Ganador y finalistas concurso de relatos ciencia ficcion 3 edicion

El día que nadie quiso ser inmortal

La mujer murió a las 08:42.

No fue una muerte violenta ni inesperada. El monitor emitió un pitido breve, casi educado, y la línea se volvió recta con la misma naturalidad con la que se apaga una luz al salir de una habitación. Nadie gritó ni corrió. El protocolo estaba tan ensayado que incluso el silencio parecía programado.

—Hora de defunción registrada —anunció la voz automática.

Ariadna no levantó la vista de la tableta. Esperó los cinco segundos reglamentarios antes de cerrar el historial clínico, como había hecho cientos de veces. Luego deslizó el dedo hacia la derecha y marcó una única opción: rechazo voluntario del tratamiento de Continuidad.

El sistema pidió confirmación. Ariadna apoyó el pulgar en el lector biométrico. Sentía todavía el calor residual del cuerpo en la palma de la mano, una memoria térmica que tardaría horas en desaparecer. Aquel detalle nunca figuraba en los informes.

La camilla se abrió automáticamente y el personal de asistencia cubrió el cuerpo con una sábana gris. Ariadna se quedó unos segundos allí mientras recordaba la sonrisa de alivio de la mujer que había venido sola.

Cuando salió de la sala, contempló el pasillo lleno de gente esperando de pie, otros sentados en el suelo o apoyados contra las paredes de cristal. No había urgencia en sus gestos ni nadie parecía enfermo. Todos respiraban con normalidad, con corazones sanos, órganos funcionales y vidas completas.

Sin embargo, todos esperaban su turno para decir que no.

Ariadna caminó entre ellos sin mirarlos a los ojos porque se encontraría la calma en vez de la resignación o el miedo. Calma, una palabra que no aparecía en ningún estudio, además de ser la variable que se resistía a los gráficos.

En la recepción, un hombre joven sostenía un formulario con manos temblorosas. Cuando la vio, levantó la cabeza.

—¿Es usted la doctora que firma los rechazos? —preguntó, ansioso. Ariadna asintió—. Tengo treinta y dos años —continuó él, como si necesitara justificarse—. No estoy deprimido, ni tengo traumas, ni nada similar. Mi vida… está bien y-y solo quería asegurarme de que conste por si acaso alguien lo revisa.

—Constará, no se preocupe —respondió Ariadna al fin.

El hombre respiró hondo y volvió a sentarse como si ya hubiera hecho lo más difícil. Ariadna entró en su despacho y cerró la puerta. En la pared frontal, una pantalla mostraba las estadísticas diarias del centro:

Continuidades iniciadas: 1.284

Rechazos voluntarios: 317

El número inferior parpadeaba en amarillo y cada semana seguía creciendo.

Se dejó caer en la silla y cerró los ojos un momento. Recordó la primera vez que había activado el y tratamiento de Continuidad. Fue hace años atrás, cuando todavía creía que la inmortalidad era una victoria al poseer el cuerpo regenerado, la mente intacta y el tiempo extendiéndose como una promesa infinita.

En aquel entonces, la gente suplicaba vivir, pero ahora, por alguna razón, la gente suplicaba terminar.

Ariadna abrió los párpados y, por primera vez ese día, sintió algo parecido al miedo, aunque no por la muerte, sino por lo que estaba pasando con los vivos. Exhaló y decidió activar el modo privado del despacho. La pantalla de estadísticas se desvaneció y fue sustituida por el reflejo tenue de la ciudad al otro lado del cristal: edificios limpios, tráfico silencioso, gente que caminaba sin prisa.

Abrió el archivo del último rechazo.

Paciente: Elba Ríos.

Edad biológica: 87.

Edad real: 212.

Causa de fallecimiento: paro voluntario asistido.

Motivo declarado: “Suficiente”.

Ariadna amplió la sección de observaciones personales, la única que no era obligatoria. Dudó un instante antes de escribir: la paciente no mostró signos de angustia. Se despidió con gratitud y preguntó si el personal descansaba lo suficiente.

Cerró el archivo. Sabía que aquello tampoco constaría en ningún informe relevante.

De pronto, un aviso suave vibró en su muñeca: nuevo paciente asignado en la sala número tres.

Se levantó sin prisa y se dirigió al pasillo. De camino, se percató de que el centro había cambiado de sonido. Antes era un lugar lleno de murmullos nerviosos, respiraciones aceleradas y preguntas atropelladas. Ahora predominaba una quietud espesa, rota solo por pasos medidos y voces bajas. Como una sala de espera, pero no antes de una operación, sino antes de una decisión.

Al llegar a su destino, se encontró con una mujer demasiado joven de cabellos castaños, mirada tranquila y sonrisa segura. La tensión inundó los hombros de Ariadna por un momento.

—Doctora Ariadna, gracias por venir —expresó la paciente con alivio al verla.

Ariadna asintió con un rostro neutral y se sentó. Revisó su nombre y exhaló.

—Carla Fernández —pronunció mientras consultaba la tableta. La mujer confirmó su identidad—. Tu historial indica que no necesitas supervisión médica, ¿por qué solicitaste cita presencial?

Carla sonrió, pero no era de ironía, sino de peligro.

—Porque quería verle la cara a alguien que todavía cree que esto funciona.

Ariadna alzó la vista.

—No es un requisito creer. Es solo aplicar el protocolo.

—Eso es creer —replicó Carla con suavidad—. Creer que el protocolo basta.

Carla tenía veintiséis años biológicos. Una sola vida intacta, sin regeneraciones. Según el sistema, era una candidata perfecta para Continuidad.

—No estás autorizada a rechazar  porque sabe que el tratamiento es preventivo —explicó Ariadna en un tono frío y automático—. No hay causa médica para…

—Lo sé, por eso no he venido a rechazar, sino a preguntar —interrumpió Carla.

Ariadna sintió un leve nudo en el estómago.

—Adelante.

—¿Recuerda su primera vez? No como doctora, sino como paciente —preguntó Carla. Ariadna no respondió—. Yo recuerdo las de mis familiares y tenía miedo, pero no a morir, sino a quedarme.

—Eso es una reacción adaptativa que desaparece con el tiempo —explicó Ariadna, acostumbrada a esas palabras tan similares que pronunciaban otros pacientes.

—No desaparece, se diluye, y créeme que cuando lo hace, ya no sabes qué te importa de verdad —corrigió Carla. Ariadna no respondió, pero sus rostro por fin relevaba una emoción que hizo sonreír a la joven—. ¿Sabe cuántos inmortales he entrevistado esta semana?

—No soy responsable de investigaciones sociológicas —respondió Ariadna con una voz más cansada de lo que pretendía.

—Cuarenta y nueve —respondió aun así—. Ninguno quiere morir, aunque ninguno quiere vivir como está viviendo.

Ariadna cerró la tableta.

—¿Quién eres tú? —preguntó con fastidio.

—Alguien que todavía puede elegir y que quiere entender por qué ustedes, los que ya no pueden morir de verdad, siguen empujándonos a durar.

Ariadna parpadeó atónita.

—La inmortalidad salvó millones de vidas, erradicó enfermedades y evitó pérdidas irreparables —explicó con calma.

—Evitar la pérdida no es lo mismo que dar sentido, solo la pospone.

De pronto, un aviso rojo parpadeó en la pared. Ariadna exhaló  mientras veía como Clara se levantaba despacio al saber que el tiempo se había excedido.

—No puedo autorizar nada, y lo sabes bien —aclaró Ariadna.

—No he pedido autorización. Solo quería que, cuando llegue el momento, recuerde esta conversación —respondió mientras se dirigía hacia la puerta. Antes de que la abriera, le habló una última vez—: Solo quiero que se haga una pregunta, doctora.  ¿Alguna vez ha tenido prisa?

Ariadna se quedó en silencio por unos segundos, los suficientes para que Clara se marchara y la dejara con la pregunta flotando en la sala. Fueron varios minutos  que permaneció sola con el eco de una vida que aún no se había alargado lo suficiente como para perder el miedo ni el deseo.

Por primera vez en años, miró el reloj y volvió a comprender que este seguía transcurriendo. Desde ese entonces no volvió a mirarlo y empezó a percatarse más de las cosas que la rodeaban.

El centro funcionaba igual que siempre: los protocolos se cumplían, las estadísticas se actualizaban y los cuerpos continuaban o se detenían con la misma eficiencia pulcra. Sin embargo, algo se había desplazado en su forma de estar allí. Una grieta mínima, invisible para cualquiera que no viviera dentro de su cabeza. No solamente eso, Ariadna empezó a escuchar los silencios entre  las palabras, la pausa antes de firmar y la respiración que se asentaba justo después de decir no.

Era un alivio que no  le encajaba con ninguna teoría médica, por ello mismo trataba de comprenderla con interés.

Una tarde mientras revisaba historiales antiguos de los pacientes, tuvo la pequeña curiosidad de buscar el suyo. Al hacerlo, el sistema tardó más de lo habitual en cargarlo, pero cuando lo consiguió, le salió una advertencia: el acceso es sensible, ¿está segura?

Ariadna titubeó por un instante, pero la curiosidad podía con ella, asi que aceptó.

Nombre: Ariadna Soler.

Edad biológica: 41.

Edad real: 176.

Tratamientos de Continuidad aplicados: 3.

Motivo declarado: miedo a la pérdida.

Cerró los ojos, extrañada. No recordaba haber escrito eso, más bien se acordaba de su madre en una cama blanca, las promesas que no supo cumplir y el alivio de saber que, al menos ella, no desaparecería. El sistema no registraba los años acumulándose sin urgencia, las despedidas cada vez más cortas, la sensación de que las decisiones podían posponerse… siempre.

Minutos después, un nuevo aviso vibró en su muñeca: reunión extraordinaria. Sala de Dirección.

Tragó saliva. Eso no era buena señal.

Se dirigió de inmediato y abrió la puerta de la sala pequeña, sin ventanas. La iluminación era uniforme, sin sombras donde refugiar la mirada. Tres personas la esperaban, sentadas en semicírculo, como si la disposición hubiera sido ensayada. Ninguna mostraba nervios, ni cruces de piernas, ni manos inquietas. Solo atención medida.

—Doctora Soler, me alegra que haya venido rápido —habló el director con una sonrisa controlada—, es urgente que hablemos sobre sus irregularidades.

—Escuchar no es una irregularidad —respondió Ariadna tras sentarse.

—No, pero registrar observaciones subjetivas, retrasar procedimientos y mantener conversaciones no protocolizadas sí lo es.

—La gente necesita tiempo.

—La gente necesita continuidad —corrigió él con un tono firme—. El rechazo es una anomalía estadística, y estas se corrigen.

Ariadna, por primera vez en décadas, sintió rabia.

—¿Y si no es una anomalía? ¿Y si es una reacción sana?

Uno de los miembros del consejo intervino:

—Doctora, usted sabe mejor que nadie lo que ocurre cuando se permite a la población cuestionar el sistema.

—Ustedes temen por el pánico que pueda surgir detrás, pero ellos están comprendiendo, tienen consciencia —replicó Ariadna.

El silencio duró poco. Los murmullos se alzaron entre los miembros del consejo, bajos pero constantes. Ariadna sintió la tensión recorrerle el cuerpo, intensificándose cuando percibió la mirada del director fija en ella, fría y calculada.

—Bien, vamos a reasignarla —decidió el director tras un suspiro pesado—. A partir de mañana dejará el área de rechazos por demasiada exposición.

Ariadna no le contestó. Sabía que sus palabras no servirían de nada. La decisión ya estaba tomada. Asintió en silencio, se levantó y se marchó, aunque no volvió hacia su casa.

Caminó sin rumbo durante horas, hasta que el cielo comenzó a oscurecerse y las luces de la ciudad se encendieron una a una, como si alguien las activara sin prisa.

Se detuvo frente a un parque casi vacío donde un niño corría tras una pelota demasiado grande para él, aunque no le importaba, reía con inocencia mientras su padre le seguía con pasos calmados. La felicidad duró poco cuando el pequeño tropezó y cayó de rodillas. El golpe le arrancó un llanto limpio, sin que nadie lo silenciara ni le corrigiera el dolor.

Su padre acudió sin urgencia, se agachó a su altura y lo rodeó con los brazos. No hubo sensores, ni calmantes, ni protocolos. Solo un abrazo torpe y necesario entre ellos. Las lágrimas del menor se calmaron y le dedicó una sonrisa adorable.

Aquella escena fue intensa para Ariadna, tanto que le tensó el pecho. Tras tantísimo tiempo encerrada en protocolos y en un trabajo monótono, comprendió que la inmortalidad, en verdad, no había eliminado el sufrimiento, sino que había eliminado la prisa por amar, esa urgencia que convierte cada gesto en algo irrepetible.

El regreso a su casa fue pesado para ella. La decisión que iba a tomar sería una de las más arriesgadas, pero también necesarias al comprender lo que había hecho durante años sin replicar ni una sola vez.

Esa misma noche, se concienció y lloró para ella misma. Las últimas emociones que se permitiría antes de volver al trabajo al día siguiente como si nada hubiera ocurrido. Allí, fingió su carácter automático y gélido para aprovechar el momento menos esperado e ir hacia sala donde estaba el acceso a los archivos de mortalidad previa a la Continuidad.

Pidió el acceso, aunque estaba claro que el sistema le preguntó por el motivo. Ariadna lo escribió sin titubear: saber si alguna vez estuvimos vivos de verdad.

Nada más lo confirmó, pudo leer lo que había detrás. Todo aquello la hizo cuestionar de sus decisiones. Ese momento en donde si podía decidir en convocar  ruedas de prensa y decirlo al mundo entero.

Sin embargo, no lo hizo porque sabía que cualquier gesto grandilocuente sería absorbido por el sistema y convertido en un ejemplo controlado. La inmortalidad no se defendía con violencia, sino con una pedagogía constante del miedo.

Por eso hizo lo único que no podían neutralizar: solicitar una cita como paciente. El sistema tardó tres segundos más de lo habitual en responder, pero al final aceptó.

Motivo de la solicitud: rechazo voluntario del tratamiento de Continuidad. Advertencia, la decisión es irreversible.

Ariadna apoyó el pulgar sobre el lector biométrico sin temblar. Tras eso, el sistema le asignó la misma sala en donde había firmado cientos de finales. Le sorprendió el detalle absurdo de conocer cada marca del techo y cada reflejo en el cristal. Le era extraño estar al otro lado sin sentir vértigo.

Entró sola, aunque el protocolo exigía un supervisor externo, del cual llegó diez minutos después, visiblemente alterado.

—¡Esto no puede proceder! —exclamó nada más verla—. ¡Usted es personal esencial!

—Soy una persona, todavía —respondió Ariadna con una sonrisa relajada.

Esto dejó atónito al hombre. Parpadeó varias veces hasta que respiró hondo y calmó sus nervios.

—Pero esto se interpretará como un fallo del sistema.

Ariadna negó despacio.

—No tiene por qué interpretarse de ninguna forma.

Se sentó en la camilla. El material cedió bajo su peso con un susurro suave, casi amable. Durante un instante le resultó imposible no pensar en cuántas veces había observado ese mismo gesto desde fuera, calculando pulsos, microexpresiones y niveles de ansiedad. Ahora no había monitores encendidos ni nadie tomaba notas.

—¿Tiene miedo? —preguntó el supervisor, en voz baja, como si el tono pudiera cambiar algo. Ariadna tardó en responder.

—Sí —admitió con una sonrisa nostálgica—, pero no es un miedo que quiera quitarme.

Su pulso no tembló cuando tuvo que firmar la primera confirmación. Después el sistema tenía que comprobarlo con otras dos firmas. La última de todas hizo que el supervisor desviara la mirada para al final aceptarlo manualmente antes de que el sistema pidiera una nueva comprobación.

No hubo alertas ni revisión ética. Solo el silencio discreto de un procedimiento que no debía existir. La camilla se reclinó en un gesto sencillo mientras la medicación empezaba a recorrerle el cuerpo. Ariadna no pensó en el sistema ni en el futuro, sino en el peso de una mano sobre un hombro, en una tarde que no había querido que terminara y en el sonido de una risa antes de aprender a dosificarla.

El supervisor permaneció allí hasta el final por respeto. Cuando el monitor emitió el pitido breve, no activó ninguna alarma. Apagó la pantalla y cubrió el cuerpo con la sábana gris para marcharse con miles de pensamientos similares a los que ella tuvo en su larga vida.

escrito por @allfan_omegaalfa


ARCA ESPERANZA

Un relato de Heriberto Quintana

La llegada del mensaje, más allá de nuestro sol, conmocionó al mundo entero. En un principio, muchas teorías conspiranoicas pretendieron negar el mero hecho de su existencia y por tanto su veracidad; se supone que por buscar un adoctrinamiento de las masas por parte de los gobiernos mundiales. Sin embargo, los exhaustivos análisis de los científicos le dieron la certificación necesaria para actuar en consecuencia.

A la eterna pregunta de si estamos solos en el universo, ya había respuesta. Y ahora tocaba decidir qué hacer al respecto. Los que se mostraban escépticos al principio habían migrado a recelosos proponiendo no hacer nada y permanecer a la espera. Pero su postura inicial, precisamente, les invalidaba para hacer valer su criterio. Por lo que el debate se centró entre responder al mensaje, o enviar una delegación al mundo remitente.

En el planeta, la confrontación y la superpoblación habían generado una deriva de enfrentamiento muy peligrosa, así que una vía de escape serviría para apaciguar los ánimos en pro de un futuro mejor y más próspero. Analizado el mensaje, se concluyó que el envío de una respuesta en el mismo formato, si bien sería más rápido, resultaría menos efectivo que enviar una delegación; ya que supondría esperar a su vez que «desde el otro lado» se decida también entre replicar o enviar emisarios, y dada la distancia a recorrer, se perderían varias generaciones en el intermedio. 

Con esta premisa, se decidió enviar una nave que a su vez llevaría una gran representación, capaz de personificar a todos los pueblos del planeta. El siguiente paso por tanto sería construir dicha nave. Por primera vez en la historia, todos los pueblos se juntaron por un mismo propósito. Todos los países, todos los credos, todas las ideologías estaban a una con una misma misión. Lo que se tradujo en una rápida puesta a disposición de recursos y equipamiento para la construcción en órbita de una nave que se llamaría, fruto de una consulta mundial, «Arca Esperanza».

Los trabajos iban en paralelo a la selección de los representantes. Había tantos voluntarios, que fue necesario un sorteo tras el cribado inicial. Era preciso que fueran personas jóvenes, fuertes, conocedoras de alguna materia crucial para la misión, y con capacidad para aprender rápidamente acerca de los más diversos temas. Sin olvidar por ello, que todos los pueblos deberían estar en el Arca.

Se tardaron varias décadas en la construcción de la nave. Un proyecto de tales dimensiones no podía ser tomado a la ligera, y se tenía en cuenta cada detalle, por mínimo que fuera. Esta concentración mundial derivó en un salto cualitativo a nivel científico y tecnológico. Inventando máquinas y capacidades antes solo existentes en la ficción. Pero, ni con este significativo avance, se había resuelto un problema: la relación entre distancia y velocidad. La única forma de conseguir el traslado en un tiempo prudencial para los viajeros, era yendo a la velocidad de la luz. Y ese extremo no conseguían alcanzarlo. La misión estuvo a punto de fracasar por esta cuestión. Antiguas costumbres de sospechas y acusaciones cruzadas hacían temer a la población por un final abrupto de la misión. Hasta que un joven científico que se encontraba entre los elegidos, sugirió ignorar la variable tiempo, usando para ello dos teorías poco estudiadas hasta el momento: la hibernación y la Inteligencia Artificial.

Si se incrementaba el número de participantes en la misión, hasta un número tal que pudiera generar un asentamiento autóctono, se conseguiría una mayor colaboración entre los dos mundos. Obviamente unos tendrían cosas que aprender de los otros, lo que facilitaría sin lugar a dudas la aceptación de «los otros» a nuestros planes de asentamiento. Y en cuanto a la IA, un software con fuerte capacidad deductiva, de autoaprendizaje y de operatividad, permitiría manejar el arca durante el tiempo que fuera necesario, mientras los tripulantes se mantenían en sueño inducido.

Este nuevo enfoque, salvó la misión. Ahora la nave viajaría más cargada y dirigida por «EsperanzIA». Que es como llamaron a la IA que manejaría el destino del arca. La velocidad seguía siendo sub-luz, pero ahora eso no suponía un problema. Al menos para los que estaban dentro de la nave, durmiendo. Claro que, para cuando llegasen a su destino, hasta el último de los seres que les conocieron habrían muerto. Casi con total seguridad. Pero quizá sí que podrían conocer a sus descendientes, si seguían trabajando en el viaje espacial a velocidad de la luz, cuestión ésta, en la que también trabajaría EsperanzIA durante el viaje.

Todo estaba preparado pues, los homenajes y festivales se sucedieron por todo el planeta, durante todo un año. Tiempo que le dieron a EsperanzIA para aprender e iniciar el proceso del viaje estelar. Tras salir del sistema solar, todos los viajeros acudieron a sus cápsulas de hibernación, como tantas veces habían ensayado. Luego acudió la tripulación, y por último el capitán de la nave. Quién pensó una última pregunta antes de pasar «a negro» su esquema mental.

Al volver a despertar, seguía ahí la pregunta, a punto de salir de su boca, cuando fue interrumpido por EsperanzIA, que le advirtió de que estaban a punto de finalizar el viaje.

—¿Cómo dices EsperanzIA?

—Nos aproximamos al sistema solar destino, capitán. He ido reduciendo la velocidad de forma gradual para evitar una brusca aparición.

—¿Has enviado ya el mensaje de saludo?

—Sí, señor. 

—¿Y bien?

—No hemos obtenido respuesta. Como establece el protocolo, he usado todos los idiomas conocidos, además de algunos algoritmos de comunicación que he ido auto implementando a mi sistema durante el viaje. Pero en los escáneres solo se recibe estática.

—Ejecuta una revisión de los sistemas de comunicación.

—Ya se ha hecho, señor.

—Vuelve a hacerlo. Y que sea exhaustivo. Comprueba hasta el último módulo de memoria implicado en la comunicación. —De acuerdo, señor. Iniciando.

Pasado un cuarto de hora, EsperanzIA volvió a comunicar con el capitán.

—Todos los sistemas funcionan a la perfección. El resultado es el mismo.

—¿Y estás segura de que hemos ido al sistema correcto? ¿No nos habremos desviado, verdad? —También se ha comprobado eso. He chequeado la marca de origen del mensaje y estamos sin duda en el sistema emisor.

—¿Tenemos a la vista el planeta?

—En breve ya será visible para nuestros sistemas de visión.

—De acuerdo, muéstrame lo que tengas desde que veas algo.

En la pantalla principal apareció un planeta rodeado por una miríada de satélites artificiales, y un satélite natural. Sin duda, era un planeta habitado por una especie inteligente, conocedora de la tecnología necesaria para enviar el mensaje que hace décadas se recibió. Dado que no había respuesta, el capitán decidió actuar con criterios de seguridad. Despertó a dos de sus segundos al mando, así como otros cuatro tripulantes, uno de navegación, uno de comunicaciones y dos de seguridad. Les dio la orden de embarcarse en una nave de transporte y acercarse al planeta para investigar sobre lo que ocurría. De entre todas las posibilidades, a la hora de plantear los protocolos de primer contacto, a nadie se le ocurrió pensar que no responderían. Por lo que no habían entrenado para esta situación, estaban en terreno desconocido.

Mientras se acercaban al planeta, se aclaraba cada vez más la certeza de que era el planeta origen del mensaje. Se acercaban a un planeta con una capacidad altamente cualificada. Iniciaron escáneres para investigar los satélites que rodean el planeta. Recibieron muchísima información, que a su vez trasladaron al arca para que fuera analizada por la IA.

—Señor. Está confirmado. Hemos llegado a la Tierra.

—¿Y por qué no contestan? Alférez, tiene permiso para una aproximación mayor, llegue a su atmósfera. Proceda con cautela.

—Sí señor.

La pequeña nave era no obstante enorme en comparación con los distintos elementos con los que se iban cruzando. Alguno incluso parecía una estación permanente en órbita. Pero tampoco emitía ninguna señal. Por este motivo llegaron a la conclusión de que el individuo medio de la especie dominante en el planeta sería más bajo que los visitantes.

Ante la ausencia de respuesta, continuaron avanzando. Entonces, a medida que entraban en la atmósfera de la Tierra, los sensores de la nave de transporte comenzaron a activar diversas alarmas. Las comunicaciones con la nave nodriza se interrumpieron momentáneamente. Una resistencia inusual puso a prueba la pericia del alférez que pronto reorientó la nave «Arca 1» y consiguió avanzar hasta un punto donde era más cómoda la navegación. Allí también retomó las comunicaciones, si bien con cierto retraso, desde «Arca esperanza». Los sensores seguían excitados con la abrumadora información que recibían desde la superficie. Pudieron avanzar hasta dar una vuelta completa, observando qué zonas parecían más pobladas, a juzgar por sus construcciones. Pero solo lo parecían. 

Una vez finalizada la vuelta de reconocimiento, volvieron al hangar del arca. Al entrar, nuevamente sonaron alarmas, esta vez desde los altavoces de la nave principal. Se bloquearon todas las puertas y desde puntos dispersos se aplicó cierto material de limpieza al casco de la «Arca 1». Y solo cuando la IA no detectó peligro para la tripulación, permitió que se abrieran las compuertas.

Sentados en el puente de mando, todos los tripulantes que habían sido despertados al llegar al Sistema Solar del planeta Tierra, observan con estupor el informe de la IA acerca de la información recolectada.

—Los habitantes de la Tierra han sucumbido a un conflicto armado a escala global. La atmósfera en su práctica totalidad está intoxicada por lluvia radiactiva. Lo que la hace incompatible con la vida orgánica.

—Los seres humanos, en un arrebato de locura, han acabado con la esperanza de su planeta.

¿Qué digo? ¡Con la esperanza de dos planetas!

—No tiene por qué ser así. —Replicó la IA.

—Explícate. —Intervino el capitán.

—Como he dicho, la superficie es incompatible con la vida orgánica. Pero no con la inorgánica. Tienen suficientes elementos para fabricar máquinas que trabajen en su limpieza. Y mientras tanto, con un número suficiente de tripulantes, se podría establecer una base en su satélite, Luna lo llamaban. Llegado el momento, podríamos ir despertando de forma escalonada viajeros, que irían así conformando una colonia. En menos de un siglo para este sistema, cuarenta años de nuestro esquema temporal, podríamos estar listos para instalarnos en el planeta.

La IA, más que nunca, había dejado claro lo acertado del nombre de la nave.

escrito por @hquintana1972


TAL VEZ ALGÚN DÍA

Donald se despertó con una terrible resaca. La cabeza le palpitaba con violencia y cada pensamiento parecía llegar con retraso, envuelto en un eco molesto. La noche anterior había estado bebiendo con los amigos hasta altas horas de la madrugada; recordaba risas desordenadas, vasos vacíos acumulándose sobre la mesa y la sensación de perder poco a poco el control del tiempo. Después de eso, nada.

Abrió los ojos con dificultad y se quedó mirando el techo. Tardó unos segundos en darse cuenta de que algo no encajaba. La lámpara que iluminaba la estancia no era la de su habitación. No colgaba torcida ni proyectaba aquella luz amarillenta que conocía tan bien. Era distinta. Demasiado distinta.

Entonces miró a su alrededor.

Las paredes, los muebles, el orden pulcro del lugar… todo le resultaba ajeno. No se encontraba en ningún sitio que hubiera visto antes. El desconcierto le recorrió el cuerpo como una descarga y se levantó sobresaltado, con el corazón acelerado, tratando de comprender dónde estaba y cómo había llegado allí.

Desde algún punto del otro lado de la habitación llegó un sonido que lo hizo quedarse quieto. Voces. Una voz de mujer. Risas infantiles. Aquello no encajaba con ninguno de sus recuerdos.

Abrió la puerta con cautela y salió al pasillo, siguiendo el origen de las voces. Avanzó despacio, conteniendo la respiración, hasta llegar a otra habitación. Se asomó cuidadosamente por la puerta.

Vio a una mujer joven que estaba vistiendo a un niño pequeño, inclinada frente a él con gestos tranquilos y cotidianos. A un lado, una niña un poco más mayor estaba sentada, observando la escena en silencio.

Donald se disponía a preguntar qué hacía él allí, cuando la mujer se giró, lo vio y dijo a los niños:

—Mirad, el papá se ha levantado.

Donald se quedó paralizado al oír aquellas palabras. Papá. El término resonó en su mente con una violencia absurda. No había visto jamás a aquella mujer ni a esos niños en su vida, estaba completamente seguro de ello. No existía ningún recuerdo, ninguna imagen borrosa, ningún fragmento que justificara aquella escena.

Antes de que pudiera reaccionar o siquiera ordenar sus pensamientos, la mujer se acercó a él con naturalidad, como si aquel gesto formara parte de una rutina diaria. Se puso de puntillas, le dio un beso suave en los labios y le habló en un tono cálido, familiar.

—Has dormido bien, cariño.

Aquello terminó de desconcertarlo. La cercanía, el contacto, la palabra cariño pronunciada con absoluta convicción… todo resultaba profundamente perturbador. La habitación pareció girar levemente a su alrededor. El sudor le recorrió la frente y una sensación de irrealidad comenzó a apoderarse de él, como si estuviera atrapado dentro de un sueño del que no conseguía despertar.

Convencido de que estaba perdiendo la cordura, reaccionó de forma brusca. Sujetó a la mujer por las muñecas con fuerza, clavando los dedos como si necesitara aferrarse a algo sólido para no desmoronarse. Su voz salió más alta de lo que pretendía, cargada de miedo y desesperación.

—¿Dónde demonios estoy? ¿Y quién es usted? ¡Yo no la he visto en mi vida!

La mujer abrió los ojos con sorpresa, pero no gritó. No intentó apartarse de inmediato. En su rostro no apareció el pánico que Donald esperaba, sino una mezcla de dolor y preocupación. Habló con voz firme, pero contenida.

—Suéltame, cariño, me haces daño… y vas a asustar a los niños —dijo, señalándolos con una mirada rápida—. Ya has vuelto a tener pesadillas y aún no estás despierto del todo.

Donald la miró sin comprender, respirando con dificultad, mientras ella continuaba hablando con una calma que lo descolocó aún más.

—Además —prosiguió—, ya sabes que el doctor Reagan te prohibió que tomases esas pastillas que te producen alucinaciones y que te hacen desvariar de esta manera.

Donald apretó la mandíbula, sintiendo cómo la ira y el miedo se mezclaban en su interior.

—¿De cuáles malditas pastillas me habla? —contestó Donald.

La mujer lo miró fijamente, y por primera vez su serenidad pareció resquebrajarse. Sus ojos se humedecieron levemente, no de miedo, sino de una preocupación profunda, íntima.

—Donald… de verdad… ¿no recuerdas nada? —preguntó en un susurro casi tembloroso.

Él sintió que la pregunta le atravesaba el pecho. Se llevó las manos al rostro y se apretó los ojos con fuerza, como si al ejercer presión pudiera obligar a su mente a reaccionar, a liberar algún recuerdo escondido. Pero no había nada. Solo oscuridad, fragmentos inconexos de una noche de fiesta, risas lejanas y el vacío.

Esto es increíble, pensó Donald para sí. Todo aquello carecía de sentido, pero dejarse llevar por el pánico no lo ayudaría. Necesitaba calmarse, ordenar sus pensamientos y encontrar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo. Aquella mujer podía estar fingiendo, jugando con él por motivos que aún no comprendía. Tal vez todo formaba parte de una broma pesada, o de algo mucho peor.

Decidió que lo más sensato sería seguirle la corriente, observar, escuchar y tratar de averiguar qué estaba pasando realmente.

—¿Qué… vas a llevar a los niños al colegio? —preguntó Donald, forzando un tono casual, cambiando de táctica.

La mujer se quedó mirándolo fijamente durante un instante. Por primera vez, su expresión cambió. En su rostro apareció un gesto de auténtica extrañeza, como si hubiera escuchado algo completamente absurdo.

—¿Al colegio? —repitió—. ¿Cómo es posible que me preguntes si los voy a llevar al colegio cuando los colegios, una absurda institución del pasado, ya no existen?

Donald sintió un vuelco en el estómago.

—¿Cómo que una absurda institución del pasado? ¿Cómo que ya no existen…? —dijo, incapaz de ocultar el desconcierto que ahora lo dominaba por completo.

La habitación pareció cerrarse a su alrededor. Cada palabra de la mujer abría una grieta más profunda en la realidad que Donald creía conocer. El pulso le martilleaba en las sienes.

—Pero… ¿en qué maldito año estamos? —preguntó al fin, con la voz tensa.

La mujer soltó una breve exclamación, mezcla de incredulidad y cansancio.

—¿Ya ni siquiera sabes en qué año estamos? —respondió—. Cuando digo yo que esas pastillas te van a volver loco…

Negó con la cabeza lentamente antes de continuar, mirándolo con una seriedad que resultaba inquietante.

—¿Es que tu mente está tan desvariada que no sabe ni en qué año nos encontramos? Estamos en junio del año 2.120.

—No… maldita sea, ya está bien de esta farsa. ¡No es posible! —exclamó Donald, alzando la voz—. Ayer celebré una fiesta con mis amigos y estábamos en el año 1980. Yo he nacido en 1948. ¿Cómo quieres que sea el año 2120? Estás loca y no sé lo que pretendes, pero aquí te quedas tú y tus malditas mentiras. Yo me voy de aquí.

Sin esperar respuesta, Donald salió de la habitación a grandes zancadas. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho mientras avanzaba por la casa buscando una salida. Fue entonces, por primera vez, cuando se detuvo a observar con más atención el lugar. El mobiliario resultaba extraño: superficies lisas sin juntas visibles, materiales que no supo identificar, formas curvas que parecían más pensadas que construidas. Aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes.

El pánico comenzó a mezclarse con una inquietud más profunda.

Encontró una puerta que daba al exterior y la abrió sin dudarlo. En el instante en que lo hizo, una especie de gas oscuro se deslizó hacia él, espeso y frío. Le penetró por la boca y la nariz, haciéndole arder la garganta. Donald reaccionó por instinto, tapándose la boca mientras retrocedía, pero el miedo pudo más. Echó a correr, atravesando el exterior sin saber hacia dónde se dirigía, luchando por no respirar aquel aire extraño.

Corrió hasta que sus pulmones estuvieron a punto de estallar. Solo cuando llegó a un claro, lejos de la casa, el gas parecía haberse disipado. Allí pudo detenerse y respirar con mayor tranquilidad, apoyando las manos sobre las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.

Alzó la vista.

El entorno que lo rodeaba lo dejó sin palabras. Los edificios que se alzaban a su alrededor tenían formas imposibles, estilizadas, como si hubieran sido moldeados y no construidos. No había ángulos rectos ni fachadas convencionales, y los materiales reflejaban la luz de una manera extraña, casi orgánica.

Miró a su alrededor buscando personas, coches, cualquier signo de vida cotidiana. No había nadie. Las calles estaban completamente vacías, silenciosas, demasiado limpias. Aquello lo inquietó aún más.

Miró su reloj: marcaba las diez de la mañana. Una hora en la que, según todo lo que conocía, la gente debía estar en la calle.

Pero allí no había nadie.

Y ese silencio, pesado y absoluto, le resultó mucho más aterrador que las palabras de la mujer.

De pronto, del cielo descendió una esfera. Bajó en silencio, sin emitir sonido alguno, hasta detenerse justo delante de Donald. Su superficie era lisa, reflectante, imposible de identificar. Donald retrocedió instintivamente, con el cuerpo en tensión, sin saber si debía huir o quedarse inmóvil.

La esfera se abrió mediante una compuerta que se deslizó hacia un lado con precisión mecánica. Del interior salió un hombre que vestía un uniforme azul oscuro, ajustado, sin insignias visibles. Cubría su rostro una máscara de color oro que reflejaba la figura de Donald de manera distorsionada.

Antes de que pudiera reaccionar o formular una sola pregunta coherente, el hombre habló con una voz metálica y autoritaria, carente de emoción.

—Número y permiso de paseo.

Donald, completamente extrañado y aun intentando asimilar lo que tenía delante, respondió con evidente nerviosismo.

—¿De qué demonios me está usted hablando? ¿Y qué maldita ciudad es esta?

El hombre del uniforme no contestó. Permaneció inmóvil durante un breve instante. Entonces, de sus ojos brotó una luz intensa que alcanzó directamente a Donald. Un calor repentino le atravesó la cabeza y el cuerpo entero se le volvió pesado. La vista se le nubló, las piernas dejaron de sostenerlo y cayó al suelo sin fuerzas.

La última sensación que tuvo antes de perder el conocimiento fue la certeza de que acababa de cruzar un límite del que ya no habría retorno.

El cuerpo de Donald permanecía inmóvil sobre una camilla de laboratorio. La sala estaba iluminada por una luz blanca y fría que no proyectaba sombras. En su cabeza trabajaban dos hombres con batas blancas, manipulando instrumentos que emitían suaves zumbidos rítmicos. Pantallas transparentes mostraban gráficos y líneas de datos que se desplazaban sin pausa.

Uno de ellos se apartó ligeramente y se dirigió a la mujer que observaba la escena de pie, con las manos entrelazadas y el rostro sereno. Era la mujer que decía ser la esposa de Donald.

—Bien, ya está reparado, señora Curtis —dijo con tono profesional—. El problema de estos androides de segunda mano es que, si no han recibido un borrado total de memoria, pueden conservar restos de su antigua existencia. Este había pertenecido a una mujer a la que le gustaba recordar el pasado, y lo hacía vivir en el año 1980.

El hombre hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero ya está completamente reseteado y, a partir de ahora, volverá a ser Donald… su ferviente y fogoso esposo.

Al decirlo, se le escapó una leve sonrisa. Luego añadió, casi con indiferencia:

—Y, por cierto, ¿los niños droides? ¿Todo bien con ellos?

—Sí, sí, ningún problema con ellos —respondió la mujer sin apartar la mirada del cuerpo inmóvil.

En ese instante, Donald abrió los ojos.

Parpadeó despacio, como si despertara de un sueño profundo. Su mirada recorrió la sala hasta detenerse en el rostro de la mujer.

—Hola, cariño… —dijo con voz tranquila—. ¿Qué hago aquí?

Ella se acercó de inmediato, colocándose a su lado con un gesto lleno de ternura, y acarició su rostro con suavidad.

—Nada, mi amor —dijo en voz baja—. Tuviste un mareo muy fuerte, de esos que asustan de verdad. Por un momento me dejaste muy preocupada, pensé que algo había salido mal con las pastillas.

Deslizó los dedos por su mejilla y sonrió, intentando transmitirle calma.

—Pero ya está todo bien. Gracias al doctor Reagan, todo ha quedado en un susto —añadió—. Dice que solo fue un desajuste momentáneo y que no volverá a pasar.

Donald la miró en silencio durante unos segundos y luego asintió despacio, dibujando una sonrisa tranquila, sincera, como si aquellas palabras hubieran encajado perfectamente en su mente.

—Vámonos a casa —concluyó ella con dulzura—. Los niños nos esperan.

Donald asintió sin dudarlo. Se incorporó, bajó de la camilla y le dio un beso a su esposa. Luego, tomados de la mano, salieron de la sala y entraron en una cápsula que los llevaría de regreso a su apartamento.

La puerta se cerró suavemente.

Dentro de Donald, ya no quedaba ningún recuerdo del pasado.

    F I N

escrito por @albrosalb


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