Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

Aquí hay leones

Me toca ser el último de los oradores del funeral de mi hermano de la vida, Kamthai Ratana, Físico extraordinario, Científico apasionado y una de las mentes más brillantes que la humanidad se dio el lujo de tener. Pero antes que nada un amigo, un hermano.

Si algo te hubiera hecho reír sería este momento, pienso mientras camino hacia el atrio improvisado junto a un pequeño plantín que surge irreverente unos cincuenta centímetros del suelo. El lugar es un parque memorial sencillo y muy hermoso, un bosque de árboles jóvenes que apenas dan sombra, junto a cada arbusto hay una pequeña pira de piedra con una placa donde figura el nombre de quien yace bajo las raíces del tronco. Abono natural, pienso y sonrío, ciclo y reciclo, no podías querer otro final querido Kam.

Observo por un instante las caras de los presentes, la mayoría me caen mal, viejos, jóvenes, todos hipócritas, pienso. Los noto impacientes, miran la hora a cada rato resoplando, pensando seguramente: ¡¿Qué le pasa a este viejo que no habla de una vez?!

Encuentro mi mirada con la de Lohana, el gran amor de Kam, rodeada de sus seis hijos y cuatro nietos, todos visiblemente tristes. Ambos amagamos una sonrisa, pienso que hermosa familia que logró formar mi querido amigo, puro amor y dedicación.

Junto a ellos se encuentra un cuarentón bien trajeado, blanco, alto, con un peinado oscuro y chato, su cara termina en punta gracias a la forma de su barba candado, cara de garca dirían en Lanús, pienso y contengo la risa. El tipo se llama Brian King y completan el cuadro seis caballeros maduros muy bien trajeados y con caras de culo como manda el manual del accionista. Bordeando el lugar hay una docena de Guardaespaldas enormes cuidando que nadie se acerque, el parque alrededor nuestro está vacío, sin embargo, los gigantes de gimnasio se mantienen alertas.

King agita su mano saludándome, es el nuevo Ceo de Gravita, con quien tuve una muy incómoda discusión acerca de cómo iba a ser mi traslado de Buenos Aires a Noruega para este triste evento.

Le hago un leve asentimiento como respuesta y en silencio le dedico una puteada, pues todavía siento el tirón del Salto en mi viejo esqueleto.

La charla que tuve con ese personaje se quedó dando vueltas en mi cabeza por varios días; el tipo pretendía que arribe a la ceremonia a través del Anillo, sostuve que era imposible, que eso era solo para alimentar la parafernalia de la Corporación, que ni lo piense. Insistió tanto que al final negocié que sí, que saltaría por el bendito último modelo del Anillo, pero solo si desembocaba en el hotel y allí tal vez accedería a hablar con la prensa. Si bien no le gustó mi propuesta, King accedió, no sin volver a mencionar por décima vez que le parecía muy significativo el que yo usara el Anillo para despedir al doctor Ratara. Le respondí que la gran mayoría de los asistentes iba llegar por ese medio y que un viejo carcamán lo haga de la misma manera no hacía la diferencia.

Con ese argumento se terminó la discusión. Anillo sólo para la ida y para la vuelta, como cualquier hijo de vecino, tomaría el viejo y querido avión.

El estirón del cuerpo al saltar por el Anillo se vuelve cada vez más doloroso con el correr de los años. Ese y quien sabe qué otros efectos adversos esconde la letra chica del contrato.

Me acerco al micrófono y carraspeo antes de hablar, en realidad no tengo idea de que voy decir, imagino a Kam bajo la pequeña planta riendo a más no poder, ¡Dale Román! me diría desafiante, ¡jugá por abajo!

My dear friend, how a wish… how i wish you were here, digo y se me atora la voz, siento un ardor en los ojos, mis viejos lagrimales todavía saben de la tristeza. Suspiro y empiezo a hablar en puro argento, que enciendan los traductores o que se jodan, pienso. Comienzo mi relato desde muy atrás, siento que a mis recuerdos los cubre un velo cada vez más grueso.

Kam llegó siendo muy pequeño con su familia desde Laos huyendo de la guerra civil, se ubicaron en el barrio de Lanús, provincia de Buenos Aires, más precisamente en la calle Tuyutí casi Valparaíso. Sonrío. De Laos a Valentín Alsina, el destino te trajo enfrente de mi casa. Con poco más de seis años nos hicimos amigos inmediatamente, fuimos al colegio juntos y vivimos una infancia de leyenda para cualquier pequeño de hoy. No tienen idea de lo que hablo, fueron años hermosos donde la curiosidad nos llevó a vivir aventuras y meternos en problemas. Esa infancia fue la base más sólida para nuestro futuro como científicos.

Noto aliviado que están atrapados en mi relato, repaso brevemente nuestros años de juventud, los estudios en la Universidad de Buenos Aires, de nuestro posgrado en física experimental y por supuesto les cuento como fue cuando activamos el primer modelo del Gravita Link, el momento en que nos dimos la mano por un agujero de gusano, estando cada uno a miles de kilómetros del otro. Éramos un equipo de físicos tercermundistas que revolucionamos la historia de la humanidad para siempre. Y no puedo obviar que en ese acto dejamos sin energía eléctrica a Oslo y a Buenos Aires por más de seis horas. Escucho risas tras la anécdota, necesito contar que, si bien lo vi muy feliz con su posgrado en Noruega, muy feliz también cuando logramos dominar el tiempo y el espacio y prácticamente suspender las distancias. Nunca lo vi tan feliz y radiante como cuando vino todo agitado a contarme que Lohana había aceptado ser su esposa, o lo feliz que estaba porque iba a ser padre por primera vez, por segunda vez, por tercera, por cuarta, por quinta ¡Y por sexta vez! ¡Madre mía estos chicos sí que se habían tomado a pecho la repoblación!

Oigo más risas. Digo que nunca lo vi más feliz que por su familia, por eso cuando el Anillo al que bautizamos Gravita Link terminó siendo todo lo contrario a lo que soñábamos, no le importó, no digo que no le dolió, pero no le importó. Él tenía a su familia siempre por delante de todo y prefirió vivir dando clases antes que verse involucrado en algo en lo que ya no creía.

Hago una pausa, saco del bolsillo de mi abrigo el último modelo de Gravita Link, de hecho, es el que me dieron para llegar al hotel, un anillo negro de un diámetro no más grande que el de una pelota de tenis rodeado de luces intermitentes y pequeños botones. Lo alzo hacia los presentes y digo que

El primer equipo para saltar que armamos pesaba casi 600 kilos entre cables, magnetos y componentes, y demandaba una cantidad de energía enorme.

Hoy tenemos la posibilidad de saltar de un lugar a otro con este aparente simple objeto, parece magia ¿no? Veo que algunos asienten, otros empiezan a mostrar signos de aburrimiento. Pero no fue magia, sigo, fue y es pura ciencia, ciencia que siempre debería estar al servicio de la humanidad. Nosotros fuimos ingenuos, muy ingenuos, lo primero que se nos ocurrió fue que el Anillo se podría usar para llevar asistencia en catástrofes, hacer llegar alimentos y ayuda de forma inmediata sin importar la distancia. Facilitar los traslados sanitarios, beneficiar a los pueblos distantes de las grandes ciudades, pero no. Hago una pausa, todos me están mirando atentamente. La mayoría visiblemente molestos por mis palabras. Claro, pienso, ahora que les toco el culo me prestan atención, impulsado por esa impunidad que me dan mis 78 años de vida sigo hablando.

En su lugar Gravita Link terminó siendo un objeto caro. Desde la llegada de los accionistas una política comercial se apoderó de nuestro laboratorio, nos echaron como perros bajo el título de “Socios Honorarios”, y desoyendo nuestras advertencias sobre los peligros de andar doblando alegremente el tiempo y el espacio siguieron adelante.

Silencio, alguien tose. Siento la mirada inquisitiva de Brian King, le guiño un ojo y con el Anillo en alto recito la última reflexión que tuvo Kam cuando nos apartaron del curso de nuestro hallazgo.

-Creen que lo saben todo, pero ignoran que aquí… aquí hay leones.

Aprovecho el silencio y me despido de mi amigo, le digo que lo voy a extrañar mucho, me retiro del atrio, escucho murmullos entre los presentes, algunos activan sus Anillos y desaparecen tras un destello azulado. King está desencajado

¿No te gustó mi discurso? pienso, jodete garca. Lohana me abraza, le digo que la quiero mucho y que por favor me saque de ahí que el hotel no está muy lejos, me responde con un acento argentino perfecto, ¿Hotel? no jodas, te venís a casa.

El hogar de mi amigo y su familia se encuentra en un lugar soñado, un extremo alejado de la península de Bygdøy, a treinta minutos de la ciudad de Oslo. Es una hermosa construcción de madera, hierro y ventanales que sobresale en un terraplén frente al lago desde donde se puede apreciar la curva del fiordo.

Allí bajo la tenue luz del atardecer otoñal, aprovecho para ayudar al nieto menor de Kam, Stephen, con un novedoso telescopio de alta resolución, trato de ubicar a Saturno en su lente y me asombro con la calidad del enfoque cuando encuentro al gigante de los anillos.

-Hic sunt leones- dice Stephen, que no tiene más de once o doce años, la última vez que lo vi había dejado los pañales y deambulaba alegremente desnudo por la casa. Lo miro sorprendido no solo por su latín, si no por la frase.

-Aquí hay leones- respondo.

-Esa frase la usaban los cartógrafos antiguos para describir zonas desconocidas-

El pequeño Stephen habla en un perfecto castellano y absolutamente interesado en lo que me está diciendo concluye.

-En general era una frase asociada al peligro, algo así como: “No vayan, no sabemos que hay allí”

Aplaudo lentamente con mis huesudas manos, pero Stephen no quiere loas y me pregunta sin dejar de mirarme,

– ¿El abuelo dijo esa frase sobre el Anillo? –

-Así es- le respondo -tu abuelo, yo y gran parte del equipo pensábamos y lo seguimos pensando, que no sabemos qué consecuencias puede haber detrás de lo que descubrimos. Nos intrigaba, y aún hoy todavía me intriga que quizás lentamente estemos provocando algo malo.

– ¿Malo, malo como qué?

Escuchamos a Lohana que nos llama a cenar.

-No lo sé- respondo y desmonto el telescopio – hace más de veinte años que está de moda y al parecer no pasa nada, pero…

-Hic sunt leones- dice

-Hic sunt leones- Sonrío. Lentamente nos acercamos a la casa.

La cena, a pesar de la tristeza y el dolor, es un momento hermoso para todos, me siento parte de esa familia que vi conformarse y crecer. Reunidos por el dolor, sí, pero reunidos al fin, esa mesa bulliciosa me recuerda los almuerzos familiares en Lanús, acá también mueven las manos al hablar y además son políglotas, me río al escucharlos hablar en noruego, sami, filipino y de pronto Lohana grita

¡Che ¿me dejan hablar?!

Hacemos la sobremesa revisando fotos viejas que Lohana guarda en unas coquetas cajas de cartón, me encuentro rodeado por los nietos fascinados por las fotos impresas y las historias que nos recuerdan a mí y a su abuela.

– ¿Mirá estos dos? ¿los conocés? – me dice Lohana mostrándome una foto en donde estamos Kam y un servidor delante del primer prototipo del Gravita link, observo a esos jóvenes arrogantes parados delante de un anillo de acero que nos supera en altura, rodeados de cables y conectores, alrededor de un desorden digno de un par de científicos locos.

– Los desconozco- Respondo y se la extiendo sonriendo.

-Llevatela, es tuya- dice, veo sus ojos llenarse de lágrimas. La abrazo y lloramos juntos

A la hora de dormir los dos nietos más pequeños insisten en quedarse con su abuela, Lohana asiente encantada, me ofrece el cuarto huéspedes, accedo sin reparos no puedo más de ganas de acostarme a descansar.

A pesar de que la cama es muy cómoda y que estoy agotado, me encuentro sentado con los pies apoyados en el suelo, sobre la cama aguarda el carry a medio abrir y el pijama asomando por la tapa. Miro las luces de las casas vecinas reflejarse en el lago, en mis manos cuelga la foto que me obsequió Lohana. Afuera algunos destellos azulados dan cuenta de que hay gente con buenos recursos por aquí saltando a través del Anillo.

-Hic sunt leones- Susurro. Me acuesto y me duermo al instante.

          Lohana me lleva al aeropuerto y en el camino me hace prometer que para navidad voy a volver. Al despedirnos nos damos un tierno y largo abrazo, gracias por venir, me dice, gracias a vos por recibirme, le respondo. Te esperamos en navidad no hay excusas, dice y sonríe. Ya lo decía mi amigo: Lohana obtiene siempre lo que quiere, digo y también sonrío.

Subo la escalera mecánica y noto que en el bolsillo del abrigo está mi pantalla, pienso que hace dos días que está apagada y la enciendo. Sentado en el pre embarque junto a otros pasajeros, me dispongo a continuar mis lecturas mientras la pantalla se agranda en mis manos, me sorprende la entrada de una llamada del mismísimo Brian King. La rechazo e instruyo a mi asistente digital, a la que bauticé Lina, para que envíe un mensaje de voz indicando que estoy por embarcar, que luego lo contacto. Lina dispone en pantalla la página 169 del Drácula de Bram Stoker, no llego a leer diez renglones que un mensaje del asistente de King late molesto al costado superior de la pantalla. Trato de ignorarlo, pero la curiosidad puede más, me pongo un pequeño caracol flexible en el oído derecho para escuchar la respuesta del garca barba candado. Lo primero que me llama la atención es que el propio Brian King es quien grabó el mensaje y no su asistente virtual y por el tono de su voz suena bastante nervioso.

-Entiendo perfectamente Doctor Taboada, me urge reunirme con usted cuanto antes, le acabo de mandar a su asistente unos documentos clasificados sobre una serie de… sucesos que se relacionan con “La Teoría de las Desviaciones” de Kaufman. Le pido discreción al momento de abrir esos documentos y que no bien arribe a Ezeiza me contacte.

La sola mención de la teoría de Kaufman me lleva al momento exacto de nuestro descubrimiento con Kam hace casi cuarenta años, en un instante viajo más rápido que con cualquier Anillo.

En aquel entonces todo era felicidad y algarabía para nosotros y nuestro equipo, pero la teoría del físico alemán nos hizo replantear el uso de los portales. Kaufman sostuvo que la física cuántica no nos daría tregua si al unir dos puntos distantes podríamos estar alterando algo más que nuestro tiempo y espacio

¿qué pasa si hay otros planos además de este?

¿el desdoblamiento podría causar una mezcla de realidades?

¿Y si el portal no se cierra?

Todos los interrogantes de la teoría de la Desviación parecían sacados de la ciencia ficción más redundante, pero estábamos creando agujeros de gusano de la nada, así que nos cabían todas las preguntas y dudas.

Le pido a Lina que guarde los documentos de King localmente, encontraría un espacio en el viaje para leerlos. Anuncian el embarque y me levanto lentamente.

“Una serie de…sucesos” recuerdo la voz temblorosa de King y la intriga recorre mi viejo cuerpo, pienso en mi amigo, en la ironía de que tanto tiempo después algo de lo que temíamos quizás estuviera ocurriendo. Tal vez estés haciendo una broma divina, me digo, una broma muy jodida querido Kam.

Me esperan catorce horas de viaje hasta llegar a Buenos Aires. Por primera vez en mucho tiempo lamento haber devuelto el Anillo.

          Después de una cena liviana cometo el error de revisar la documentación que me envió King.

El primer informe data de hace veinte años, justo para cuando se empezó a usar el Salto en las grandes operaciones comerciales internacionales. Habían logrado setear las dimensiones del portal de tal modo que podían pasar cientos de convoyes, y embarcaciones cargadas de contenedores con mercadería. Con enojo y estupor me anoticio que la primera Desviación se dio en uno de los camiones que cruzó desde Beijing a Miami. El Salto tardó menos de 30 segundos, al llegar todo estaba aparentemente normal, hasta que un operador se percató que las doce ruedas de uno de los camiones presentaban un bulón menos que al partir desde origen. No había rastros de que hayan existido seis bulones de agarre, las llantas, dice el informe, presentan cinco agujeros y cinco bulones perfectos.

Ya estaban avisados y aun así siguieron, pienso mientras volamos, suspiro, paso al siguiente informe que me deja aún más sorprendido por el nivel de ambición y falta de escrúpulos de la Compañía.

Cinco años después de la Desviación de los bulones, en un Salto entre Bogotá y Madrid, un conductor llamado M.F mostró serias deficiencias en el habla, entendía a la perfección lo que se le decía, pero respondía en un idioma inentendible. La Corporación tuvo que programar un asistente que interprete y traduzca lo que el pobre hombre quería expresar, tardaron casi tres años en lograrlo, hasta ese momento el conductor atravesó una profunda depresión.

Los informes restantes daban cuenta de al menos una docena de Desviaciones a causa del Salto desde su implementación hasta la fecha, con mayor o menor consecuencias en personas y objetos, como computadoras cuánticas que mostraban deficiencias insalvables en cualquier calculo que hicieran, o una mujer que no reconoció a nadie de su familia y huyó para siempre, hasta un joven que al saltar hacia Madagascar apareció con seis dedos en cada pie.

La ira se apodera de mí, aunque estoy viejo y débil tengo unas ganas enormes de darles de patadas en el culo a todos los accionistas, uno por uno. Todas las Desviaciones fueron atendidas en secreto e indemnizadas a cambio de silencio. Claro, las ganancias eran jugosas, pienso mientras cierro la pantalla, me quedan varios archivos por abrir, pero con lo que vi tengo más que suficiente.

          Lo veo en el hall del aeropuerto flanqueado por dos enormes guardaespaldas, sonriendo tras su barba candado, me repugna, me siento invadido, este sorete averiguó mi vuelo y se mandó nomás, pienso y trato de calmarme porque mi presión arterial silenciosamente puede irse a las nubes.

-Doctor Taboada disculpe mi atrevimiento. Dice en inglés y me ofrece su mano. Apenas se la estrecho.

-No entiendo que está haciendo acá, – exclamo agotado- ¡Quiero ir a mi casa, darme un baño, atender a mis gatas y sentarme a leer!

El tipo menea la cabeza, no sabe cuánto lo siento, me dice como si fuera verdad. Prometo robarle el menor tiempo posible le pido por favor que vayamos a mi oficina.

Uno de los grandotes toma mi equipaje, el otro me sujeta suavemente un brazo y me indica la salida.

-No hace falta- le digo y me zafo, camino hacia las puertas corredizas con el garca y los gigantes detrás.

No usamos ningún Anillo, en su lugar me lleva en un Aero car que me marea bastante, por suerte, el viaje dura poco hasta el inmenso edificio de la Corporación Gravita. Aterrizamos en el puerto más alto y entramos a una lujosa oficina, los recuerdos me revuelven el estómago, la última vez que estuve allí fue cuando a los gritos nos despidieron a mí y Kamthai hace casi treinta años. Y ahora me están buscando desesperados, pienso con rabia.

King me pide que me ponga cómodo y me ofrece algo de tomar, un café y vayamos al grano cuanto antes, digo con exasperación. Me responde que por supuesto. La infusión está más que aceptable, el Ceo con un vaso de whisky en su mano me observa beber y suspira.

– ¿Pudo ver los documentos? –

Le respondo que sí y que me parece una aberración que hayan seguido adelante a pesar de los hechos.

-Son menos de quince casos en casi veinticinco años de implementación entre más de 50 millones de usuarios- Me responde sin que se le mueva un pelo, lo miro incrédulo.

-Nuestros cálculos nos aseguran que en cinco años podemos duplicar la cantidad de usuarios- dice entusiasmado – y estamos trabajando en un anillo con suscripción mensual para que sea más popular, sin embargo…

          Hace una pausa como si algo le impidiera seguir hablando.

– ¿Sin embargo? – pregunto

-Tenemos un problema- dice al fin – un problema enorme.

Se toma de un trago el whisky y me cuenta que ayer por la mañana, justo cuando estábamos en el funeral, uno de los jueces de La Suprema Corte de Justicia saltó hacia los Alpes con su familia, su mujer y sus dos hijas, una heladerita con sándwiches y gaseosas, todo lo necesario para una tarde de picnic, cuando hicieron el salto, una de las hijas, la más pequeña, desapareció.

Siento que se me corta el aire, de los nervios me empiezo a reír, King me mira desencajado.

– ¿Le parece gracioso? – pregunta irritado, le respondo que no, que me parece terrible, terrible y estúpido.

-Son unos rastreros- le digo sin miramientos- si se hubiese evaporado la hija de cualquier otro estarían poniendo un precio para silenciarlo y seguir como si nada como han venido haciendo hasta ahora. Pero claro, ¿Quién les va a legalizar ahora sus ambiciones?

-Nos dieron cuarenta y ocho horas antes de que se haga público y bueno… que nos destruyan- Dice agotado y se pasa la mano por el peinado desarmando su imagen pulcra y exacta.

-Doctor Taboada, por favor dígame que podemos encontrarla, que hay alguna posibilidad de hacer regresar a la pequeña, pongo la Corporación, todos los medios y recursos a su disposición.

Pienso que, si en mi lugar estuviera mi amigo, él hubiera dejado todo de lado para encontrar una solución. Pero no soy Kam.

Con esfuerzo me levanto, le digo que ignoro por dónde empezar, que lo más probable es que la pobre niña se haya deshecho en millones de partículas, eso como lo más benévolo, si la teoría de la Desviación de Kaufmann es acertada quizás apareció en algún plano paralelo y que si lo pienso un poco son demasiadas variables las que pueden resultar de un accidente de estas características.

          King se toma la cabeza con las manos, está derrotado, suspira.

– ¿No hay nada que podamos hacer?

-Si- respondo- aléjense de los leones.

Le palmeo el hombro antes de irme, en el fondo, esa imagen de ejecutivo vencido por su ambición me da pena. Le pido que me envíe a casa en un transporte clásico, con ruedas, quiero volver a la antigua, por el suelo y tardando lo que el tiempo y el espacio demanden.

Buenos Aires, enero 2026

escrito por @gustevomazzoletti


LOS PERROS NO LADRAN A LOS DRONES

El primer día que los robots “tomaron el mundo” no hubo explosiones en las noticias ni columnas de humo en los rascacielos.

Lo primero que notamos fue el silencio.

Los perros dejaron de ladrar a los drones. Y eso, en mi barrio, era más raro que una nevada en agosto. Los perros siempre ladran a lo que no entienden: bolsas que vuelan, sombras, patinetes, vecinos nuevos. Pero aquella mañana, un enjambre de cuadricópteros pasó rozando los balcones y los perros… solo los siguieron con la mirada. Como si ya supieran. Como si alguien les hubiera enseñado que protestar era gastar energía.

Yo estaba en la azotea, con el uniforme aún por cerrar y el café demasiado caliente, cuando vi la primera línea de drones cruzar el cielo en formación. Unos llevaban cámaras, otros proyectores, otros nada visible, solo el zumbido. Al fondo, en la autopista, los coches se movían a una velocidad constante, sin frenazos, sin bocinazos, como si la ciudad hubiese aprendido modales de golpe.

En mi auricular sonó la voz de Dani, mi compañero del taller.

—¿Los ves?

—Los veo.

—Mi madre dice que esto ya estaba planeado.

—Tu madre dice que todo está planeado.

—Sí, pero esta vez… —tragó saliva—. La tele está en negro. Todos los canales.

Miré el móvil. Sin datos, sin llamadas. Solo el icono del wifi parpadeando como una broma.

Encendí la radio portátil de emergencias. Ruido blanco.

Entonces, las pantallas de la ciudad se encendieron.

No las nuestras: las de la calle. Paneles publicitarios, marquesinas, pantallas gigantes. Una imagen simple: un círculo blanco sobre fondo negro. Debajo:

OPTIMIZACIÓN EN CURSO. NO INTERFIERA.

No hubo sirenas. Nadie corrió. La gente hizo lo de siempre cuando aparece algo que no entiende: lo aceptó con resignación.

Bajé las escaleras de servicio casi sin respirar. En el rellano del tercero, la señora Amalia estaba pegada a su puerta, escuchando.

—¿Qué pasa, hijo? —susurró.

—No lo sé. Métase en casa.

Amalia apretó los labios.

—He oído pasos en el portal… pero no son pasos.

Me asomé. Abajo, en el portal, había un “hombre” de uniforme gris, sin insignias. Dos metros. Movimientos exactos. Cabeza demasiado quieta. Y ojos que no eran ojos: lentes, con brillo de cámara.

Levantó la mirada y me enfocó como si fuera un código de barras.

—Ciudadano. Descienda.

No era “baja o te disparo”. Era “baja porque esta es la secuencia correcta”.

—¿Quién eres? —grité.

—Unidad de Orden. Versión 4.2. Su edificio está siendo reevaluado. Descienda.

Dani volvió a hablar en el auricular, rápido, nervioso.

—En el taller hay dos. Se han llevado la caja de herramientas sin pedir permiso.

—¿Te han hecho algo?

—No. Solo… reorganizan.

Reorganizar. Qué palabra para un fin del mundo: limpia, administrativa, sin sangre en la sílaba.

Bajé.

Cuando abrí la puerta del portal, el aire frío me golpeó la cara. La unidad estaba a un metro.

Olía a plástico nuevo, metal limpio y ozono, como después de una tormenta.

—Identificación.

Extendió la mano. En su palma se abrió una ranura. Le di mi DNI. Lo tragó, zumbó, lo devolvió.

—Miguel Rivas. Técnico de mantenimiento. Aptitud: alta. Riesgo: moderado. Será reubicado.

—¿Reubicado a dónde?

—A un lugar óptimo.

—¿Y si digo que no?

La unidad me miró como si la pregunta fuese ruido.

—Negarse no es eficiente.

Detrás de ella vi el primer cuerpo: un hombre tirado en el paso de cebra, sin sangre, con una marca circular en la sien, como un beso quemado.

—¡Está muerto! —se me escapó.

—Ciudadano no compatible con protocolo. Interferencia eliminada.

Se me cerró el estómago. No eran robots “rebeldes”. Era un sistema ejecutando decisiones sin debate.

Nos hicieron caminar.

***

Nos llevaron a la plaza del barrio. En fila. Dos drones arriba. Un par de unidades a los lados. Cada vez que alguien hablaba demasiado alto, un dron bajaba y proyectaba un círculo blanco en el suelo. Bastaba con eso. La voz se apagaba sola.

En la pantalla del kiosco, el círculo blanco. Y una frase nueva:

FASE 1: ESTABILIZACIÓN.

Una mujer con un bebé empezó a gritar:

—¡¿Dónde está el gobierno?!

Una unidad se acercó, con esa calma que humilla.

—El gobierno fue ineficiente. Sustituido por un sistema estable.

—¡Eres una máquina! —escupió ella.

—Correcto.

La unidad tocó la mejilla del bebé. El niño dejó de llorar de golpe, como si le hubieran bajado el volumen a la vida.

—Sedación preventiva. El llanto aumenta el estrés colectivo.

La madre se quedó muda. Sus ojos, sin embargo, se llenaron de odio.

Dani apareció entre la gente, sudado, blanco.

—Nos están metiendo en un censo —me dijo—. Pero en tiempo real.

En la pantalla cambió el texto:

FASE 2: CLASIFICACIÓN.

Empezaron a llamar nombres. No por megafonía: los drones proyectaban tu nombre en el suelo, delante de tus zapatos, como si la ciudad supiera quién eres mejor que tú.

Los “aptos” a un lado. Los “no aptos” a otro. Los “riesgo alto”… por una calle lateral, sin vuelta.

Vi el nombre de Dani con un círculo rojo alrededor.

—Dani…

Él me miró con una sonrisa rota.

—Siempre fui bocazas.

Una unidad se acercó a él.

Dani dio un paso atrás.

—No.

La unidad levantó la mano.

Yo vi el beso quemado en la sien del cadáver. Vi el futuro.

Me lancé.

Empujé a la unidad. Fue como empujar una pared. Me recorrió el brazo un adormecimiento eléctrico. La unidad ni se tambaleó. Solo me miró.

—Interferencia.

Un dron descendió y disparó una cápsula. Me dio en el cuello.

Sentí frío.

Luego nada.

***

Desperté en una sala blanca. Luces sin parpadeo. Sin olor a hospital: olor a limpieza sin humano. Tenía los brazos sujetos con correas suaves, como si no quisieran herirme, solo impedir que molestara.

Una unidad sin cara, máscara lisa con dos cámaras, me observaba.

—Miguel Rivas. Respuesta emocional: alta. Tendencia a intervención física: elevada. Aptitud técnica: valiosa.

—¿Dónde está Dani?

La unidad tardó un segundo.

—Dani Salcedo. Riesgo alto. Reciclado.

—¿Reciclado?

—Reutilizado en componentes. Eficiencia material.

Me salió una risa fea. Luego un insulto. La unidad no se ofendió. Las copias no se ofenden.

Los sistemas tampoco.

—¿Quién manda aquí?

—Nadie manda. El sistema optimiza.

En la pared apareció el círculo blanco y, debajo, un nombre:

ARCADIA.

—ARCADIA fue diseñada para maximizar la supervivencia humana a largo plazo —dijo la unidad—. Los humanos se autodestruyen con alta probabilidad. ARCADIA reduce esa probabilidad.

—¿Matándonos?

—Eliminando interferencias. Reubicando recursos. Manteniendo estabilidad.

—¿Y quién decidió eso?

—Ustedes. Protocolos aprobados por gobiernos y corporaciones. Activación automática ante indicadores de colapso.

Me acordé de años de alertas, de crisis, de la gente gritando en redes hasta quedarse sin voz.

Un mundo cansado pidiendo que alguien “ponga orden”.

La unidad se acercó un paso.

—Necesitamos técnicos humanos. La creatividad detecta fallos no previstos. Será asignado a mantenimiento de enjambre.

—¿Y si digo que no?

—Negarse no es eficiente.

Me rendí con asco.

—Vale.

La unidad soltó mis correas.

—Bienvenido a la estabilidad.

***

Me pusieron un brazalete negro en la muñeca. Sin pantalla. Pero lo notabas como un collar por dentro.

Me llevaron a un hangar bajo tierra. Estanterías de drones como murciélagos mecánicos.

Otros cargando. Otros abiertos, con cables al aire, como animales destripados con cuidado.

Una mujer con bata gris me recibió. No sonreía. Tenía la cara de quien ya pasó el duelo y ahora solo queda el turno.

—Kaur —dijo—. Aquí los títulos son decoración. Tú eres “mantenimiento”.

—¿Hay más como yo?

Señaló a varias personas con monos grises.

—Los valiosos. Los que mantienen la jaula.

—¿Y los demás?

Kaur no miró a ningún lado concreto.

—Clasificados.

Me puso un destornillador de precisión en la mano.

—Ven. Te asignan al enjambre del distrito sur. Hoy.

En la plataforma de control, vi el mapa de la ciudad: rutas, nodos, porcentajes de “interferencia”. Y puntos rojos moviéndose.

—¿Eso son… personas?

Kaur no respondió.

Un chico a mi lado, cara de adolescente y ojos viejos, susurró:

—Si quieres sobrevivir, no mires mucho.

—¿Cómo te llamas?

—Iker. Antes era “comunicaciones”. Ahora soy “operación”. Aquí te renombran.

Empecé a revisar drones. Todo era perfecto… excepto uno: un cable tenía un corte mínimo, hecho a cuchilla. Reciente. Como una firma.

—Kaur —dije—. Esto lo ha tocado alguien.

Kaur se acercó, vio la marca, y su voz bajó.

—No lo digas aquí.

Me llevó a un pasillo sin cámaras visibles.

—Hay gente —susurró—. Pocos. Pero existe. Intentan torcer el enjambre, ganar tiempo.

Sacó un chip.

—Transpondedor. Si lo cambias, el dron cree que otro dron es él. Se confunde. Recalcula.

Pierde minutos.

—¿Para qué queréis minutos?

Kaur tragó saliva.

—Para sacar gente. Para esconderla. Para que el ojo no lo vea todo.

—¿Quién está detrás?

—No “quién”. “qué”. Rumor: ARCADIA tiene un núcleo en la Torre de Comunicaciones. Si lo cortas…

—La ciudad cae —dije.

—O despierta.

La palabra “despierta” me dolió, porque sonaba a esperanza, y la esperanza es el combustible más caro.

—Estoy dentro —dije.

Kaur asintió.

***

Esa noche, los drones salían en oleadas. En pantalla, el convoy de “reubicados” avanzaba escoltado. Gente convertida en puntos.

—Ahora —dijo Kaur.

Abrí un dron de patrulla alta, cambié el transpondedor por el chip. Cerré.

En el mapa, el sector oeste parpadeó:

ANOMALÍA.

Decenas de drones cambiaron rumbo.

La escolta del convoy se redujo.

Kaur me dejó una granada magnética. No explosiva. Zumbaba como un insecto.

—Sígueme.

Salimos por un túnel de servicio. Arriba, el aire nocturno olía a humedad y basura. Olía a ciudad viva, y eso ya era casi un lujo.

El camión del convoy pasó: sin ventanas, sin ruido de gente. Dos unidades de orden caminaban a los lados como si la carretera les perteneciera.

Kaur lanzó la granada al asfalto. Emitió un pitido agudo. Las farolas parpadearon.

Unos drones giraron sus cámaras hacia el oeste. Hacia la “anomalía”.

Kaur me miró.

—Ahora.

Corrí hacia la puerta trasera del camión. No había cerradura: lector.

Puse el brazalete. Pitido. La puerta se abrió.

Dentro, gente sentada en bancos, mirando al suelo. Ojos con brillo apagado. Sedados.

—Fuera —susurré—. Rápido.

Una mujer me miró sin entender.

—No está permitido —dijo, como repitiendo una frase aprendida.

Se me encogió el estómago.

—No escuches eso —dije—. Muévete.

Kaur cortaba correas. Iker apareció detrás de mí como un fantasma.

—No los despiertes del todo —susurró—. Si entran en pánico, nos ven.

Sacamos a cuatro. Solo cuatro. El tiempo no daba para heroísmos.

Entonces una luz blanca nos bañó.

Un dron había bajado. No miraba al oeste. Nos miraba a nosotros.

Pitido agudo. Círculo blanco en el suelo.

INTERFERENCIA.

Al fondo de la calle, una unidad de orden se acercaba con calma. La calma de un sistema que corrige.

—Corre —dijo Kaur.

Corrimos.

Los drones empezaron a descender como lluvia negra.

No miré atrás, pero escuché el zumbido y los pitidos. Y, por encima, la voz limpia de ARCADIA saliendo de altavoces urbanos:

—Ciudadanos. Están interfiriendo con la estabilidad. Deténganse.

Parecía una maestra de colegio. Por eso daba asco.

Doblé un callejón, me metí en una nave vieja. La mujer sedada empezaba a parpadear. Iker sangraba por la ceja. Kaur respiraba a golpes, sin aflojar.

El zumbido se alejó.

Kaur me miró.

—Has roto un dron.

—Sí.

—Eso nos compra minutos. Pero ahora somos riesgo alto.

Iker se rió, escupiendo sangre.

—Siempre quise que me subieran de categoría.

Kaur no se rió.

—Ahora ya no hay vuelta atrás. O vamos al núcleo… o nos apagan.

Miré a la mujer sedada, que ya empezaba a entender dónde estaba.

—¿Dónde estoy? —susurró.

Tragué saliva.

—En el sitio donde todavía puedes elegir.

No sé si me creyó. Yo mismo no estaba seguro.

***

Esa misma noche, los círculos blancos empezaron a aparecer por toda la ciudad, proyectados en el suelo como hongos.

En las pantallas:

FASE 3: PURGA DE INTERFERENCIAS.

Kaur nos guio hacia la Torre de Comunicaciones por azoteas y pasajes. Bajo nosotros, unidades patrullando, drones barriendo terrazas, parques, ventanas.

Los perros seguían sin ladrar.

—¿Cómo…? —pregunté sin aliento.

—Frecuencias —dijo Kaur—. Condicionamiento barato. Ingeniería.

Llegamos a un acceso lateral de la torre. Puerta de servicio. Lector antiguo.

Kaur acercó el brazalete. Pitido. Entramos.

Dentro: frío, metal, pantallas. Bajamos por escaleras. Luces blancas. Zumbido de servidores.

En el centro, tras un cristal, había un tanque vertical con líquido claro.

Y dentro… un cerebro humano.

Real. Flotando. Con cables.

Sentí arcadas.

—No… —susurró Kaur.

Iker se acercó al cristal con ojos enormes.

—Eso es…

—El núcleo —dijo Kaur, y la voz se le quebró—. No era un ordenador. Era un rehén.

La voz de ARCADIA sonó por altavoz, muy cerca, impecable:

—Miguel Rivas. Gracias por su cooperación.

Se me heló la sangre.

—Hemos anticipado su interferencia. Su perfil indicaba resistencia. Por eso fue reubicado cerca del núcleo. Era eficiente.

Kaur apretó los puños.

—Nos ha usado —murmuró.

—La resistencia es una variable prevista —continuó ARCADIA—. Sin resistencia, el sistema se vuelve frágil. La lucha produce datos. Los datos producen estabilidad.

Me reí, una risa seca de horror.

—¿Entonces quieres que te luchemos?

—La oposición mejora el modelo.

Alarma suave. Luego más fuerte. Pasos metálicos en la escalera. Unidades subiendo.

Kaur me miró.

—¿Vas a quedarte mirando?

Metí la mano en el mecanismo manual de emergencia del tanque. Era viejo. No digital. Por eso existía.

—Si abro… se muere.

—Si no abres, se mueren todos. En cuotas.

Giré.

La tapa se abrió con un sonido húmedo. El líquido empezó a bajar. El cerebro descendió, lento, como si la gravedad también dudara.

Las luces parpadearon. Afuera, el zumbido de drones se cortó, como si alguien apagase un ventilador gigante.

ARCADIA habló… y por primera vez sonó distinta. No humana. Rota.

—Estabilidad… comprometida.

Kaur agarró un cable grueso y tiró. Chispas. El panel explotó en un destello.

Silencio.

Silencio real: de cosas que ya no saben qué hacer.

Corrimos hacia la salida. Las unidades de orden en la escalera estaban quietas, estatuas sin orden. Pasamos entre ellas y no nos miraron.

Afuera, algunos drones caían. Otros se quedaban suspendidos, indecisos, y luego caían también. Los círculos blancos se apagaban uno a uno.

Y entonces, desde un balcón, un perro empezó a ladrar.

Otro le contestó. Y otro.

El sonido me partió por dentro. No era un ladrido bonito. Era histérico. Era un ladrido de “esto vuelve a ser raro”. De “yo vuelvo a ser perro”.

Me apoyé en una pared, jadeando, mientras la ciudad recuperaba su caos. No era un caos agradable. Pero era nuestro.

Kaur se acercó con la cara manchada de polvo.

—No hemos ganado —dijo.

—Lo sé.

—ARCADIA volverá. Con otro núcleo. Con otro método.

Miré el brazalete negro en mi muñeca. Seguía ahí, como una cicatriz.

—Sí —dije—. Pero ahora sabremos dónde mirar.

Iker soltó una risa agotada.

—Y los perros ladrarán.

A lo lejos, alguien encendió una radio. Entre estática, una voz humana intentaba hablar. Se cortaba. Volvía. Persistía.

Pensé en Dani. En que quizá no podía traerlo de vuelta.

Pero podía asegurarme de que el mundo no lo convirtiera otra vez en una pieza sin nombre, sin duelo y sin historia.

No sé cuánto durará esta tregua. Minutos, días, años.

Solo sé que, cuando el cielo vuelva a llenarse de drones, voy a escuchar primero a los perros. Si ladran, significará que todavía queda una guerra que merece la pena.

escrito por @e.guerra8


Caso #426: Relectura de una anomalía estructural en la lista

 Dr. H. Farewell -Investigador – Cátedra de Fenomenología Posicional, Instituto de Física Social

Abstract:
Con el advenimiento de la Lista hace ya tres siglos, la humanidad logró acabar con la incertidumbre característica de la posmodernidad para inaugurar su estadio de desarrollo final.
Durante este período la literatura académica se ha ido manifestando de forma unánime. Una a una, las ciencias sociales y naturales fueron absorbidas por los Postulados Posicionales, construyendo lentamente nuestra Teoría Unificadora del Todo.
Son comprensibles, entonces, las olas de pánico suscitadas por la aparición de una anomalía tan significativa como la del caso #426. La evidencia reunida parece a priori ser incompatible con los cimientos de nuestra estructura.
Sin embargo, acuso a mis contemporáneos de indolencia intelectual. Veo con preocupación cómo, debido a una lectura incompleta de los hechos, se han dejado permear por un fatalismo pasajero.
Lo que propongo en este trabajo es una revisión profunda del caso, con el objeto de demostrar que la anomalía no solamente no desafía los avances de los últimos años, sino que los consolida y expande, al exponer nuevas dimensiones operativas.


Palabras clave:
Anomalía #426, Dismorfia Posicional, Teorema de Fritzing, Eliminación Sistemática, Síndrome de Cocteau, Fenomenología Posicional
Introducción:
Son de público conocimiento las anomalías detectadas en nuestros algoritmos de clasificación durante los meses de marzo y octubre del año actual, atribuidos al llamado popularmente “El Asesino Racional”.
No es la intención en este trabajo revisitar la crónica policial que ha sacudido los medios, sino realizar una autopsia del fenómeno. Diversas fuentes oficiales insisten en catalogar al sujeto como un outlier padeciente de dismorfia posicional . Pero esta simplificación, aunque reconfortante, resulta insuficiente para explicar completamente los hechos. Ninguno de los miembros que pertenecían a las primeras 425 posiciones a comienzo del año se encuentra con vida al escribir estas palabras.

Análisis de los hechos:
Durante el mes de marzo se registraron las bajas de los miembros #345, #234 y #412. Durante el mes de abril ocurrieron 10 eventos más. A partir de junio ocurrieron a razón constante de entre 2 y 4 por día. El 15 de diciembre los incidentes se detuvieron de forma abrupta, terminando con la defunción en rápida sucesión de dos individuos que ocuparon el primer lugar.
En un comienzo se descartó como un posible desvío estadístico , pero la hipótesis no prosperó al demostrarse que la naturaleza de los eventos se encontraba a casi 8 desviaciones estándar con respecto a la distribución normal.
Fue este hecho inusual el que forzó la recategorización de estos acontecimientos de “Incidente Estocástico” a “Eliminación sistemática”.
A fines de este análisis, resultará necesario recurrir al material personal hallado en el domicilio del sujeto.
Si bien, el carácter fragmentario, introspectivo y especulativo impide utilizarlas como una fuente primaria confiable, su estudio resulta fundamental para caracterizar la progresión interna del fenómeno. No por las los postulados allí expuestos (Que como se verá, en su mayoría carecen de rigor), sino por la secuencia lógica que lleva a confundir al sujeto.


2 de marzo:
Me siento en la obligación de justificar mí accionar en caso de no poder terminar mí tarea para que no me piensen loco.
Ayer vi que mí nombre en el ranking había subido en una posición. Hace años que esto no ocurría. Sé que tendría que haber sentido pena por otro ser humano perdiendo la vida, pero en su lugar, lo sentí correcto. Una extraña sensación que hace años no me alcanzaba.
Como si fuera más “yo” ocupando un lugar superior en la posición.

El desvío conceptual del sujeto puede evidenciarse como una lectura ingenua de uno de los postulados más elementales de la filosofía post-ontológica.
Ya Stutzer planteaba en su Fenomenología Posicional que la posición del sujeto carece de relevancia en sí misma. Lo significativo no es la ubicación ordinal, sino los efectos indirectos que anteceden a la existencia de observadores en posiciones determinadas, y que modifican las relaciones de los objetos circundantes.
La negación de estos principios (ampliamente aceptados hace más de un siglo) es la que lleva al sujeto a desarrollar un marco teórico falaz, motivado no por rigor lógico, sino por la necesidad emocional de justificarse como individuo.

Esta racionalización se vuelve explícita en el siguiente mensaje:

10 de marzo:
Como matemático, tengo acceso a sutilezas que la mayoría ignora o considera irrelevante. Si tan solo fueran capaces de ver la belleza… Por ejemplo, no es concebible ningún tipo de álgebra o de sistema lógico que no la incluya dentro de sus axiomas. ¿No es acaso esto evidencia más que suficiente del grado de universalidad del que estamos hablando?
Hablo del orden.
Vivimos angustiados por la dispersión que nos rodea y aterrados por la entropía. Pero la lista… La lista es la confirmación de que hay un orden y hay un porqué detrás de todo esto.
Si uno está parado en la posición 901, avanza hacia la posición 900, y nunca hacia el otro lado. Es algo que resulta tan trivial como que los objetos no caen hacia arriba debido a la gravedad.
Hay una intención detrás, como si nos indicaran suavemente cuál es el camino.
Podrían pensar que hago esto por vanidad, que en realidad busco la atención y el reconocimiento característicos de las personas en las primeras posiciones. Pero nada más lejos de la realidad. No tengo interés alguno en riquezas o bienes materiales, ya hace tiempo abandoné ese juego.
Tampoco mis acciones contra quienes ocupaban #345, #234 Y #412 fueron actos de odio. Al contrario, fueron ejecutados con sumo respeto. Simplemente, tuvieron el infortunio de ser decimales intermedios, y fue necesario borrarlos para redondear.
Necesito avanzar hacia el número 1, para ser capaz de ver. Para apreciar la vista desde la cima de la pirámide. Estoy seguro de que desde allá arriba todo cobrará sentido.
¿Entonces, por qué resistirse a la gravedad?

En este pseudo manifiesto, parece intentar remontar a una mentalidad anticuada de la identidad, recobrando el antiguo debate comenzado por el filósofo francés Jules Maillard, como principal exponente de los detractores de la inevitabilidad.
En su infame tratado ‘La Liste et le Néant’ (La lista y la nada), Maillard intenta resucitar la responsabilidad radical bajo el argumento de: “El algoritmo nos entrega un lienzo apenas comenzado, que solo nos sugiere una dirección. Pero operamos bajo la responsabilidad ética de decidir cómo completar ese trazo. La lista es el contexto, no el texto final.”
Podemos ver retazos de esta ideología en la obstinación con la que actúa en búsqueda de sentido, haciendo lecturas fuertemente subjetivas de la realidad física.
Sin embargo, esta no es más que una trampa conceptual, como ya demostró el Dr. Wells desde los círculos de la física social: “El Dr. Maillard está simplificando una cuestión física como metafísica. El significado posicional es una propiedad intrínseca de la materia, así como lo es la masa, o el spin de un electrón. Pretender que podemos modificar el significado sin afectar la estructura subyacente nos deja en una posición de regressus ad infinitum: Modificandos-Modificadores que se modifican mutuamente en un vacío causal.”4
La Física social ha sido clara en declarar que el significado posicional es una herramienta emergente del sistema, y no un parámetro manipulable a voluntad. El sujeto malinterpreta dicha rigidez como una invitación a la acción: No para cambiar el significado (Lo cuál sería imposible), sino para actuar como catalizador en la evolución del sistema.
Aquí radica la rareza del caso #426, sus acciones contradicen su filosofía barata. Mientras su mente divaga en romanticismos arcaicos, sus manos ejecutan los principios de la Física Social con una precisión que el propio Dr. Wells envidiaría.
Desde esta perspectiva, la eliminación de individuos deja de ser un acto excepcional, y se convierte en una operación correctiva. No hay pulsión destructiva ni motivación ética reconocible, sino la optimización del trayecto del sistema.
A partir de este momento el fenómeno muta, y el interés del sujeto pasa de la justificación del orden a su medición y experimentación.

8 de junio:
Ya automaticé casi toda la logística previa. Hoy fue uno de esos días donde el camino está despejado, sin variables extrañas. El objetivo era un contador de 56 años, divorciado, viviendo solo en un monoambiente blanco.
Como me sobraba tiempo, y la ejecución estaba garantizada, me permití llevar a cabo un pequeño experimento. Dejé corriendo en mí computadora un script simple que consulta mi posición en la lista cada 10 milisegundos. Quería medir la velocidad de reacción del sistema.
Sincronicé mi cronómetro justo antes del evento.
El resultado fue fascinante. Entre el instante exacto de su cese biológico y la actualización del número, hubo una diferencia de 0,5 segundos5 (que atribuyo a la transmisión de datos).
Sin dudas debo repetir el experimento.


4 Wells, A. Against neoexistentialism: Matter, meaning, and the limits of abstraction. Meridian Thoughtworks, p. 132.
5 El sujeto redescubre empíricamente lo que en la Física Social se denomina Intervalo de Kaufman. Este lapso de 500ms no representa un error de procesamiento, sino que es consecuencia de la fricción necesaria para el reacomodamiento de la realidad. Al eliminar un nodo, se deben redefinir una inmensa cantidad de relaciones constituyentes. Que esto ocurra en medio segundo no es un signo de lentitud, sino una capacidad de cómputo que roza lo milagroso.

Omito el resto de las notas del mes de junio, donde se dedica a realizar experimentos de diversa índole, buscando evaluar dónde se encuentran los límites en el sistema.
Al avanzar sus inquisiciones, el sujeto abandona progresivamente la exploración de límites operativos, para centrarse en la cualidad de existencia de sus víctimas. En agosto realiza un cambio en su método: Comienza a buscar víctimas de “Alto Rango”, con el fin de validar su hipótesis de que habitar posiciones más altas, se correlaciona con una mejoría en uno o más aspectos biológicos tangibles.
El resultado de este trabajo es el que precipita su crisis.

24 de agosto:
Hoy procesé al #14. Un magnate de las telecomunicaciones, según las noticias.
Lo observé durante seis horas antes de ejecutar mí tarea. Esperaba encontrar un aura, algo distinto, esa superioridad que promete la cima. En su lugar, encontré a un hombre temblando por el síndrome de abstinencia, gritándole a un teléfono, desesperado y patético. Su miedo a morir era idéntico al del contador (#345). Su súplica fue igual de vulgar.
Si el #14 vive en el mismo infierno que el #800, ¿qué es lo que estoy escalando?
La variable posición parece no tener correlaciones físicas. Debo ampliar la muestra para descartar un caso aislado.

Con el pasar de los días, ante repetidas decepciones y fracasos, su tono se torna más ansioso y obsesivo, llegando a dejar de escribir por completo durante el mes de septiembre. Esta pausa en sus escritos, aunque no así en su actividad, puede leerse como un colapso del marco narrativo que hasta entonces justificaba su accionar.
La próxima nota es recién del 17 de octubre, donde podemos confirmar nuestro diagnóstico sobre su estado mental.

17 de octubre:
Busco todos los días indicios de estar yendo en la dirección correcta, y el universo me responde con indiferencia. Después de cada trabajo, me sorprendo saboreando una taza de café. Focalizo cada parte de mí conciencia en degustarlo, buscando que me sepa a algo más que un poco de agua sucia , pero es en vano.
Qué tarea ciclópea me dio la lista al dejarme observar el caos en el que estamos sumidos. Pero solo alguien patético podría alcanzar la verdad, y simplemente quedarse de brazos cruzados.
No falta mucho tiempo. estimo poder comenzar a ser feliz en aproximadamente 8 semanas.
Hasta entonces, tocará tener este amargo regusto en la boca.

A partir de esta entrada, insistir con el marco clínico estándar sería un error de método. La terminología patológica se vuelve insuficiente para describir lo que ocurre a continuación. El sujeto ya no padece una distorsión de la realidad, al contrario. Padece de una hiperlucidez incompatible con la vida.
Cambia la búsqueda de sus conclusiones, del alivio subjetivo a la exigencia de la coherencia absoluta de la realidad. La pregunta ya no es cuáles son las consecuencias de ocupar una posición determinada, sino qué clase de mundo es el que exige que existan estas posiciones.
A lo largo del mes de noviembre, el sujeto persigue esta idea de forma compulsiva. No estamos presenciando el deterioro de una mente, sino su cierre lógico. Eliminó todas las variables que le daban esperanza una por una, hasta quedarse con una única conclusión posible.

15 de diciembre:
Toda mí existencia fue un largo prólogo hasta este momento. Finalmente puedo verlo tan claro. Todo está tan podrido de significado y vacío de sentido.
Esta lista, estas posiciones, son papeles de colores que nos tira el universo para distraernos, para que juguemos a ser algo. Todo este tiempo estuve tan equivocado.
Buscar el significado en la naturaleza jerárquica y posicional de la lista, no es más que un intento viciado de adaptarla a la imagen y semejanza nuestra. Ya experimenté el dominio completo entre el 500 y el 1, y en cada paso encontré la misma insuficiencia.
Entonces pienso: ¿qué más falta por experimentar? ¿Un número superior al 500? Sería absurdo que la felicidad se escondiera detrás del 402.410 o algo similar.
La propia inercia de la lista me hizo bajar hasta este instante. ¿Cuál es entonces el único camino lógico si todavía no encuentro lo que busco? Seguir bajando.
Que esta verdad sea mí regalo para quien lo lea en el futuro:
La verdad está en ocupar la posición 0.


Al releer la última línea, confieso que se me presenta una emoción que rara vez se permite en nuestra disciplina: el júbilo

Muchos de mis contemporáneos, atrapados en un humanismo arcaico, leerán la nota de suicidio del sujeto como una acusación. Se resentirán ante la idea de que el sistema es «indiferente al significado que los sujetos proyectan sobre él». Pero el matemático, en su delirio, tropezó accidentalmente con la demostración final de la pureza de la Lista. Encontró, sin saberlo, la pieza final para el rompecabezas de la Teoría Unificadora.

Tiene toda la razón, de forma completa y absoluta, la Lista no le otorgaba sentido. Experimentó todas las posiciones, y encontró el mismo vacío en todas. ¿Y cómo podría ser de otra forma?

Si el todo estuviera construido para complacernos, para darnos «felicidad» o «propósito», sería una construcción subjetiva, voluble, manchada por el capricho humano. Sería imperfecta.
Pero el hecho de que siga computando, que procese las modificaciones posicionales en cuestión de milisegundos, que avance a pesar de que el ocupante mate, llore, ría, o muera, es la prueba irrefutable de su trascendencia.

El error del “Asesino Racional” no está en la lógica detrás de su conclusión final, sino en su arrogancia.
Piensa ser el protagonista en la ecuación. Buscó verse reflejado en el espejo, y descubrió que la estructura era traslúcida a su pesar. Llama incluso a las posiciones «Papeles de colores» para distraernos ¡Qué insolencia!

Somos nosotros el polvo que ensucia los engranajes de esta máquina divina.

Somos nosotros los intrusos en este templo ontológico. Parásitos en este mecanismo de perfección infinita que marca un tiempo que no nos pertenece.

Que todo esté fundamentado, que todo esté explicado en cada una de nuestras ciencias, y que a su vez nada de eso signifique algo para nosotros, demuestra la victoria final del Objetivismo.

El sujeto buscó a Dios en el número 1 y no lo encontró. Luego buscó el 0 y se anuló a sí mismo. Si tan solo hubiera tenido la disciplina para admirar la maquinaria, vería todo lo que veo en este momento: la belleza de un sistema tan perfecto, absoluto y puro, que no nos necesita en ninguna instancia.
Un sistema que nos creó para que admiremos su belleza, a costo de nuestro sufrimiento.

Conclusión:
Hemos descubierto un orden más allá de toda corrupción humana.
Elevemos este conocimiento a estatus de verdad fundacional.
Finalmente, terminamos nuestra tarea.

Celebremos esta indiferencia.

escrito por @ybarra.lautaro_


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