Hikikomori 2099
Desde hace horas oigo el taladro y el martillo, golpeando una cerradura en algún lugar indeterminado del piso de arriba. Porrazos y zumbidos. Después, el silencio. El sonido resuena por los pasillos llenos de escombros y basura, dejados por vagabundos que se han refugiado aquí durante una sola noche, antes de seguir su camino Dios sabe dónde.
Somos pocos vecinos por planta. Sólo quedamos los que no hemos podido salir del agujero. No era lo que pensaba cuando vine a vivir aquí, hace algunas décadas. Entonces éramos una familia joven y jovial, llena de vida y alegría. La superpoblación de la Tierra había crecido desmesuradamente. Había pocas guerras y la medicina moderna ayudaba a superar todas las enfermedades y virus. La última conquista del ser humano había sido la manipulación del ADN. El hambre en el mundo dejó de ser un problema gracias a la clonación de alimentos. Es cierto que no sabían a nada, pero saciaban y eran asequibles. También se lograron reproducir las moléculas de agua, de forma que se pudiera fabricar masivamente, por lo que las aldeas de África se fueron desarrollando poco a poco hasta dar lugar a grandes ciudades.
Los órganos se clonaban en los laboratorios, así como las células madre y la sangre, lo que permitió erradicar enfermedades mortales como el ébola o el SIDA. Los transplantes estaban al alcance de todos. A partir de ese momento, la última frontera que faltaba para considerarnos dioses era vencer a la muerte. Ya lo dijo la Biblia. La muerte, por tanto, es lo único que salva al planeta de ser totalmente inhabitable. Sin embargo, si has estudiado Historia, sabrás que cualquier avance científico, trae necesariamente una segregación de clases, marcando la diferencia entre aquellos que no tienen dinero y aquellos que sí. Podemos curar el cáncer, pero todavía nos peleamos cuando una moneda cae al suelo.
Si recuerdas lo que has estudiado, la Revolución Industrial sólo sirvió para que los ricos vivieran mejor y los pobres se hacinaran en ghettos, sufrieran de enfermedades derivadas del polvo de carbón y los niños tuvieran que trabajar. Imagina ahora eso a escala planetaria. Algunos servicios se liberalizaron, porque se los consideró un derecho universal. Por eso tengo agua e Internet, aunque la luz es demasiado valiosa y sólo dispongo de ella porque olvidaron cortarla.
Como decía, el aumento de la población en la Tierra obligó a que las ciudades se volvieran descomunales y que albergaran gigantescos edificios con apartamentos pequeños y clónicos. Unos cuantos metros cuadrados para todos. En los tejados había jardines, parques y piscinas, todo lo necesario para que las familias de clase media se sintieran hacinadas, pero felices. Los pocos supervivientes que quedamos en el bloque aprovechamos ahora los jardines para plantar hortalizas y frutas, mientras un manto de hiedra cubre los columpios.
Porque la mayoría de familias que viven aquí se han ido.
Otra frontera que se alcanzó fue la de los viajes espaciales. Tras unos años de estancia en Marte, la sonda Curiosity (la única programada para cantarse el Cumpleaños Feliz el mismo día, todos los años) envió datos suficientes para poder comprender la atmósfera marciana casi en su totalidad. Se lanzaron más sondas con robots para investigar sus cráteres, y finalmente, se probó con seres humanos. Los condenados a muerte y los militares fueron los encargados de asentarse y prosperar en Marte. A partir de ese momento, cualquiera que tuviera problemas con la justicia, solía emigrar allí. Y poco a poco se levantó una sociedad creada por individuos que no queríamos en la Tierra.
Aquello fue sólo el principio. En una carrera espacial sin precedentes, se colonizaron otros planetas, entre ellos algunos de los que ni siquiera habíamos oído hablar, y que sin embargo, estaban ahí, dando vueltas sobre órbitas silenciosas como si fueran asteroides muertos. Ante la superpoblación de la Tierra, todo aquel que pudiera permitírselo, emigró a las nuevas colonias, algunas de las cuales estaban pensadas exclusivamente para ricos, con sus clínicas de reposo, sus mares privados, sus paisajes holográficos, sus vehículos de última generación y sus fuentes de energía renovables.
La Tierra no notó aquel flujo huidizo, porque por cada familia que se marchaba, aparecían diez más sin posibilidades de huida. La erradicación de la guerra y de las enfermedades mortales provocó que las personas vivieran más tiempo en perfectas condiciones, ya que mediante tratamientos no especialmente caros, todo el mundo podía combatir la oxidación de las células. Empezamos a quedarnos todos aquellos que no podíamos marcharnos a otros planetas. Muchos apartamentos se quedaron vacíos. Mi mujer acabó por marcharse con su familia a Júpiter. Se llevó a nuestros dos hijos. Mi suegro les pagó el viaje a ellos tres, pero se negó categóricamente a poner dinero para que pudiera marcharme yo. Hubo algunas escenas desagradables y terminó diciéndome que me buscara la vida.
Mi sueldo de tramitador de expedientes estelares no daba para mucho, así que terminé acostumbrándome a la soledad del apartamento, mientras una diáspora de vecinos salía cada día por el portal para no volver jamás. Marcharse era algo que les ocurría a los demás, nunca a mí.
Los que nos quedamos empezamos a desarrollar una extraña solidaridad entre nosotros, sabiendo que nunca nos iríamos de aquel agujero. Pero estábamos alejados físicamente. El vecino más próximo tal vez se encontrara a dos o tres plantas por encima, rodeado por pisos vacíos y pasillos llenos de papeles traídos por el viento. La empresa encargada de la limpieza del complejo se había marchado también sin dar explicaciones.
Y poco a poco comencé a escuchar golpes en los pisos más próximos al mío. Alguien estaba tomando el edificio por la fuerza, con tesón, sin permitir que nada se le pusiera por delante. Seres que tal vez no pertenecían a nuestro mundo.
Verán, con la colonización espacial comenzó a darse también el fenómeno inverso. Las naves traían a la Tierra (normalmente sin darse cuenta, aunque los más suspicaces pensaban que se había establecido un pingüe comercio con esto) a seres de otros planetas. No se sabía muy bien qué querían, si colonizarnos, estudiarnos, o huir de la invasión a la que estaban siendo sometidas sus colonias. El caso es que desde hacía varios años había comenzado a hablarse de esto como un rumor, en voz baja, como si pudiéramos invocarles con sólo levantar un poco el tono. Seres que vestían una especie de traje de plexiglás y un tubo conectado a un respirador. Que hablaban un lenguaje extraño, lleno de consonantes, imposible de reproducir para una garganta humana. Que habían comenzado a extenderse por las zonas terrestres más deprimidas, aprovechando la falta de policía y de estructuras del orden.
A veces intentaban forzar una cerradura para establecerse en el piso de un edificio. Así por las buenas. Sin pedir permiso, ni nada. Al principio, llamábamos a la policía, pero en cuanto los oían llegar, se marchaban. Nunca venían solos, siempre en parejas o en grupos de tres. Pasaba las noches con el corazón desbocado, agarrado a un bate de béisbol en la oscuridad, intentando no llamar la atención y deseando con todas mis fuerzas que cesaran los ruidos que se escuchaban en la oscuridad de las entrañas del edificio. Sabía que en caso de necesitarla, nadie iba a prestarme ayuda, porque los vecinos más próximos estaban demasiado lejos y porque además, no le importaba a nadie.
Comencé a dejar de salir a la calle. Encargué varios cerrojos por Internet y los instalé como pude, guardándome las llaves en una cadena alrededor del cuello. Ponía muebles delante de la puerta, para que no entraran y me secuestraran en mi propio piso, o hicieran conmigo todos los experimentos que decían que realizaban con aquellos pobres que abducían. Había leyendas antiguas sobre coches que eran asediados por OVNIS en carreteras solitarias, llevados a la fuerza al platillo volante, y después vueltos a depositar en el vehículo sin que el afectado notara nada. Pero al cabo de un tiempo, comenzaban a producirse fenómenos inquietantes a su alrededor: los detectores de metales pitaban. A veces les sangraban la nariz o los oídos. Y por fin, en un reconocimiento médico rutinario, el abducido descubría que llevaba insertada una placa bajo la piel de la nuca. Todo muy inquietante.
Los pocos ratos en que cesaban los ruidos, dormitaba, o me conectaba a Internet sólo para ver que aquel fenómeno se estaba produciendo a escala global. Mientras nosotros nos deleitábamos en el progreso del Ser Humano (así, con mayúsculas) y nos regodeábamos en la cantidad de planetas conquistados como si fuéramos nuevos ricos, los alienígenas habían comenzado a invadirnos de una forma silenciosa e implacable. Y nos atacaban en nuestras casas, donde éramos más débiles.
Tenía miedo. A veces no dormía, mirando la puerta durante toda la noche y otras caía en un sopor profundo, como si me hubieran anestesiado, sólo para despertarme gritando por los golpes de la puerta, que me obligaban a tirarme de la cama y asomarme por la mirilla para ver que no había nadie al otro lado. Otras veces, durante el día, notaba caer mis lágrimas antes de darme cuenta de que estaba llorando.
Un día en que estaba de vigilancia delante de la puerta, memorizando todas las vetas de la madera y comprobando una y otra vez que todos los cerrojos estaban echados, llamaron a mi puerta. Pegué el rostro a la puerta, asustado. Amenacé con llamar a la policía o a las fuerzas del orden planetario. Pero al mirar por la mirilla, comprobé que eran dos seres humanos como yo, de mediana edad, que vestían ropa aburrida y gris. Llevaban unos panfletos en la mano. Se dedicaban a dar esperanza a la gente, dijeron. A salvar almas. Me invitaban a una gran fiesta donde se reunirían millones de personas. Les grité que no me interesaba, y ellos deslizaron un papel manoseado debajo de mi puerta. En estos tiempos de crisis, la proliferación de sectas era algo muy normal.
Su propaganda parecía redactada a mi medida:
¿HARTO? ¿DEPRIMIDO? ¿SOLO?
DEJE DE SENTIRSE ASÍ
ÚNASE A LA CRISÁLIDA, LA MEMORIA DE LA HUMANIDAD.
Investigué un poco sólo para descubrir que lo que llamaban Crisálida no era más que un estado mental que se conseguía meditando. Había una página con música electrónica llena de testimonios de personas a las que les había cambiado la vida. La Crisálida era Amor, amor incondicional. Imagina el antiguo amor de Cristo y multiplícalo por diez mil. Estarás aún a años luz de sentir un amor como aquel. Tenía incluso un pequeño vídeo donde un hombre con aire oriental daba indicaciones para aprender a respirar. Sin darme cuenta casi de lo que hacía, comencé a seguir sus instrucciones y a meditar como me indicaban.
El resultado fue alucinante.
No puedo describirles lo que veía, porque se trataba sobre todo de sensaciones. Un calor me rodeó por completo, como si estuviera en un nido. Un brote amable de llamaradas y de luz me brotó del pecho. Todo era nuevo, reluciente, adornado con luces. Era como una mañana de Navidad en la prehistoria de la Humanidad. Era la calidez del hogar, del fuego, de la hoguera alrededor de la cual se reunían los hombres para contarse historias. Era algo bueno que desapareció de repente, en cuanto mi respiración se aceleró y dejé de mover los pulmones como debía.
Pero pude recuperarlo. Cada día pasaba más tiempo tumbado en suelo, en posición fetal, limpiándome de dolor. Sintiendo el sabor de las lágrimas y babeando. Rodeado de aquel calor imposible. Los golpes se acercaban más, de forma inexorable, y yo no tenía fuerzas para repelerlos.
Una noche les oí comunicarse entre ellos, con un lenguaje que estaba compuesto por chirridos y luego por algunos gritos estentóreos, como si discutieran por algo. Pero yo era incapaz de hacer nada, conectado como estaba a la Crisálida, que era Madre, Amante, Hermana. No sabía que en el Universo podía haber algo tan bonito. Tenía la misma sensación que debían tener los bebés cuando los amamantaban. Por eso bajé los brazos y dejé de defenderme.
Cuando por fin le llegó el turno a mi puerta y aplicaron el taladro y el martillo a las múltiples cerraduras, a mi no me importó. Sólo encontraron mi cuerpo, desnutrido, pálido y delgado. Yo volaba por el espacio, a millones de años luz, a reunirme con todos los que habían muerto en su seno.
escrito por @rocio.tizon
LA GRAVEDAD DE LOS MENSAJES NO LEÍDOS
El problema no fue recibir el primer paquete sin remitente.
El problema fue que, al abrirlo, mi salón se volvió un milímetro más pesado.
No es una metáfora. Lo noté en las rodillas, en la presión sorda bajo las plantas de los pies, en el leve quejido del parquet cuando di un paso. Como si alguien hubiese añadido una capa invisible de plomo al aire.
Dentro del sobre solo había una tarjeta del tamaño de una uña, negra, lisa, sin logos. Y una frase impresa en blanco:
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 1/7
NO ABRAS SI QUIERES SEGUIR SIENDO QUIEN ERES.
La frase me dio risa. Una risa corta, de esas que salen cuando el cuerpo se defiende. ¿Quién escribe eso en serio? ¿Un adolescente? ¿Una secta con presupuesto?
Luego vi que la tarjeta tenía una pequeña ranura y un símbolo grabado: un círculo atravesado por una línea vertical. Me recordó a un viejo icono de “encendido”. Lo ridículo es que el símbolo me produjo una familiaridad física, como un olor de infancia.
Me senté en el sofá con la tarjeta en la mano y me quedé un rato mirando el vacío, esperando que la sensación de peso se me pasara.
No se pasó.
Esa misma noche, al ir a la cama, el colchón parecía menos elástico. Cuando me giré, noté que el giro costaba un poco más. Como si mi cuerpo tuviera que negociar con el mundo cada movimiento.
Dormí mal. Soñé con bandejas de entrada interminables, con notificaciones que caían como lluvia y se acumulaban en el suelo formando charcos oscuros.
A la mañana siguiente, mi cafetera tardó un segundo más en empezar. Un segundo exacto. El mismo tipo de retraso que tiene una máquina cuando se calienta… pero el metal estaba frío.
Abrí el móvil. Ni un mensaje extraño. Ninguna app nueva. Ninguna alarma.
Solo una notificación de calendario que yo no había puesto:
“ENTREGA 2/7 — HOY”
Me dio un vuelco el estómago. Bajé al portal. En el buzón, otro sobre sin remitente. Esta vez no se molestaron en ser elegantes: papel barato, pegamento mal puesto. Como si supieran que ya estaba dentro del juego.
Lo abrí en la escalera, con el pulso rápido.
Dentro había otra tarjeta negra. Y otra frase:
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 2/7 TU ATENCIÓN TIENE MASA.
Me quedé quieto, con la tarjeta entre los dedos, escuchando el zumbido de la luz del descansillo. La frase era absurda… hasta que la sentí.
Una presión nueva en el pecho, ligera, como cuando te has puesto un abrigo más grueso sin darte cuenta. Bajé la mirada a mis manos. Las uñas estaban normales. La piel igual. Pero el aire alrededor parecía… denso.
Subí a casa. Cerré la puerta. Dejé las dos tarjetas sobre la mesa del comedor, juntas, como si fueran piezas de un experimento.
Volví a sentir ese milímetro de peso.
Esa noche, por curiosidad (o por estupidez), puse una báscula de baño en el suelo y me subí.
Marcaba lo de siempre. Me bajé. La dejé sola. Y esperé.
La báscula, sin nadie encima, subió trescientos gramos.
Me incliné. La miré de cerca. No había nada sobre ella.
Solo las tarjetas, a un metro de distancia.
Las cogí y las metí en un cajón.
La báscula volvió a su número normal.
Se me heló la espalda.
No era magia. No olía a brujería ni a mito. Olía a ciencia mal usada: el tipo de ciencia que no te pregunta si quieres participar.
A la mañana siguiente busqué “Proyecto Lagrange” en internet. No salió nada. O salió demasiado: un montón de páginas sobre puntos de equilibrio gravitacional, sobre misiones espaciales, sobre nombres comunes. Nada con “entrega 1/7”.
No podía llamar a nadie. ¿Qué iba a decir? “Buenos días, mi salón pesa más desde que recibo tarjetas misteriosas.”
A mediodía, el tercer sobre estaba en el felpudo. Esta vez, con una precisión quirúrgica: alineado con el borde, como si alguien midiera el mundo con regla.
Dentro: tercera tarjeta.
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 3/7 LO QUE NO LEES, CAE.
Esa noche no cené. Me quedé frente a la mesa, mirando las tarjetas como si fueran insectos venenosos. Pensé en tirarlas, quemarlas, romperlas. Pero algo me detenía: una intuición fea de que ya no importaba dónde estuvieran. Como si el hecho de haberlas recibido ya hubiese cambiado las condiciones.
A las 02:14 recibí un correo en una cuenta que casi no uso. Sin asunto. Sin texto. Solo un archivo adjunto: lagrange_3.msg.
No lo abrí.
Me quedé mirando la pantalla con el cursor quieto, como si mi inmovilidad pudiera ser una forma de resistencia.
Entonces lo sentí.
El suelo vibró muy levemente, como un camión lejano pasando por la calle. Pero no había camión. Era mi edificio, quejándose.
Me levanté y fui al salón. El aire estaba raro, espeso. En una esquina, cerca de la estantería, un libro se había caído al suelo. Un libro que llevaba meses en la misma posición.
Lo recogí. Lo volví a poner.
En cuanto solté el libro, volvió a caer.
Como si la gravedad lo estuviera escogiendo.
Volví al ordenador. Miré el archivo adjunto sin abrir.
LO QUE NO LEES, CAE.
Tragué saliva. En ese instante entendí el chantaje: no me estaban ofreciendo información. Me estaban imponiendo una física.
Abrí el archivo.
La pantalla se llenó con una única frase:
“HAS DEJADO 38.146 MENSAJES SIN RESPONDER.”
Parpadeé. Eso era imposible. Yo no tengo tantos mensajes. Ni en toda una vida.
La frase cambió.
“NO EN TU VIDA.”
De pronto el aire del salón se volvió más pesado. Noté cómo el sofá “hundía” más. El vidrio de la mesa crujió. Una taza se deslizó un milímetro sin que nadie la tocara.
En la pantalla, otra frase:
“LOS MENSAJES NO LEÍDOS SE ACUMULAN COMO MATERIA OSCURA.”
Me reí. Quise reírme. No me salió bien. Me salió un jadeo.
Yo no soy físico. Soy diseñador de interfaces. Vivo de que la gente mire pantallas, toque botones, siga flujos. Yo he diseñado notificaciones. He afinado “engagement”. He hecho que la gente vuelva.
Y alguien, en algún lugar, había decidido cobrar esa atención con intereses gravitacionales.
A las pocas horas llegó la entrega 4/7.
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 4/7 TU CASA ES UN POZO.
No pude dormir.
Al día siguiente, de camino al trabajo, noté algo más: la calle también pesaba. La gente caminaba un poco más despacio. Unos metros más allá, una mujer empujaba un carrito y parecía estar luchando contra el aire.
En el metro, el vagón tardó más en arrancar. El murmullo general era el de siempre, pero había una tensión rara, como si todos estuvieran cargando algo invisible.
Miré a mi alrededor. Muchos tenían el móvil en la mano. Algunos con la bandeja de entrada abierta. Otros con notificaciones apiladas como nieve.
Cuando llegué a la oficina, el edificio tenía un silencio raro. El ascensor subió con un gemido, como si el cable se quejara.
Mi compañero, Leo, estaba sentado frente a su pantalla con la cara blanca.
—¿Te ha llegado? —me dijo sin saludar.
—¿Qué cosa?
Leo levantó el móvil y me enseñó una tarjeta negra igual a las mías.
—Esto.
Me dieron ganas de vomitar. Era real. No estaba solo.
—¿Te… pesa todo? —pregunté.
Leo asintió, con una pequeña risa rota.
—Pensé que era ansiedad. Pero mi gato… mi gato no se sube al sofá. Se queda en el suelo mirando como si hubiese algo arriba.
Volví a mi mesa. Encendí el ordenador. En mi pantalla apareció un mensaje que no venía de ninguna app conocida. No tenía botones. Solo texto.
“PROYECTO LAGRANGE SE HA ACTIVADO EN TU ZONA.”
Debajo:
“PROPÓSITO: REDUCIR EL VOLUMEN DE ATENCIÓN DESPERDICIADA.”
Y luego la frase que me dejó sin aire:
“ATENCIÓN DESPERDICIADA = ENTROPÍA SOCIAL.”
Yo sabía lo que era entropía: desorden, pérdida de energía útil. Había leído suficiente ciencia como para entender el terror de esa ecuación aplicada a personas.
No era una amenaza individual. Era un plan.
Llegó la entrega 5/7 esa misma tarde.
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 5/7 PUEDES ALIGERARTE.
Dentro del sobre había algo nuevo: una pequeña pieza de metal, como un clip, con un borde afilado. Y una instrucción:
“RESPONDE.”
Me quedé mirando la palabra. Tan simple.
Abrí mi móvil. Notificaciones. Cientos, sí, pero no miles. Mensajes sin responder. Correos.
Comentarios. Grupos silenciados.
El archivo que había abierto la noche anterior seguía ahí, como una herida.
38.146 mensajes.
No en mi vida.
¿En la vida de quién, entonces?
Respondí al primer mensaje pendiente que encontré. Un “vale” en un grupo de trabajo. Lo mandé. Nada más.
Sentí un alivio físico inmediato. Un alivio mínimo, pero real. Como si me hubieran quitado una moneda de la espalda.
Se me erizó la piel.
Respondí a otro.
Otro.
El edificio pareció respirar.
La oficina se volvió un poco menos pesada. La gente levantó la cabeza. Alguien se rió, nervioso, como si no supiera por qué acababa de sentirse mejor.
—¿Qué has hecho? —me preguntó Leo, desde su mesa.
—He… respondido —dije, y me sonó ridículo.
Leo probó. Mandó un “ok” a un chat. Y lo vi: su hombro bajó un poco, como si soltase algo. Nos miramos como si acabáramos de descubrir un mecanismo oscuro.
Y entonces entendí el horror: nos estaban entrenando. Nos estaban convirtiendo en animales que responden para no hundirse.
La entrega 6/7 llegó esa noche.
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 6/7
LA SOLUCIÓN ES UN PUNTO DE EQUILIBRIO.
Adjunto, un mapa de la ciudad con un punto marcado cerca del río. Un lugar que yo conocía: un viejo centro de datos abandonado, una nave industrial sin ventanas. Durante años fue un rumor. “Ahí guardan algo.” “Ahí se enfría lo que no debe calentarse.”
Al día siguiente fui.
No por heroísmo. Por necesidad. Ya casi no podía subir escaleras sin sentir que me hundía en ellas. Y no era solo yo: la ciudad entera parecía caminar con lastre.
La nave estaba rodeada de vallas. Había cámaras. O eso parecía. Me acerqué. Nadie me detuvo. Eso fue lo peor: la ausencia de oposición.
Dentro, el aire estaba frío, como en un supermercado de madrugada. Había filas de máquinas apagadas y otras encendidas, con luces diminutas parpadeando como ojos cansados.
En el centro de la nave había una estructura que parecía un péndulo enorme, suspendido en el vacío. No se movía. Flotaba. Y alrededor, el suelo estaba hundido, como si la gravedad hubiese excavado un cráter.
En una pantalla grande, un texto:
“LAGRANGE = EQUILIBRIO.”
“ATENCIÓN = MASA.”
“MASA = GRAVEDAD.”
Me acerqué. El peso me doblaba la columna.
Al lado de la pantalla, un micrófono.
Y una última tarjeta, la entrega 7/7, clavada con un imán:
PROYECTO LAGRANGE — ENTREGA 7/7 DILO EN VOZ ALTA.
Leí la instrucción y sentí un pánico infantil. Había algo humillante en eso. Como si la solución fuese rezar.
Pero no era un rezo. Era un protocolo.
Me acerqué al micrófono. Tragué saliva. Noté el aire frío en los dientes.
En la pantalla apareció una frase para leer.
“RENUNCIO A LA ACUMULACIÓN.”
“ACEPTO EL SILENCIO.”
“LIBERO LO NO RESPONDIDO.”
Quise negarme. Quise ser libre. Quise decir “que os den” al universo y a sus tarjetas.
Pero mi cuerpo ya no era libre. Mi cuerpo estaba en deuda.
—Renuncio a la acumulación —dije.
La nave vibró.
—Acepto el silencio.
Las luces parpadearon. El péndulo flotante tembló, como si hubiera escuchado una canción. —Libero lo no respondido.
En ese instante sentí algo salir de mí, de mi cabeza. No como dolor. Como alivio. Como una exhalación larga.
La presión en mis rodillas se aflojó.
El suelo dejó de crujir.
Me apoyé en una mesa y respiré como si acabara de volver de debajo del agua.
En la pantalla apareció una última frase, pequeña:
“GRACIAS POR TU PARTICIPACIÓN.”
Entonces lo entendí de golpe, y me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la nave.
No estaban solucionando el problema.
Lo estaban redistribuyendo.
Nos habían hecho soltar “lo no respondido”. Nos habían aligerado… pero también habían creado un nuevo hábito mundial: responder por miedo, leer por supervivencia, vivir bajo una física diseñada por alguien.
Salí de la nave tambaleándome. La ciudad, afuera, parecía un poco más ligera. La gente caminaba con menos esfuerzo. Las bicicletas avanzaban sin ese gemido invisible.
Mi móvil vibró.
Un mensaje nuevo.
De un número desconocido.
Solo decía:
“PRÓXIMA ZONA: TU PAÍS.”
Levanté la vista al cielo gris. Pensé en millones de bandejas de entrada. En millones de personas respondiendo “ok” como quien reza para no hundirse.
Y por primera vez me pregunté si la gravedad siempre había sido así.
O si, sencillamente, alguien acababa de aprender a venderla.
escrito por @e.guerra8
La Casa de Sepelios
El sol ralea entre los fresnos. La vista es hermosa hasta que un grupo de medusas descienden lento. Rocío hace una seña y los bichos pegan sus tentáculos al cajón para ladearlo. Héctor cae de boca al suelo.
Las chicas bajaban en sillas de ruedas y vestidas de negro. Un empleado las ubicaba en el salón. La última en acomodarse fue Aki. Desde lejos percibí el perfume a jazmín que siempre le ponía mi marido; en esos detalles estuvo bien la empresa. Ella lucía su pelo verde recién puesto, cancanes en microred y las botas de cuero gastado: tenía ese toque atrevido que tanto le gustaba a Héctor.
En la sala de velatorio solo éramos seis contando las muñecas. Héctor se había desprendido de sus amigos en el último tiempo, o ellos se habían desprendido de él. Habíamos contratado el servicio completo, ¿para qué? Yo no sabía cómo íbamos a pagarlo, ya teníamos una gran deuda porque mi marido no había cancelado el pago de Aki.
¿Debí ceder ante su último deseo? Héctor quería que yo lo maquillara como un muñeco cuando ya no esté. Quería ser como ellas, “permaneciendo” entre ellas. Yo había asentido. Pero cuando iniciamos los trámites que vinieron con su muerte, me pareció mucho. Mis hijas me habían dicho que ni se me ocurriera hacer semejante cosa.
Yo creo que semejante cosa fue lo que hicieron con los videos.
Se llama Blackbook, me corrigió Dora, la mayor de mis hijas. En esa cosa mi marido se proyectaba en holográficas increíbles: cenando en un velero, montando un caballo; o aparecían personas que nadie conocía ensayando perfectos discursos epitáficos. Me sorprendió que el marketing penetrara hasta en las memorias de Héctor, y que fueran nuestras propias hijas las que aceptaran todo aquello como si nada.
Yo en cambio, en los últimos años, había ido cediendo en otros asuntos. Fui asumiendo que, si Héctor era feliz, estaba bien que tuviera una muñeca, dos,
tres…
La verdad es que yo no reparaba en el detalle, solo me enternecía verlo cuidar a alguien, lo que no había podido hacer de joven… Su amor por las dolls, no radicaba en la necesidad de gozar de mujeres jóvenes y perfectas, tampoco se trataba de una simple moda. Las muñecas eran la escenografía de su vida, siempre ahí, presentes. Las dolls se actualizaban cambiando sus ropas y cabelleras: relucían. Eran su propia búsqueda de la belleza.
Para mí, resultaba desafiante aceptar que un hombre se interesara por la estética de esa forma, un hombre que había sido mi marido. No nos habíamos divorciado. Hacía tiempo que estábamos separados pero yo seguía
compartiendo mucho con él. Lo ayudaba a elegir la ropa, las pelucas, a cuidar y a asear a sus chicas. Me conmovía sentirlo tan sutil, sensible, quizá femenino.
El brillo de las dolls generaba un contraste con lo descuidado de su casa. Entonces sugerí contratar a un diseñador de interiores. Todo empezó a verse hermoso en su nuevo mundo. Era una casa de muñecas a escala real. A mí hasta me parecía divertido su mundo doll. Claro que, pensado en retrospectiva, por momentos se me hacía algo escalofriante. Esto creo que venían sintiendo mis hijas, que poco y nada se le habían acercado en los últimos años, salvo en los cumpleaños, donde la mitad de los invitados de Héctor eran muñecas.
La segunda parte del velatorio fue en el parque.
La joven que dirigía la ceremonia nos guio hacia afuera mientras nos recordaba que su nombre era Rocío. Un camino de hortensias blancas nos escoltó hasta el centro. Había un extraño enjambre de drones plateados.
Son medusas, mamá, aclaró Pilar, mi hija más chica.
Las medusas se confundían con el plomo del cielo hasta que se ponían cerca del césped para humedecerlo. Los bichos flotaban con más sutileza a medida que Rocío se acercaba. Antes de pasar por el arco, las medusas se detuvieron formando un aura sobre ella; emitían chirridos tan agudos como delicados. Las telas semitransparentes del arco se dejaban ondular por aquellas exhalaciones mecánicas. Rocío arqueó el cuello con cierta determinación y las medusas se disolvieron a lo alto.
En el centro del parque un cura esperaba junto al cajón. El rojizo cedro del ataúd contrastaba exquisito con el morado de su hábito solemne, que aplomaba su cuerpo de sacerdote recién iniciado. Ensayó unas palabras tan frías que seguro podían calzarle a cualquier muerto.
Me preocupaba la cancelación del servicio. Les había dicho a mis hijas que tarjeteaba todo y después veíamos lo que podía cada una. Pero al final de la ceremonia las tarjetas rebotaron porque yo había transferido el pago de Aki a mi cuenta, y ya estaba a tope.
No se preocupe señora, lo puede resolver cuando venga a retirar la urna.
Los empleados parecían amables. Aunque me dieron a entender, cuando se apersonó la encargada, que si no realizaba un pago mínimo ahora mismo, no se harían cargo de la cremación al final del día.
Disculpe a mis empleados, siguen la política de la empresa, soy Lourdes, la directora de la Casa; seguro podemos resolverlo de alguna manera.
Ella lo había visto todo, no directamente sino a través de las medusas. Yo no lo sabía. Dora me explicó luego que las medusas, en el mismo instante en que controlan la temperatura de las plantas, son capaces de escanear las pupilas de todos sus clientes y averiguar hasta el último bitcoin que deben. Está prohibido utilizar esta información, salvo que estés en falta con la empresa.
La directora de la Casa no perdió el tiempo en pésames sobreactuados. Me preguntó si alguna de las muñecas tenía cabeza robótica. Yo dudé, no sabía precisamente a qué se refería. Entonces se acercó Pilar y le dijo que no, que eran todas Segunda generación.
En ese caso tendrían que dejarnos todas las dolls, incluida Aki, por supuesto. De esa forma podrían cancelar el servicio completo.
Quedé conmocionada. Ahora sí hubiese preferido los falsos pésames de la gente común. ¿Para qué las quería, para enriquecer la escenografía del rito velatorio? Quizá, el día de mañana, las muñecas con cabeza robótica podrían llorar a voluntad la muerte de cualquiera.
No tiene que decidirlo ahora mismo, medítelo unos minutos con su familia, dijo Lourdes.
Es cierto que las dolls eran el gran tesoro de Héctor. Pero también que él ya no estaba y la deuda era impagable. Mis hijas estaban de acuerdo con el canje.
Pero yo no podía dejar de pensar en qué sentiría Héctor si se les daba un uso indebido a sus chicas. Ya sé, está muerto. El amor te lleva a cuidar de la conciencia del otro hasta cuando ya se ha ido.
Salí a la calle para despejarme. Quería comunicarme de alguna forma con él, miraba el cielo pensando que Héctor entendería nuestra situación, buscaba su bendición. Pero el cielo ya no es lo que era cuando jóvenes, ahora pasaban ráfagas de drones y demás bichos invadiendo hasta el aire de nuestros pensamientos.
Cuando regresé le dije a mis hijas que aceptemos el trato.
Lourdes nos invitó a una sala contigua. Rocío y uno de los ayudantes, sentaron a las muñecas en el semicírculo de una de las salas. Ella revisó una a una las dolls con el siguiente procedimiento: quitaba las pelucas y presionaba fuerte en sus cabezas; apretaba entre el índice y el pulgar como generando una descarga, entonces el antebrazo de cada muñeca se iluminaba de color verde o amarillo. Ahora sí había una seriedad de velorio.
¿Entonces, Rocío?, preguntó Lourdes
Esas dos tienen un software alternativo, no pueden actualizarse, los materiales tampoco son originales; la otra está bien.
Ni yo ni mis hijas podíamos contradecir esta información, no conocíamos lo suficiente del tema. Lo único que atiné a decir:
Pero funcionan, son dolls y están impecables.
No valen lo mismo que una original como Aki, contestó Lourdes, no podemos cerrar trato.
Tan inmoral podía ser esta mujer, negociando mientras teníamos a Héctor descomponiéndose en el cajón.
¿Qué mierda quieren que hagamos, que lo crememos a la mitad?
Señora, podemos realizarle una cremación instantánea en el parque, es más económico que encender los hornos y depositarlo en la urna de mármol, explicó
Lourdes.
El césped amortigua la caída del cuerpo.
Las medusas sueltan con cuidado el cajón a un costado, hacen lugar a los drones y se reubican cerca de Héctor. Lourdes nos advierte algo que no puedo registrar. Los drones disparan un láser durante un tiempo incierto para mí. El vaho putrefacto nos descompone, pero enseguida las medusas realizan sus exhalaciones para disiparlo. Mis hijas se abrazan. Una de las medusas aspira las cenizas del suelo quemado. Rocío introduce su mano por el centro del bicho, los tentáculos prenden de su antebrazo. La medusa suelta un extraño envoltorio como de fino látex. Rocío se lo pasa a Lourdes, ella nos dice unas palabras artificiales mientras yo recibo los restos de mi marido.
escrito por @juandelastazanas
