicar su mensaje a toda la humanidad, a una humanidad que aún existía en sus sueños. Ahora comprendía las palabras de aquél poeta: Si toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Y si toda la vida es un sueño, había una posibilidad de que dos sueños se encontrasen… Si existía una oportunidad de comunicarse con alguien en el pasado… ¿a quién se lo diría? ¿a su familia? ¿a sus compañeros? ¿a sus jefes? ¿a la prensa? No. Seguramente nadie le creería; y aún si le creyesen, sería imposible alertar a tiempo a la gran masa humana. Había que detener el último experimento que estaban por realizar con el LHC.

Tendría que buscar a alguien cuya palabra lograse ser difundida a millones de personas… alguien respetado. ¿Un escritor famoso? Tal vez… Las más grandes verdades han sido escondidas por siempre dentro de los cuentos, de las historias infantiles, de las parábolas…

El tiempo seguía detenido en su inmutable círculo perpetuo. Pero Bob insistía en llevar una cuenta inexistente.

…” Centésimo día del décimo año solar, contado desde el punto cero, en la estación espacial Alpha 1: Hoy he abierto los sellos que contienen la última información clasificada de Top Secret. No me estaba permitido hacerlo, pero ya no tengo que obedecer a nadie. Lo que encontré en ellos es la prueba del más terrible producto de la locura humana. Todo estaba previsto. Todo. Inclusive mi llegada a un nuevo destino, el asteroide K206 que presenta características similares a las de la Tierra. Allí suponían mis superiores que yo debería ejecutar mis órdenes: Dar vida a una nueva humanidad. ¡Hasta los nuevos “Textos sagrados” estaban impresos! Escrituras que relatan un nuevo génesis, dictan nuevas leyes “divinas” y se aseguran el control de los nuevos humanos mediante los mismos sistemas de premios y castigos ¡Un nuevo engaño! ¡Donde yo juego el rol de Dios creador!

Esto me hace pensar que seguramente también nosotros fuimos un experimento de otros que nos crearon… que nos dejaron en el planeta con toda la programación implantada para sentir, crear, creer… junto a la inevitable tendencia de autodestrucción que siempre tuvimos.

Pero he decidido no continuar. Nadie contó con esa posibilidad…

… Les he contado una historia real. Todo lo que relato ha sucedido desde que comencé esta misión. Y ésta es la verdad de lo que sucederá con la raza humana y toda especie viviente del planeta Tierra. Escuchen y abran sus mentes. Les hablo desde el futuro que hemos creado.

 ¡Escuchen! No hay existencia posible fuera del planeta, para nuestra forma de vida. La Tierra es la única que permite y sostiene nuestra existencia. Nunca he arribado al asteroide K206. He destruido los embriones. Los textos. Todo.

El experimento Alpha 1 ha fracasado. ¡Yo lo he destruido! Si la humanidad no logra encontrar la forma de convivir en su único hogar, no merece otra oportunidad. El futuro depende de las elecciones del presente. Hay muchos futuros posibles. Entre ellos, éste: la nada.

Bob desconectó la Palm luego de terminar la escritura. Por primera vez en mucho tiempo, sintió en sus ojos la olvidada sensación de las lágrimas. Y también la increíble noción de libertad al tomar una decisión que no estaba escrita en las órdenes de su misión. Una decisión nacida de la evidente conclusión a la que había llegado: ya nada ni nadie tendría la posibilidad de existir. 

Mark King, novelista y filósofo, paseaba esa tarde por las playas desiertas del Pacífico, tratando de inspirarse para el final de su última novela. Luego de una larga caminata se sintió cansado. Se sentó en la arena y, apoyando su espalda en unas rocas, se quedó profundamente dormido. Abrió los ojos cuando sintió el leve roce de una mano en su brazo. Sorprendido, miró al hombre que lo había tocado.

—¿Puedo ayudarlo en algo señor? —dijo con una cautelosa sonrisa.

—Quizás pueda ayudarte yo a ti…y a muchos más —respondió el hombre y prosiguió —. Estoy muy cansado de soportar mi existencia… ¿sabes? En cuanto regrese a mi dimensión cursaré el programa de autodestrucción de mi nave. Sólo te pido un favor: lee esto que te entrego y haz todo lo que esté a tu alcance para que llegue a la mayor cantidad posible de personas. Deben detener el LHC. Quizás aún no esté todo perdido… Difúndelo, por favor. Escribe un cuento, una novela, un guion de película… ¡Algo que cree conciencia!

Mark despertó sobresaltado y empapado en sudor. Suspiró aliviado al comprobar que había estado soñando. ¿Qué habrá querido decirme ese hombre? pensó intrigado. 

Comenzó a conocer la respuesta cuando encontró en el bolsillo de su campera una pequeña computadora de mano encendida, en cuya pantalla se leía un título en letras luminosas: “Bitácora de un astronauta”.    Enter.     

escrito por @paqquiitaa


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